viernes, 9 de diciembre de 2016

Las dos efes

Una viñeta me anuncia el peliagudo tema que quiero abordar hoy porque, como ustedes saben, a mí las vicisitudes del balompié me la traen al pairo, que se dice vulgarmente, y no sería la primera ni la decimonovena vez que recibo vituperios por mis opiniones vertidas acerca del deporte rey. Por eso, lejos de aproximarme a los campos de juego, voy a acercarme a lo que pasa fuera de ellos, más concretamente de las conexiones (vergonzantes) entre el fútbol y el fisco.
Miren. Las gentes hacen piña ante los juzgados para lanzar execraciones e insultos a los políticos que entienden que la cosa pública se encuentra a su servicio: “son todos unos ladrones” es la frase más concurrente del griterío patrio apostado ante las puertas de los tribunales. Sin embargo, cuando se trata de los fraudes fiscales de los astros del fútbol, la reconvención del aficionado desaparece y es transformada en aplauso y exhortación. Diríase que estos que dan patadas a millón de euros el balón, no obran como aquellos, estos no roban, solo son víctimas propiciatorias de un sistema fiscal que, como nos sangra a todos por los costados, ellos, ay míseros, ay, infelices, ellos que pueden, hacen cuanto está en sus manos (y en la de sus clubes y representantes) por subvertir tan inicuo sistema y, cuando son atrapados con las manos en la guita (y mucho es el parné que manejan, cualquiera diría que excesivo), el calificativo que merecen no es el de ladrones, sino el de damnificado.
Tócate los… que diría el otro. Tanto deporte rey, tanto espectáculo, tanta pamplina y tanto acudir a los hospitales infantiles a mostrar conmiseración por los niños enfermos, y luego resulta que fuera del campo de juego son mercachifles sin más objetivo que ocultar su hallazgo de la piedra filosofal, esto es, la capacidad de convertir el bruto en neto. Delito de lo más ominoso, por cierto, y seguramente no solo suyo, propio también de quienes, de golpe y porrazo, dejan de preocuparse por el presente y el futuro.

En fin. Héteme aquí en medio de un acueducto y con ataque de cuernos, que diría el cuñado del otro ya mencionado. Ahora díganme que exagero, como siempre, que casi todos son honrados y pagan sus impuestos, cosa que a buen seguro es cierta, pero aplíquese aquello del ciego y Lazarillo y las uvas, y así como entre los políticos nadie denuncia al colega de partido, que siempre han de venir de fuera quienes los sonrojen, también en los campos de fútbol todos callan. O aplauden.