viernes, 18 de julio de 2014

El caradura

Los caraduras tienden a repetir sus mentiras cientos, miles de veces, por aquello de verlas devenidas en verdades. Y tanto y con tantísimo empeño algunos las reiteran que logran engañar a casi todo el mundo en un momento dado (es difícil engañar para siempre).

He ahí, emergido del oscuro mundo de la Bolsa y de los mundos digitales (vaya combinación), el tal Jenaro García, cuya empresa (Gowex) a mí me sonaba de algo sin saber exactamente de qué, hasta advertir que aparecía en los kioskos de prensa: ahora sé (porque de ello se ha escrito mucho, quizá demasiado) que ofrecía wifi gratuito y lindezas similares, de esas que por incultura uno no acaba de entender bien (por ejemplo, por qué Facebook vale 180.000 millones de dólares).

Menudo personaje el tal Jenaro, con jota y sin ser napolitano. Menudo estafador, dirá usted. Alguno pensará que su buen mérito tiene al engañar a miles de personas y de inversores con proverbial agudeza durante una década, pero se me antoja a mí una cualidad harto sospechosa para admiración: de hecho, lo que me asombra a mí es la forma en que nadie, ni los auditores, ni los inversores, ni las instituciones públicas encargadas de que estas cosas no pasen, fueron capaces de desentrañar tan gigantesco tocomocho. Y digo la forma, porque el fondo bien sencillo es de colegir: Gowex movía muchísimo dinero en los círculos bursátiles y su propietario, el tal Jenaro, movía muchas alabanzas de arriba abajo en el suelo patrio.

Pase que al inversor le cegase la avaricia de las abultadas cuentas de resultados y optase por no preguntar. Pase que al auditor de cuentas le inhibiese el entendimiento, la labia y locuacidad del tal Jenaro. Pero, ¿y las instituciones públicas? ¿Por qué no quisieron ver? Habida cuenta de los palacios en que se ubican y la grandeza de su soberbia orgánica, más valdría preñarlas de salarios muy ajustados y desproporcionadas comisiones al desvelar trampas como aquesta, que nada aguza el ingenio más que ser pobre y vislumbrar una puerta a la opulencia.

Me da igual que el tal Jenaro haya admitido su fechoría en público. Lo hizo tras ser descubierto, no antes, que esto de las contriciones siempre llega satisfecho el pecado y lleno el bolsillo. Me pregunto si devolverá al menos los premios y condecoraciones que aún no le han retirado, porque el dinero lo tendrá a buen recaudo bajo pertinente amnesia. Y si las escuelas de negocio le convertirán, esta vez, en epigrama de mentiras estrelladas.


Agua del cielo

Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los i...