viernes, 26 de diciembre de 2025

La utilidad de lo inútil

Qué paradoja tan reiterada nos visita cada Navidad desde que la BBC lo inventó en 1932. El discurso del jefe del Estado. Hay quien lo cataloga de inutilidad, lo cual es una pesimista forma de entender el parlamentarismo. Son los únicos discursos del año que, en un formato excesivamente insulso, pronuncia quien no puede interferir de forma alguna en la cosa pública. Salvo excepciones, y todos sabemos cuáles son: el pronunciamiento de Juan Carlos I el año del intento de golpe de estado (1981); las palabras de Felipe VI el año del segundo golpe de estado (2017) ante la inoperancia del pontevedrés que solo sabe leer el Marca y hablar de fútbol. 

Los jefes de Estado tienen por misión, y responsabilidad, representar a su pueblo, no a sus gobernantes. No decretan, ni legislan, ni prometen las típicas fruslerías que luego incumplirán aquéllos porque todos saben que se pronuncian con el único objetivo de soltar soflamas con apariencia de disponer altura intelectual, no por compromiso o en la creencia firme en su contenido. Los jefes de Estado hablan para todos y en nombre de todos, no importa que se esté en desacuerdo. Hablar sin necesidad de ganar votos o satisfacer los éxtasis de la propia clientela o acariciar las inveteradas hipocresías de unos socios de gobierno, es justo lo que devuelve a la palabra la dignidad que la política profesional lleva décadas pisoteando, machacando, despachurrando, sin ningún tipo de piedad o misericordia.

Llegan las Navidades y la gente atiende, casi por inercia, a las alocuciones de los jefes de Estado. En España, e ignoro si sucede igual en otros países, por San Silvestre, los reyezuelos de los taifas autonómicos también se plantan ante las cámaras para dirigir sus indigestos sermones a los feligreses de la parroquia regional que creen gobernar, lo cual es alcanzar cotas muy altas de patetismo (porque las Autonomías, pese al efecto megáfono con que obsequian a sus gobernantes, solo están para hacer gobierno administrativo). 

Frank-Walter Steinmeier en Alemania, Carlos III en el Reino Unido, o Felipe VI aquí, son los ejemplos reales. Dicen más o menos lo mismo, aunque de diferentes maneras. No tengo a los Borbones, ni a sus jefes de la Casa Real, por unos magníficos literatos: incluso no los tengo por particularmente cultos. El rey que vive en Abu Dhabi era un vividor y medraba muy bien por los bajíos del poder. El rey que vive en La Zarzuela, en cambio, siendo como es honorable y respetuoso, ha de sobrellevar como mejor puede el hecho incontestable de que lo fiscaliza un gobierno de estúpidos regido por la mayor cagarruta que se haya presentado a unas elecciones generales. Por ese motivo, aparte de una cierta gravedad institucional y las manidas referencias a la convivencia, cuando no de llamamientos a lo común, sin especificar en qué consiste eso tan llamado, sus discursos navideños no contienen nada particularmente brillante ni memorable. Tampoco nada obsceno, aunque ya se encargan los regionalistas y los niños de papá que forman Podemos (o como se llame eso con que engañaron a la tropa con el 15M) en vituperar cada frase que pronuncia, no importa que haya sido supervisada y aprobada por el gobierno del indocto al que unos y otros protegen para que no se les acabe el chollo que tienen.

Ahora compare usted con lo que pronuncia el jefe del Ejecutivo, y que en España coincide con el indocto que no duda en saltarse los protocolos porque se cree que, por haber sido elegido los suyos, que no los demás, se le deben mayores gabelas. Su discurso degenera con pasmosa facilidad siempre hacia la propaganda, el ajuste de cuentas o la exhibición narcisista. Es lo que pasa cuando un gobernante, en vez de dirigirse a la nación que le paga el sueldo, cree estar orientando a su parroquia. El andoba se creerá que los ciudadanos somos todos militantes y, de no serlo, mal por nosotros. Es el motivo por el que cualquier mensaje deja de ser un espacio de orientación a la ciudadanía para convertirse, de inmediato, en una pieza más del mercado electoral. Y además lo hace con pésima retórica. Es la misma lógica que el mitin de barrio o el tuit vengativo de los insomnes que, en plena madrigada, buscan apaciguar las voces ocultas de sus putrefactos demonios personales.

Hablaba de paradoja. Pero no lo es tanto. Cuanto menos poder real tiene quien habla, más libertad hay en lo que dice. Los que criticamos al indocto lo hacemos, precisamente, en aras de no deberle nada en absoluto, no como los miles de estómagos agradecidos (y abrazafarolas, que decía el otro) con que se ha rodeado. Y si le insultamos, sepan que es porque no hay elementos suficientes en la dialéctica para compensar los miasmas de un espíritu tan putrefacto. Precisamente quienes no gobernamos podemos permitirnos recordar obviedades que hoy suenan subversivas. Porque la convivencia siempre precede al conflicto, no como esta recua de patanes nos quiere hacer entender: que en el conflicto está el origen de la convivencia que ha de regirse de acuerdo a sus patrañas. La ley también es anterior a la ideología, aunque sea posterior al dinero, esa banalidad de la que nunca se acuerdan (de mentirijillas) cuando gobiernan: vean, si no, al otro andoba, el Zapatero, un prenda incluso más peligroso que el indocto. El de la Moncloa necesita el micrófono para justificarse ante el juez, para atacar las informaciones que siempre califica de bulos, o para asegurar que seguirá gobernando la próxima legislatura (aunque dudo que quede nada entonces en España para ofrecer a sus eventuales aliados).

Se desprecia los discursos navideños como parte de un ritual vacío, un ornamento perfectamente inútil de la liturgia del Estado. Sin embargo, sería conveniente revisarlos y situarlos correctamente en su contexto. Son como un Anuario confeccionado por Corín Tellado, sí, pero entre sus líneas yacen los pensamientos de todos (incluso los del Gobierno, que es quien los escribe). No se deje impresionar por los bobalicones que, bien sea desde los periódicos afectos o las televisiones propagandísticas, intentan minusvalorar cualquier voz que no sea la de su líder. Ya Ortega advirtió que el hombre-masa, ese que no reconoce límites ni acepta instancias superiores a su propio apetito, termina devorándolo todo. Es lo que ha pasado en España en los últimos veinte años. Porque lo único que aún permanece, aunque sea de esas maneras, son las palabras del jefe del Estado (y yo estoy convencido de que también permanece su sufrimiento, cargado de dignidad y responsabilidad: si el indocto se parece físicamente cada día más a un muerto viviente, es porque su sufrimiento, en cambio, es producido por su propia alma). 

viernes, 19 de diciembre de 2025

La pasión de Sánchez según el artículo 1.1 de la Constitución

La pasión de Pedro Sánchez por el artículo 1.1 de nuestra Constitución tiene un sentido estrictamente devocional. Algunos pensamos (porque me incluyo) que el indocto es alguien a quien el tiempo, y su incultura, han modelado sin mucha paciencia hasta convertirlo en lo que es ahora mismo. Y aunque resulta complicado describirlo desde un punto de vista político, porque el sujeto presenta tantísimo trastorno mental que incluso incomoda a sus exégetas, sí podemos establecer un par de características desde las que establecer su semblanza. No comentaré que sea un mentiroso, porque lo es, eso está fuera de toda duda, pero los mentirosos más interesantes son aquellos que confiesan sin rubor creer en verdades falsas. Tampoco reseñaré que sea un inculto, porque dudo que muchos de sus adláteres, empezando por quienes ostentan alguna cartera ministerial y terminando por esa legión de turiferarios que glosan cada día, cada minuto, sus inexistentes virtudes, tratando con ello vestir al pobre interfecto de emperador de lo cutre, todos ellos se han abonado con él a esa carrera política donde prima el egoísmo, la ceguera, el odio, el rencor y la estrechez de miras. 

La primera cualidad que lo representa es creerse un devoto iluminado. Y como los focos y fanales son sostenidos por un grupo variopinto de macarras, secesionistas, comunistas (con chalé y fondo de armario), ventajistas, desaprensivos, tahúres y listillos de poca monta, y él lo sabe (porque es idiota, pero no es ningún tonto), solo necesita mostrar la devoción de quien se sabe ungido aunque no sepa para qué. Y, no saberlo, es justo la causa de que concentre todos sus esfuerzos vitales en mandar y, como presumiblemente muy pronto se sepa, en enriquecerse tal y como ha hecho y sigue haciendo su odiado Zapatero, ese tipo que siendo ex-presidente ha seguido actuando en la sombra, aprovechándose de lo cosechado en su fatídica etapa monclovita, y a quien seguramente el indocto envidia tanto como detesta. ¿Detesta?, preguntará usted, caro lector. Sí, lo detesta. Zapatero llegó a la presidencia muy bien informado de lo que realmente ocurrió un once de marzo, pues los mandos policiales de este país y los servicios de seguridad son tan patrióticamente de izquierdas que no tienen tiempo para defender al Estado de los más abyectos criminales y delincuentes, entregados como están a que sigan gobernando los rojos y verdes (rojos, por lo de ser comunistas de salón, y verdes por el color de los billetes de dólar). Y está igualmente bien informado de cuanto sucede en la Moncloa. No obstante, dispuso a sus huestes en Interior y en Defensa.  

La segunda cualidad es que el indocto no lee. Esto a nadie ha de causar espanto: vivimos una época en la que hay muchos libros en las tiendas y nadie que realmente los lea -seguramente ni siquiera sus autores (y los hay prolíficos)-. Como dicen los incultos, todo está en internet: sobre todo su propia incultura. De acuerdo a esta cualidad del indocto, no es de extrañar que jamás haya leído la Carta Magna que prometió (o juró, no sé bien a qué verbo se encomendó el sujeto, tanto da, no pensaba proceder con ninguno de ellos). Fíjense que el artículo 1.1 es el primero de todos. Ya sé que algunos ni siquiera concluyeron su lectura: pero el indocto ni siquiera lo empezó. Usted, o yo mismo, cuando abrimos el librito de la norma suprema, lo palpamos como si fuésemos testigos de un misticismo rayano en la revelación. Él, y muchos otros como él, no. Cree que el precepto encerrado en tan significante papel lo que realmente bendice es su poder absoluto para acompañarlo en la misión histórica a la que se ha encomendado.

Según esta particular exégesis, España es un Estado social solo cuando y con quienes al Gobierno le place serlo (el inequívoco ejemplo de los okupas, que tanto daño causan, es consecuencia directa de esta visión anormalizada de los derechos sociales), democrático cada cuatro años y dependiendo del resultado, y de Derecho siempre que los jueces no se dediquen a enturbiar sus añagazas. Lo demás es retórica. Si se les menciona la existencia de valores superiores —libertad, justicia, igualdad, pluralismo—, dirán que son magníficos, claro está, y omitirán que esa magnificencia es algo que solo sucede cuando están subordinados al valor verdaderamente trascendental, que no es otro que la gobernabilidad, y no por y para el pueblo, sino contra el pueblo y en favor de sus eximios intereses. Esto último no es algo que figure en el texto de 1978, pero se trató de uno más de los muchos descuidos de los constituyentes, que eran demasiado ingenuos como para prever que algún día llegaría alguien capaz de leerlo como Dios manda. Total, bastante tuvieron con empantanar el Parlamento pontificando una desdichada ley electoral que convirtió el egoísta sentimiento regionalista en una suerte de unidad de destino en lo universal.

El pluralismo, por ejemplo, es estupendo mientras sea estrictamente decorativo y no afecte a los socios necesarios para seguir en la poltrona. Es plural alcanzar acuerdos con los etarras. Es plural barrer siempre para la casa catalana, no importa lo que pidan. Es plural sentar en la bancada azul a distintas formas de florero o de estómagos agradecidos. No es plural que existan partidos discrepantes. Eso es fascismo. Íbidem. La discrepancia se tolera si es estéril porque, en caso contrario, pasa automáticamente a la categoría de bulo emergido en distintos conciliábulos (fíjense en la terminación de esta palabra) de la ultraderecha, entendida por tal todo aquello que se extiende al lado opuesto de sus corroídos corazones. Por supuesto, son para el indocto conceptos implícitos en el espíritu del artículo 1.1, aunque ningún constituyente lo recordase en su momento. Cosas de la memoria histórica. Por eso es tan importante tumbar, de una vez por todas, ese muermo de la Transición que se estudia, o estudiaba, en los libros de texto de quienes no lo vivieron en sus propias carnes.

Hay algo admirable en esta pasión inconfesa. El indocto es constante hasta decir basta. Donde usted ve mentiras flagrantes, él observa evolución. Donde usted detecta cesiones nauseabundas, él solo encuentra pedagogía democrática. Donde usted interpreta la Constitución como límites juiciosos al poder, él la considera un texto comprensivo que solo su persona puede glosar. Todo lo que ha ejecutado en su gobierno, desde las encerronas epidémicas a los muchos indultos, todo es producto de una lectura modernizada de una Constitución que debiera haber sido más sensible, y que en modo alguno ha de servir para juzgarlo a él, que la modernidad exige acompañamiento a todas las circunstancias del ejecutivo. Si a usted todo esto le parece razonable, no le quepa duda: usted también está iluminado. El problema —y aquí la cosa es cuando se pone fea— estriba en que el artículo 1.1, pese a los esfuerzos por convertirlo en un himno litúrgico, es un texto seco y casi, podríamos decir, antipático. Describe un marco y fue pensado para sobrevivir a las pasiones del gobernante de turno. Pero ya hemos razonado bastante que se trata de una lectura muy interesada del fascismo.

Las cualidades del indocto son útiles por su desesperado intento en convertir la política en una especie de teología civil, y el poder en un estricto sacerdocio del dios dinero. No sorprende que el Derecho acabe siendo reducido a una sofisticada forma de ornamento, y basta con atender a los veredictos del Tribunal constitucional para verificarlo. Nunca nos importaron demasiado porque siempre permanecieron tras los obscuros límites del aburrimiento. Fue imponer la necesidad de abordar asuntos públicos con interés obvio en el Gobierno para que, de repente, se haya convertido en otro ítem más en la muy larga e insospechada lista de barbaridades que nos asolan. 

En fin. Qué insoportable es todo. Vivimos el infierno de los mediocres y del escaso talento para nada que no sea llenarse los bolsillos. Dicen que el Pp arrasará en las próximas elecciones, junto con Vox. Seguramente. Pero no les quepa duda: a ese otro lado de la orilla nos espera otro infierno, aunque sea de distinta factura, del cual algo ya vivimos cuando gobernaba un indolente incapaz de hacer nada de provecho en su patética vida.  

viernes, 12 de diciembre de 2025

Salvaguardas hipócritas

Vivimos tiempos apasionantes. Es todo tan ilusorio y sobrenatural, que las páginas escritas arden en nuestras manos conforme vamos leyendo lo que en ellas hay escrito. 

Fíjense en la cola que ha traído la dichosa Ley de 2004, que se vendió como un escudo integral contra la violencia de género. Veinte años después, sus excepcionalidades procesales siguen sin rendir cuentas ante principios básicos de toda nación libre como son la presunción de inocencia o la seguridad jurídica. No hace falta tener una opinión inmediata al respecto: basta con leer el texto normativo para constatar el alcance de sus procedimientos extraordinarios y demás acreditaciones ajenas al cauce penal ordinario. La vocación protectora era legítima. Pero la arquitectura jurídica, mucho más que discutible. 

Veinte años más tarde, sobre esta imperecedera columna vertebral, que anda siempre renqueante, llegó el monumento al populismo legislativo con la denominada ley del "solo sí es sí" (Ley Orgánica 10/2024). Las consecuencias hablan por sí solas. El Poder Judicial cifró en más de 1.200 las rebajas de pena y en 121 las excarcelaciones por aplicación retroactiva favorable. El Tribunal Supremo avaló las reducciones en una parte sustancial de los casos. No son valoraciones: son datos del CGPJ y análisis de sentencias del alto tribunal. El origen de aquel despropósito fue el caso de "La Manada". Dos instancias navarras lo tildaron de abuso sexual y buena parte de la sociedad se indignó exigiendo otro tipo de justicia (o de jueces), por no decir que exhortaba a enviar a la hoguera a los de la toga, por machistas, aunque uno de ellos fuese una mujer. El Supremo, posteriormente, corrigió la sentencia calificando el delito cometido por sus autores como violación múltiple. Pero la indignación social no acalló, y aunque pudiera parecer legítima (todo lo legítimo que puede ser mostrar desacuerdo por la sola razón de que no coincide con nuestras opiniones), se sintió tan remiso el ordenamiento jurídico para estos delitos contra las mujeres, que el Gobierno perpetró una respuesta legislativa promovida por la ministra comunista que había sido designada como tal durante las negociaciones mantenidas por compañero sentimental, el coletas, con el indocto que perdió las elecciones. Lógicamente, fue un desastre integral. Borrar la frontera entre abuso y agresión introduciendo un tipo único de delito, generó precisamente la cascada de revisiones que no se supo (ni pudo) evitar. Y mire usted, caro lector, que el razonamiento apesta a lógica aristotélica: si toda agresión sexual es violación, entonces toda violación es agresión sexual. Elemental., ¿verdad? Pero nadie asumió responsabilidades ante unas consecuencias que, por otra parte, fueron advertidas de antemano, y a las que, por supuesto, se hizo caso omiso.

Ibidem. La Ley Trans de 2023, también activada por la inefable ministra salida del grupo de cajeras del Saturn, consagró la autodeterminación registral desde los 16 años aplicando trámites gratuitos y sin aplicar ningún tipo de salvaguarda. El resultado fue el esperado: hombres que, manteniendo sus características biológicas completas, cambiaban de género para acceder a registros y espacios femeninos protegidos (incluso cárceles) para beneficiarse tanto de la anatomía como de la suspensión de igualdad en el régimen carcelario y jurídico. No hablamos de un debate esparcido sobre las identidades reales o inventadas de quienes se sienten otra cosa de lo que son (toda identidad es inventada, bien lo saben los independentistas de todo tipo), pero sí hablamos de la dejadez (y mala inquina) de un Gobierno legislador que prioriza siempre los titulares sobre la robustez normativa. Conviene añadir que aquella ley formaba parte de un movimiento jurídico y social ya obsoleto en muchas partes del mundo en aquel momento. De hecho, la ley española era un corta y pega de la más antigua ley canadiense, con todos sus errores y extras incorporados de serie. Las fracturas llegaron hasta el deporte de élite —olimpiadas incluidas— y las estadísticas oficiales. En el propio BOE se puede leer el alcance de la norma. El Tribunal Constitucional (pro gubernamental) mantiene encallado el recurso. Mientras tanto, el sentido común ha quedado cancelado por decreto, so pena de ser tildado de tránsfobos, terfas, fascistas y otras menudencias por el estilo.

Y, con este entramado crujiendo por todas partes, llegó la prueba de fuego definitiva que habría de iluminar el orbe donde medra nuestra siempre eficiente clase política: el "Me too" socialista, la evidencia palpitante en el partido más feminista del planeta, como ellos mismos han contado en innúmeras ocasiones. Tan feministas son, que en cuestión de semanas se ha producido un goteo interminable de denuncias por acoso sexual, algo que ha expuesto negro sobre blanco las diferencias existentes entre el relato oficial (incluido el BOE) y la gestión real de aquello que se relata. La retahíla no tiene desperdicio: desde las demoras inexcusables que se han producido para recabar información y testimonio a las denunciantes (cosa que siempre beneficia al acusado); pasando por la existencia de unos protocolos siempre activados tarde o nunca; hasta culminar en la decisión orgánica (y justificativa) del partido de gobierno de no remitir a la Fiscalía el caso más sonado de todo este repugnante asunto, con la excusa (bien paternalista, y eso que estaban en contra) de proteger la salud mental de la víctima. Es lo que hay. Veinte años gritando "te creemos, hermana" o proclamando lo muy feminista que uno es por ser socialista (no importa que después se haya pagado a este andoba, actualmente en prisión, los muchos devaneos prostibularios en que se enzarzaba, siempre con dinero público), para que finalmente a todo se le dé la vuelta cuando el acusado resulta que tiene carnet del partido y mando en plaza por ser amigo del indocto (al menos hasta que éste, cuya doblez es insólita en todo el sistema solar, reniegue de su antaño estrecha amistad, afirmando que o bien nunca existió o simplemente se le ha olvidado). Los hechos están consignados (y siguen consignándose) en medios generalistas y en los comunicados oficiales.

Finalmente, acabamos con la derecha, con la oposición. ¿Qué decir? Lo de siempre. Que lejos de ofrecer una alternativa coherente, que es a lo que debería dedicar la práctica totalidad de su tiempo, sigue oscilando entre un seguidismo ultrajante de las consignas socialdemócratas (pese a que ellos no se consideran así, y nosotros a ellos se supone que tampoco) y la demagogia punitiva más delirante de los últimos tiempos. Parece lógico teniendo en cuenta que en el Pp, que lleva años prometiendo desmantelar un edificio jurídico que considera arbitrario, pero que cuando llega el momento de efectuar modificaciones concretas, o siquiera de enunciarlas, manda un señor gallego especialista en refugiarse en pactos cosméticos que no tocan ni una coma de los artículos controvertidos, o simplemente prefiere no meterse en líos de relatos o narrativas, seguramente porque no tiene ninguna de las dos. Y no. No se trata de prudencia. Lo que es, es una hedionda cobardía electoral vestida de un centrismo mal entendido. Vox, por su parte, el favorito de los jóvenes, sigue a lo suyo: vociferando proclamas de máximos —como la siempre muy recurrida cadena perpetua, inexistente en nuestro ordenamiento jurídico— mientras contempla la podredumbre esparcida por la bancada socialista y se dedica a seguir peleando con los del partido de donde ellos partieron. Patético.

Mientras tanto, el ciudadano común —ese que no tiene vocero institucional— sigue absorto de que todo este esperpento esté pasando en el mundo en que vive. Ésa es la verdadera herida.

viernes, 5 de diciembre de 2025

Luna de otoño

Esta mañana, de madrugada, la luna se hallaba alzada en el cielo, hacia occidente, refulgente como un faro argénteo en el cielo casi despejado. Ha sido la última del otoño, redonda y perfecta. Su belleza resplandeciente nos recuerda que en el silencio de la noche duermen las leyendas y misterios más profundos del ser humano. Su luz se derramaba por igual sobre campos y ciudades, sobre las carreteras dormidas y los tejados silenciosos. El resplandor que todo lo envolvía parecía significar: detente, respira, contempla.

En tiempos donde el mundo gira vertiginosamente, y cada vez más deprisa; cuando las noticias nos golpean sumergiendo el alma en un carrusel de guerras absurdas, extremismos desatados y divisiones intestinas, la luna nos ofrece su quietud como un contraste necesario. Sin imponer su reinado, parece limitarse a estar, a presidir el orbe nocturno, a cumplir su ciclo milenario, ajena a cuantas prisas devoran el alma contrita de los seres humanos. Es su presencia una demostración del orden más amplio, más profundo, más trascendente, que la propia ansiedad y vanagloria de quienes nos pretendemos dueños y señores de todo lo animado e inanimado.

Mientras la luz lunar acariciaba la campiña que atravesaba, camino del trabajo, estuve pensando en el significado de ese gesto tan sencillo y simple que es mirar hacia arriba. Es tan sencillo, casi infantil, tan inocente y humilde (mirar hacia lo inalcanzable) que nos extrae del torbellino de las pantallas, de las informaciones y opiniones incesantes, de la ansiedad que nos consume por dentro y por fuera, convirtiendo las vidas, que habrían de ser entrañables, en una vaciedad inmensa de sinsentidos. Con su luz, la última luna llena de otoño, recordaba a quien repara en su existencia que somos parte de algo mucho mayor a nosotros mismos, y que la vida no se reduce a la inmediatez de los conflictos o los ruidos de las redes, donde habitan quienes no saben permanecer silentes. Su presencia coruscante invita a recuperar la capacidad de contemplar, de escuchar en el silencio, y de reconciliarnos con aquello que nunca debió deja de ser esencial.

Hoy, más que nunca, necesitamos esa pausa. El mundo arde en tensiones. Las fronteras se cierran, los discursos dividen, las tecnologías aceleran el tiempo sin esperar su digestión humana. Y, sin embargo, ahí está la luna, como lo estuvo para nuestros antepasados, como lo estará para quienes vengan después. Su luz no resuelve los problemas, pero devuelve la esperanza de encontrar sencillez y belleza en algo tan grato como es un cielo despejado, tachonado solo de estrellas.

El invierno se aproxima, los días se acortan, y la luna nos deja su mensaje: incluso en la noche más larga, hay luz. Que esta luna nos inspire a recuperar la escasez connatural de estos tiempos: la calma que nace de la serenidad, de la paz y la esperanza.