jueves, 7 de junio de 2007

Sales del Himalaya

Me venía apeteciendo, desde hace ya unos cuantos días, hablar esta semana de un asunto divertido. No de miedos, de penas, de tristezas, de melancolías. Nada de eso. Los acontecimientos últimos, esos mismos que aparecen hoy (y ayer, y mañana, y después, y luego, y también) en las portadas de toda la prensa, me han desanimado algo. No mucho. Lo justito. Pero finalmente hago lo que tenía pensado hacer: hablarles de la sal que se extrae del Himalaya.
Esto de la sal me parece muy simpático. He buscado en Internet dónde hay mercados de la sal, y han aparecido varios: la francesa Fleur de sel de Camargue, la mallorquina flor de sal d’Es Trenc, etc. Si desconoce estos nombres, y solamente ha visitado el museo de la sal de Leintz Gatzaga, no se preocupe: yo también. Pero en esto, como en todo, hay formas muy dispares de aproximarse a ello. Algunos con un muy elevado sentido del engaño.
A lo que iba. Me decepcionaría mucho, siquiera por aquello del prurito profesional, que a usted le pareciese extraordinaria la sal del Himalaya. Causa estragos en el mercado europeo, entiéndase, el mercado europeo una vez excluidos nosotros, los de Pirineos hacia abajo. La inventó un listillo capaz de engatusar mentes poco críticas y voraces en su consumismo. Porque según el andoba éste, autotitulado biofísico de no sé dónde, no se trata de una sal exquisita, o de gourmet, sino de un maravilloso descubrimiento. Por descontado que posee extraordinarias virtudes curativas, no podía ser de otro modo dado que –dice- procede de las altas regiones montañosas del Himalaya, no está contaminada por el ser humano, y contiene 84 elementos esenciales para la salud. No queda claro qué cura la dichosa sal, ni cuáles son esos ochentaymuchos elementos esenciales, aparte de cloruro de sodio, una pizquita de potasio y un algo de yodo. El precio ronda unas doscientas veces el precio de la sal común. Su éxito comercial, espectacular.
Desde que apareció, la sal del Himalaya se encuentra constantemente en los “40 principales” de los productos de salud alternativa. Se usa no solamente para condimentar los alimentos, que eso es lo de menos, sino para aromatizar baños, cosmetizar nuestra piel e ionizar el aire mediante unas ingeniosas lamparitas. Todo mentira, claro. La sal del Himalaya no proviene del Himalaya, sino de la segunda mina de sal más grande del mundo, sita en Pakistán. Tampoco ioniza el aire de nuestras viviendas, ni devuelve la juventud perdida.
Y yo me pregunto, ¿por qué necesitamos inventarnos mundos alternativos dentro del mundo en que vivimos? ¿No será que cada vez nos sentimos menos identificados con nuestro devenir humano? Ya ven, otra vez aparece el miedo a nosotros mismos como colofón a esta columna.