jueves, 14 de junio de 2007

La isla perdida en el tiempo

Imagine que, a causa de un naufragio, un superviviente llega a las costas de una pequeña isla del Océano Índico. En ella, los árboles crecen hasta el borde del mar. Las aguas son poco profundas. La costa está  rodeada de maravillosos arrecifes de coral, color turquesa intenso. La arena es fina y deliciosa. Los sonidos de la naturaleza son tan proverbiales como olvidados. La isla es pequeña, contiene frescas lagunas azules, apenas hay desniveles acusados de su horizonte.
A pesar del idílico entorno, no está desaparecida de las cartas marinas. Se encuentra en el archipiélago de las Islas Andamán, donde subsisten algunos de los seres humanos más enigmáticos del planeta. Son tribus nómadas, con una estructura social del tipo cazador-recolector. Permanecen hoy en día prácticamente aisladas, igual que hace miles de años. Son de estatura baja, piel muy oscura y pelo característico. Según algunos estudios genéticos recientes, parece que posiblemente sean poblaciones relictas de los primeros colonizadores del sudeste asiático que se asentaron en esas islas hace más de cincuenta mil años.
La isla paradisíaca con que abrimos esta columna está poblada por los Sentinelese. Se desconoce absolutamente todo de ellos. Incluso cómo se autodenominan. Todo son conjeturas. Las autoridades de la India, país al que ellos ignoran que pertenecen, les bautizaron de acuerdo al nombre dado a la isla, Sentinel. El Centinela. Lo más sorprende para el náufrago que arriba a sus costas no es que sus habitantes vivan congelados en un pasado paleolítico. Sino que se niegan a mantener cualquier contacto con extranjeros. Violentamente incluso. Días después del tsunami de 2004, que arrasó la isla, un miembro de la tribu, desnudo en la playa, hacía señas a un helicóptero de la guarda costera que buscaba sobrevivientes. A continuación tomó su arco y disparó una flecha al helicóptero. Llevan un milenio enviando la misma señal: que los dejen en paz.
Es de temer que a nuestro náufrago le deparase un infortunado destino. Pero supongamos que no, que le es permitido integrarse y vivir el resto de su existencia en Sentinel. Si tal cosa sucediese, los miembros de la tribu le enseñarían los signos de la naturaleza, sus sonidos y olores para sobrevivir. Aprendería a ventear el aire. Y a evaluar la profundidad del mar con el sonido de los remos. Desarrollaría un sexto sentido que nuestra vida occidental tiempo hace que olvidó. Aprendería incluso a crear el fuego frotando piedras, y a pescar y cazar con arcos y flechas. Se construiría una cabaña con hojas y pajas. Olvidaría que existe la televisión o la radio o el cine. Y por supuesto, desconocería que estoy refiriéndome a él desde esta columna que publico todos los jueves.