jueves, 28 de junio de 2007

Desde la Peña de Aldabe

Arabia Saudita es un país desconocido para el público en general. Estuve viviendo un par de años en él, tratando de encontrar petróleo en su subsuelo. Algunos pensarán que el oro negro es eterno en el país sagrado de Alá. Y no les falta razón. Pero de ese tema hablaré en algún otro momento. Lo que también abunda, y mucho más, es una total discriminación hacia la mujer. Por cierto, la figura de la mujer en su sociedad no es muy lejana del rol femenino defendido en España hasta no hace demasiados años. También es cierto que me encontré con hombres que reclamaban, sin armar mucho bullicio, el fin de esta segregación sexual.

El libro del Corán es tremendamente ilustrativo. Eva no tienta a Adán a comer de la fruta prohibida: son ambos quienes, conjuntamente, eligen el pecado. No hay un relato de creación de la mujer a partir de una costilla del varón. Ambos son creados de la tierra sin subordinación ni dependencia el uno del otro. Y aún más. Fue Mahoma quien estableció una reforma que otorgaba derechos a la mujer, en una época tan ciega y violenta que incluso llegaba a despreciar la vida de las recién nacidas. Por desgracia, interpretaciones patriarcales del libro sagrado del Islam han malversado tan proverbial reflexión, nacida en pleno siglo VII. De poder vindicar el Corán como un importante instrumento en favor de la liberación de la mujer, hemos pasado a un dictado sobre la superioridad del varón. En mi paso por el país del oro negro, advertí que las fronteras de Rub Al-Khali separaban valores tan enfrentados como contrapuestos. El humano avance del mundo exterior respecto a la disposición divina. El absurdo de una obsoleta interpretación de un texto fundamental en la historia de la humanidad.

No podré dejar de pensar en todo lo anterior cuando, este sábado, acuda a Irún. Para los que somos de fuera, como a veces me dicen, la controversia de los desfiles de San Marcial sólo muestra división. Por qué reemplazar los sonidos de una tradición popular, que simboliza unión, por un debate que pertenece a otro contexto.

Irún cuenta con una trascendente historia en Euskadi. Esa polémica sobre la presencia o no de mujeres en los desfiles, ha de resolverse. Me pregunto si es tan complicado alcanzar un consenso que satisfaga a ambas partes. Parece un mal endémico éste, el de encontrar polémicas y conflictos dondequiera que miremos. Una sociedad madura ha de ser capaz tanto de priorizar el disfrute de su folklore popular, como de resolver los temas importantes, que en absoluto se dirimen en las calles, al paso de un desfile con infantes y txilibitos. De aquellos combatientes, todos, hombres y mujeres, tomaron parte en la batalla. Y en los aplausos, se halla el reconocimiento a esas gentes, sin importar sexo o edad o condición.