viernes, 20 de abril de 2018

Cazadores

Mi tío, mi abuelo materno… todos labriegos y cazadores. Lo he contado alguna vez. De niño a veces me llevaban a ajear perdices o a conejos. Era aburridísimo: toda la mañana pateando el monte, saliéndose de las trochas y atajando por donde solo las cabras se atreven, para encontrar algún conejo extraviado o un nido de perdices. Todo esto formaba parte del acervo de los pueblos, de las rutinas del campo, mucho antes de que apareciesen en las ciudades los colectivos en defensa de la naturaleza, los animalistas y demás benefactores de los bichos.
En realidad, es fácil advertir que la gente comparte cada vez más un conocimiento establecido. Hace tiempo abandonó la experiencia directa para aceptar, o abrazar, lo que otros comunican, convirtiendo su sabiduría personal en un manojo de creencias. Sabiduría urbana, claro está. Incluso en muchos pueblos es así ya. Si tienen el placer de salir al monte o a la montaña, lo harán no por paliar la carencia habitual de naturaleza, o una ignorancia intrínseca del medio natural, sino porque pasear un rato por senderos, roquedas, cascajales y oteros forma parte de ese contacto que se ha estipulado como necesario para una vida sana. Pero la ignorancia de la que hablaba anteriormente seguirá igual de vigente, porque el urbanita ni vive, ni comparte ni entiende la cultura rural.
Me sorprendió el escarnio con que algunos medios atacaron al presidente francés cuando anunció recientemente que restauraría las cacerías presidenciales. O cuando el pasado fin de semana, por ejemplo, se vivieron en España una serie de manifestaciones en defensa de la caza y los medios rurales. Las redes sociales, que son urbanas, fanáticas y repletas de idiotez, enseguida pasaron al ataque, atravesadas de esa sedicente altura moral que las trufa como si una proclama cualquiera vociferada por millones de voces fuese más verdad que una certeza proferida por unos pocos.
El animalismo ha devenido identitario y arrogante. Hace poco me dio la risa al oír contar a una cocinera de colegio los lloros que soportaba cuando preparaba pollo asado para los niños. Sin olvidarnos de organizaciones como Proyecto Gran Simio, que pretende reconocer derechos humanos (sí, humanos) a los grandes simios (chimpancés, orangutanes y gorilas).
De verdad. Aunque me aburra, sigo prefiriendo una actividad cinegética responsable a las muchas rupturas ocurrentes que tratan de arrinconarla. Es una cuestión de medios: urbano o rural, y sus mezclas.

viernes, 13 de abril de 2018

Titulitis reveladora

Me pregunto qué necesidad tiene un político con mando en plaza (o, en su defecto, uno que pueda tenerlo) de falsear el currículo. Ya está arriba. Ya hace y deshace. Ya le reverencian. Ya le adulan. Ya le temen. No lo entiendo.
Tal vez haga acto de conciencia y descubra que le falta ese título o aquel otro porque en su momento se sintió indolente (jamás nadie se reconocerá incapaz) y le avergüenza admitirlo en su fuero interno. O tal vez porque nunca le interesó realmente estudiar, ni pensó que lo necesitase ante el meteórico ascenso que le aguardaba tras lustros de adulación y paciente espera frente al mandamás supremo, y estando en la cumbre descubre que no soporta la idea de que otros inferiores en poder a él exhiban con orgullo mejores gestas intelectuales (si es que el calificativo de mejores tiene algún sentido, que eso es tema para otra columna). Po descontado que no repara en pensar que acaso no haya manifestación mayor de medianía o imposibilidad o arrogancia o soberbia que una solicitud gratuita y torticera a Salmantica de “quod natura non dat”.
En realidad, lo digo así de clarito, me da igual que los políticos dimitan o no por una cuestión de títulos falseados o firmados en la puerta trasera, donde no hay ruido y casi tampoco luz suficiente para saber si lo que se firma vale algo o es pura basura. Si no dimiten por corrupción, ¿cómo van a dimitir ante el descubrimiento de su manifiesta incapacidad y galbana? Además, se encuentra todo el arco parlamentario tan afectado por la fiebre de másters y doctorados al peso, que lo de menos son estas tormentas políticas que solo descargan su ira por el consuelo del contrario de ver que los oponentes hacen lo mismo. Lo importante es la sensación de decadencia, de avidez por el poder sin contemplaciones y sin importar la preparación que uno haya atesorado para erigirse en poderoso. El dedazo requiere no estímulos, sino pleitesía. Un dedazo a tiempo, capaz de erigirte sobre los hombros de tus conciudadanos, no acostumbra a exigir formación profunda o capacidades conspicuas: tan solo la reverencia y mansedumbre del alma.
Un título no es otra cosa que unas cuantas horas robadas al sueño para el estudio, un examen, unas tasas, una espera nerviosa y un papel grueso y bonito con letras locuaces. Nada más. Les cambio yo a estos prebostes todos los míos por un mes cualquiera con su poder, el que tan estúpidamente se empeñan en arrojar al vertedero sin justificación alguna

viernes, 6 de abril de 2018

Estudiantes desiguales


Uno de los temas de conversación de estos pasados días de asueto en mi pueblo ha versado sobre la dureza de la enseñanza en mi tierra, Castilla y León. El hijo de un vecino, uno de esos extraños especímenes que aún pueden observarse en los desolados campos aldeanos (es decir, un individuo joven que aún no ha emprendido el éxodo), y que este año ha de superar la Selectividad, se quejaba amargamente de lo difícil que es acceder a una plaza en Medicina debido al rigor y dureza de los exámenes en la región. Alegaba que algunos amigos suyos han debido buscarse otra carrera, frustrados de ver cómo los estudiantes de Extremadura sí entran en Medicina en Salamanca pese a la evidencia de sus inferiores conocimientos y unas notas en Selectividad hinchadísimas. Curiosamente, la profesora de Lengua del enano, que es de Zamora y estudió en la región, se quejaba de algo muy parecido hace un par de semanas, en una jornada de puertas abiertas en el cole.
Uno echa un vistazo a los variados informes que tratan de aportar luz a la situación educativa en España y observa que, en todo lo que no es la Selectividad, Extremadura o Canarias, por ejemplo, se encuentran en los niveles más bajos, a la cola del resto, lo cual no me extraña en absoluto. Lo que sí atormenta es pensar sobre los motivos de las autoridades de una región para querer beneficiar de manera tan burda a sus propios estudiantes frente a los demás, en lugar de querer hacer avanzar más la calidad de la enseñanza en su territorio, que sería un objetivo mucho más interesante. A la postre, el gongorino ande yo caliente prima sobre todo lo demás.
Me parece alarmante. Si le pregunto al de mi pueblo responde que él también querría ver sus notas mejoradas y poder cursar Medicina; si le pregunto por el valor que concede a saberse con más conocimientos intelectuales que otros, me responde que de nada le sirve. Y no le quito razón. Le trato de animar diciendo que hace mucho tiempo que sufro alergia hacia los médicos y que acaso el tipo de acceso a esta carrera es la causa de ello. Se ríe, pero no sirve de mucho.
Hace muchos años que la educación dejó de ser un asunto de estado para convertirse en un asunto regional. Menudo error. Que para acceder a una carrera las pruebas de acceso sean distintas para unos y otros, aún mayor error. Tanta defensa de la igualdad, tanta integración y tanta gaita, y resulta que la praxis real política es la fragmentación y el regionalismo a ultranza.

viernes, 30 de marzo de 2018

Reseña de santidad

En Betania, María compra un perfume costoso y por ello Judas la reprende, cuestionando el despilfarro porque es preferible dar ese dinero a los pobres. Cristo, proféticamente, justifica el gasto porque él no siempre estará en el mundo. Yo jamás comprendí este pasaje, que se lee durante la celebración del lunes santo. Según Juan, es posterior a la entrada en Jerusalén, conmemorada un día antes. Lucas no menciona este episodio que, lux et veritas, cuestiona la monumental bronca de Cristo a los mercaderes en el templo.
Siempre preferí el martes santo. Jesús, de nuevo proféticamente, anticipa la traición de Judas y las tres negaciones de Pedro y, según Juan, al ser requerido para identificar al traidor, responde con la artimaña del ofrecimiento del pan mojado (en Mateo, en cambio, se trata de meter la mano en el plato).  En todos los casos es Judas Iscariote, hijo de Simón, quien resuelve el enigma. Yo jamás reprendí al pobre Judas, mucha más traición fue la de Pedro, sobre quien fue fundada la iglesia por Cristo momentos antes de expirar: los pilares de nuestra cultura occidental se cimientan en la moral de un cobarde.
La eucaristía del miércoles santo aporta la versión de Mateo de la historia arriba reseñada. Y ahí aparecen las 30 piezas de plata más infames de la historia, que algunos políticos actuales convierten, tal vez por desconocimiento, en 155 de oro. Inefable que es la cultura de nuestros próceres…
El Triduo Pascual inicia en jueves santo, donde solo Juan menciona el célebre lavatorio de pies, al que Pedro, puntal de la iglesia, se niega inicialmente para acabar pidiendo que el mesías le lave también las manos y la cabeza, al uso musulmán que se impondría en Oriente Próximo unos cuantos siglos más tarde. La sobriedad solemne de la liturgia anticipa el encarcelamiento y juicio de Jesús. Ya no vuelven a sonar las campanas hasta el domingo.  
El viernes santo, piedra central del Triduo, siempre me pareció emocionante y muy interesante en sus detalles. Marcos muestra a los discípulos como seres endebles y frágiles en extremo. Mateo, judío que habla a judíos, es quien más mayor insistencia relata la traición de Judas e incluso describe su muerte. Lucas muestra a un Jesús misericordioso en su pasión. Pero Juan, quien omite el beso de Judas o los escarnios al pie de la cruz, ofrece al Cristo la majestuosidad inherente y se interesa por las escenas del “Ecce homo” y del “Ecce rex vester”.
Léanlo. Hoy es viernes santo.

sábado, 24 de marzo de 2018

Datos voladores


Que los datos personales vienen y van, vuelan alto o bajo, o se cambian por cromos de los Vengadores, no queda duda. El modelo de negocio de Facebook y otras redes sociales es raro, muy raro: no cobran nada por estar ahí, ofrecen juegos y almacenamiento de fotos o vídeos, no venden coches ni casas ni batidoras (solo videojuegos, poco más), y lo único que piden a cambio es soportar las toneladas de indigesta publicidad con el que viene trufado el asunto. Y pese a ello, estas empresas tienen un valor cifrado en muchos miles de millones de dólares, como si se tratase del productor de aire atmosférico respirable. Por supuesto, admito que mi lúgubre y un tanto maltrecha mente no sea capaz de atinar con el quid de la cuestión, pero al hilo de las últimas revelaciones la cosa va tomando fundamento, que diría don Karlos.
Hace ya muchos meses que Facebook me eliminó, ignoro el motivo, haciéndome el favor inmenso de no tener que pensar mucho en la manera eficiente de quitarme de en medio. Y desde entonces, tras barrer todo cuanto a redes sociales pudiera sonar en mi vida, carezco de eso que todo el mundo sigue usando. Y soy infinitamente feliz. Como tampoco vivo en Estados Unidos ni tuve que decidir si era mejor votar a Trump o a Hillary, me quedé fuera de la controversia de los datos personales que tanto ha azorado a las gentes honradas de este mundo que defienden a capa y espada la ontológica necesidad de aparecer en el escaparate digital de las bobadas personales. Lo del whatsapp sí lo uso, básicamente lo juzgo un último reducto por motivos de practicidad, y aunque tentado estoy de mandarlo igualmente a tomar viento fresco, dentro de mí hay un forcejeo escéptico y nada librepensador que me conmina a seguir manteniéndolo. Pero cualquier día impongo orden y a la porra con todo.
Es feo este mundo del siglo XXI con todas estas gigantescas corporaciones Tyrell tratando de apacentar al ganado humano en los ingentes pasturajes de su poder e influencia. Como fea es la docilidad con que nosotros, ovejitas mansas y lerdas, nos regocijamos cuando nos colocan un numerito en la frente y nos declaran aptos para la existencia moderna, siempre interconectada, porque en esta vida de lo que se trata es de divertirse y nada más (pensamos). Esto de los datos voladores sí identificados no es asunto baladí. A mí me da lo mismo, total, “pulvis es et in pulverem reverteris”, pero no deja de ser una señal del absurdo mundo que estamos construyendo.

jueves, 15 de marzo de 2018

Los dos últimos años de una vida


Ignoro las sensaciones que ocupan la mente humana cuando, por el motivo o circunstancia que sea, se despeja la incertidumbre sobre el momento de la propia muerte, dando paso a un acotamiento más o menos preciso. Más, en el caso de los sentenciados a muerte. Menos, en el de los desahuciados por la medicina. Y digo que las ignoro porque me resulta absolutamente imposible dilucidar a qué eventualidad terrible e inquietante puede un ser vivo aferrarse para sentir el impulso de seguir viviendo como si el mañana se reprodujese para siempre, que es lo que pensamos todos los demás al acostarnos.
Al que ha sido considerado como mejor físico de los últimos tiempos, Stephen Hawking, recientemente fallecido, le pronosticaron dos años de vida y los aprovechó en un exceso a todas luces relativista, estirándolos hasta el medio siglo. A mí, que nunca me ha interesado demasiado la física teórica (por incapacidad intelectual y porque pienso que ofrece innumerables teorías que jamás podrán ser comprobadas o falsadas), las particularidades de su discapacidad, su verbo ágil y agudo, la proverbial exhibición de inteligencia y cultura que reflejaba en cada manifestación pública, y sobre todo la manera elemental de entender la vida con la naturalidad que la propia vida concede, me atrajeron mucho más que sus importantes contribuciones científicas. Al fin y al cabo, ¿qué somos cuando dejamos de existir, cuando ya no estamos? Un recuerdo perecedero, un afecto extinto, acaso una semblanza bibliográfica o un cúmulo de mitos y leyendas (tanto a favor como en contra). Salvo en su caso.
De Stephen Hawking se hablará en las redes y en los medios por un tiempo, se celebrarán aniversarios, le leerá el exiguo ingente de personas entusiasmadas por resolver los misterios del Universo, y cuando sus descendientes próximos vayan dejando la vida, su calor humano quedará definitivamente extinguido. Pero ninguno de nosotros, ni ustedes ni yo tampoco, le reconoceremos por habernos ayudado a solventar la difícil pregunta de cómo se puede vivir con el cronómetro descontando segundos a cada instante, aunque sí que nos mostró que con dos años de existencia futura se puede desplegar un colosal vademécum científico y humano más allá de lo alcanzable por nuestras mediocres existencias. Y no siendo ninguno de nosotros tan conspicuos, mucho me temo que recaerá en nuestro desánimo el lamento de no poder materializar en lo que nos reste de vida algo tan sublime y egregio.

jueves, 8 de marzo de 2018

Carnitas de Irapuato

México sigue siendo ruidoso. Los camiones, mastodontes con ruedas y prominentes probóscides, llevan los escapes trucados y, al reducir de marcha, suenan como las trompetas en Jericó. Durante el día puede ser divertido, a las cinco de la mañana no tiene ninguna gracia. Ninguna.
Hace calor. El periodo invernal dura lo que un suspiro y el buen tiempo llega para cubrirlo todo de sensualidad y hermosura. En la región de Guanajuato el mes de marzo más parece un agradable julio peninsular que las postrimerías del invierno. Los cielos, al atardecer, se colorean con tibieza colorada y grasa, igual que una convalecencia. No puede extrañar la amabilidad de estas gentes. Viven con humildad y rodeados de civismo y pasión por la vida. Las noticias del México más peligroso y ruin parecen extraídas de una mala pesadilla.
Cuando arribo a la fábrica a la que he de acudir, todos sonríen con indisimulada amabilidad. Uno no se cansa nunca de recibir los buenos días tal y como los saludan aquí. En España, la mayoría de las veces mascullamos un gruñido que quiere parecer educado, sin lograrlo. Hoy toca festejar un cumpleaños a media mañana. Hay tres trabajadores que han cumplido un febrero más este año y, como es costumbre, las celebraciones se aúnan para el primer viernes del mes siguiente. El convite es de tacos, colas y un estupendo pastel de crema de piña. Antes de empezar, cantan las mañanitas (que cantaba el Rey David). Les pregunto por el clásico cumpleaños feliz. Inexistente.
Había regresado de Arabia con unos cuantos kilos menos y aquí los recupero demasiado pronto. La gastronomía mexicana es excelente y los nativos gustan de agasajar al invitado. Las infraestructuras siguen demoradas en el pasado, pero se encuentran restaurantes y plazas comerciales como de lo mejorcito de Europa. Les pregunto por sus carreteras, los conductos subterráneos, el ferrocarril y todo cuanto me place preguntar. Siempre me responden con resignada sonrisa. Al fin y al cabo, este es su país y a él están acostumbrados. Por supuesto, han sufrido sucesivos gobiernos de ladrones. Como en todas partes, respondo.
Hoy el dueño me invitó a un chiringuito cutre a comer carnitas: trozos variados de carne asada en olla de cobre. Exquisito. El domingo estuvimos en Guanajuato, Patrimonio de la Humanidad. Lo recordaba atestado de gente en julio. Esta vez, temporada baja, me ha parecido uno de los pocos lugares del mundo capaces de dejarme sin palabras. Vengan a verlo.