viernes, 29 de marzo de 2024

Las siete palabras

No basta con ver llover, enturbiarse el cielo hasta convertirse en una fastuosa plegaria grisácea y cenicienta, atisbar tras los cristales cómo el agua cae, gélida e inclemente, sobre el asfalto o los campos. Ahora, también, hay que darle nombre a las borrascas: ese es el punto de aburrimiento que hemos alcanzado. Decía la semana pasada no sé qué de las calideces primaverales, sin percatarme de que nada hay tan variable como la atmósfera cuando atravesamos el equinoccio. Por eso, si hoy, Viernes Santo (cuando usted, caro lector, lee estas líneas) la lluvia se ha apiadado de las almas que ora rezan a su Redentor, ora expresan la compunción por sus pecados, la procesión de las Siete Palabras partirá de la Plaza Mayor de Valladolid para asombro de propios (los creyentes, especie en extinción) y extraños (los turistas, virus imparable donde los haya). 

No son palabras, sino oraciones en ambos sentidos: rezos con que los fieles plañen el dolor que atraviesa sus almas al comprobar que aquel a quien confieren su propio perdón y, casi por extensión, la causa de cualquier existencia en este mundo (cuando no en el otro), fue muerto en deplorables condiciones por ellos mismos, dos mil años antes; y frases, locuciones que el inmolado, creyéndose hijo de un padre celestial, imbibición que ya existía en las tierras babilónicas donde sus antepasados fueron hechos esclavos, entregó a la posteridad para mayor sobrecogimiento humano.

Conservan toda su vigencia si con ello nos referimos al contagio que se extiende por doquier sobre cualesquier organismos que busquen ser libres y felices. Pater dimitte illis, non enim sciunt, quid faciunt. La deriva social de hogaño. No importa que el decurso de este mundo nos adentre en enajenaciones paranoicas: cuando es tanta y tan gratuita la fatuidad ajena, lo menos que uno puede hacer es compadecerse de los idiotas. Amen dico tibi hodie mecum eris in Paradiso. Los exaltados y fanáticos, de todas clases. Ellos, como nosotros, acabarán sus días enterrados, cremados, mas siempre olvidados, y ahí terminarán sus obsesiones, sus fijaciones, sus manías perpetuas por revolucionar aquello que ya fue regenerado por mejores revoluciones que la suya. Mulier ecce filius tuus; filio, ecce mater tua. Cuando para ser mujer no basta con tener predispuesto el biológico organismo para la gestación, sino que es suficiente con presentirlo de alguna manera en la propia consciencia (esa tan inconsciente que se extiende de occidente a oriente, pero sobre todo en occidente), vindicar la realidad y la identidad de una mujer, sea o no sea inequívocamente madre, parece un deber cívico y social. Deus meus Deus meus ut quid dereliquisti me. No vivimos abandonados de dios; somos nosotros quienes lo hemos reemplazado por dioses alternativos, a cuya devoción encomendamos cualquier espíritu que creamos acoger dentro. Sitio. ¿Cómo no sentir una sequedad interior horripilante y enloquecedora con tanto como viene sucediendo? Sed de justicia, que se decía antaño, pero también ansia de ver acabada esta conjura de necios que ha descubierto en políticos mendaces y analfabetos el más eficiente medio de alcanzar la incansable y cada vez más extensa mediocridad del pueblo (igual de mendaz, igual de analfabeto, pero sin los resortes que entrega el poder). Consummatum est. ¡Qué tentación tan sugestiva dejarse vencer por el desaliento y entregar las armas antes que defender el derecho, tan humano, tan inherente, de ser libres, de no permitir influencia alguna, de señalar a los dictadores, a los egoístas, a los ambiciosos y a los codiciosos, cuál es el camino recto de la verdadera salvación. Pater in manus tuas commendo spiritum meum. Y sí, finalmente uno advierte que deberíamos implorar la existencia de alguna entidad superior que impida que todo quede en manos del nefasto hombre, un ser tan infausto y ciego que es incapaz de trascender su propia voluntad. Pero no, con la última expresión, llega la muerte: la muerte de la libertad verdadera, la muerte del conocimiento, la muerte de la razón, la muerte de cuanto aleja de nosotros la sombra de la mediocridad y la destrucción. 

La gran enseñanza de la Semana Santa no es la resurrección, aspecto exegético que solo de la fe individual depende, sino la muerte, que alcanza lo mismo a los individuos que a las sociedades, lo mismo a los recuerdos que a las fantasías, donde un mundo mejor tiene igual vacuo sentido que este mundo peor que nos hemos habituado a conllevar.


viernes, 22 de marzo de 2024

De danas, donas y damas

En estas calideces vernales, porque la primavera ya entró, aunque usted, caro lector, no se diese cuenta, asombrado como estaba con las gratas contemplaciones de un campo tan arrebolado como las nubes del cielo, las noticias de las inminentes borrascas pascuales nos mutan el rostro, decolorándolo. De un tiempo a esta parte las vienen en llamar “danas”, supongo que debido a la creencia popular de que los acrónimos técnicos nunca engañan (las palabras del diccionario sí, sin duda alguna), expresión de horrible cacofonía que me retrotrae a una fecha de 1996, cuando viajé por primera vez a California, a San Francisco, para más señas, y en una tienda de la calle le pedí al dependiente mexicano que deseaba comprar un café largo y un dónut, que él llamo “una dona”. Quise replicarle con una gracia: que no necesitaba yo, por entonces, que me sirviesen las damas emplatadas y dispuestas para el mordisco, que con mal propósito se recordaba por algo parecido al infame Fernando VII, y yo me preciaba de atractivo, jovial y animoso, de modo que no necesitaba de celestinas. Como, en un relampagueante plazo de tiempo, mi cabeza decidió que el manito aquel no iba a entender nada de ese barrunto mío, y me pareció lo suficientemente simpático como para no querer disturbar su mañana, dejé pasar la elaboradísima gracia, y procedí a abonar los pocos dólares que el desayuno costaba.

Piensa uno, en su soledad, con no poca impostura, que hay donas y hay damas, especialmente ahora, en este mundo enloquecido donde las pulsiones biológicas, dominadas por los genes, tan egoístas y astutos ellos, ha franqueado el paso a toda suerte de impulsos combinatorios, sancionados en las leyes, y pobre del tontaina que intente zafarse de todo eso en la creencia de que rigen nuestros pasos un puñado de majaderos, sin seso alguno en la cabeza, que se comportan como pollos sin cabeza o como infantes en una clase el día que el profesor no ha venido: enloquecidamente. Uno observa, por ejemplo, el banquillo de los ministriles en el congreso, y descubre en él a un buen número de donas, muy gestuales, diría que bobaliconas en sus empeños por seguir granjeándose la confianza del idiota que allí las puso (y dispuso), pero a ninguna dama, porque -yo, al menos- de ninguna querría el contento de sus labios rojos, de sus uñas rojas, de sus rubicundos cabellos, en caso de que tuviesen estas características, por mí tan preciadas: basta oírlas hablar para que se venga abajo todo el tenderete genético y no quede detrás, como en un erial, en un escampado, sino la más absoluta nada.

Dama hay una: cierta ayuso reconvertida en aragonesa Agustina, por tanto como andan las gentes sulfuradas de indignación con lo que está ocurriendo y no encuentran enfrente sino a un tipo algo mediocre, monocorde y gallego, que no acierta con el paso ni equivocándose. Pero, ay, incluso las damas más conspicuas, audaces, sagaces e inteligentes tienen un mal día, y la ayuso aragonecizada lo tuvo cuando, desde pública tribuna, tuvo a bien defender la honorabilidad del cutre que se ha echado por novio, cutre de cochazo sin iteuve y multa de estacionamiento, porque hay que ser cutre para echar un buen pelotazo y comprarte un cacharro de esos y, encima, no pagar a Hacienda lo que a Hacienda le viene en gana sablearnos, que es mal de muchos. Coño: paga y jódete, como hacemos todos. Luego denuncias a la dona esa de las maneras vulgares (donde no hay…), pero queda como un rey, o un príncipe, que las ayusos no merecen menos. Joder, hay que ser idiota. Pero no quiero emborronar la memoria de la dama, bruna y de supremas cualidades en todo su femíneo ser, de repertorio tan ágil y atinado que las donas (y donos) del banquillo azul no saben ya cómo detenerla, porque los arrolla a todos como un tren de mercancías. 

Pero mientras tanto, por influjo vernal, seguiré soñando con extensos campos primaverales de labios encarnados y montes lujuriantes.


viernes, 15 de marzo de 2024

EL 11-M, VEINTE AÑOS MÁS TARDE

A mucha, muchísima gente, hablar del 11-M produce pereza, indolencia, una pizca de hartazgo, y no poca irritación. Salvo para quienes están convencidos de la completitud de la sentencias de la Audiencia Nacional y la posterior del Tribunal Supremo, un convencimiento legítimo, por lo demás, la historia de los atentados demuestra, tal vez como ningún otro ejemplo, la profundísima polaridad existente en la sociedad española a la hora de afrontar sus problemas internos. Porque la historia del 11-M es la representación más lacerante y atroz de las divisiones que padece este país, más allá de toda diferencia ideológica. Ni siquiera unos atentados tan crueles y sanguinarios fueron capaces de hacer converger a los españoles. Unos y otros, movidos por sus personalismos y enfrentamientos, como dos países en perpetua disputa, demostraron sus torpezas en un momento en el que, tal vez más que en ningún otro, las diferencias hubieran debido dejarse a un lado. En Estados Unidos, por ejemplo, el atentado contra las Torres Gemelas produjo una unión sin precedentes de todos los poderes (públicos y privados) y una demostración (a posteriori, eso sí) de cómo han de llevarse a cabo las investigaciones policiales y judiciales, con independencia de las anexiones a la política militar emprendida por George Bush Jr. tras los luctuosos acontecimientos de aquel ya lejano mes de septiembre. Supongo que con la ejecución de Bin Laden, ordenada por un presidente ideológicamente nemético a quien ordenó la guerra en Irak, la sociedad americana surgida tras el 11-S pudo poner fin a su larguísimo duelo. Otro tanto sucedió en Gran Bretaña, cuando el atentado de Londres. 

En España, no solo hubo desunión entre las masas. Tampoco hubo juego limpio político, ni desde el Gobierno saliente, que después padecería en sus carnes las consecuencias de todas las decisiones que adoptaron, ni tampoco los cuerpos de seguridad del Estado desarrollaron una actuación ejemplar y eficiente ante la más tenebrosa investigación a la que hubieron de hacer frente. De hecho, bastaría con señalar las muchísimas incógnitas que el propio proceso del 11-M encontró y señaló, pese a los esfuerzos por cerrarlas o aclararlas, y la creación desde aquellos días de una corriente de opinión totalmente incrédula ante lo que luego vino a denominarse "versión oficial", para aceptarlo. Respecto a este punto, tan oscuro, sorprende la tenacidad de cuantos obligan a que la realidad jurídica del 11-M sea suficiente para acallar a quienes estaban convencidos de que nada de aquello coincidía, punto por punto, con la realidad histórica que se estaba viviendo. Que no sepamos aún con qué dinero se pagaron los atentados es algo que a cualquiera debería ofender, porque los juicios no desentrañaron nada que fuese una parte visible y obvia, y en ocasiones groseramente manipulada, manifestando con ellos los jueces y fiscales y abogados su incapacidad para adentrarse en las turbiedades que entonces emergieron.

Tal vez por el ímpetu (y testarudez) con que ciertos periodistas removieron todos los puntos oscuros (o inherentemente negros) de las investigaciones, y por el vuelco electoral que el 11-M produjo, tal vez por ello a quienes objetaron sospechas o dudas durante el proceso (huelga decir que de manera legítima, que para ello existe la libertad de prensa y de expresión: otra cosa es que se deban aceptar sus teorías o sospechas como válidas), se los ha venido a llamar desde entonces "conspiranoicos" o defensores de la teoría de la conspiración. Basta con emplear uno cualquiera de los sinónimos del vigente negacionismo, en el marco que sea, para tratar de embarrar y pringar cualquier voz que demande explicaciones más claras. No deja de ser una más de las muchas dictaduras con las que el mundo moderno se viene infligiendo a sí mismo las heridas sociales más profundas. Pero no podemos dejar pasar por alto, todas las veces que sea preciso, que la propia sentencia del 11-M, en muchas de sus páginas, consideró que hubo preguntas sin posible respuesta y manipulaciones y escollos numerosísimos: esta confesión fue pareja a un buen conjunto de críticas y objeciones tanto a la instrucción judicial previa como a las actuaciones policiales entonces desarrolladas, a las comparecencias (políticas o no), los escasos vestigios conservados de los atentados en momento tan crucial para la vida de un país (con más de cincuenta años de lucha antiterrorista a sus espaldas), y los testimonios entregados por quienes tenían la responsabilidad de defendernos del ataque, primero, e investigarlo, después. Dudo que nadie acuse al juez Bermúdez de "conspiranoico", pero extrapolando las palabras escritas con que sentenció el juicio, y algunas de las que pronunció más tarde, acabado todo, en diversos medios y auditorios, bien podría afirmarse que tuvo alguna noción de ello, por lo demás, pronto mitigada en la propia responsabilidad de la que se sabía protagonista. 

Por supuesto, para quienes siguen aferrándose a la ejemplaridad de todas las investigaciones y la prontitud con que fue resuelto el asunto; a las mentiras proferidas por Aznar y su Gobierno (que las hubo, y no pocas); a la audacia de Zapateros y Blancos y Rubalcabas... para todos ellos, cualquier terquedad en intentar exponer de manera organizada y justificada los interrogantes que todo el proceso dejó tras de sí, ha de rechinar las meninges. Sorprende que sean tan escasas las ocasiones en que sometan su criterio a la siguiente pregunta: si todo quedó negro sobre blanco, tanto para la Audiencia Nacional como para el Tribunal Supremo, ¿por qué no estuvo todo el mundo conforme, o al menos una gran cantidad de los agentes involucrados, con la sentencia, por cuanto esta disconformidad no se tradujo en un apasionante debate jurídico sino en una escisión aún más profunda de los dos bandos? ¿Abundan tal vez los "conspiranoicos" como champiñones en un majadal, convirtiendo a personas de incuestionable inteligencia en fanáticos similares a quienes perpetraron o idearon los atentados? ¿Es la exposición de dudas e interrogantes un mal que, cual negacionismo climático, deba ser perseguido y sometido al juicio de las hogueras en plaza pública (pero sin ecpirosis sobre carne humana)? Tal vez pertenezcamos a un país donde la gente quiere simplemente vivir bien y dejarse en paz de problemas. Pero a mí un país tal, no me gusta. Por eso nadie va a conseguir que me calle.

No he hablado del 11-M en veinte años. Y creo que ha llegado el momento de exponer mi visión, prestada de todas las partes y actuantes (jueces, policías, abogados, periodistas, políticos..., de uno y otro bando), y organizada tal cual yo concibo mis sospechas, que las tengo. No son infundios. Lo que van a leer a continuación es una narración elaborada de la amplísima sentencia del sumario 20/2004, con referencias explícitas a la sentencia de la Audiencia Nacional, a la del Tribunal Supremo o a la instrucción previa de los hechos. No se trata de una explicación alternativa, o conspiratoria, simplemente un desencuentro con la resolución de un caso donde hubo demasiadas negritudes. Es posible confrontar y verificar en la sentencia cada una de las exposiciones que aquí se mencionan. Hay autores que ya lo han hecho. Se advierte al lector que algunos párrafos son interpretaciones o sospechas que, por ausencia de pruebas materiales, quedaron como indicios o sospechas, pero no como hechos probados. Pero la realidad no solo se construye alrededor de aquello que es posible demostrar fehacientemente (eso es algo que compete a la realidad jurídica, de la que este relato no desea formar parte), y veinte años después creo que es posible construir una realidad histórica más amplia, aunque objetable, basada en todo aquello que las investigaciones judiciales y policiales no fueron capaces de determinar, motivo por el que tampoco fueron capaces de convencer a todos (y recordemos que, entre esos todos, se halla buena parte de los familiares de las víctimas cobradas por las explosiones en los trenes de cercanías).

Escribo esto por respeto a las víctimas y como repulsa a los atentados, que fueron desencadenados materialmente tanto por quienes en este relato son nombrados como por quienes no aparecen en él, y que, desde mi punto de vista, son los autores intelectuales (y económicos) que las setecientas páginas de la sentencia fueron incapaces de dilucidar. Pero también ha sido mi objetivo mostrar cómo en España algunos medios de comunicación pudieron, con total jactancia, culpar de la muerte de dos centenares de inocentes no a los autores materiales de los hechos, sino a un Gobierno legítimamente constituido que impulsó legítimas (por controvertidas que fuesen) políticas en su actuación exterior e interior (decir lo contrario es postrarse ante las presunciones de la infamia); y cómo diversas ideologías políticas sacaron provecho de ello, actuando en total connivencia con las anteriores, y alterando el decurso de la historia para siempre, pese a que muchos de sus principales actores tuvieron conocimiento preciso y exacto de cómo iban desarrollándose las investigaciones; y cómo los cuerpos de seguridad fueron incapaces de salvaguardar la integridad de las investigaciones o la custodia de las evidencias, interponiendo todo tipo de trabas y obstáculos a quienes buscaban trabajar con lealtad al país en el esclarecimiento de los hechos, cuando no alterando manifiestamente las pruebas obtenidas; y cómo la Fiscalía, un cuerpo jerarquizado que siempre obedece a sus superiores, no tuvo por pretensión en ningún momento servir al auxilio y alivio de la memoria de las víctimas y sus familiares, sino al interés particular del Gobierno luego proclamado tras un vuelco electoral que, sin los atentados, jamás se hubiese producido; y, finalmente, cómo he llegado a pensar que España, a diferencia de otros países atacados por el terrorismo, como EEUU o Reino Unido o Francia, es el único Estado que no ha podido ni sabido dilucidar las causas y el origen de uno de los peores ataques perpetrados en suelo europeo. Claro que fue España el único de los países anteriormente citados donde no atentó Al Qaeda.   



Puede leer el resto del artículo en este enlace: "Los conspiradores del 11M"

viernes, 8 de marzo de 2024

De mujeres e imbéciles

Cada 8 de marzo (algunas, muchas) mujeres salen a la calle a reclamar más derechos e igualdad, por aquello de ser (o haber sido alguna vez) el día de la mujer trabajadora. Lo de exigir más derechos no lo entiendo: pensaba que los derechos estaban reconocidos por igual para hombres y mujeres. Pero lo de reclamar mayor igualdad, sí lo comprendo cabalmente, pese a lo mucho que se ha avanzado. Y hasta aquí el introito políticamente correcto (salvo por el desliz de los derechos). Lo que sucede, es que no sé muy bien si van a salir a la calle hoy las mujeres que son mujeres o los hombres que dicen haber visto la luz y que dicen ser mujeres. Como esto de ser mujer parece que consiste en meras sensaciones internas, y cuídese usted de proferir lo contrario que como poco lo multan y enchironan, parece que conviene andarse con algún cuidado. 

Como me da lo mismo lo que digan de mí, afirmaré que no tengo por mujeres ni a los hombres que se operan (la apariencia de mamas y gónadas no es el indicador biológico que define a una hembra mamífera) ni a los que no se operan y piden taquilla en el vestuario de las chicas. Oiga, es lo que marca la ley, esa ley tan maja que los podemitas, cuando pintaban algo en el gobierno sanchista, plagiaron punto por punto de la correspondiente ley canadiense, y que los jueces se ven obligados a juzgar por encima incluso de la libertad de expresión, derecho constitucional donde los haya. Es patético que a un maromo de dos metros de altura y 90 kilos de peso, con barba de varios días y buen rabo entre las piernas (lo siento, pero no me sale decirlo más elegantemente), le baste con acudir al registro civil para poder pasearse en bolas por el vestuario femenino obligando a sus víctimas allí presentes (ellas, las hembras de verdad) a poner cara de espanto, el grito en el cielo o simplemente salir corriendo a taparse de manera preventiva y rápida porque enfrente hay un caradura que dice ser mujer, pero no quiere operarse ni cosa por el estilo. Si yo digo ser rojo cangrejo de río no me hacen ningún caso, luego esto de las sensaciones femeniles en nacidos masculinos ha de beber su importancia en la diferencia entre los sexos, porque estos transestúpidos disponen ahora de capacidad sobrada para acabar de un plumazo con los espacios seguros para las mujeres y con el deporte femenino, por mencionar solo un par de aspectos. 

Bastó con inventarse lo del género y que el ínfimo colectivo que lo representa alcanzase los despachos ministriles, para convertir algo falso, mendaz, estúpido, fraudulento e infame (declararse mujer por cojones, perdón de nuevo) en nada menos que un asunto avalado por las leyes que ellos mismos promulgaron y muchos otros, tontos igualmente, avalaron con su voto en sede parlamentaria. Sé que escribir lo anterior es exponerse a que la policía, si media una denuncia, me detenga por transfobia. Pero como para no serlo: el mundo se ha llenado, de repente, de idiotas profundos. Yo, por mi parte, no pienso medir mis palabras en este asunto, ni ahora ni nunca.

Lo curioso es que nadie en este gobierno, ni en muchos otros, piense que todo lo anterior es una barrabasada con mayores miasmas que los pozos ciegos. Hace poco uno de estos individuos con pingajo en el centro anatómico, pero muy mujer en su sedicente fuero interno (nominación a la que la ley, repito, obliga a respetar, cosa que a mí me la trae al pairo), asesinó a un muchacho canario que también se identificaba como mujer. Y pensábamos que la violencia machista y sexual era, sobre todo, cosa de hombres, como el coñac barato: pues no, ahora es también cosa de mujeres, de esas mujeres, esas que no teniendo doble cromosoma equis, creen que tal minucia no importa nada. 

Pues bien. Que me distraigo del tema. Hoy saldrán a la calle muchas mujeres feministas (y también las que no lo son). Y seguro que también algunos individuos que ni los borrachos ni los niños son capaces de identificar como mujeres. Y se montará un rifirrafe, o al menos eso quisiera. Porque aquí, quien más tiene que perder, son las mujeres, y de repente no ante los hombres de toda la vida, ahora también ante esta otra clase de hombres, tontos del culo desde que tuvieron el actual uso de razón, que pretenden esquilmar, humillar, denigrar y ningunear a las mujeres arrogándose el derecho (avalado por tamañas leyes necias) de ser como ellas, o acaso más que ellas. 


viernes, 1 de marzo de 2024

De baldomeros y europeolvidos

Baldomero tiene por afición acabar con la vida de todo aquel que lo importune. Es una afición horrenda, escandalosa, pero al parecer no lo suficientemente siniestra como para verse obligadas nuestras elites políticas a tomar cartas en el asunto. Unos argüirán señalando que en Rusia, desde el principio de los tiempos, es decir, mucho antes de los delirios leninistas-estalinistas y por descontado muchísimo más antes de las actuales aberraciones baldomerianas, todo esto de matar opositores es cosa intrínseca a su carácter de oso casi polar, como tiene el desdichado país siberiano, donde el tipejo este (y cuántos tipejos proliferan por el mundo, hay que ver) le ha sustraído a Alexei Navalni aquello que era intrínsecamente suyo, es decir, la vida. El putinesco mandamás de ahora aún no ha aniquilado a millones de compatriotas suyos (porque, oiga, matar enemigos extranjeros igual tiene un pase en una guerra, pero aniquilar a los propios ya es demostración de amor hacia el pueblo que avasalla), como sí hizo el otro enano aquel georgiano que nombrábamos un poco más arriba. Pero si le dan tiempo, y ojalá que no tenga ninguno, lo mismo se lo piensa: ¿acaso no son rusos y ucranianos casi hermanos? 

Salvo en la etapa de Boris Yeltsin, con su simulacro de democracia a la rusa, y parcialmente en la anterior de Gorbachov, en Moscú, y otras capitales del susodicho país, siempre ha gustado eso de matar disidentes. Pero lo de Baldomero es de traca, por aquello de que el país siberiano ya no se llama URSS, que equivalía a muerte y destrucción incluso para los comunistas occidentales (salvo alguno despistado). Ahí están los asesinatos de Anna Politkóvskaia, a balazo limpio; de Aleksandr Litvinenko, con polonio sin adulterar; de Mikhail Beketov, por las secuelas de una paliza que le dieron sin contemplaciones. Como ahí quedan los cientos y miles de encarcelados por algo tan natural como disentir y proclamar lo contrarios que son a las prácticas baldoméricas. Todo esto es bien sabido. Por tanto, retomo el debate inicial: por qué la Unión Europea, tan proclive a salvar animalitos y valles y ríos y atmósferas, no hace absolutamente nada para pararle los pies al putinesco enano. 

Vaya pregunta más estúpida, se dirán, mientras el olvido de la guerra ucraniana prosigue su molienda lenta y, al parecer, inatajable. Dos años llevan combatiendo los ucranianos contra los infinitos ejércitos rusos y contra la indolencia occidental. Esto de las causas nobles y justas solo posee relumbre las primeras semanas, meses todo lo más. Luego se pierde indefectiblemente la refulgencia y la pasión, como en los matrimonios una vez experimentada la luna de miel, porque a esto de las catástrofes ajenas le sucede como a los amores una vez que se institucionaliza la convivencia: que se vienen abajo incluso antes de comenzar. Cómo molestan las cosas malas que suceden en el mundo cuando les sucede a otros. Nada mejor que aliviar las consternaciones con buenas dosis de olvidanza. Pero, ojo, que no se les retribuye con generosidad a los mandamases y funcionarios para que actúen como nosotros. Entre sus responsabilidades se encuentra la de no desfallecer, como no desfallecen en su empeño de convertir Europa en una ruina agrícola o energética. 

No me interesa saber a cuántas personas va a matar Baldomero en lo que le reste de vida, que espero que sea muy poco (y muy pocas). Me interesa mucho más de qué manera esta Europa nuestra va a seguir mostrando no solo interés, también decisión, en acabar con ese imperio de terror en que el putinesco personaje ha convertido su extenso, frío y no bien entendido país