jueves, 31 de mayo de 2007

Las múltiples e infortunadas vidas de Richard Parker

Mientras escribo esta columna, luce afuera el sol, resplandeciente. El aparcamiento está a rebosar de autocares, y un rumor constante de chiquillería impregna de sonidos la mañana. Advierto algo de viento, ligerísimo, oreando los árboles. Éstos lucen su verdor espectacular de primavera guipuzcoana. Diríase que nada hay en este entorno que induzca a la inquietud. Pero bien cierto es que el ser humano puebla su alma de inquietudes, dudas y miedos. Y ello produce consecuencias a menudo repletas de simbología. Una de las más significativas es el estrecho vínculo existente entre la muerte y la religión. El pensamiento humano reacciona con decisión ante la carestía de evidencias que aseguren nuestra perpetuidad en el universo. Y ésta se manifiesta solamente en el futuro, trascendiendo la propia realidad. 

La contemplación del paisaje que me rodea no permite inobservar la hermosa caducidad de una naturaleza bien constituida. Empero, estoy convencido de que las personas que por este paisaje transitan albergan sentimientos de inmortalidad. A lo mejor, quién sabe, la inmortalidad se manifiesta a través de innumerables reflujos del pensamiento. Sobre todo ello ya habló, en su momento, Unamuno, por citar un nombre conocido. Pero hay más. En nuestro siglo XXI parece recuperarse la sensación (siempre compleja) de que estamos abocados a la metempsicosis o transmigración. Vida después de la muerte, en definitiva. Acaso no vida eterna, pero sí reinicio del ciclo del carbono bajo el cual desplegamos toda nuestra actividad. Yo no creo en ello. Pero les propongo una ironía, en forma de serendipia literaria inversa, para terminar esta columna de hoy. Tengo la convicción de que, acaso nuestro revivir se encuentre iluminado no en la vida orgánica, sino en la que alguna vez puedan escribir, fortuitamente, de nosotros mismos.

Edgar Allan Poe publicó en 1837 “Las aventuras de Arthur Gordon Pym”. En dicha novela se narran, entre otras circunstancias extraordinarias, las aventuras de cuatro supervivientes de un naufragio que, tras permanecer varios días en un bote a la deriva, y acuciados por el hambre, deciden sortear entre ellos quién ha de sacrificarse para servir de alimento a los demás. Richard Parker, el grumete, tuvo la desgracia de ser el elegido. Sus compañeros lo mataron para devorarlo. Cuarenta y siete años después, en 1884, la Mignonette, una embarcación a vela, zozobró al sur del océano Atlántico. Sus cuatro tripulantes lograron salvarse a bordo de un bote. Sin embargo, no tenían nada que comer, así que, desesperados por el hambre, asesinaron y se comieron a uno de ellos, que se encontraba enfermo y desnutrido. Era el grumete, y su nombre Richard Parker.