Qué paradoja tan reiterada nos visita cada Navidad desde que la BBC lo inventó en 1932. El discurso del jefe del Estado. Hay quien lo cataloga de inutilidad, lo cual es una pesimista forma de entender el parlamentarismo. Son los únicos discursos del año que, en un formato excesivamente insulso, pronuncia quien no puede interferir de forma alguna en la cosa pública. Salvo excepciones, y todos sabemos cuáles son: el pronunciamiento de Juan Carlos I el año del intento de golpe de estado (1981); las palabras de Felipe VI el año del segundo golpe de estado (2017) ante la inoperancia del pontevedrés que solo sabe leer el Marca y hablar de fútbol.
Los jefes de Estado tienen por misión, y responsabilidad, representar a su pueblo, no a sus gobernantes. No decretan, ni legislan, ni prometen las típicas fruslerías que luego incumplirán aquéllos porque todos saben que se pronuncian con el único objetivo de soltar soflamas con apariencia de disponer altura intelectual, no por compromiso o en la creencia firme en su contenido. Los jefes de Estado hablan para todos y en nombre de todos, no importa que se esté en desacuerdo. Hablar sin necesidad de ganar votos o satisfacer los éxtasis de la propia clientela o acariciar las inveteradas hipocresías de unos socios de gobierno, es justo lo que devuelve a la palabra la dignidad que la política profesional lleva décadas pisoteando, machacando, despachurrando, sin ningún tipo de piedad o misericordia.
Llegan las Navidades y la gente atiende, casi por inercia, a las alocuciones de los jefes de Estado. En España, e ignoro si sucede igual en otros países, por San Silvestre, los reyezuelos de los taifas autonómicos también se plantan ante las cámaras para dirigir sus indigestos sermones a los feligreses de la parroquia regional que creen gobernar, lo cual es alcanzar cotas muy altas de patetismo (porque las Autonomías, pese al efecto megáfono con que obsequian a sus gobernantes, solo están para hacer gobierno administrativo).
Frank-Walter Steinmeier en Alemania, Carlos III en el Reino Unido, o Felipe VI aquí, son los ejemplos reales. Dicen más o menos lo mismo, aunque de diferentes maneras. No tengo a los Borbones, ni a sus jefes de la Casa Real, por unos magníficos literatos: incluso no los tengo por particularmente cultos. El rey que vive en Abu Dhabi era un vividor y medraba muy bien por los bajíos del poder. El rey que vive en La Zarzuela, en cambio, siendo como es honorable y respetuoso, ha de sobrellevar como mejor puede el hecho incontestable de que lo fiscaliza un gobierno de estúpidos regido por la mayor cagarruta que se haya presentado a unas elecciones generales. Por ese motivo, aparte de una cierta gravedad institucional y las manidas referencias a la convivencia, cuando no de llamamientos a lo común, sin especificar en qué consiste eso tan llamado, sus discursos navideños no contienen nada particularmente brillante ni memorable. Tampoco nada obsceno, aunque ya se encargan los regionalistas y los niños de papá que forman Podemos (o como se llame eso con que engañaron a la tropa con el 15M) en vituperar cada frase que pronuncia, no importa que haya sido supervisada y aprobada por el gobierno del indocto al que unos y otros protegen para que no se les acabe el chollo que tienen.
Ahora compare usted con lo que pronuncia el jefe del Ejecutivo, y que en España coincide con el indocto que no duda en saltarse los protocolos porque se cree que, por haber sido elegido los suyos, que no los demás, se le deben mayores gabelas. Su discurso degenera con pasmosa facilidad siempre hacia la propaganda, el ajuste de cuentas o la exhibición narcisista. Es lo que pasa cuando un gobernante, en vez de dirigirse a la nación que le paga el sueldo, cree estar orientando a su parroquia. El andoba se creerá que los ciudadanos somos todos militantes y, de no serlo, mal por nosotros. Es el motivo por el que cualquier mensaje deja de ser un espacio de orientación a la ciudadanía para convertirse, de inmediato, en una pieza más del mercado electoral. Y además lo hace con pésima retórica. Es la misma lógica que el mitin de barrio o el tuit vengativo de los insomnes que, en plena madrigada, buscan apaciguar las voces ocultas de sus putrefactos demonios personales.
Hablaba de paradoja. Pero no lo es tanto. Cuanto menos poder real tiene quien habla, más libertad hay en lo que dice. Los que criticamos al indocto lo hacemos, precisamente, en aras de no deberle nada en absoluto, no como los miles de estómagos agradecidos (y abrazafarolas, que decía el otro) con que se ha rodeado. Y si le insultamos, sepan que es porque no hay elementos suficientes en la dialéctica para compensar los miasmas de un espíritu tan putrefacto. Precisamente quienes no gobernamos podemos permitirnos recordar obviedades que hoy suenan subversivas. Porque la convivencia siempre precede al conflicto, no como esta recua de patanes nos quiere hacer entender: que en el conflicto está el origen de la convivencia que ha de regirse de acuerdo a sus patrañas. La ley también es anterior a la ideología, aunque sea posterior al dinero, esa banalidad de la que nunca se acuerdan (de mentirijillas) cuando gobiernan: vean, si no, al otro andoba, el Zapatero, un prenda incluso más peligroso que el indocto. El de la Moncloa necesita el micrófono para justificarse ante el juez, para atacar las informaciones que siempre califica de bulos, o para asegurar que seguirá gobernando la próxima legislatura (aunque dudo que quede nada entonces en España para ofrecer a sus eventuales aliados).
Se desprecia los discursos navideños como parte de un ritual vacío, un ornamento perfectamente inútil de la liturgia del Estado. Sin embargo, sería conveniente revisarlos y situarlos correctamente en su contexto. Son como un Anuario confeccionado por Corín Tellado, sí, pero entre sus líneas yacen los pensamientos de todos (incluso los del Gobierno, que es quien los escribe). No se deje impresionar por los bobalicones que, bien sea desde los periódicos afectos o las televisiones propagandísticas, intentan minusvalorar cualquier voz que no sea la de su líder. Ya Ortega advirtió que el hombre-masa, ese que no reconoce límites ni acepta instancias superiores a su propio apetito, termina devorándolo todo. Es lo que ha pasado en España en los últimos veinte años. Porque lo único que aún permanece, aunque sea de esas maneras, son las palabras del jefe del Estado (y yo estoy convencido de que también permanece su sufrimiento, cargado de dignidad y responsabilidad: si el indocto se parece físicamente cada día más a un muerto viviente, es porque su sufrimiento, en cambio, es producido por su propia alma).
Es el mejor colofón escrito desde hace años, o uno de los mejores.
ResponderEliminar