jueves, 9 de marzo de 2017

Diez años

La titulé “Mujeres” y al releer sus palabras solo encuentro almíbar y empalagosa corrección (no solo política) ineludible. Fue hace diez años, que tal es el tiempo que llevo asomándome cada semana ante ustedes, mis caros lectores: una década. Y casi sin darme cuenta…
Desde entonces he escrito (y algunas veces, incluso hablado) de todo según se dictasen las ocurrencias de mi magín. Lo mismo de un grumete llamado Richard Parker, que del alarde de San Marcial (cuando no era mixto), el “por qué no te callas”, el cambio climático en Marte, los dos pobres niños quemados por su padre, lo de Afinsa y Fórum, la independencia de Escocia, la del País Vasco también (no digamos ya la de Cataluña), las negociaciones escarniosas de Varoufakis, la crisis (cientos de miles de veces), Zapatero (también Rajoy), las películas de dibujos animados, el populismo a la argentina o aquello tan reciente del eurodiputado sexista.
Me siento leído, aunque no sea abundante el caudal de lectores que se asoman a esta columna cada viernes. Pero es mucho, como un pequeño capitalito con el que ir tirando y disfrutar de una regalada holganza opinadora. En algunos casos, me siento incluso cuestionado: como cuando critico el fútbol y los forofos, o la televisión y a sus espectadores, los nacionalismos de no importa dónde, o los políticos -lugar común-, o los moteros (siendo yo mismo uno de ellos, menuda la que se montó -entonces mis columnas se podían leer gratuitamente en la web de DV), no digamos cuando dije aquello de que Jesucristo nunca existió… Pero, qué puedo decirles: esas, las polémicas, son acaso las columnas más divertidas de escribir y de leer. Pero no las más reveladoras.
Guardo en la memoria una, la que escribí justo cuatro meses después de mi salida (espantada, que diría el otro) del museo de Miramón, por no faltar a un acuerdo, en la que, sin sutilidad, solo la justa, insulté a la jefa que dejó de serlo. Lo haría de nuevo, pero ya no levantaría ampollas en la trasera de Plaza Gipuzkoa. Arrieritos somos, que dice el otro.
Total, que diez años, uno tras otro, han ido pasando, y espero que otros tantos queden por venir, señal inequívoca de que nos seguiremos encontrando, con menos pelo o más blanco (mi madre me lo espeta para decirme lo viejo que estoy ya). Seguramente en una década acabe entendiendo, por fin, por qué me gusta tanto el País Vasco, Gipuzkoa, Donosti, y Miramón. Zoriontsu hamargarren urtebetetzea (lo que me cuesta es pronunciarlo).