viernes, 11 de julio de 2014

Pasión por el fútbol

Hace unos días, un amigo, visiblemente harto de tanta información sobre el Mundial en Brasil, declaraba en su cuenta de Facebook que no le agrada nada el fútbol. Yo le contesté que a mí siempre me ha encantado: lo que no hago es verlo ni seguirlo en ninguna de sus facetas (qué rollo). Pero echar un partido y dar pases y meter algún gol, siempre me ha gustado. Y aún hoy me gusta. ¿A quién no? Es divertidísimo.

Admito que muchos millones de personas en todo el mundo experimentan alguna forma de disolución cerebral ante los partidos de la tele. Todos esos millones de personas que vocean, se enfadan, se alegran o les da un ataque de histeria contemplando a sus equipos favoritos son los que, al unísono, permiten que el fútbol deje de ser un juego para convertirse en otra cosa. Algunos lo llaman la pasión del fútbol. Pasión: qué palabro.

Los futbolistas que más apasionan son ricos, muy ricos. Están atesorando muchos millones de euros mientras usted grita su nombre. Y son hombres. Todos ellos. No conozco a ninguna mujer que, jugando al fútbol, gane igual cantidad de millones que ellos. Por tanto, ese deporte, si se le puede denominar así, y todas sus circunstancias (dinero y gestión del dinero), son una muestra inequívoca de sexismo. El griterío, no. Chillan por ellos lo mismo hombres que mujeres. Pero los talones con muchos ceros van siempre hacia los machos, los viriles, los que tienen manos por pies, los pobladores de sueños infantiles (y no tan infantiles), los que huyen por la puerta de atrás cuando pierden y los que quieren mucho a sus seguidores cuando ganan (ya se sabe que en esto de las asimetrías sociales nada es lo que parece). Juegan muy bien, para qué vamos a negarlo, pero se pasan la vida hablando: además, hablan fatal y siempre demasiado y nunca dicen nada que no se sepa antes. El panem et circenses de Juvenal jamás columbró sofisticación más plena y absurda.

Pese a todo lo anterior, me gusta que la gente siga el fútbol con pasión. Y con cabeza. Queco, que va para madridista, como me descuide pronto empieza a soltar barrabasadas contra el Barça o el Atleti o el Éibar. Y yo quiero enseñarle a respetar al contrario, aunque sea mejor o pegue más patadas, y a aplaudir los goles adversos y enorgullecerse por el disfrute de ver un buen partido de balompié. Soy un iluso, ya lo sé, no hace falta que me lo diga. Esto del fútbol es una guerra, aunque incruenta, que no se acaba con el pitido final, sino que empieza.

Agua del cielo

Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los i...