viernes, 15 de diciembre de 2017

La planitud de la mente

El 24 de diciembre de 1968, William Anders tomó una hermosa fotografía de nuestro planeta desde el Apolo 8. La tituló “Salida de la Tierra (Earthrise)”. Seguro que la han visto muchas veces, aunque ahora no la recuerden. Muestra la media canica azul planetaria resaltando en la perpetua noche negra del universo recortado por un pequeño horizonte lunar.  Es con probabilidad uno de los más hermosos regalos de Navidad que se haya entregado a la humanidad. Sin embargo, pese a ello, muchos creen que la Tierra es plana y que la redondez de nuestro planeta, lejos de una consideración gravitatoria, no es sino un inmenso complot de la NASA y unos cuantos más. Como suele suceder con casi todas las opiniones extremas, los “planistas” no son demasiados, pero, en ocasiones, se dejan oír más de lo aconsejable.
No fue la Iglesia, como tantos creen, la causa del delirio de la tierra plana, sino un puñado de escritores antirreligiosos del XIX quienes trataron de tergiversar la Historia para hacer creer que desde Roma se adoptaban posturas anticientíficas, especialmente sobre evolución humana. La estrategia era simple y contundente: “estos cristianos cretinos se niegan a creer la redondez de la Tierra lo mismo que niegan la evolución de Darwin”. Al fin y al cabo, el ciudadano medio posiblemente ignore o haya olvidado que durante miles de años los eruditos de toda civilización han sabido (y demostrado) que la Tierra es una canica, al igual que Papas y teólogos de toda condición. Miente, que algo queda.
Hoy en día contemplamos este tipo de falacias lógicas y argumentales, tan descaradas y manipuladoras como la antes referida, en casi todas las noticias que diariamente se emiten, por no hablar de las conversaciones en la calle. Son, precisamente, los mensajes más radicales y excesivos aquellos que influyen más en la opinión pública, toda vez que hemos acabado por construir una sociedad que no se caracteriza por su profundidad cultural sino la rapidez de los tuits y el odio esputado en cada comentario.
Da igual lo que uno crea o piense, la religión que se profese o el orden moral que uno prefiera. Al otro lado siempre hay alguien entregado a la innoble causa de la manipulación y el insulto, rodeado de una legión de acólitos y conversos con proclividad suficiente para aplaudir aquello que los primeros digan, así sea la planitud de la Tierra o la culpabilidad de los emigrantes de todos los males que nos quejan. Incluida la incultura.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Banderas de nuestros padres

Cuando éramos niños subíamos al gigante peñasco que nombra a mi pueblo y colocábamos un trapo en la encina que crecía (y aún crece) arriba del todo. No duraba mucho: a las pocas semanas el viento, las ramas y las espinas de las hojas se encargaban de destrozarlo por completo. Pero, inasequibles al desaliento, siempre volvíamos a restaurar la enseña: se trataba de una excusa perfecta para volver a escalar el inmenso peñasco y, además, nos henchía el alma de orgullo saber que aquel trapo ondeante, visible en kilómetros a la redonda, nos identificaba a nosotros, los muchachos del pueblo, ante todos los demás.
Con el tiempo cambiamos el trapo por una bandera de España que adquiríamos con nuestros ahorros. Entonces no había tiendas regentadas por chinos y estas cosas se compraban en unas pocas tiendas. Tampoco eran baratas. Y yo les pregunto: ¿éramos por ello fascistas? No ¿Añorábamos el franquismo? Mucho menos (Franco murió cuando yo tenía 6 años). Entonces, ¿qué éramos? No éramos nada de eso. Simplemente buscábamos que el confalón tuviera sentido y aquella rojigualda representaba lo único que teníamos en común: tres vivían en Madrid, uno en Bilbao, dos en Barcelona, yo en Zaragoza y tenía unos primos lejanos en Orense… En el pueblo, donde aún muchos recordaban los frentes en que lucharon sus antepasados, nadie nos increpó ni se abrieron las viejas heridas. Y por muchos años, cada verano sin falta, se fue reponiendo la bandera española sobre el peñasco sin que nadie se indignase por ello.
A modo cervantino nos lo recuerda la literatura: las banderas no son trapos, son símbolos. No hay dos banderas iguales, aunque en España sí parecen iguales todos los sentimientos ante su sola visión: desde la extrema nacionalista, que rechaza toda bandera que no sea suya y tiene inveterada propensión por quemar las demás; o la de la izquierda comunista, para quienes cualquier cosa que recuerde a España produce asco; hasta la de los más conservadores o quienes simplemente aprecian este país, pero que se sienten acomplejados de admitirlo públicamente.
La bandera, tal y como se define en la Constitución, no es de nadie. Solo es un símbolo. Como la ikurriña, la señera o los pendones castellanos. Son todas igual de españolas y cada una aporta al resto. Esto es algo que, cuando jóvenes, en mi pueblo también supimos ver, porque enseguida la rojigualda de lo alto de la Peña Gorda se rodeó de cuantas banderas quisimos todos que ondearan con ella.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Vivir en manada

Ignoro si los integrantes de “La manada” son o no culpables del delito por el que se les acusa. Es algo que determinará el juez cuando dicte sentencia y no seré yo quien prejuzgue por mucho convencimiento que tenga de que con ninguno de ellos tomaría una cerveza, tanto si son absueltos como si no: primero por su imbecilidad y simpleza; segundo, porque su idea sobre las relaciones entre hombres y mujeres me parece de una virulencia abominable, antagónico a la proverbial capacidad creadora del eros.
Por descontado, los comentarios vilipendiosos que se han vertido sobre la libertad sexual de la chica acusadora están fuera de lugar, como también lo están las sentencias acusatorias paralelas. No sé si son violadores o no. No me adhiero a ninguna de las presunciones o prejuicios que tanto se han arrojado estos días. Pero solo la insufrible petulancia con que manifestaban las intenciones de encontrar a una chica para denigrarla y mofarse a su costa en las redes sociales, me basta para descalificarles. Si cometieron o no el gravísimo delito del que se les acusa, es algo que fallará el juez. Pero con independencia de ello, cabe afirmar que su actuación no es una aberración humana: responde a una realidad que existe hoy en día, se admita o no.
Cada vez proliferan más los rituales de comportamiento sexual afines (aunque lícitos) al perpetrado por los acusados que esperan sentencia en Navarra. Las ofertas basadas en el exceso y la desmesura sexual son ya habituales y seguidas en todo el mundo por millones de personas (de ambos sexos: no solamente hombres). Aunque parezcan aberrantes o inaceptables, están ahí porque tienen derecho a realizarse y los ciudadanos a participar en ellos. Pero solo desde la ignorancia o la ingenuidad más pacata puede afirmarse que no conllevan consecuencias funestas. No debería, porque al fin y al cabo una cosa es un delito y otra muy distinta un comportamiento, pero la realidad acaba retorciendo las cosas hasta el extremo y es por este motivo que encontremos excesos y abusos como los de estos sanfermineros sentados en un banquillo en Navarra esperando sentencia que les condene o exculpe.
No es un tema agradable y por eso hay que mantener la confianza en esta justicia que pocas veces lo parece. Mientras tanto, echemos un vistazo a la realidad para advertir que la hipersexualidad campa con toda crudeza por sus respetos, acabando absurdamente con las ilusiones de estar viviendo en un mundo libre y deferente.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Presagios

Fukuyama reconocía que las democracias contemporáneas se enfrentarían a problemas muy serios (droga, delincuencia, daños medioambientales, consumismo frívolo), ninguno irresoluble. Desafortunadamente, todo este nivel de riqueza, de consumo ostentoso y superfluo, el reemplazo de lo productivo por transacciones financieras y sus consecuencias en la gobernanza de países y ciudades ha distorsionado la vida humana de un modo casi impúdico hasta hacer caso omiso a los problemas más acuciantes de las personas: entendemos los privilegios privados, sí, pero somos incapaces de ver la miseria pública en que incurrimos. No somos una sociedad adulta, estamos contagiados de estéril adolescencia.
Parece una fuerza transformadora, pero no lo es por su carácter destructivo: y por ingenua, resulta peligrosa hasta la alucinación. Priorizamos lo material, nos volcamos en objetivos inmediatos, encontramos seguridad en lo más intrascendente y vivimos en un estado de ansiedad crónica. Para colmo, pese a que nuestra civilización está superpoblada, nuestras vidas son extremadamente solitarias y con tendencia a la fragmentación. Fukuyama predijo que el excesivo individualismo sería nuestra mayor vulnerabilidad y que cualquier sociedad interesada en la constante abolición de valores y principios básicos se sumiría en una creciente desorganización hasta ser incapaz de llevar a cabo tareas conjuntas y alcanzar objetivos comunes.
Interpretemos correctamente al bueno de Fukuyama. El individualismo no solo responde al concepto de ciudadanía (familias disfuncionales, padres que incumplen sus obligaciones, vecinos insolidarios, etc.); en la gobernanza encontraremos las causas en que viene navegando el independentismo, cuyo desparpajo institucional sorprende tanto como inquieta: el Estado no es solo una imposición sobre las vidas y deseos de sus conmilitones, algo más o menos cierto, sino un ente al que hay que aniquilar con toda la artillería posible, desde la gestión pública a la que acceden hasta las contestaciones más propias de revueltas totalitarias que de debates parlamentarios (alusiones a la represión, violencia, coerción… siempre externas).
Es un fracaso, pero no del admonitor Fukuyama, sino de toda nuestra acomplejada y egoísta sociedad civil que ha reemplazado el conocimiento por el ultra-desarrollismo tecnológico y los valores por innumerables ideologías, a cual más ramplona. Presagios todos ellos de extremismos: el secesionismo es solo un ejemplo.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Invierno catalán

No podía fallar. Esta semana, en Berlín, todos mis colegas europeos me han preguntado insistentemente por cuál ha sido y es mi parecer respecto de lo que está sucediendo en Cataluña. La capital germana es una ciudad elegante y sobria, con su impresionante despliegue de historia, más allá del lamentable muro que apareció en esta columna hace siete días o los 2711 bloques de hormigón que inmortalizan los horrores del Holocausto. Muy al contrario, Berlín es modernidad y presente, y marca el paso (takt) de la política europea. ¿Hay mejor lugar para interesarse por Cataluña y España que Berlín?
Mis colegas, sorprendentemente, poseen una visión muy objetiva de lo que ha sucedido en el último mes y medio. Tanto los italianos como los alemanes o los ingleses (encantados de que en esta reunión por fin nadie hable del Brexit), todos conocen con precisión las desventuras de Puigdemont, aun sin advertir hasta dónde llega la falsedad de algunas noticias que escuchan con asombro. Se quedan boquiabiertos si les cuento que nadie fue expulsado de un avión por hablar catalán y que similar falaz propaganda fue constante durante el referéndum, como las imágenes de la mujer a quien la policía supuestamente rompió los dedos o la violencia sucedida en distintas partes del mundo y que, de repente, tenía denominación de origen en Cataluña. Repito que se quedan boquiabiertos… pero no les extraña.
De cómo la sociedad llega a creerse estas y otras patrañas, que las mentiras del bando independentista han sido tan continuas como exageradas seguramente para mantener intacta la motivación ciudadana, es asunto para muchas columnas cada viernes: por eso no lo haré, porque a estas alturas nadie puede sorprenderse de la vulgaridad que se desliza por las redes sociales (cada día resulta más imprescindible que usted se quite de en medio, como he hecho yo). De ella muchos medios se han contaminado de manera interesada. Y la sociedad civil, que bebe de unos y otros, termina por no saber a qué atenerse.
No vivimos en el universo que conocíamos. El universo paralelo inventado por la revolución independentista ha acabado por fagocitar aquel en el que solíamos existir. Nadie hizo nada por oponerse o revertirlo, y esa es culpa exclusivamente monclovita, pero sí lo es la total e inequívoca dejación de muchos en sus responsabilidades políticas. Cuando el independentismo no se parlamenta, sino que se impone, adentro y afuera acaba eternizándose el invierno

viernes, 10 de noviembre de 2017

Rostropovich, Schönberg y Bach

Le cuento al peque que, 28 años atrás (para mí no son nada: él imagina el paleolítico), un 9 de noviembre, los habitantes de Berlín echaron abajo el muro que les dividía bajo la excusa de impedir la emigración masiva de ciudadanos desde uno de los dos lados, el Oriental. También le cuento que, dos días más tarde, un magnífico violonchelista ruso, Rostropovich, se sentaba junto al muro que se estaba derribando para interpretar la suite número 2 en re menor para violonchelo de Johann Sebastian Bach. Una música hipnótica, bellísima. Queco escucha de vez en cuando las obras clásicas que le pongo (de momento he logrado que el reguetón le parezca odioso, pese al entusiasmo de sus compañeros de clase), y en esta ocasión he querido que trate de imaginar, al son de Bach, aquel mundo de hace tan solo 28 años.
Porque si retrocedo en el tiempo, he de hablarle del lúgubre 9 de noviembre de 1938, cuando tropas de asalto nazis, junto a la población civil, destruyeron sinagogas, cementerios y establecimientos judíos por toda Alemania. A la mañana siguiente se iniciaron los arrestos masivos de judíos y su reclusión en los Lager, donde serían exterminados por millones. Para mí resulta complicado hacerle entender que fue tan terrible que una vez alguien dijo que, tras aquello, escribir poesía es un acto de barbarie. Entonces acudo a Schönberg y su “Un superviviente de Varsovia”. Pero no le gusta.
Cuando me pide que le explique de dónde provino tanta barbarie, acudo al 9 de noviembre de 1923, cuando Hitler proclama la revolución nacional alemana y constituye un gobierno provisional ante tres mil personas para crear un Gran Reich basado en la raza. Poco después es arrestado por golpista y, ya en la cárcel, dicta a su secretario Hess el tristemente célebre Mein Kampf al tiempo que advierte que su ansia de poder solo puede prosperar creando un partido de masas (popular) que le permita controlar Alemania.
Finalmente, el peque me pide que le explique si pasó alguna cosa más. Y le respondo que sí. Que un 9 de noviembre de hace 99 años finalizó una revolución en Alemania, tras la terrible Gran Guerra, que conduciría, entre otras consecuencias, tras una calamitosa república, a la llegada de Hitler al poder. Y que ese periodo lleva el nombre de una ciudad, Weimar, donde, dos siglos antes vivió Bach, al que Rostropovich interpretó sentidamente mientras caía el muro que encerró más negruras juntas que todas las frías noches del paleolítico.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Acosa, que algo queda

Tiene miga este asunto de los escándalos sexuales que emergen, años después, como esporas hibernadas bajo un cielorraso de vergüenza o miedo. Leo en la prensa el último de ellos, que concierne a un famoso actor de Hollywood, y tanto revuelo ha causado que incluso trasciende la noticia de que, a consecuencia de ello, se cancela el rodaje de una importante serie que protagonizaba.
En la vida privada hay muchísimo acoso, especialmente sexual. Pregunte usted a una cualquiera de sus compañeras de trabajo, especialmente si es bonita: descubrirá lo amargo que es descubrir que los hombres parecemos acosadores sexuales por naturaleza. El impulso del Tanathos freudiano es poderoso entre los especímenes de nuestro sexo. Pero no se trata del único tipo de acoso que se puede sufrir, desde luego, pese a su rimbombancia. Internet está repleto de zumbados que no tienen mayor beneficio que acosar a diestro y siniestro, y sin necesitar de una posición de poder sobre la víctima, solo desde la supuesta moralidad contagiosa en la que también se enfangan los casos que aparecen en la prensa.
Cuando uno lee estas noticias, los sustantivos que más aparecen en las reseñas son: miedo, vergüenza, soledad, fragilidad… pocas veces la afectividad entre acusado y acusador: tan solo el empeño del primero en beneficiarse sexualmente del segundo a cambio de promesas (o amenazas) sobre mejorar o no profesionalmente. Somos muchos los que nos preguntamos si el miedo es causa suficiente para acceder a los propósitos del otro. Parece más sensato denunciar y romper de una vez por todas con la escalada de acosos (porque no solo hay una víctima). Más sensato y más efectivo. Declarar a la prensa, años más tarde, que te han acosado o te has visto sometido a la depravación industrial establecida por los más poderosos, puede resultar moralizante, pero también exhibe su punto no sé si de cobardía o de cierto oportunismo moral de tintes hipócritas.
Cuando uno tiene principios, no espera a los finales para hablar o acusar o mostrar el dolor e indignación. Solo en ocasiones los principios pueden verse mancillados por un contexto de terror entremezclado de dominación (que se lo pregunten a las mujeres sometidas por maltratadores en aras del amor). Pero en las relaciones profesionales uno se vuelve cómplice cuando intenta hacer confluir el futuro con el pasado. A medias tintas nada funciona. Si uno calló entonces, lo que ha de hacer es permanecer en el mismo silencio oportunista.