jueves, 22 de septiembre de 2016

Pistas vacías

Tenemos la piel de toro curtida con asfaltos enormes de curvas rectilíneas. Pero no todos se usan. Madrid bombea solo aire con sus radiales porque, sangre, lo que se dice sangre, bien poca circula por ellas. A Euskadi se sale (o se llega) por surcos bien colmados, abiertos entre montañas: si optamos por una de ellas, por ejemplo, rápidamente encontraremos las riberas del Ebro, y si la continuamos, rodaremos los neumáticos hasta Cataluña, donde una pista bituminosa invita al país galo y otra, contraria, a disfrutar del mar. Como estos ejemplos, cientos.
Cuesta un poco entender las diferencias entre autopistas y autovías, más allá de lo dictado en el código de circular, que nadie nunca recuerda. Quedémonos en la evocación que tiñe a las últimas, porque son, casi todas, tatuajes dibujados sobre vetustas cicatrices preexistentes, y en que las construye el estado. Fueron buenos tiempos aquellos, especialmente para las constructoras. En el ministerio que las fomentaba los directores generales hablaban de presupuestos tomando como referencia el kilómetro de autovía. “Para mi departamento, Ministro, requiero trescientos metros”. Se abren túneles, se pintan viaductos (todos espantosos), se surcan las tierras tranquilas convirtiéndolas en vertebración secundaria del todopoderoso centro. Galicia, la cornisa cantábrica, Andalucía, las Canarias… Al carajo los seiscientos. Que rueden coches poderosos. Roturados han quedado los montes para que todos metan sexta. Run run, abran paso.
Todo este gusto por viajar seguro y fluido tenía que encender, obligadamente, las codicias. Es el momento de las (improductivas) autopistas privadas. Si hay estaciones de alta velocidad ferroviaria donde no sube nadie a los vagones, y eso no impide que las construyan, por qué no ha de suceder lo propio con los caminos para vehículos privados, cuando hay decenas de millones, y cada vez más. Sean treinta y una las atrocidades con peaje (más atroces cuanto más innecesarias). Sean tres mil los kilómetros, ni uno menos, que no se diga. Y sea una población que decide preferir las saturaciones gratuitas a las fluideces de pago (por escaso que sea). Zas, sea la bancarrota…

Tenemos España curtida con asfaltos enormes, terribles, de rectas que vuelan hasta el horizonte... y nadie usa. Y habrá que pagar por ellas, o dejarlas languidecer, llenarse de matojo y hierbas, volverse pedregales. Feas como el demonio, nos van a afear la tierra y el bolsillo por décadas. O más.