jueves, 25 de octubre de 2007

Las amenazas de nuestro tiempo

Me pregunta una lectora, M. J. R., por qué considero como amenaza al hedonismo que rige este mundo post-moderno en el que vivimos. Con una considerable audacia, esta lectora apunta que las sociedades secularizadas, como la nuestra, abrazan la búsqueda del placer como forma de realización suya propia, no la de una divinidad trascendente. En verdad, da gusto tener lectores tan inteligentes. Con sumo placer respondo que este tipo de amenazas, tan intangibles como filosóficas, han traído como consecuencia el cambio climático o la crisis del petróleo. Hablo de la televisión, el individualismo, el relativismo...

El imperialismo de la imagen va demoliendo el reino de la palabra y de la inteligencia. Es un acercamiento progresivo a la estupidez y la necedad. Su adicción me parece un hito lamentable en la historia. Por muchas virtudes que destaquemos sobre la televisión, ha sido y es la principal creadora de mediocridad. Suple la lectura, produce imágenes y anula los conceptos. De este modo atrofia la capacidad de entender y nos roba vida interior. Ha construido una descomunal cultura de la evasión masificada. Los expertos en marketing lo saben sobradamente. Al hombre masificado se le hace creer que por su unión con la multitud es alguien importante. Sin carácter ni conciencia. Pero con sentido de su propio individualismo.

Esa es otra amenaza. Antes en las ciudades todos se conocían y había más interrelaciones personales. Ahora las ciudades despersonalizan con el anonimato. Las personas son indiferentes entre sí. Nadie está dispuesto para nadie sino para lo que le sirva a sus intereses. Como consecuencia, el hombre se encierra en sí mismo, se retrae, reacciona con una aptitud egoísta, endiosándose. Este individualismo lo ha explotado la economía de mercado hasta la hipertrofia. Los modelos de vida que se abrazan son los de quienes han triunfado económicamente, gente llena de cosas, pero a la intemperie metafísica. Por eso consumimos los recursos de la naturaleza. Pero no para mejorar a la humanidad como un todo, sino para nuestro propio e individualizado provecho.

El individualismo nos impide volver a una moral que creemos extinta. Que nos hablaba de verdades trascendentes. Hemos migrado al polo opuesto sin encontrar el equilibrio. Ahora la verdad es relativa. Y genera incertidumbre. Actualmente, el argumento más recurrido es el del consenso, esto es, que la verdad dependa según lo que opine la mayoría. El relativismo trae consigo la deferencia por la opinión pública, que siempre repite y admite algo sin sacar consecuencias. Admira de todo un poco, teme a comprometerse y sigue la corriente.

La tendencia al hedonismo es consecuencia del desarraigo y el vacío que caracterizan al hombre moderno.