jueves, 4 de octubre de 2007

Crear imbéciles

Suena mal. Es violento incluso. Pero el título de hoy corresponde a una contundente frase escrita por un columnista en un diario de tirada nacional. Crear imbéciles, decía. Este columnista y filósofo arremetía así contra la decisión de sustituir una asignatura de filosofía por la controvertida “Educación para la Ciudadanía”.

Si no recuerdo mal, fue el Consejo de Europa quien recomendó que los estados miembros hicieran de la educación para la ciudadanía democrática un objetivo prioritario en sus políticas educativas. Las razones eran obvias. Nadie puede cuestionar los problemas a los que se enfrenta la Unión Europea: inmigración, pluralismo religioso, diversidad sexual, cohesión social. Dicen, quienes de esto entienden, que los valores cívicos y las conductas democráticas no se pueden aprender como una teoría, que son ante todo una práctica, un saber hacer, un saber vivir. Que la conducta democrática no es una actitud innata en el individuo. Que las normas democráticas necesitan un aprendizaje en el ámbito familiar y escolar para que el ejercicio de la ciudadanía sea consciente y maduro. No parece, por tanto, mala idea educar a nuestros niños y jóvenes en estos valores. Si perseguimos una sociedad donde esté erradicado el fanatismo, la xenofobia, la intolerancia y la violencia, parece lógico concluir que esa asignatura es, al menos, oportuna.

¿Estaremos creando, como decía aquel columnista, imbéciles? Evidentemente, no. Pero acaso sí estemos educando en el dogmatismo. No aciertan nuestros gobernantes al sustituir la libertad del individuo por la libertad del ciudadano. Y el debate filosofía versus ciudadanía parangona este error. La filosofía plantea, ante todo, preguntas, dudas sobre el sentido de la existencia humana. Adoctrinar en democracia es, en cambio, escribir unas determinadas respuestas sobre el papel. Sin margen para las preguntas. Aunque éstas vayan encaminadas a reafirmar lo que ya sabemos. En definitiva, no damos margen para que nuestros estudiantes descubran por sí mismos las benignidades de una ciudadanía demócrata.

Pero hecha esta salvedad, quizá sea buena idea echarle un vistazo a esa nueva asignatura. Polémicas al margen, nada hay en ella que no responda al mundo que deseamos para nosotros y nuestros hijos. Y no conviene olvidar un detalle. La ciudadanía modélica que se propugna no la hemos sabido alcanzar en el tiempo que llevamos viviendo. Es como si el siglo XXI quisiera recordarnos que nuestra libertad y nuestro bienestar tienen enemigos. Enemigos ocasionados por los desequilibrios que hemos generado en este mundo tan bien aprovechado por unos pocos. Y sólo ahora caemos en la cuenta de lo imbéciles que hemos sido al no haber advertido antes del peligro que ello implica.