La pasión de Pedro Sánchez por el artículo 1.1 de nuestra Constitución tiene un sentido estrictamente devocional. Algunos pensamos (porque me incluyo) que el indocto es alguien a quien el tiempo, y su incultura, han modelado sin mucha paciencia hasta convertirlo en lo que es ahora mismo. Y aunque resulta complicado describirlo desde un punto de vista político, porque el sujeto presenta tantísimo trastorno mental que incluso incomoda a sus exégetas, sí podemos establecer un par de características desde las que establecer su semblanza. No comentaré que sea un mentiroso, porque lo es, eso está fuera de toda duda, pero los mentirosos más interesantes son aquellos que confiesan sin rubor creer en verdades falsas. Tampoco reseñaré que sea un inculto, porque dudo que muchos de sus adláteres, empezando por quienes ostentan alguna cartera ministerial y terminando por esa legión de turiferarios que glosan cada día, cada minuto, sus inexistentes virtudes, tratando con ello vestir al pobre interfecto de emperador de lo cutre, todos ellos se han abonado con él a esa carrera política donde prima el egoísmo, la ceguera, el odio, el rencor y la estrechez de miras.
La primera cualidad que lo representa es creerse un devoto iluminado. Y como los focos y fanales son sostenidos por un grupo variopinto de macarras, secesionistas, comunistas (con chalé y fondo de armario), ventajistas, desaprensivos, tahúres y listillos de poca monta, y él lo sabe (porque es idiota, pero no es ningún tonto), solo necesita mostrar la devoción de quien se sabe ungido aunque no sepa para qué. Y, no saberlo, es justo la causa de que concentre todos sus esfuerzos vitales en mandar y, como presumiblemente muy pronto se sepa, en enriquecerse tal y como ha hecho y sigue haciendo su odiado Zapatero, ese tipo que siendo ex-presidente ha seguido actuando en la sombra, aprovechándose de lo cosechado en su fatídica etapa monclovita, y a quien seguramente el indocto envidia tanto como detesta. ¿Detesta?, preguntará usted, caro lector. Sí, lo detesta. Zapatero llegó a la presidencia muy bien informado de lo que realmente ocurrió un once de marzo, pues los mandos policiales de este país y los servicios de seguridad son tan patrióticamente de izquierdas que no tienen tiempo para defender al Estado de los más abyectos criminales y delincuentes, entregados como están a que sigan gobernando los rojos y verdes (rojos, por lo de ser comunistas de salón, y verdes por el color de los billetes de dólar). Y está igualmente bien informado de cuanto sucede en la Moncloa. No obstante, dispuso a sus huestes en Interior y en Defensa.
La segunda cualidad es que el indocto no lee. Esto a nadie ha de causar espanto: vivimos una época en la que hay muchos libros en las tiendas y nadie que realmente los lea -seguramente ni siquiera sus autores (y los hay prolíficos)-. Como dicen los incultos, todo está en internet: sobre todo su propia incultura. De acuerdo a esta cualidad del indocto, no es de extrañar que jamás haya leído la Carta Magna que prometió (o juró, no sé bien a qué verbo se encomendó el sujeto, tanto da, no pensaba proceder con ninguno de ellos). Fíjense que el artículo 1.1 es el primero de todos. Ya sé que algunos ni siquiera concluyeron su lectura: pero el indocto ni siquiera lo empezó. Usted, o yo mismo, cuando abrimos el librito de la norma suprema, lo palpamos como si fuésemos testigos de un misticismo rayano en la revelación. Él, y muchos otros como él, no. Cree que el precepto encerrado en tan significante papel lo que realmente bendice es su poder absoluto para acompañarlo en la misión histórica a la que se ha encomendado.
Según esta particular exégesis, España es un Estado social solo cuando y con quienes al Gobierno le place serlo (el inequívoco ejemplo de los okupas, que tanto daño causan, es consecuencia directa de esta visión anormalizada de los derechos sociales), democrático cada cuatro años y dependiendo del resultado, y de Derecho siempre que los jueces no se dediquen a enturbiar sus añagazas. Lo demás es retórica. Si se les menciona la existencia de valores superiores —libertad, justicia, igualdad, pluralismo—, dirán que son magníficos, claro está, y omitirán que esa magnificencia es algo que solo sucede cuando están subordinados al valor verdaderamente trascendental, que no es otro que la gobernabilidad, y no por y para el pueblo, sino contra el pueblo y en favor de sus eximios intereses. Esto último no es algo que figure en el texto de 1978, pero se trató de uno más de los muchos descuidos de los constituyentes, que eran demasiado ingenuos como para prever que algún día llegaría alguien capaz de leerlo como Dios manda. Total, bastante tuvieron con empantanar el Parlamento pontificando una desdichada ley electoral que convirtió el egoísta sentimiento regionalista en una suerte de unidad de destino en lo universal.
El pluralismo, por ejemplo, es estupendo mientras sea estrictamente decorativo y no afecte a los socios necesarios para seguir en la poltrona. Es plural alcanzar acuerdos con los etarras. Es plural barrer siempre para la casa catalana, no importa lo que pidan. Es plural sentar en la bancada azul a distintas formas de florero o de estómagos agradecidos. No es plural que existan partidos discrepantes. Eso es fascismo. Íbidem. La discrepancia se tolera si es estéril porque, en caso contrario, pasa automáticamente a la categoría de bulo emergido en distintos conciliábulos (fíjense en la terminación de esta palabra) de la ultraderecha, entendida por tal todo aquello que se extiende al lado opuesto de sus corroídos corazones. Por supuesto, son para el indocto conceptos implícitos en el espíritu del artículo 1.1, aunque ningún constituyente lo recordase en su momento. Cosas de la memoria histórica. Por eso es tan importante tumbar, de una vez por todas, ese muermo de la Transición que se estudia, o estudiaba, en los libros de texto de quienes no lo vivieron en sus propias carnes.
Hay algo admirable en esta pasión inconfesa. El indocto es constante hasta decir basta. Donde usted ve mentiras flagrantes, él observa evolución. Donde usted detecta cesiones nauseabundas, él solo encuentra pedagogía democrática. Donde usted interpreta la Constitución como límites juiciosos al poder, él la considera un texto comprensivo que solo su persona puede glosar. Todo lo que ha ejecutado en su gobierno, desde las encerronas epidémicas a los muchos indultos, todo es producto de una lectura modernizada de una Constitución que debiera haber sido más sensible, y que en modo alguno ha de servir para juzgarlo a él, que la modernidad exige acompañamiento a todas las circunstancias del ejecutivo. Si a usted todo esto le parece razonable, no le quepa duda: usted también está iluminado. El problema —y aquí la cosa es cuando se pone fea— estriba en que el artículo 1.1, pese a los esfuerzos por convertirlo en un himno litúrgico, es un texto seco y casi, podríamos decir, antipático. Describe un marco y fue pensado para sobrevivir a las pasiones del gobernante de turno. Pero ya hemos razonado bastante que se trata de una lectura muy interesada del fascismo.
Las cualidades del indocto son útiles por su desesperado intento en convertir la política en una especie de teología civil, y el poder en un estricto sacerdocio del dios dinero. No sorprende que el Derecho acabe siendo reducido a una sofisticada forma de ornamento, y basta con atender a los veredictos del Tribunal constitucional para verificarlo. Nunca nos importaron demasiado porque siempre permanecieron tras los obscuros límites del aburrimiento. Fue imponer la necesidad de abordar asuntos públicos con interés obvio en el Gobierno para que, de repente, se haya convertido en otro ítem más en la muy larga e insospechada lista de barbaridades que nos asolan.
En fin. Qué insoportable es todo. Vivimos el infierno de los mediocres y del escaso talento para nada que no sea llenarse los bolsillos. Dicen que el Pp arrasará en las próximas elecciones, junto con Vox. Seguramente. Pero no les quepa duda: a ese otro lado de la orilla nos espera otro infierno, aunque sea de distinta factura, del cual algo ya vivimos cuando gobernaba un indolente incapaz de hacer nada de provecho en su patética vida.
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