viernes, 5 de diciembre de 2025

Luna de otoño

Esta mañana, de madrugada, la luna se hallaba alzada en el cielo, hacia occidente, refulgente como un faro argénteo en el cielo casi despejado. Ha sido la última del otoño, redonda y perfecta. Su belleza resplandeciente nos recuerda que en el silencio de la noche duermen las leyendas y misterios más profundos del ser humano. Su luz se derramaba por igual sobre campos y ciudades, sobre las carreteras dormidas y los tejados silenciosos. El resplandor que todo lo envolvía parecía significar: detente, respira, contempla.

En tiempos donde el mundo gira vertiginosamente, y cada vez más deprisa; cuando las noticias nos golpean sumergiendo el alma en un carrusel de guerras absurdas, extremismos desatados y divisiones intestinas, la luna nos ofrece su quietud como un contraste necesario. Sin imponer su reinado, parece limitarse a estar, a presidir el orbe nocturno, a cumplir su ciclo milenario, ajena a cuantas prisas devoran el alma contrita de los seres humanos. Es su presencia una demostración del orden más amplio, más profundo, más trascendente, que la propia ansiedad y vanagloria de quienes nos pretendemos dueños y señores de todo lo animado e inanimado.

Mientras la luz lunar acariciaba la campiña que atravesaba, camino del trabajo, estuve pensando en el significado de ese gesto tan sencillo y simple que es mirar hacia arriba. Es tan sencillo, casi infantil, tan inocente y humilde (mirar hacia lo inalcanzable) que nos extrae del torbellino de las pantallas, de las informaciones y opiniones incesantes, de la ansiedad que nos consume por dentro y por fuera, convirtiendo las vidas, que habrían de ser entrañables, en una vaciedad inmensa de sinsentidos. Con su luz, la última luna llena de otoño, recordaba a quien repara en su existencia que somos parte de algo mucho mayor a nosotros mismos, y que la vida no se reduce a la inmediatez de los conflictos o los ruidos de las redes, donde habitan quienes no saben permanecer silentes. Su presencia coruscante invita a recuperar la capacidad de contemplar, de escuchar en el silencio, y de reconciliarnos con aquello que nunca debió deja de ser esencial.

Hoy, más que nunca, necesitamos esa pausa. El mundo arde en tensiones. Las fronteras se cierran, los discursos dividen, las tecnologías aceleran el tiempo sin esperar su digestión humana. Y, sin embargo, ahí está la luna, como lo estuvo para nuestros antepasados, como lo estará para quienes vengan después. Su luz no resuelve los problemas, pero devuelve la esperanza de encontrar sencillez y belleza en algo tan grato como es un cielo despejado, tachonado solo de estrellas.

El invierno se aproxima, los días se acortan, y la luna nos deja su mensaje: incluso en la noche más larga, hay luz. Que esta luna nos inspire a recuperar la escasez connatural de estos tiempos: la calma que nace de la serenidad, de la paz y la esperanza.

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