viernes, 16 de octubre de 2015

La sutileza que acabó con Quiroga

No les voy a hablar de actualidad política, aunque haga uso de ella. Primero, porque en DV prefieren que no lo haga. Y segundo, porque más apasionante que disertar sobre los detalles de una dimisión política de actualidad, lo es hablar sobre las intrincadas sutilezas en que se sustentan dichos detalles. Porque ya me contarán ustedes si la distancia que media entre una condena y un rechazo no es asunto baladí. Dicen que en política hay que cuidar las formas (todos andan obsesionados con la dichosa corrección), pero en realidad las formas en política son balas de artillería muy pesada que no cuidan de nada.
Fíjense si no lo que va en el juego de las expresiones a la hora de referirse al repudio a la ETA. Los conservadores encuentran su agarre en la condena, los abertzales en el rechazo. Para quienes nos sentimos asqueados de la barbarie humana y sufrimos con el sufrimiento infligido por los asesinos terroristas, sin paliativos ni entendimientos espurios, el anterior juego dialéctico es simplón y solo se entiende como una manera (política) de mostrar de dónde se proviene: no hacia dónde se va. La realidad del mundo, a lo largo de sus eternos siglos, establece que el futuro se construye atravesando los parajes más abruptos por los caminos más difíciles, los que exigen sacrificios nobles e imprudentes. Caminos que, no obstante, no restan un ápice a que en el pasado ha sucedido. Y pese a ello, cómo parece constreñir el endeble atavío del verbo a la hora de decidir cuándo un político es activo o deja de serlo.
Es imposible que, pese al silencio oficial, siempre frío, y el asentimiento individual, siempre obligado, de un partido tan complejo como el PP, todas las voluntades coincidan en una misma e idéntica opinión. Máxime si ésta se expresa en un documento donde se propone una confección de la paz que dé carpetazo definitivo a años y años de terror felizmente superado (que no olvidado). Todas las propuestas de paz acaban siempre con la muerte política de sus precursores. Unas veces a causa de un objetivo errado. Otras, por un verbo mal elegido. Y entre sus páginas, como no podía ser menos, la lucha ciega y despiadada por el poder.

Me gustaba a mí Arantza Quiroga, aun no siendo yo votante de su partido. Fue valiente su decisión. Pero la espantosa descomposición del partido con cuarteles generales en La Moncloa ha causado su defenestración y otorgado a sus votantes y electores una oportunidad perdida, otra más. Euskadi mira a Terranova.