jueves, 27 de diciembre de 2012

Inocente, inocente

Hace unos días me contaron la inocentada que les voy a referir. Es desternillante. Casi gloriosa. Qué buen rato debió pasar quien la perpetró…

La inocente de la historia es la tía Clemencia, una nonagenaria natural de Salamanca que desposó, hace muchos años, con un gallego de buen corazón, motivo por el que ha vivido casi toda su existencia en una aldea próxima a Arteixo, en Galicia. Se siente gallega de pies a cabeza, allí parió a sus cinco hijos y ha visto crecer a una larga docena de nietos y no sé cuántos bisnietos.

La tía Clemencia sabe leer y las cuatro reglas básicas. No tiene mayores conocimientos, pero ella misma lleva las cuentas de la casa y su hacienda. Desde la muerte de su esposo, hace treinta y muchos años, ha ido repartiendo tierras, ganado y ahorros entre sus retoños, por ayudarles a superar los baches habituales de los tiempos modernos. Poca gente se explica cómo de unos caudales tan exiguos ha sabido forjar tanto. Pero así son los milagros de las pequeñas economías domésticas.

Recibe todos los meses su pensión en la cartilla familiar que, ya en tiempos, abrió su difunto esposo en la Caja de Ahorros de toda la vida. Guarda la cartilla debajo de la ropa en el tercer cajón de su cómoda. Y en una pequeña alacena, disimuladamente, esconde un sobre con algunos billetes envueltos en plástico, porque es conveniente tener algún dinerillo en casa…

La inocentada a la que me referí en el principio de esta columna se produjo no un 28 de diciembre, sino el día en que a la tía Clemencia le dijeron que había perdido todos sus ahorros. Abrió los ojillos, de entre las arrugas de su curtida cara, y preguntó al encargado cómo era eso posible. No entendió mucho de la respuesta: que si no sé qué de unas preferentes, que si firmó un documento, que si… Los “quesis” de la vida son así, balbuceantes. El encargado le mostró una copia de un contrato donde, explícitamente, se había marcado, sobre su temblorosa firma, que tenía conocimientos medios en finanzas, que anteriormente ya había ejecutado inversiones de riesgo, que estaba familiarizada con operaciones bursátiles y que, por todo ello, aceptaba el nuevo destino de sus ahorros. Ella, una anciana de 94 años, que sabe leer y poco más, resultaba ser un bróker de Wall Street.

La inocentada, de todos modos, no es que haya perdido todo su dinero. La inocentada realmente divertida es que ninguno de los que participaron de alguna manera en el timo, han ido ni irán a la cárcel.




jueves, 20 de diciembre de 2012

El Portal de Belén

Somos una sociedad extraña, con una querencia especial por los desequilibrios, las clases, las diferencias y las distancias. Incluso ensortijados en una descomunal (y demencial) crisis caótica, pues en el caos parece haberse sumergido todo cuanto creíamos que estaba funcionando, decidimos acortar los pasos entre unos y otros. Y en esta no-decisión se halla una buena parte de los males que nos aqueja como sociedad, como ciudadanos que compartimos un mismo planeta.

Gabriel Zaid lo expone muy claramente en uno de sus últimos libros. Habla de los millones de gentes que viven en el mundo no como pobres asalariados, sino como pobres empresarios: empresarios de sí mismos. Y suscribe la idea con símil deliciosamente navideño que no dudo en replicar aquí y ahora: San José, que era carpintero, y empresario por tanto, que no obrero, encuentra los mayores impedimentos en tener que censarse para el fisco no donde realiza su trabajo, su taller, que es también su casa, Nazaret, sino en Belén. Jesús nace en un portal no por carecer de hogar, sino por exigencias de la burocracia.

Durante siglos las gentes han sido emprendedoras por y para sí mismas. Y, como ahora, han debido arrostrar los absurdos impedimentos de una clase dirigente empeñada en interponer dificultades en aras del bien común. Los pequeños fabricantes, que nunca desaparecen y son millones en el mundo, entregan productos y mercancías a cambio de exiguas inversiones y una tremenda, descomunal ilusión por su bienestar y la felicidad propia. Cuando las revoluciones industriales inventan y dotan de contenido a la clase trabajadora, asalariada, obrera, también inventan la necesidad de convencer a esa ingente masa de pobres que brega por su sustento y terruño con evidente eficiencia financiera (con muy poco, hacen mucho), para que se unan a esos puestos de trabajo en cuya creación se han invertido colosales cantidades de dinero. Ineficiencia financiera. Pero productividad salarial. Los parámetros de nuestro mundo.

Nos quejamos de no ser felices y añoramos los tiempos en que vivíamos con poco dinero, pero mucha felicidad. Si todo ese capital malbaratado en las grandes empresas, que invierten e invierten sin medida para tratar de arramplar con todo, se hubiera destinado a quienes no necesitan mucho, ni siquiera aspirar a nada, sería éste un mundo equilibrado. La enseñanza del Portal de Belén es justamente esa. El hogar productivo, eficiente. Por eso nos parece un mito.


viernes, 14 de diciembre de 2012

Mala educación

Último informe PISA. Todos lo conocemos. Treinta y cinco años de democracia han erradicado el analfabetismo, poco más. Resultados magros. Niños de nueve años por debajo de la media en ciencias, muy por debajo en matemáticas, algo mejor en lectura. Sólo están peor que nosotros Bélgica, Rumanía y Malta de entre los países de la UE. Lo de Bélgica me ha sorprendido. Lo de España, no Y aún más. Tenemos muchos estudiantes rezagados y muy pocos estudiantes excelentes. Eso es, nuestro modelo educativo ha repartido tamaña mediocridad entre todas las clases sociales por igual. Burdo consuelo. El debate político se centra en lo del catalán. En fin… 

Leo lo que dicen los rectores. Me echo a temblar cuando hablan estos penosos gestores endogámicos. Hablan del riesgo de pérdida de excelencia. ¿Cuál? ¿La que sitúa a nuestra mejor universidad allá donde nadie la ve? Quieren más recursos: todos piden más recursos para no reconocer su absoluta mediocridad científica. Pero el dinero no tapa ciertos agujeros. Esos los tapa el sistema evaluador español. No los Presupuestos del Estado. 

Vuelvo a la escuela. Estoy enfadado con los profes de mi hijo. Enseñan el sota, caballo y rey de los (homogeneizadores) libros de texto. Cuadros sinópticos de risa: las plantas elaboran su alimento (sin mencionar que absorben nutrientes y agua por las raíces). No le puedo enseñar al enano cosas que parezcan muy apartadas de los textos: luego las escribe en el examen y el profesor me suspende a mí (a mi edad). No entiendo estas pedagogías sin encerado, sin caligrafía, con inglés de pega, matemáticas utilitarias y estrechez informativa (con lo que le gusta a mi hijo saber de animales y plantas). Luego llega PISA, claro. Y si escribo comentarios en los controles corregidos del peque, a los profesores les parece mal. ¡Quién seré yo para inmiscuirme! Pensaba que la mediocridad formativa abundaba solo en la universidad. Me equivocaba. 

Mala, tenemos una muy mala educación. Pero a los prebostes de turno les parece muy buena, y cualquier mención a otros sistemas educativos hace chirriar las canillas de los de siempre (aunque uno mencione a la antigua URSS). Lo mismo sucede en otras parcelas (sanidad, justicia…). Al final concluyo que nuestra quejicosa sociedad lo que no quiere es que se cambien las cosas, por mal que vayan y las estén criticando el resto del tiempo. Es lo que pasa con cuando las políticas se vuelven ideológicas. Que acabamos todos maleducados.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Por qué no protesto en la calle

Hoy todo el mundo protesta. En casa. En el trabajo. En las cafeterías. Incluso en la calle. Algunos, sobre todo en la calle. Este malestar que se extiende como indignación, ira o hartazgo, lo ha generado la crisis. Hay que señalar que esta crisis nadie la sabe explicar, si bien muchos la justifican. Es, por tanto, muy poco conocida, aunque en mayor o menor medida todos la suframos.

Yo he observado que cuando se dice eso de haber vivido por encima de las posibilidades, cada cual mira a otro lado. A otra parte. Nadie, que yo sepa, desde los gobiernos, ha expuesto con claridad inequívoca hasta dónde llegan las posibilidades de las que se dice que hemos estado los últimos años por encima. A lo mejor, si nos lo dijeran, si los hiciesen ese ejercicio con rigor y luego nos lo contasen, incluso les entenderíamos mejor. Pero como las posibilidades no dejan de ser un concepto que a todos nos gusta tener debajo, al final resulta que sirven para eslogan, no para aclaración de la realidad. Y aun así, encierran una gran certeza: no se podía seguir así. 

Yo no protesto en la calle, por mucho que critique los errores del Gobierno, porque las protestas parecen reivindicar una continuidad de algo que, en efecto, no podía seguir como estaba. Y para ese algo me temo que no basta con menguar el número de políticos, subir los impuestos a los ricos, cerrar cajas de ahorros o encerrar defraudadores. Ese algo creo que pasa por la pérdida del bienestar que todos veníamos disfrutando a costa del dinero prestado. Pero, ya digo, hace falta poner las cuentas en claro. 

Quienes protestan, no sin razón, pero tampoco con toda la razón, aluden a la tragedia de la miseria y el hambre que se ciernen sobre España y Europa. Un argumento así es terrible de contestar, pero quisiera recordar que la ausencia de pobreza no suele venir por la intervención de los Estados, sino por la prosperidad de los elementos productivos: las empresas, y el trabajo que procuran a los ciudadanos. 

Quienes protestan, al igual que hace el Gobierno, no dicen cómo obtener el dinero que se precisa para mantener a flote este tinglado. Se quejan de los políticos y las políticas en marcha, y sus alternativas son titulares qué no desgranan nada. 

Por este motivo no protesto en la calle. Porque he revisado los números (que otros han computado) y he visto que nada de lo que ya teníamos puede seguir como estaba: ni las pensiones, ni los subsidios, ni la sanidad, ni la educación. Nada.

jueves, 29 de noviembre de 2012

El gigante egoísta

La noticia fehacientemente valiosa de esta semana, de este mes, de todo el año incluso, se encuentra en la extraordinaria belleza que el otoño de 2012 ha querido desplegar frente a nuestros ojos. En su aire límpido, fresco, algodonado con nubes torrenciales hasta lo más alto del firmamento. Y en su luz reluciente, lustrosa, argéntea, deslizándose por entre el cielo y envolviendo cuanto existe y se mueve bajo él. O en el milagro de la seroja en los parques y en las calzadas, con su explosión ambarina de hojarasca crujiente que susurra lamentos de frío y padecimientos. O la lluvia helada, gélida, que hace olvidar, como una condolencia, la mansedumbre grasa del verano, desplegando benignidades y frescura conforme va cayendo. 

Supongo que se han percatado de las gloriosas estampas que ha ido dejando el otoño, y que por esta misma razón todo mi discurso de este viernes suena a retórica y cosa sabida. Pero me parece de crucial importancia que hoy, justamente hoy, sin importancia alguna por cuanto ha sucedido en los días previos o lo que vaya a suceder hasta alcanzar el fin de año, sea el otoño la causa única de lo que estoy escribiendo. Porque traslada en sí mismo ciertos símbolos que conviene saber descifrar. 

A mí me satisface enormemente leer con atención en las hojas secas de los árboles que arrastra el viento. Contienen testimonios mucho más reveladores que las palabras narradas en las hojas secas de los periódicos. Al igual que me complace que la lluvia empape mis ropas, parangón de las muchas lágrimas crudas vertidas a consecuencia del sufrimiento atroz con que nos castiga este presente inicuo. Como me gusta respirar el aire frío, por estar exento de las miasmas que acechan al ciudadano normal en cualquiera de las esquinas ciudadanas. 

Disfruto, por tanto, de la hermosura cautiva de este otoño fascinante, porque todos sus elementos auspician la venida de un invierno pavoroso, dispuesto a no querer marcharse en mucho tiempo de nuestro grandioso jardín, en torno al cual hemos levantado un muro tan impenetrable de egoísmo y ceguera, pues tantas era nuestras ganas de protegernos de la pobreza exterior, que las primaveras habrán de pasar de largo, una tras otra, como también los veranos, y solo la inocencia, la honradez y la franqueza, con sus tiernas manos puras sin mácula, podrán abrir los huecos por donde acaso un día, si no perecemos antes de miseria, volverá a penetrar la vida y la visión de horizontes más lejanos.

jueves, 22 de noviembre de 2012

La mula y el buey

Importantes y decisivas puntualizaciones las de Benedicto XVI acerca del nacimiento de Jesús: no había animales en el pesebre cuando nació el niño Dios. Caramba. Dos mil años más tarde, la Iglesia Católica necesita recordar la distancia entre tradición y misterio. En otras religiones cristianas (la ortodoxa, sin ir más lejos), están prohibidos los iconos, al igual que en el islam o el judaísmo. Algunos olvidan que, en su origen, todas las religiones semíticas las prohibieron (los musulmanes no solo se enfadan porque nos burlemos gráficamente de Mahoma: también por representar lo que ellos veneran sin ver ni imaginar). Luego el catolicismo asumió ciertas costumbres paganas y, de esta sencilla integración, andan hoy los templos católicos bien perpetrados de simbología, que no poca gente reza a una imagen de la Virgen, del Cristo Crucificado, de San Antonio o San Nicolás. No me pregunten en qué cualidad humana anda cada santo especializado, porque solamente recuerdo las de Santa Rita y Santa Tecla (esta última apócrifa y cómica). 

No quería yo escribir sobre el asunto de la mula y el buey. No quería yo escribir sobre belenes y nacimientos, pero me ha parecido tan divertido el asunto que, haciéndolo, he sentido aliviarse mis tensiones sobre la crisis, la independenCiU, el absentismo rajoyano, el cinismo hipotecario, las tasas gallardonistas y un largo etcétera de asuntos asaz atroces hoy en día. ¡Qué puede haber más puro, más cándido y beneficiador para el ciudadano que el asunto éste del nacimiento del Mesías a quien en tantas ocasiones he negado incluso su existencia! 

No seré yo quien recomiende a este Papa teológico la necesidad de continuar profundizando en las exégesis evangelistas y la siempre difícil hermenéutica bíblica. A nadie en su buen juicio cabe la duda de que una correcta interpretación de la pobreza de ese pesebre en Belén es pieza fundamental del desarrollo evangelizador de todo el cristianismo (y da lo mismo que yo piense que todo fue, a la postre, invención fortuita y brillante de la prédica de un fariseo reconvertido llamado Saulo Pablo). En tiempos difíciles, en tiempos imposibles de creer si no fuera porque los estamos viviendo, con todo el occidente cristiano entreverado de miseria, pobreza, desigualdad y ruina, como la que acostumbrábamos a ver en el oriente y el mundo negro, bien está volver la mirada al nacimiento de un niño y promulgar la ausencia de mulas, gallinas, lechones y caganers.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Desde el fin del mundo

El mundo del acero galvanizado me ha traído por segunda vez en la vida hasta Chile, al fin del mundo, como gusta decir a sus ciudadanos. En Santiago, mientras escrituro esta columna desatendiendo a uno de los ponentes, cuya charla no me atrae, se han reunido doscientos empresarios para, principalmente, glosar alabanzas al benéfico momento que se vive en casi toda Latinoamérica. 

Casi toda. Alan García, quien fuera presidente de Perú hasta 2011, lo ha explicado con total claridad en una entrevista publicada este pasado domingo. América Latina está dividida en dos bloques. Por un lado, Chile, Colombia, Perú y México eligieron abrir sus mercados y ahora crecen al 5%. Por otro, Venezuela, Ecuador y Argentina escogieron cerrar su economía y reparte falso dinero entre la población, sin crear infraestructura ni empleo, perpetuando la pobreza, comprando votos y falsas popularidades. 

Fijémonos en lo positivo. Si he venido hasta aquí es para informar al sector en España, al que represento, que el tráfico con Latinoamérica ya estaba abierto. Este mercado está creciendo, habla nuestro mismo idioma y confía en la industria europea y, sobre todo, española, con quien desea tender puentes de cooperación y, con ello, superar el bache tecnológico y de calidad que aún mantienen respecto al mundo en que nosotros vivimos. Su crecimiento en infraestructura es nuestra más eficaz salida a la crisis, es una relación benéfica y mutua. Estas importantes expectativas deberían de hacernos razonar a muchos de nosotros sobre cómo deseamos que sea el futuro que queremos. 

Traigo todo esto a colación por dos motivos. Uno, para señalar que la actual crisis está trazando la frontera de hasta dónde podemos llegar mirando estrictamente hacia Europa. Dos, que al volver la mirada hacia Latinoamérica, con quien tanto tenemos en común, dispondremos de las oportunidades que ahora echamos en falta. 

Se lo cuento a mi sector, pero también al ciudadano. Quizá hemos extenuado nuestro país con políticas erradas de gasto público (gratuidad del bienestar) y desmantelando la industria. No nos toca a nosotros resolver este problema. Ni podemos quedarnos en la queja o la huelga, por necesarias que sean. Aprovechemos nuestros conocimientos, experiencia, capacidades. América Latina las necesita y a cambio nos brinda su hospitalidad, demostrando que al menos esta esquina del globo es amistosa y, como en siglos anteriores, puede contribuir decisivamente a nuestro porvenir.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Serafín

Hace una semana falleció un viejo amigo: Serafín. Su apellido poco importa: los héroes anónimos, como él, no dejan rastro alguno en la Historia. Era un hombre muy querido por mí, que hubo de acompañarme en la época más profundamente rica de mi vida, cuando yo pasaba los veranos enteros, uno tras otro, ayudando en las tareas de recolección de mi pueblo. 

Entonces las cosas eran muy diferentes a como son ahora. Los terrenos vecinales estaban salpicados por miles de fincas poco más grandes que el salón de una casa, cual enjambre de fronteras marcadas con surcos entre peñascos. En el pueblo había agricultores ricos y pobres, según sumasen las parcelas de cada uno. Los agricultores ricos (con tractor y segadora) se unían a los agricultores pobres (con, todo lo más, un carro y una mula) para hacer juntos la cosecha. Mi familia siempre tuvo muchas tierras. Serafín, en cambio, apenas un puñado. Mi tío, rico, y él, pobre, trabajaron juntos a lo largo de una década. Así es como le conocí. 

Un tiempo de su vida fue pastor. Un invierno, mientras cuidaba los rebaños, una gripe mala y mal curada le produjo la ulceración de un ojo, el izquierdo: sin embargo su vista siempre fue aguda. Cuando niño, al saltar una pared de piedra yendo de caza, se le disparó la escopeta y perdió los dedos pulgar e índice de la mano derecha: sin embargo su habilidad y pericia en los más variados oficios fue admirable. 

Yo siempre le quise como a un padre. Todos mis años de jornalero, compartidos con Serafín, contribuyeron al crecimiento de mi admiración por él: por su sentido de la justicia, su honradez extrema, su sinceridad inquebrantable, su grandeza de espíritu, su desinterés por nada que le impidiese dormir tranquilo por las noches y trabajar con humildad sus cuatro tierras. Serafín fue uno de los hombres más razonables que yo haya conocido. Y de los más desentendidos de cuanto corrompe este mundo actual, repleto de egoísmo, avaricia y desconfianza. La pobreza suele ser así de limpia. 

Quiso la vida que yo estuviese el pasado fin de semana en el pueblo, con mi hijo. Pude contemplar cómo su familia enterraba a Serafín en la última de las hileras del camposanto, bajo una lluvia llorona y el frío de otoño de este noviembre espectral. Con los restos bajo tierra de Serafín, que acompañan a los de mis tíos y mi abuela, sé que quedan definitivamente sepultados también los vestigios de mi vida labriega, bajo terrones húmedos que sólo pueden anunciar ya el olvido.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Desunión

Cuándo comenzamos a mostrarnos desunidos, es pregunta de complicada respuesta. Las atomizaciones sociales a que conllevan los sentimientos nacionalistas (sentimientos son, en ausencia de formalismo que les otorgue tangibilidad jurídica) más parecen resultado de misteriosas fuerzas invisibles que causa objetiva de situaciones concretas como las actuales. A principios del siglo pasado proliferaron cuales mesianismos judaicos y, de un modo u otro, han estado presentes en muchos otros periodos de la Historia, ese libro tan poco leído (pero tan reescrito) hoy en día, cuando de un sentimiento rumoroso de nuestra convivencia, de repente ha surgido una voz que interesadamente unos han manipulado con múltiples desatinos y otros han ninguneado sin respeto. 

Por qué sobrevino esta desunión, es pregunta harto más sencilla. Todos anhelamos ser dueños de aquellas parcelas de la vida que ocupamos, y es justo en las mutuas intersecciones donde acostumbran a surgir las desavenencias: el adolescente contra los padres, el obrero contra el patrono, la región contra el Estado. Si un padre o un patrono ceden en su autoridad siquiera un ápice, o se comportan de forma ulterior a la tiranía, el hijo o el obrero tratarán de ocupar (sucintamente o no) un espacio de reclamación. Cuando a una región se le conceden amplias parcelas de gobierno sin supervisión, relajando ante ella los mecanismos que solidariamente engranan su unión con el resto, dicha región comenzará a creer que es, por sí misma, de facto, un Estado al que sólo resta conceder legitimidad. Incluso no disponiéndola siquiera en su más abstruso futuro (casos de Euskadi o Cataluña, sin ir más lejos). 

Cómo se resuelve la desunión, es pregunta de casi herética condenación. Unos optan por esperar a la convenida explosión secesionista. Otros prefieren tender puentes y ahondar en diálogos reconducentes, temerosos de las irreparables consecuencias que ocasionaría tal ecpirosis. Algunos no desean volver más al Estado unido... Es posible que la respuesta sea una mezcla heterogénea de todas ellas, pero si me preguntan a mí, recomendaría a todos ellos que, si disponen de oportunidad, se embarquen hacia otro lugar, el que sea, por tres o cinco años, sin mirar atrás, y que al regresar de vuelta contasen a todos lo que han visto y vivido. 

Nada une más que la distancia, cuando produce morriña. Nada desune tanto como el convencimiento de que este mundo es pequeño y limitado. Porque no lo es en absoluto.

jueves, 25 de octubre de 2012

Mensaje al fin del mundo

Le escribo esta semana a alguien con quien me voy a encontrar en Chile dentro de un par de semanas, por un asunto profesional. Redacto con lánguida resignación, hablándole de España, donde estamos viviendo el otoño más triste y amargo en décadas. 

No hablo de oídas, aunque apenas ya importa lo que cuentan los periódicos o el rumor de la calle y de los pasillos, donde las lamentaciones de la crisis han sustituido el acostumbrado bullicio de un país en marcha. Lo que se mueve, se está parando. Las cosas habituales (tiendas, empresas, industrias) van deteniéndose, y en cada detención surge más sufrimiento, más miseria, más paro… Es como si brotase a borbotones una gangrena que nadie sabe cómo revertir y que, estúpidamente, desde fuera, otros acentúan mientras anuncian la salvación.  

En este contexto, le digo a mi interlocutor, las reuniones a las que debo asistir a pocas partes conducen. Diría que solo a una: al abismo, a la sima horrenda en la que, cual pájaros dodó, todos, empresas y ciudadanos, saltamos sin saber qué hacer para dar la vuelta y no despeñarnos. No hay final del túnel: esto es como una cueva, más adentro no hay salida, no hay luz alguna, no hay aire limpio para respirar. Nos engañan con brotes y destellos. Pero son falacias, mentiras, embustes, como patraña es lo de los Presupuestos o la obligatoriedad de entregar miles de millones de euros a esos bancos que nos han arruinado de por vida, porque sin ellos no hay esperanza. Como no la hay es así: salvando cajas y estafando a los ciudadanos, practicando políticas que en ninguna parte han demostrado resolver nada de nada (¡¡pero qué ciegos y contumaces son, por favor!!) 

Concluyo la carta a mi lejano contertulio diciendo que, curiosamente, al mismo tiempo que voy sintiendo desasosiego por mi situación laboral, voy también reduciendo mi actividad personal a unas pocas cosas sencillas y gratas que me sirven de apoyo. Cual escudo protector. Todo lo demás, ya sean relaciones sociales o búsquedas de horizontes, los voy extinguiendo lentamente, acaso por el temor a establecer o estrechar vínculos que, no muy tarde, a consecuencia de esta debacle que es España, deba forzosamente romper. Como si de repente me hubiese vuelto un fantasma: no un ser humano, compuesto de hueso, carne, piel y fluidos, sino de ectoplasma y rastros fácilmente deleznables, porque acaso sea la invisibilidad la consecuencia última de una crisis que aún no sé cómo pasará a la Historia.

jueves, 18 de octubre de 2012

Huelga inconcebible

No entiendo la huelga en la educación secundaria. Lo siento, no la comprendo. La enseñanza recibida, casi en mayor medida que la ansiosamente buscada desde un desconocimiento enciclopédico que nos arrastre a querer siempre saber más de todo, es el único camino posible para lo que hemos de ser en tiempo futuro. 

Comprendo que un obrero, un trabajador asalariado, proteste contra el patrono de cuyo trato se siente descontento, incluso encolerizado. Comprendo que un país entero deje de trabajar significando con ello la inmensa contrariedad de unas políticas que solo añaden sufrimiento a la vida. Pero dejar de aprender, de estudiar, de formarse: ¿para qué? ¿Para expresar protesta ante los sablazos en el presupuesto destinado a comedores, libros de texto, transporte escolar? ¿Para manifestar la indignación que producen los recortes denominados, cínicamente, reformas? Salgan todos ustedes, alumnos y padres, a protestar el sábado, con una inmensa manifestación y una gran pitada. Pero, ¿dejar de acudir a clase? ¿Tan ímproba es la simbología de una huelga que no basta con la simplicidad efectiva de la protesta en la calle cuando cierran las aulas? 

Como ya en casi todo lo que sustenta la civilización en la que vivimos, nuestro país es reflejo de las peores políticas educativas que imaginarse pueda, improbidad de la que nadie se ha responsabilizado nunca y cuyo desastre solamente la ceguera masiva inadvierte. Ahí quedan los informes PISA, que recomiendo que se vayan comparando uno tras otro. Y aunque temo como a nada en el mundo las reformas educativas que cada Gobierno emprende, no puedo dejar de constatar que la que se necesita, la verdaderamente proverbial y notable, jamás se ejecutará: el rollo relativista que impera la actual pedagogía, basura donde las haya, y que ha larvado hasta las mentes de quienes ya ocupan puestos de enorme responsabilidad en la sociedad, es defendido sistemáticamente por cualquier padre o alumno a quien toque bregar con las etapas escolares. 

¿Huelga en la enseñanza? ¿Desde las proclamas cuasi marxistas de quienes dicen defender no sé qué bondades de la actual bazofia educativa? De risa. 

A la postre, como en tantas cosas, cuando contemplo tamaña sinrazón de una huelga inconcebible, me queda solo la resignación, el encogimiento de hombros ante lo que el futuro depara: sin madurez ni conocimientos, sin amplitud ni horizontes. Sólo reivindicaciones, todas falsas, y la más absoluta y atroz decadencia.

jueves, 11 de octubre de 2012

Día de la banderita

Hasta que no la suframos en nuestra propia carne, no caeremos en la cuenta de lo terrible que es la miseria. Mi abuela solía decirnos a mis hermanos y a mí que ojalá nunca nos tocase vivir una guerra: no por la muerte que en ella se encuentra, sino por la inmensa pobreza que le sigue. Como tanta gente que nació en el primer cuarto del siglo XX, de los que cada vez ya van quedando menos, le horrorizaba la abundancia en que estábamos creciendo. 

El “Día de la banderita” de la Cruz Roja Española, celebrado este pasado miércoles, por si no se habían dado cuenta, no ha sido destinado a erradicar el hambre en el mundo, sino a ese 20% de ciudadanos que han cruzado el umbral de la pobreza a consecuencia de la crisis económica. Sin esperarlo, sin apenas darse cuenta, de repente hay otras 300.000 personas para quienes la vida diaria también carece de una mínima dignidad (ya había dos millones antes). ¿Han echado un vistazo a la web de Cruz Roja? El pobre de ahora es más joven, proviene de un contexto económico seguro, y solicita atención básica de emergencia: comida, ropa, pago de la luz y el agua. Son personas en cuyas familias todos los integrantes en edad de trabajar se encuentran en paro. Han perdido la vivienda a causa de los desahucios y no están acostumbrados a solicitar ayuda. 

Quizá hayan visto en la tele o en internet un anuncio en el que aparecen un padre y sus dos hijos en la cocina, junto a un frigorífico vacío, con una tortilla de un solo huevo como única cena. Acaba con la frase “cada vez más gente de la que imaginas necesita ayuda en nuestro país”. A mí me parece una campaña durísima, como hace tiempo no la recuerdo, porque –no seamos hipócritas- el hambre en el cuerno de África no nos causa demasiada mella (queda muy lejos), pero el hambre que se sufre en el segundo piso de nuestro edificio le corroe las entrañas a cualquiera. No valen las excusas, a menos que uno viva complacido en la más egoísta indiferencia. 

Qué quiere que le diga, dudo que desde la ciega política se vaya a echar una mano si no es para hacer que la lista de pobres aumente. Hemos de ser nosotros. Este impuesto sí lo pago sin rechistar. El hambre no figuraba en el horizonte de este país. Si por algo deseo que acabe la crisis, es para que ni una sola persona más tenga que acudir día tras día a los contenedores de basura para abastecerse de lácteos caducados, frutas pasadas, verduras pochas, pan rancio, carnes podridas o pescados malolientes.

Enlace para hacer tu donativo a Cruz Roja Española

viernes, 5 de octubre de 2012

España marcada

Cuánto se habla de la “marca España” últimamente. Como si las sensaciones que despertásemos en el mundo dependiesen únicamente de una eficaz labor propagandística. Algo de eso he tenido la oportunidad de comprobar en persona durante esta semana. La cosa suena un poco a aquellos chistes de “érase un alemán, un inglés, un italiano y un español”. Pero allá voy. 

Nos miran con lástima. Eso lo primero. Quienes acostumbran a compartir con nosotros, los españoles, proyectos o reuniones o trabajos, sienten una inmensa lástima por lo que nos está pasando. No entienden por qué ocurren tantas cosas negativas en nuestro país y por qué cuesta tantísimo ponerle freno. Una cosa es la crisis económica, e incluso lo de los bancos, y otra muy distinta no saber articular una respuesta coherente y digna de cara al exterior. El alemán mira al español como lo haría el poderoso que concede su magnanimidad a cambio de bien poca cosa. El inglés ahonda en las diferencias que le hacen distinto y se congratula de ello. El italiano mira de reojo al español, sabe que es el siguiente, pero, sumamente ladino, astuto, ejerce su sensibilidad agudísima para convertir el drama propio en tragedia ajena. El español (yo) sólo sabe hacer una cosa: aparentar cuadratura mental, apurar la pinta de cerveza y soltar aquello de “porco governo”. El español comienza a querer ser como los demás, tan harto se siente de su propia miseria política y el vacío inmenso que se despliega ante sus ojos. 

Hay un punto en el que tanto el alemán, como el inglés, como el italiano, confluyen con interés: seguimos siendo el puente hacia Latinoamérica, donde los países son todos emergentes (salvo la Argentina kirchneriana, pecado sin redimir) y su futuro podría trazar una línea perfecta desde España. Algo que depende solo de nosotros. El alemán llega incluso a espetar “si hacéis caso omiso a vuestros gobernantes y os dedicáis a trabajar como sabéis, saldréis de la crisis mucho antes de que ellos (los políticos) se den cuenta”. 

La marca española de la que habla el Gobierno es cosa del pasado. Ahora mismo no hay nada de eso: por desgracia somos la comidilla mundial que aparece en los chistes taiwaneses, los debates yanquis y los murmullos belgas. Individualmente seguimos siendo la caña allá donde vamos, pero como conjunto, como país, no dibujamos sino una patética semblanza de hidalgos empobrecidos súbitamente (fehaciente demostración de lo mal que se han hecho las cosas aquí).

viernes, 28 de septiembre de 2012

Adiós, España

Aunque sigamos siendo una nación, y España lo es, qué duda cabe, sin necesitar sentirse como tal, razón de fondo de los nacionalismos bruscamente devenidos en independentistas; aunque el resto del siglo XXI siga cobijando en lo internacional únicamente al país que acuña los pasaportes que debemos presentar allende Europa; aunque se mantengan intactas las estructuras sociales, industriales y administrativas, y la gente siga viviendo con felicidad su siesta, su paellita, sus regatas o su txakolí; aunque todo se mantenga más o menos igual de aquí al futuro, porque las tensiones secesionistas no logren romper nada y todo vuelva a la moderación beneficiosa que siempre surtió efecto por encima de los intereses particulares; aunque todas estas circunstancias coadyuven a superar las actuales dificultades económicas, será tremendamente complicado que en los libros de la Historia no aparezcan estos años que estamos viviendo como prueba ominosa del empobrecimiento cultural, intelectual, político, ideológico y emocional al que estamos condenados sin remisión. 

No culparé a los políticos de ello. Ya no hay necesidad. Así mire hacia Moncloa, Ajuria Enea o el Palau de la Generalitat, por ejemplo, solamente contemplo mediocridad demagógica, espantosa ineptitud a la hora de encarar los problemas y acérrimo egoísmo partidista en la toma de decisiones, lo que define el modo como tratan a quienes dicen representar. Tampoco culparé de ello a las oligarquías económicas, ni a los distintos agentes sociales, ni a los poderes fácticos. El desmembramiento de este país, su hundimiento a todos los niveles y en todas las fronteras, la horripilante sucesión de turbiedades encaminadas a destrozar nuestra autoestima como nación donde conviven muchos pueblos con idénticas (o muy parecidas) necesidades, tiene su justificación y su culpa en todos y cada uno de nosotros, porque todos hemos contribuido, en mayor o menor medida, a que el nombre de España aparezca en lo más contemporáneo de la Historia como ejemplo de cómo todo un pueblo, a todos los niveles, destrozó el único futuro que tenía por no saber unirse para salir juntos del más espantoso atolladero en el que jamás se vio inmerso. 

Este país merece por todo esto un lastimoso adiós. Adiós a España. Y con ella, adiós a Euskadi y Catalunya, así se desprendan o no del Estado al que pertenecen. De igual modo a como nosotros y nuestros hijos y nietos habremos de despedirnos de nuestro previsto futuro.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Galgos o podencos

Me pregunta un lector, con cierta indignación, por qué he escrito públicamente la semana pasada que apoyo la secesión de Cataluña del Estado español. Interesante interpretación de mis palabras, cuando lo que dije, exactamente, es que me sentiría cómodo con una Cataluña independiente siempre que me dejasen ir por allí como hasta ahora. En realidad, el tan traído asunto de la independencia catalana antes me parece un sinsentido que un asunto factible. Es como las trochas de las montañas, no sabes hacia dónde te conducirán, ni si podrás regresar de vuelta por ellas. 

 Hay un asunto subyacente a todo este jaleo secesionista que, hasta hace no mucho, aparecía en las primeras planas de toda la prensa: el déficit fiscal, la aspiración de la Generalitat a alcanzar su propio concierto económico. Tanto han alimentado los políticos en Barcelona aquello de que están siendo sostenida y repetidamente expoliados por Madrid, que las masas populares han acabado aceptando esa explicación como veraz e irrefutable. De un tiempo a esta parte todos mis amigos catalanes me sueltan a la cara eso de “Madrid nos roba”. Si tenían algún motivo de queja por el alucinante despilfarro en que han incurrido sus mandamases los últimos años, ya no queda nada. La culpa de todo la tiene Madrid. Allí es donde, a mandíbula batiente, cuales corsarios mezquinos, los Grandes del Reino se reparten el ingente caudal que los sufridos catalanes entregan a cambio de migajas. Valiente forma de hacer política, y valiente conducta social, tan mendaz como vergonzosa. A esto ha conducido la majadería de los balances fiscales. 

En democracia, solo hay un motivo por el que uno paga más de lo que recibe a cambio: ser más rico que los demás. A menos que uno sea vasco o navarro. El cupo de Euskadi es una insolidaridad abrumadora y una injusticia atroz con el resto de los españoles, pero aparece tal cual en la Constitución y ahí se va a quedar. Cataluña se mira en este espejo sin prestar atención a lo que supone, y si se lo presta, lo hace regocijándose en la opulencia pretendida a costa de menospreciar a quienes le rodean (los demás) y no en la equidad que, más lentamente, pero con armonía, revierte en su propio futuro. Pero claro, Madrid roba, lo roba todo menos la desvergüenza. 

La política es así, en lugar de mejorar lo que ya funciona, prefiere reinventar la rueda porque dice que se lo manda la calle (nunca las urnas, obviamente). Los galgos y podencos, que dijo el otro…

viernes, 14 de septiembre de 2012

Un nuevo estado

El millón y pico de personas que salieron a la calle en Barcelona el pasado martes, pidieron la independencia de Cataluña. Exactamente eso, aunque algunos de los políticos que salieron a manifestarse el pasado martes, lo que pidieron fue más dinero. A mí no me extraña ni lo uno ni lo otro. Hace muchos años que voy regularmente por allí y me he acostumbrado a que llamen España a todo lo que no es Cataluña (ojo, para ellos Euskadi también es España). También me he acostumbrado, como todo hijo de vecino, a las fagocitosis de sus líderes honorables, sobre todo de un tiempo a esta parte. España, o mejor dicho, el gobierno residente en Madrid, suele callar o minusvalorar el clamor de los catalanes con idéntica prontitud a como accede a negociar (en secreto) cuánta pasta le concede a sus próceres. Era cuestión de tiempo, y una abrupta crisis, que el sentimiento nacionalista se convirtiese en ansia de independencia. 

Yo me sentiría cómodo en una Cataluña convertida en nación siempre que pudiese seguir circulando por allí de igual modo a como circulo por muchos otros lugares del mundo. No tengo ni idea de las consecuencias que ello supondría, pero supongo que el empeoramiento mutuo (dudo que haya mejoría en ninguna de las dos partes) es perfectamente asumible: también es nación Macedonia, y mucho menos poderosa que las cuatro provincias catalanas juntas. Por tanto, si me preguntan, respondo que sí, que Cataluña sea nación, que ya veremos cómo se gestiona ese lío, porque lo de ver a Cataluña como un estado miembro de la UE pasa indefectiblemente por la aprobación en Bruselas del gobierno de Madrid, y a lo mejor resulta que España no acepta y ya está montado el tinglado, esta vez internacional. O a lo mejor no, quizá todo sea mucho más fácil de lo que pensamos y nos llevemos de maravilla, como me llevo yo de maravilla con cualquier catalán, y ahí está mi apellido para corroborarlo. Pero lo que ha de terminar es esta acritud entre lo catalán y lo español, que ha superado todo umbral de tolerancia (he de reconocer que me siento tan absolutamente cansado de ello que lo único que deseo es que me dejen en paz, unos y otros). 

Y si usted, lector, me pregunta si deseo lo mismo para Euskadi, le contestaré que algún día sí, pero hoy no, porque aquí aún sobrevuela cierta necrosis que no acaba de desaparecer del todo, y mientras no suceda tal cosa, mi respuesta seguirá siendo la misma. Aunque a usted mi respuesta le importe un bledo.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Sicalipsis

Esta misma mañana recibo un correo con un extraño mensaje: “¿Te has enterado de la noticia morbosa de la semana? Está en Los Yébenes”. Respondo de inmediato: “Ni idea”. Pero en el preciso instante en que mi dedo presiona el botón izquierdo del ratón y la contestación es remitida, ya la curiosidad que impera dentro de mi mente se ha puesto en marcha. ¿Qué noticia, calificada de morbosa, es la que se me ha podido discurrir de entre los dedos durante toda la semana? Pronto la biblioteca de Babel, el todopoderoso Google, da con la respuesta: una concejala de esa localidad manchega ha dimitido a causa de un vídeo erótico protagonizado por ella, para consumo conyugal, que alguien cazó y difundió por Internet. Esta es la noticia morbosa que ha concitado mi curiosidad y que ha protagonizado un encendido debate en las redes sociales. Ver para creer. Luego me preguntan por qué a veces actúo como un misántropo… 

La susodicha concejala es una mujer muy guapa cuyo delito es vivir en un pueblo pequeño, en una sociedad acostumbrada a alzar la voz por cualquier nadería, en un país donde la privacidad ajena es lo que más gusta andar en boca de las gentes, y en un mundo donde las redes sociales reflejan, con enorme fidelidad, la podredumbre moral, decadente y superflua de una cierta masa social hambrienta emociones fuertes y sexo, pero no el que debería ocupar sus propias sábanas, sino el de las ajenas. Y así nos va. En cuanto uno es mínimamente conocido, por el motivo que sea, arriba el espectáculo del acoso y derribo sin otro fundamento que el chismorreo: que si fulano es un donjuán, que si fulana es muy ligera, o mira tú esa guarra lo que le envía a su marido… 

Imagino que la concejala, harta del escándalo y apabullada por una elemental vergüenza, pensó en dimitir de su cargo por creer que era lo que mejor le convenía. No se le pasó por la cabeza, en cambio, declarar que vaya asco de ciudadanos los que la han convertido en objeto de risitas envidiosas y onanismos hipócritas a consecuencia de una muy sana sicalipsis conyugal suya. 

Pues no. La concejala a seguir en su puesto, que no fue elegida por sus picardías íntimas. Y los demás a callar y aprender, que no vivimos en un mundo moderno por gratuidad ajena. Con la de problemas que tenemos ahora mismos cernidos sobre cada barrio, pueblo y ciudad, y la noticia ha de ser un vídeo casero que ha corrido como la espuma y que, para colmo, ha derivado en una absurda guerra política. Qué país.

viernes, 31 de agosto de 2012

Dos niños quemados

Qué asco me produce la noticia de los dos niños cordobeses asesinados por su propio padre y quemados hasta que no quedase ni rastro de su ADN. Qué náusea tan infinita se abre paso por mi garganta. Y qué pena siento por esa pobre madre que lo ha perdido todo excepto la tenacidad de su empeño.
Me pregunto cuánto tiempo tardará en disiparse de mi memoria los restos de esta noticia. He querido sepultarla bajo decenas de comentarios y análisis sobre la crisis económica: parecía buen recurso, pero ni aun así he logrado alejar este terror de mi cabeza. Anoche me desperté agitado, apenas veinte minutos después de conciliar el sueño, porque la mirada de esa bestia humana (el asesino, el padre) se estaba colando en mis fabulaciones mientras dormía, helándome el corazón. Apenas logro recordar el rostro de esos dos chiquillos (seis y dos años, qué espanto): cuando miro las fotografías publicadas en la prensa solo alcanzo a contemplar la cara de mi propio hijo en lugar de las suyas. Qué angustia leer cualquier cosa de este crimen, qué desazón inmensa si me sobrepongo al pavor que inspira la información de lo que está sucediendo.
No dejo de preguntarme todo el tiempo: ¿pero qué clase de hombre o de engendro es éste? ¿Qué especie abominable de alimaña se esconde tras él? Sobrecoge pensar que el objetivo era causarle daño a la madre. Su odio, su inquina, su rabia interior son inconcebibles. No conservó ni un ápice de amor por sus propios hijos. Ni siquiera se dignó quitarse la vida tras cometer el crimen. Ahí está él: ufano, chulo, frío, desafiante, calculador, jugando al abstruso enredo de los informes y el ADN para tratar de esquivar a la justicia.
No nos acostumbramos a convivir con este tipo de crueldad humana. En cada ocasión que se repite surge regenerada la voz del horror y la indignación, entremezclada con otras más sabias, más pacientes, con mayor perspectiva. Tal como está sucediendo ahora: mientras media España quiere moler a palos a ese abyecto criminal, la otra media pide sangre fría y que se cierna todo el peso de la ley sobre él. Pero, ¿qué peso es ése? ¿Quince años de cárcel a cambio del resto de una vida (la de la madre) de pena y desconsuelo? Si me dejo llevar por la indignación y la rabia, casi prefiero la ley mosaica.
Y para colmo, este asunto ni siquiera lleva la impronta de una impecable actuación policial, de una exquisita respuesta de nuestras autoridades. Solo esa pobre madre ha sabido estar en su sitio.

viernes, 24 de agosto de 2012

400 euros

No sé quién puede vivir con 400 euros al mes. En mi pueblo sí, las casas son viejas pero habitables, hay campo y huerta para asegurar la subsistencia, y el gasto corriente ni por asomo se acerca a esa cifra (hubo un tiempo en mi pueblo en que tener un jubilado en casa suponía algo parecido a ganar la lotería). Pero el común de los mortales vive en una ciudad, donde a poco que uno se descuide, el gasto habitual se extiende más allá de esa cifra casi mágica, simbólica. 

Es curioso este país. Se consiguen miles de millones para rescatar bancos rapaces, especializados en el beneficio rápido y arruinar a los clientes con preferentes e hipotecas de escándalo, pero se posterga hasta el final el último aliento del que dependen cientos de miles de familias que se encuentran en la miseria por la falta de empleo. De entre todos los argumentos vergonzantes escuchados en estos últimos meses, ninguno más miserable que ese traslado a la opinión pública de la opinión de que los parados viven a gusto mientras son subsidiados por el Estado, motivo por el que no buscan trabajo. 

No sé de qué me quejo. En los últimos tiempos he escuchado innumerables intervenciones abochornantes. Cuando se encontraba en la oposición, el señor del puro aseguraba saber acabar con la lacra del paro. Sin embargo, desde que gobierna, el desempleo no ha dejado de crecer. Eso sí, los miles de millones de euros que España necesita en no sé ya cuántos frentes, tampoco dejan de crecer día tras día. Y mientras llega la lluvia de euromillones, a los demás toca sufrir y mirar al cielo. 

El milagro de los 400 euros se prorroga otros seis meses. Imagino que, tarde o temprano, lo acabarán extinguiendo. A Europa no le gustan las subvenciones (aunque las distribuye a manos llenas entre diversos sectores). En ese momento nada podrá librar de la miseria a un buen montón de españoles que ahora se mueven entre el desguace y la supervivencia feroz. 

Para un político, y ahí están los hechos, contumaces, que lo demuestran, resulta infinitamente más sencillo entregar un subsidio que encontrar la fórmula que saque a toda una nación de la crisis. Con 400 euros, el Gobierno se toma un respiro al tiempo que sigue auxiliando con oxígeno a quien ya no tiene ni aire en los pulmones, solo sangre. 

Aunque no servirá de mucho, tengo la triste convicción de que este tiempo de descuento que se ha ganado tampoco será suficiente para enmendar la triste derrota de este país de parados y turistas.

jueves, 23 de agosto de 2012

Ryanair

Nunca vuelo con Ryanair. Entonces, ¿por qué quiero escribir sobre esta peculiar aerolínea?, se preguntará usted, lector. Mis razones no pasan por los tres aviones que acabaron aterrizando hace poco en Valencia por falta de combustible. Eso, en todo caso, debería ser la razón para que no volviese a volar con esta compañía ninguno de los viajeros metidos en la panza de los artefactos renqueantes que tomaron tierra donde el Turia. Yo, si nunca vuelo con Ryanair, es por otro motivo.

Siempre sospecho de las cosas caras que algunos venden baratas. Volar siempre ha sido más caro que tomar un autobús, se mire como se mire. Y Ryanair permite a cualquier ciudadano alcanzar las antípodas con un billete de cinco euros. A cambio, la experiencia aérea está plagada de carísimas sorpresas y maltrato continuo al pasajero, a quien estas cualidades tercermundistas parecen traerle completamente sin cuidado. La misma persona que no se fía de una lubina a tres euros se mete sin complejos en las cabinas de Ryanair porque cree ser más espabilado que quien desconfía de volar a Bruselas casi gratis, sabedor de que en algún asiento viaja algún tonto que se ha olvidado la tarjeta de embarque en casa y acaba pagando los billetes súper baratos.

No me agrada el lujo a la hora de viajar. Pero sí me gusta que me traten bien, que se atiendan mis demandas y, sobre todo, sentir confianza en cada uno de los detalles que acompañan a un viaje. No soporto la mala baba ni la prepotencia de quienes creen estar haciendo un favor al pasajero, mucho menos las estrategias de precios económicos basadas en reducción de costes, adopción de riesgos y engañar al cliente con letra muy pequeña.

Ryanair tiene éxito porque sus aviones van siempre llenos y otras empresas, en cambio, quiebran. El irlandés que fundó esta compañía es muy listo, se maneja muy bien con las subvenciones regionales en aeropuertos fantasmagóricos, y confía en sus tejemanejes con Dublín a la hora de resolver cualquier problema que se le presente. Un gachó que te clava sesenta euros por olvidarte un papel impreso no necesita disimular ni mentir. Le basta con seguir adelante, derivar a otro lado los problemas de seguridad y seguir atrapando viajeros con su mesa de trilero.

En este país, en esta Europa, los problemas sobrevienen solo de una manera: cuando los aviones se caen del cielo. Entonces será demasiado tarde, y seguramente enmascaren como accidente lo que no es sino pura y elemental pillería.


viernes, 17 de agosto de 2012

Bandoleros morales

Han pasado unos días desde aquella noticia del supermercado de Écija asaltado por unos sindicalistas. Y muy pocos días desde la carta al respecto del teólogo González Faus al Ministro del Interior, carta que les recomiendo encarecidamente que lean. Casi todos los comunicados y artículos que han pasado por mis manos estos días han centrado la noticia más en la personalidad de uno de los dirigentes sindicales, y parlamentario andaluz, que en el hecho en sí mismo: la apropiación de alimentos de primera necesidad para un comedor social.

Qué quiere que les diga: yo también hubiese hecho lo mismo, por ilegal que sea. Estamos hablando de satisfacer las necesidades mínimas de muchas personas a quienes la crisis está empujando a una miseria y una pobreza de tal magnitud que es de vergüenza consentirlo o mirar hacia otro lado. Que se pudra la justicia y se pudran las leyes si éstas no protegen la mínima dignidad del ser humano. ¿Qué justicia es esa sino la de los ricos, la de los poderosos, la de quienes nunca pagan nada por sus actos inmorales e impúdicos, así envíen a la ruina a toda la ciudadanía? ¿Y qué gobierno es éste que se afana tanto en resolver los enormes problemas de este país abocando cada día a más personas a la miseria, a la desprotección social, a la ruina de por vida, sin que mueva un ápice para desviar una punta de los miles de millones de euros que solicita a Europa hacia los más desfavorecidos, mientras urde toda una serie de estratagemas y argucias legales para sustentar a la recua de banqueros inmorales cada vez que con sus indecentes invenciones lucrativas agreden al ciudadano (caso de las preferentes)?

Aunque solamente moral, porque soy cobarde, defenderé siempre a los asaltantes de Écija. Si se les llama bandoleros, bandoleros seremos todos los que les aplaudimos. Las elites han construido en los últimos veinte años un país que no es sino canallesca, silenciándonos a todos con la mentira del crecimiento y el progreso (qué banalidad la de nuestro aburguesamiento, diantre) mientras se llenaban los bolsillos y preparaban el cuento de que todos hemos vivido por encima de no sé qué posibilidades. A la mierda con ellos, ojalá llegue pronto el tiempo en que deban mirar temerosos por sus bienes superfluos e indecentes cada vez que salgan a la calle. No podemos permitir que la pobreza se extienda mientras los titulares de prensa se llenan de miles de millones de euros y en los parlamentos hablan como si no existiéramos…

viernes, 10 de agosto de 2012

Un tal Mario

Con qué sonoridad, apacible y susurrante, voy viviendo las urgencias imposibles del verano, esas que un par de semanas atrás descoyuntaban con gritos lacerantes y amagos de infarto mercantil y financiero. Ahora mismo, amodorrado por este calor de agosto y el soleamiento de las chicharras en los campos, todo aquello me parece tan lejano y pretérito que mentira parece que nos esté asolando desde la más inmediata esquina. Ni siquiera los fuegos de artificio de unos juegos que no atiendo, o la escenificación falaz de lo ubérrimo mediante el decorado paupérrimo de nuestra tecnología (y estoy hablando de Marte), disipan mi desidia estival.

Aun con todo, alguna de las más postreras enseñanzas de este terror económico que nos asola sí que circunda los trayectos de mi pensamiento. Por ejemplo la del tal Draghi, ese Mario que últimamente no sé muy bien qué es lo que representa. Dejó absortos a todos con su sermón de las siete palabras (“and believe me, it will be enough”), y ante los ojos atentos de medio planeta (el otro medio se muere de hambre y poco le importan nuestras cuitas), reprodujo circunspecto su inmolación, su defunción profesional, la definitiva. Un tal Mario, cobarde, dependiente, zozobrante en su barquichuela agujereada frente a la colosal nao germánica, murió ese día sin saber que la resurrección le está negada.

Tras ese Mario se esconden muchas otras injusticias. Porque tal es el nombre que hemos de escoger para definir la actitud de quienes, desde el poder, desde el dinero, desoyen el sufrimiento de los pueblos y nos hacen responsables y paganos de las negligencias de quienes nos rigen o han regido, con poder, aun sin dinero. El tal Mario y todo el Bundesbank tras él, desprecian continuamente a los hombres y mujeres que padecemos estas mutilaciones financieras que ellos han propugnado, conocedores como son de que por esta Europa indolente y vieja no se extiende marea humana alguna capaz de acabar con ellos, ni siquiera con quienes han sido responsables directos de este imperio del dinero malgastado, de la política inane, del colapso histórico: todo es la misma inutilidad y en ella terminaremos devorados.

Un tal Mario pudo haber labrado otro camino. Pero no lo hizo. De este cuento del palo y la zanahoria, está claro que los de a pie nos vamos a llevar todas las hostias y los de las poltronas todas las zanahorias: lo cruel es que incluso éstas se las pagamos nosotros con la sangre que vertimos tras cada golpe.


viernes, 3 de agosto de 2012

Lehendakaris

Fuera de España, a (prácticamente) nadie le importa demasiado que nuestro país esté distribuido en CCAA. Ni se conocen los nombres de quienes las presiden, ni se sospecha que sean tan cruciales para nuestro devenir. El País Vasco (así, con este nombre, lo de Euskadi es un arcano en oídos extranjeros) sí es conocido y se habla de él, por desgracia a (prácticamente) nadie se le escapa lo que la ETA ha supuesto. Las demás regiones, salvo para quienes solazan su verano en nuestras playas, son herméticas en concepción y significado. Y qué quieren que les diga, así es como tiene que ser. Es fundamental mirar con la perspectiva justa en cada momento.

Ser lehendakari es importante para Euskadi (y España). Pero no lo es para nadie más en este planeta azul. Que haya diecitantos lehendakaris en esta piel de toro resulta, a todas luces, un despropósito del que hoy pagamos sus consecuencias. Pasa lo que ha pasado: cuando las cosas dejan de ir bien todo se viene abajo. Uno tiene la sospecha de que los políticos saben construir muy bien sus nidos y de que nos convencen demasiado fácilmente de lo mucho que nos conviene para nuestro bienestar (y para sus inmensos intereses creados). Pero cuando tanto nido deviene infértil, deja de crear riqueza y se desploma, pervirtiendo súbitamente hasta las razones históricas, sucede que el derrumbe a ellos les deja intactos y a nosotros nos despedaza.

Esta crisis ha demostrado que diecimuchos lehendakaris son demasiados. Que sólo saben gobernar cuando las vacas gordas, era sabido por todos: no así que sobraban tantos. Resulta inquietante que cada vez más gente desee la intervención definitiva de España por creer que solamente de esa manera se podrá acabar con esta ruina de autonomías falaces (los políticos son egoístas y defienden con fiereza lo suyo, que pagamos los demás). Este final no sería malo. Euskadi siempre será Euskadi, Catalunya siempre será Catalunya, y creo que ambas serían positivamente generosas con España si se derrumbasen las demás (falaces) comunidades, aunque no alcancen jamás la plena soberanía (lo cual es bueno para todos).

Euskadi con su Lehendakari y Catalunya con su Molt Honorable. España, sin divisiones políticas, prevaleciente, aunando esfuerzos en pos de todos. Esa es mi perspectiva y mi propuesta para alcanzar la definitiva solución a cuanto ha engendrado esta crisis. Si tengo o no razón, lo ignoro: de momento me basta con entrar al trapo de las realidades viables.


viernes, 27 de julio de 2012

Batman

Hoy no quiero (no me apetece) hablar de la crisis económica que nos corroe (si por casualidad aún no nos ha destruido como país). Hoy quiero (porque vi la película el pasado lunes) hablar de Batman, ese superhéroe al que yo siempre he considerado de pacotilla, pues no deja de ser un ricachón forrado de millones que construye cacharros y armas poderosas (así cualquiera es superhéroe, no te fastidia) para luchar contra los malos en Gotham City (un héroe siempre defiende el bien y la justicia o no sería héroe, sino villano).

De todas las veces que el hombre murciélago ha sido llevado al cine, esta última, que parece un rompecabezas, es en la que se plasma al superhéroe con profundidad existencial, y es de lo que se habla en este momento (hasta la precuela de Alien). Confieso que el primero de los filmes me aburrió por todo el rollo kung fu. La segunda me sedujo porque en realidad era un thriller, quizá algo pasado de metraje. Y esta tercera, con tanta expectación y tanta mandanga, me ha resultado plomiza y mala. Es una película de Batman sin Batman (acaso el objetivo perseguido por su director). Aparece en ella un malo muy fuerte que no deja de soltar discursos grandilocuentes e ininteligibles: se agradece infinitamente cuando deja de hacerlo (yo le hubiera soltado aquello del “por qué no te callas” del Rey, pero es evidente que no me iba a escuchar, mucho menos a atender). Lo demás es grandilocuencia, espectáculo otra vez empeñado en demostrarnos lo fácil que es destruir una ciudad (total, en Hollywood ya han destruido el planeta de un zarpazo) y la eterna disputa entre lo correcto y lo posible. Hay un personaje que comienza de policía y acaba de otra cosa, que a mi modo de ver es lo mejor del filme. Y lo demás, ni fu ni fa.

Batman aparece en dos ocasiones, si no conté mal, y en las dos lo hace para liarse a puñetazos con el malo (tiene chismes tecnológicos, sí, pero son feos y sólo están para desenlazar la trama). En el resto de la cinta, ni está ni se le espera (hasta el final). El millonario que se disfraza de él parece que se hubiera dedicado a la venta de armas, por lo tremendo de su crisis existencial. Y hay suelta una especie de supuesta revolución de los más indefensos contra los más poderosos… o eso pensé, porque tampoco me quedó muy claro.

En fin, vaya a verla, ojito que son tres horas de tostón espectacularmente realizado, y si sale usted del cine con una opinión parecida a la mía, dígamelo: no sea tímido

viernes, 20 de julio de 2012

No hay dinero

Lo ha dicho no uno cualquiera, pese a que todos a estas alturas de la crisis somos ese uno cualquiera, por ejemplo ese uno gritón que molesta al Gobierno tras las vallas que rodean el Congreso y los policías antidisturbios que sacuden estopa porque sí y por acaso. Esa frase de “no hay dinero” no la hemos pronunciado ni usted ni yo, sino que la ha espetado tal cual, sin complejos, y en sede parlamentaria, el señor que cuida de los dineros de todos. Nosotros, los unos cualesquiera, ya sabemos que no hay dinero, que no hay dinero para nada (salvo para los de siempre), porque en el fondo quienes no hemos hecho otra cosa en la vida que trabajar miserablemente como cabrones, nos hemos acostumbrado en estos pocos años a vislumbrar telarañas donde deberían guardarse los cuartos. Pero ellos, y más concretamente el señor de los dineros, cuando dice que “no hay dinero”, como si estuviese en el bar con los amiguetes, lo que dice es que se salve quien pueda.
Menuda forma como estos embusteros han descubierto de repente la erótica de la verdad. Glotones, no la prefieren con el flirteo del fuego muy lento; al contrario, la devoran con una avidez tal que suena a impostura y, lo que es peor, a irresponsabilidad. La primera consecuencia, el bicarbonato: la prima de riesgo en 576 puntos (nuevo récord histórico, esto no hay quien lo pare), y el bono a diez años rozando el siete por ciento. Claro está, los mercados, esos señores sin rostro que sí tienen dinero, no como el señor que habló el pasado miércoles en el Parlamento, y a quienes cada vez con mayor empatía entendemos más quienes antes los tachábamos de miserables sin tapujos, digo que los mercados no son unos cualesquiera. Son quienes nos han prestado cuanto hemos querido y que ahora se preguntan: si no hay dinero, ¿cómo nos va a pagar España la deuda contraída?
El señor de los dineros dice que los efectos se observarán a largo plazo, olvidando que el paro, la recesión, el cierre de empresas y la pobreza, se observan hoy y se observarán también mañana. Pero, mientras tanto, sigue empeñado en el aumento de impuestos y la asfixia del contribuyente, sin que se le haya ocurrido alguna otra cosa de esas que los unos cualesquiera sabemos ya casi por intuición. En el fondo, este señor sin dinero se siente perdido y sólo piensa ya en disminuir el déficit de inmediato y como sea, olvidando  que lo inmediato es justo lo contrario que permitirá que, dentro de un tiempo, esto escampe. 

viernes, 13 de julio de 2012

Siete meses


Siete meses ha tardado nuestro Presidente, el sr. Rajoy, en advertir que su Gobierno estaba conduciendo al país entero a la muerte por asfixia. Siete larguísimos meses ha tardado en percatarse de que nuestro bienestar social no puede costearse con impuestos o retenciones (tampoco la descentralización autonómica vigente, pero de eso no se habló el miércoles). Siete tensísimos meses en abandonar su inacción, sus mentiras, sus timoratos balbuceos y sus engañifas, que no servían a más causa que al desastre absoluto. Siete interminables meses  en los que hemos visto cómo avanzaba el miedo, llenándolo todo, y convirtiendo a España en un enfermo lobotomizado (salvo cuando la Eurocopa, claro, el fútbol es el fútbol).
Siete meses hablando de austeridad, y sin embargo el porcentaje de PIB añadido a la deuda pública no ha descendido un ápice. Siete meses con el aliento de los mercados en el cogote, y como quien oye llover. Siete meses implorando (infructuosamente) al BCE que derrame sus salvíficos euros sobre nuestras ciudades devastadas, mientras por el otro conducto se consiguen miles de millones de euros para la banca, que son los que nunca pierden. Siete meses para contemplar este miércoles al sr. Rajoy súbitamente convertido en trasunto del sr. Moti, ese tecnócrata que tampoco ha sabido resolver los problemas que él mismo contribuyó a generar con las burradas de su anterior empresa. En definitiva, siete meses que demuestran, todos ellos, de golpe y porrazo, que la crisis no la resuelven políticos ni tecnócratas (al contrario, la agravan), y que la hemos de resolver los demás conforme podamos.
Tras siete meses de pantomima inútil, llega lo que tenía que llegar: la evidencia del autoengaño. Y lo hace con anuncios de infinito dolor (al pueblo) y prosternación (a la Troika), y cómo no, con desigual reparto de la miseria: toda (y más, si cabe, que parece caber mucha) para los de siempre; ninguna para las Sicav, las grandes fortunas o las élites. Y supongo que queda más dolor por venir, cuando vean que los ingresos descienden como espuma de cerveza, algo que bien saben los países que han pasado por esto mismo (cuya voz clama en el desierto mental de los tecnócratas).
Pero hay una cosa de la que sí tengo la completa seguridad de que nunca, jamás, veré llegar: el imprescindible adelgazamiento quirúrgico de las derrochadoras Comunidades Autónomas que erigieron los políticos. Eso no sucederá ni en siete meses, ni en siete años

viernes, 6 de julio de 2012

Desde las minas


Siguen y siguen los recortes, o reformas que llaman desde la cúpula del poder con aparatoso eufemismo. Pero ellos no se recortan nada. Y mire usted que sabemos que esto de la política contiene gasto cuantioso. Pero los sacrificios siempre tocan a los mismos, que somos usted y yo: ellos jamás se sacrifican por nada. Supongo que en ningún manual del buen gobierno se dice que a la prédica desde el poder le sigue, forzosamente, el ejemplo. Hay quienes lo reclaman por civismo, por moralidad. Yo, de reclamarlo, que lo reclamo, prefiero que sea por vergüenza ajena: esa que hace mucho demostraron no tener… salvo excepciones.
Hoy quiero mencionar una tal singularidad en el comportamiento de los políticos que nos representan. Y quiero hacerlo porque en esto de la representación hay aún mayor desvergüenza que en los recortes de los que ellos siempre se salvan. En pura teoría, las papeletas que los ciudadanos introducimos en las urnas, cada cuatro años, sirven para elegir a aquellos de entre nosotros a quienes deseamos delegar la responsabilidad cívica más elemental. Pero en la práctica, una vez que son elegidos, lo único que hacen es seguir estrictamente las normas del partido, y pobre del que discrepe.
Pues hay un senador en León que ha discrepado. Por coherencia, por convicción, por pundonor. La causa ha sido la retirada de las subvenciones a la minería regional. Y por todo ello, por defender a quienes legítimamente le otorgaron el voto, a Juan Morano, que así se llama el díscolo pepero que ha osado contrariar la férrea dictadura de su partido, le han suspendido la militancia (amén de juzgarle la persona menos grata que ha parido madre) los mismos que indultaron a políticos corruptos no hace tanto, los mismos que nos estrujan a impuestos sin contemplaciones, los mismos que nos mienten un día sí y otro también hasta que alguien en Bruselas se pone frente a un micro para decirnos las verdades del barquero que ellos esconden. 
Imagino que esto es lo que encierra la democracia representativa que nos dictan desde los escaños del parlamento, del senado, o de donde sea: mentiras, despilfarros, irresponsabilidades, intereses, ocultaciones, indecencia y falsedades, todo menos lo más elemental, que no es sino la defensa lógica de quienes damos el callo cada mañana al despertar para que ellos puedan seguir jugando y las cosas, poco a poco, vayan resolviéndose: ¿o alguien aún cree que esto de la crisis nos la van a solucionar otros?

viernes, 29 de junio de 2012

Tres funcionarios


No me odie tras leer esta columna si usted es funcionario. No me estigmatice. No me crea injusto. Tampoco me conceda el beneficio de duda alguna. Téngame algún respeto, que no pienso faltarle a usted en nada: soy hijo de funcionarios, hermano de funcionario, algo sé de lo que quiero decir cuando decido escribir lo que va a leer.
Hace una semana, en una cafetería, fui testigo de una conversación entre tres mujeres funcionarias, cada una de lo suyo: una secretaria judicial, alguien de sanidad, una administrativa de la policía local. Que fuesen féminas no determina en absoluto el carácter de esta historia: es simplemente el matiz veraz de la crónica. Trasunte usted la imagen femenil hacia la que más confianza le produzca  y siga adelante con el argumento. A lo que iba: una de ellas, la secretaria judicial, se vanagloriaba de que, tras haber alcanzado una posición solvente en su carrera, podía permitirse el lujo de trabajar cinco horas diarias y no las reglamentarias, y lo condimentaba con asertos como: “hice muchas guardias y nadie me las pagó”, ¨para estar mano sobre mano, me voy a casa”, “si yo hago esto, qué no harán los que están por encima”.
Chulesca, irresponsable, indecente, petulante, engreída… No sé cuántos adjetivos similares le propiné en el silencio de mi mente: por cómo se enorgullecía de su privilegio, por cómo desestimaba cualquier acusación de estafadora al erario público, por el modo torticero de defender lo que nadie en su sano juicio puede disculpar. Lo peor, con todo, no fue su sorprendente y locuaz aseveración, que cualquiera en aquella solitaria cafetería pudo escuchar con meridiana y perpleja claridad, sino que sus compañeras, trabajadoras pulcras y concienzudas de las horas que debían entregar a cambio de un jornal, la defendieran sin arrojarle mácula alguna de desacuerdo.
Pagué mi café y me largué con un humor de perros. Lo primero que pensé fue que bien merecido tenían los empleados públicos al ser sacrificados con nuevos y suculentos recortes en sus salarios, y allá ellos si seguían perdiendo poder adquisitivo (entiéndanlo, estaba indignado). Lo segundo que pensé fue que la solución pasaba por fortalecer el cuerpo de interventores o inspectores o lo que sea que exista para corregir estos desajustes. Lo tercero y último que hice fue resignarme ante la evidencia y pensar que, por mucho que queramos, debido a este tipo de comportamientos, a todos los niveles, España se está yendo al carajo.

viernes, 22 de junio de 2012

De sur a norte


Esta semana recorro las principales ciudades de la Andalucía cálida, sonriente, jovial, locuaz y eterna. ¡Qué diferencia y contrastes con este norte verde, lluvioso, ceñudo, taciturno y antiguo. Me gustan los contrastes y celebro que existan diversidades y caminos distintos para recorrer. Hace una semana, por ejemplo, recibía una grata noticia, delicadamente sutil, indefectiblemente vasca y prudente: una mujer, a la que aprecio más de lo que ella quizá imagine, aparecía a punto de liderar en un mundo que, hasta ahora, ha sido de hombres. Esta semana, desde Linares, conocía una noticia igualmente grata, pero masivamente grandilocuente, con carácter típicamente sureño, por parte de alguien a quien aprecio también, aunque de distinta manera, acaso porque haya rasgos que, aunque me esmere, no logro compartir del todo...
No obstante, tras el trasfondo jovial de ambas noticias, del norte y del sur, surgía una misma distorsión: la que produce esta dichosa crisis que nadie parece detener, la que erradica con violencia tanto las perspectivas como las ilusiones… Los caracteres distintos, los acentos, los rasgos, las experiencias tan aparentemente divergentes del norte y del sur, de repente surgían igualmente enlazados y unidos en lo primordial, en aquello que ni las historicidades ni las reivindicaciones pueden desunir: léase, la necesidad de sobrevivir a esta masacre, de volver a crear un contexto en el que se pueda volver a hablar de futuro, de distancia, de lejanía...
En el norte, como en el sur, las gentes ahora hablan de lo muy próximo, de los pasos en corto, de lo más inmediato: se saben igualmente en peligro, idénticamente vinculados a un destino que, si no se remedia antes, ha de transportar todos los terruños de esta orografía hispana a una oscuridad lóbrega y visceral. ¿Nacionalismos, regionalismos acaso? Por supuesto que el discurso no ha variado, lo que ha cambiado, y radicalmente, es lo que rodea a ese discurso, la inmensidad trascendente al sentimiento patrio, que no sabe ni de Rh ni de qué materia gris se han nutrido los que con balazos quisieron defender lo imposible.
De repente lo vi tan claro… En Euskadi habían nacido los olivos y las almazabas se apiñaban en montes blandos y suaves. Y en Andalucía se apretaban súbitamente las industrias, todas ellas estrujadas alrededor de unos pocos ríos de poco caudal y mucha escarpadura. Eran el sur y el norte, confundidos. La historia, olvidada. El destino, el mismo.

jueves, 14 de junio de 2012

No es país para un viejo

Acabo de aterrizar de París. He estado varios días en la bella capital francesa por asuntos laborales, rodeado de medio millar de delegados provenientes de todo el mundo. El lunes se abrió el evento con referencias explícitas a esos 100.000 millones del ala. Fue la primera muestra. Las siguientes no tardaron mucho: todo el mundo quería saber qué tal nos iban las cosas por España. “Rescatados”, respondía yo. No quise decir que aquello no era un rescate, sino un crédito a cliente prioritario, y ¡qué digo un crédito!, un premio, sí, un premio a la más benéfica labor gubernamental jamás antes perpetrada…
¿Se han dado cuenta? A mayor gravedad de la situación, mayor es la inmadurez de nuestros gobernantes. En Moncloa ya no les importa mentir con desvergüenza. Siguen pensando que han de decirnos no lo que sucede, sino lo que piensan que debemos los demás pensar que sucede. Por eso son el hazmerreír de toda Europa y nos dan lástima justo cuando deberían despertarnos admiración. No es casualidad que se hayan quedado muy por detrás de lo que cualquier ciudadano medianamente bien informado espera.
Somos la versión nueva del drama griego: mentirosos, descuidados, manirrotos, impresentables. Todos esperaban mucho del señor del puro que se aloja en La Moncloa. Yo ya no espero nada. Este país no debería liderarlo en estos momentos un viejo, un hombre desgastado no por su edad (aún fecunda), sino por los acontecimientos, la gravedad, la inmensa perspectiva negra que lo abate. Un hombre viejo que se creyó su propia mentira, la de que con sólo su presencia se cerrarían todas las sangrías. Un hombre viejo, sin liderazgo ni carisma, que desprecia a las minorías y trata sin respeto alguno a su pueblo. Un hombre viejo que acaso nunca debió estar ahí, pero a quien las circunstancias y las dictaduras internas empujaron a empellones hasta donde está. Un hombre viejo que apenas parece saber de nada, que no explica ni informa por la sola razón de que no tiene absolutamente nada que decir y piensa que su silencio es locuaz, cuando lo que es, es denigrante.
Nos rescatan. Menos mal que nos rescatan. Lo que no son capaces de urdir los políticos, han de hilvanarlo los tecnócratas. Nos rescatan, sí, con todo lo que ello conlleva, y nos van a dejar a todos para el arrastre. Sólo espero que le suceda lo mismo a ese hombre viejo, mentiroso y altanero, que dijo saber superar el desastre cuando, en realidad, no tenía ni la menor idea de cómo conseguirlo.