viernes, 20 de octubre de 2017

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En Cataluña ha llegado la hora de las cuestiones prácticas. La dialéctica ya no importa. En realidad, ¿cuándo importó? Los independentistas aseguran que su revolución es apoyada mayoritariamente en la propia Cataluña y en todo el amplio espectro internacional. Todo ha de concluir, por tanto, en la tan cacareada República Catalana. Pura lógica. Si han prestado atención a la propaganda más reciente, el discurso se dirige a representar la respuesta del estado español como un hachazo dictatorial sin contemplaciones: cargas policiales, represión, alienación del derecho a votar y a ser independientes... Cataluña representa los valores europeos. España, claro está, es otra cosa. El problema es que tienen quien les escuche, pero muy pocos que les respondan.
Parece una vulgar astracanada, pero la obstinación en el absurdo ha acabado desfigurando la realidad en ambas orillas. Que Moncloa aluda al borrón y cuenta nueva en caso de que se convoquen elecciones anticipadas es una manera muy poco sutil, y desde luego nada egregia, de asegurar que no existe control alguno del Gobierno en Cataluña. ¿No les hemos llamado golpistas? ¿No han subvertido de arriba abajo la presencia (y el presupuesto) del Estado y de su propio Estatut y Parlament con tal de llevar adelante las delirantes maquinaciones que emergen de sus meninges? ¿Por qué se concede cancha política dentro de un marco constitucional a quienes lo han despreciado y pisoteado para imponer el suyo propio?
Un Gobierno que no piensa en sanear y democratizar las propias instituciones estatales, para devolverlas del actual descontrol (Mossos, TV3, la propia administración catalana, por descontado la educación) a un orden constitucional, de igualdad de oportunidades para todos los partidos y para todos los ciudadanos, es básicamente un Gobierno temeroso, apocado y cobarde. ¡Como el ínclito monclovita! Pero lo de Cataluña no se arregla con dos discursitos en el Parlamento. Es tanta la desolación que ha causado la supremacía nacionalista que creyó, finalmente, poder recoger lo sembrado por décadas de monstruosa ingeniería social que no habrá más remedio que emplear tiempo, esfuerzo, talento y dinero para recomponer el panorama tras la batalla.
La única benignidad (si puede decirse así) de los independentistas es haber esparcido antorchas por los oscuros andurriales que controlaban con holgura. Si hubieran seguido con el juego constitucional, hubiesen seguido menajando el cotarro in aeternum.

viernes, 13 de octubre de 2017

Pilares tristes

Tenía siete años cuando mi abuelo materno falleció un 12 de octubre. En Zaragoza eran fiestas y nos habíamos venido al pueblo unos días antes. Aquella noche mis hermanos y yo dormimos en casa de mis tíos. Llovía a mares. Cuando bajamos a casa, atravesando el pueblo por la calle que cruza la plaza de arriba abajo, pisoteando barro y charcos y suciedad de animales, mi tía nos dijo que nuestro abuelo estaba durmiendo. Cuando llegamos encontramos un montón de gente apostada en el porche, el vestíbulo y todas las habitaciones del piso inferior de la casa. El burro y las vacas pacían en las pesebreras del corral. Mi primo los atendía y echaba de comer.
Yo no entendía nada ni sentía pena. Veía llorar a mi madre, a mis tías, por supuesto que a mi abuela también, pero no descubría en mi interior causa que me hiciese compartir toda aquella tristeza. Mi abuelo era un señor mayor que se había pasado los dos últimos años enfermo. Estar encerrado con tanta gente, que no dejaba de rezar el rosario y murmurar, sin hacernos caso a mis hermanos o a mí, me aburría. De tanto en cuando, bajaba a hablarle al burro y a acariciarle las orejotas. No dejaba de llover y hacía frío. Pero aquel momento parecía importante y yo me sentía absorto: presenciaba algo que no comprendía bien, pero que debía tener su importancia. Mi abuela lloró amargamente, como nunca he vuelto a contemplar, en el momento de cerrar el féretro. Había acabado queriendo al hombre con quien la obligaron a desposar siendo casi niña.
Mi abuelo fue enterrado aquella tarde lluviosa del 12 de octubre de 1976. Fue el primero de la familia materna en quedar sepultado bajo las pedregosas tierras del camposanto del pueblo. Después lo harían todos los demás hasta desaparecer la familia poco a poco. Mi abuelo paterno, un catalán emigrado a Salamanca, había fallecido años antes, en 1970, y enterrado en la capital, pero de él jamás he recordado nada que no fuese el apellido o algunas fotos. Es curioso, mis raíces maternas han sido más profundas y han larvado con más tesón mi personalidad, pero lo que prevalece ante la sociedad civil es mi primer apellido, el de mi abuelo paterno y el de mi padre, quien por cierto yace enterrado aquí en mi pueblo, acompañando a su familia política, desde hace cuatro años, también por estas fechas.
El día del Pilar es de amargos recuerdos. Los de la vida. Los que necesito para entender las cosas que sí son importantes. Creo que ayer hubo ruido en España. Pero no me importó.

viernes, 6 de octubre de 2017

Revoluciones

He debido vivir esta semana en una Barcelona alternativa a la aparecida en la prensa. Cada día, de Sants a la Fira en Hospitalet (agradable paseo de 40 minutos), solo he presenciado normalidad: gentes haciendo sus cosas. Los colegas catalanes no dejaban de hablar de una Cataluña en llamas a causa de la violencia policial ejercida el domingo de las votaciones. Todos se referían a esos miles de heridos que, inexplicablemente, no han aparecido por ninguna parte para reconocer sottovoce que, en los aledaños del Nou Camp, cuando hay partido, se reparten muchas más hostias y en solo diez minutos. Yo no dejaba de pensar que se estaba informando exactamente aquello que Junqueras y los iluminados de la sedición habían pronosticado: el Estado es represor y ellos los únicos garantes de la libertad y el respeto.
En este país, cada vez que alguien sueña con la independencia, lo hace en aras de la democracia, nunca de las leyes. Tanto lo repiten que lo acabamos creyendo hasta que, en clara dejación de responsabilidades ciudadanas, somos incapaces de distinguir entre la autodeterminación de los pueblos y las negociaciones del convenio colectivo. Nos basta con vivir en paz, es decir: salir a comprar a los centros comerciales y poner musiquita mientras conducimos hacia el trabajo. Lo llamamos (algunos) relativismo, pero no es otra cosa que vulgar y ramplona comodidad. Nos espanta ver en peligro el confort de nuestras vidas, pero solo tenemos el silencio por respuesta ante cualquier afrenta. Solo así me explico que dejemos hacer a quienes se declaran en posesión de la verdad sobre el destino del pueblo, contra el capitalismo, el Estado y a favor de una distinta y evidente. Como salimos a la calle a pasear, no a vociferar eslóganes ni a enfrentarnos con nadie, nuestros principios han devenido vaporosos y grasos y ni la locura advertimos cuando llama a la puerta.
Por eso vi normalidad en Barcelona estos días. Porque el común de las gentes se limita a esperar con indiferencia o cobardía (caso del extraño inquilino de la Moncloa). Y mientras esperan, mozalbetes sin sesera y politicastros de tres al cuarto han llevado su canción salvífica a tal extremo que ahora ya no sabemos qué decir o qué hacer para parar este monstruo. Es el independentismo, esa connivencia extraña entre quienes sienten profundamente su tierra y quienes, a la izquierda del comunismo, solo desean derrocar al Estado para imponer la santa voluntad que les nace de los collons.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Medicina anacrónica

Por desgracia, en la familia estamos preocupados por la salud de nuestra madre. Prestar de nuevo atención a la medicina ha traído remembranzas de tiempos pretéritos, cuando en el pueblo se daba el aviso de que en casa había un enfermo y enseguida acudía desde el pueblo de al lado el señor médico, don José María, con su Dos Caballos, maletín en mano y saludos a los presentes antes de entrar en la alcoba donde se hallaba el paciente. Todos alababan en don José María su excelente ojo clínico, aunque la principal razón que unía a este con todos los habitantes de la Ramajería era la bonhomía, la proximidad, la afabilidad, la paciencia sabia y humilde con que trataba a los aldeanos y el conocimiento preciso de todas las circunstancias familiares y campesinas que los afligían.
Se lo comento a una amiga, médico radióloga. Lo confirma sin discusión: esa medicina ya no existe, se ha perdido. Los médicos son pobladores afligidos de los centros de salud que ni siquiera te hablan con respeto o educación. Sedicentes sacerdotes albos de un conocimiento que creen arcano, y que no es otra cosa que un checklist (hasta para un resfriado se hace una prueba tras otra, todas “para descartar”, que en eso consiste la medicina actual, en aplicar la lógica de los descartes), pocos saben interpretar síntomas y todos se esconden en los protocolos, la expendeduría de recetas y la interpretación de análisis con dos columnas (la buena y la real). Están deshumanizados. Como casi todo ya, para qué engañarnos.
El ojo clínico es un concepto en desuso, anacrónico, que denota arbitrariedad. Hoy la naturaleza humana confía en la evidencia científica, en el resultado de una semana de pruebas y análisis, acaso por no confiar demasiado en el talento y la práctica de los galenos. Dirán ustedes que los conocimientos y el saber no dependen de la petulancia, pero sí la intuición y el buen criterio, asignaturas que no se cursan en ninguna carrera.
No lo llamen ojo clínico: lo de don José María era una pericia que ya quisieran para sí mismos muchos de los médicos con los que me he topado y a quienes no confiaría ni la diagnosis de un resfriado (no lo hago). Que nunca olvidaré cómo una MIR quiso ingresar a Queco, siendo bebé de pocos meses, por creer que sus pupilas asimétricas eran evidencia de un tumor en el hígado; como tampoco olvidaré la aflicción innecesaria a que sometió a su madre ni la displicencia con que hube de despachar a tan impertinente personajillo.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Papeletas

Si lo pienso bien, me desasosiega ver cómo se ha llegado a las papeletas. La clase media de Barcelona, promotora del pacto, del seny, líderes en una Cataluña rica, liberal, optimista, emprendedora, artística… de repente ha desaparecido. Tantos años alimentando el mangoneo del tres por ciento, la imposición de la lengua y la educación en beneficio propio (armas básicas de cualquier sentimiento diferenciador), que al final se les ha ido de las manos. Por eso la egregia burguesía catalana calla. Incluso cuando la benemérita arresta a los altos cargos de una Generalitat olvidada de Tarradellas.
Si lo pienso bien, me arredra su cobardía. Podrían hablar, señalar con el dedo acusador a todos cuantos han preferido el tobogán al precipicio en lugar de la senda (mucho más aburrida) de la templanza y la negociación, que es el lugar donde se hace un país. La calle habla, como se ve en las manifestaciones de la Diada, pero solo habla la calle que se concita para expresarse: los demás, por no hablar, ni siquiera son acera.
Si lo pienso bien, veo unas siglas, CiU, anacrónicas, brumosas, corroídas, vestigios de una bonanza que por mucho tiempo se quedará recogida en casa ante el avistamiento de los nuevos batasunos, esta vez catalanes, esclavizadores de esa entelequia llamada PDCAT, herederos indómitos del pujolismo que, alzados sobre sus cabezas, han avistado un lugar más propicio para su mediocridad que el designado por un Estado que calla y paga porque, si habla, todos se vienen arriba, que eso de jugar con la singularidad histórica afecta por igual a propios y extraños cuando se parla la misma lengua.
Si lo pienso bien, este desvarío con mil cuatrocientas cincuenta y dos, perdón, cincuenta y tres maneras de resolverse, es consecuencia de la indolencia atiborrada de prosperidad de aquellos catalanistas que yo me encontré cuando hacía mi doctorado en una Barcelona que causaba envidia a propios y extraños. Tanta mecánica social solo podía acabar en dogma o en terrorismo. Han elegido el dogma. La religión. La exclusión. Si les llamo fascistas igual me abofetean, pero se han comportado como tales desde hace cuarenta años con sus inmersiones y sus pesebres clientelares pagados a escote por los PGE.
Si lo pienso bien, acaso el precipicio no esté tan mal para ellos: podrán imponer sus leyes, inventar la legalidad al paso, arengar a las masas que aún no se han dado cuenta de nada. Pero ese precipicio, no puede estar en la piel de toro. 

viernes, 15 de septiembre de 2017

Regreso a las clases

En ciertos institutos la impartición de las asignaturas específicas depende del número de alumnos que las soliciten. Entre este tipo de asignaturas se encuentran Cultura Clásica y Filosofía. No todos los estudiantes interesados en ellas las podrán cursar, porque si no hay un mínimo número inscrito sencillamente no se imparten; los enamorados de las letras, por ejemplo, habrán de someterse a la dictadura de quienes prefieren informática o educación audiovisual, que a nadie sorprenderá que sea una amplia mayoría.
Claro está, depende del instituto o colegio. Cuando muchos sedicentes gurús pedagógicos recomiendan que la enseñanza escolar se dedique a preparar a los alumnos para el mercado laboral, están justificando que en numerosos centros educativos la II República o la Guerra Civil apenas sean abordados, por ejemplo, o que los alumnos sean incapaces de diferenciar el grado de incidencia de los rayos del sol en invierno y verano. El sistema educativo ha devenido tan mutilado como inservible para construir ciudadanos.
Profesores y estudiantes viven continuamente en interregnos de leyes educativas. A muchos docentes con los que trato resulta harto frustrante ejercer su magisterio porque los currículos son absurdos y cambiantes. ¿Cómo explicar que la dichosa psicopedagogía, capaz de decir en un mismo informe una cosa y su contraria, ha calcinado las aulas hasta convertirlas en un pozo de tristeza y desmotivación? El problema, claro está, no se encuentra solo en las aulas. La enormidad del número de padres sobreprotectores, con sus estúpidas demandas, o la tiranía de lo políticamente correcto, capaz de aniquilar de un plumazo toda curiosidad intelectual en los estudiantes, son factores que anulan el prestigio del saber y proscriben el rigor o la excelencia. ¿Debe asombrarnos, como enunciaba en el primer párrafo, el desinterés absoluto de los estudiantes por aprender? Hay chavales que se ven a sí mismos antes como prisioneros que como seres potencialmente brillantes en lo intelectual.
Me temo que las vergüenzas y miserias de nuestro sistema educativo no dejarán de aflorar. No hay nada tan hermoso como enseñar, ni nada tan entretenido como aprender. Es lo que nos conforma como humanos, por eso desde las aulas han de construirse mejores ciudadanos para mejores sociedades. Imagino que suena utópico, pero de la ignorancia funcional solo se alimentan desastres como Donald Trump o Marine Le Pen. Pero oiga: como quien oye llover.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Por fin

Cinco años de agotadora agitación ha necesitado Cataluña para escenificar, penosamente, en un parlamento semivacío y embrollado, su primer paso hacia la independencia. La sublevación no ha alzado las armas (dice mi hermano que, sin ellas, las revoluciones son un timo) y el Gobierno se limita a recurrir al tecé, que no al ejército (más propio para una invasión que para mitigar una insurgencia).
Tarradellas ha quedado en el olvido. La borrasca antisistema que gobierna en Cataluña ha acallado las voces de una clase media que, como ninguna otra, acaso solo la vasca, supo ser próspera. La izquierda revolucionaria, que llama al asalto y se dirige a las clases catalanas menos pudientes con estruendoso ruido, ensordece el juego político y convierte en tontos patanes, aunque útiles, a quienes están en el Govern como tristes evidencias de un pasado de moderación muy productivo. Si el futuro de la Cataluña independiente pasa por estos iconoclastas, los catalanes tienen un problema.
Lo llaman democracia, pero solo porque tienen un lugar donde reunirse y urnas. Algunos los acusan de practicar un golpe de estado, pero… Cataluña no es un estado, como tampoco lo es Euskadi. Son soberanistas que, por una mínima aritmética, han decidido comportarse al margen de las leyes que los han ubicado en sede parlamentaria. Sin solemnidad ni vergüenza, tal vez porque no saben qué hacer el día 2 de octubre. Improvisan sobre un lienzo nunca antes escrito. Moncloa advierte de la dictadura que sobrevuela Cataluña. Yo quiero advertir a Moncloa que es en ese palacio donde reside el garante último de la legitimidad constitucional española. Tantos años de indolencia tiene consecuencias. Prodigioso nunca ha sido el señor Brey, para qué engañarnos…
De tener una posición incomparable dentro de España, y haberse erigido en numerosas ocasiones en su verdadero árbitro, Cataluña ha decidido forzar al Gobierno de Madrid, cuando jamás Madrid se ha atrevido a hacer lo mismo con Cataluña (palabras de Calvet, director de La Vanguardia, del 6 de octubre de 1934). La farsa de la independencia por collons no tiene remedio ni va a producir héroes enaltecidos. El sueño de gloria en que han rendido sus esperanzas fracasará porque, por fin, han decidido dejarse de soplapolleces parlamentarias y, como en el chiste, verán venírseles encima todos los indios, los mismos que, hasta el momento, no se habían puesto de acuerdo en hacer algo digno de una lección de Historia.