viernes, 26 de agosto de 2016

Marabunta rugiente

En la sobremesa, mi madre ve uno de esos programas insufribles donde se desgrana a diario las andanzas de un buen número de personajes, tanto da que sean famosos o hijos de famosos que han optado por subirse al carro. Mi madre se horroriza; yo le replico que es una actitud muy extendida. A millones de personas en el mundo les encanta narrar en internet su anodina existencia (dónde están, qué se ponen, cómo se peinan, en qué playa se bañan) para que otros millones lo lean y aplaudan. Les mola ser acólitos de lo insustancial, lo más vulgar del mundo: erigirse uno mismo, con su infinita insignificancia, en ejemplo de una vida plana y sin atractivo.
La tele habla de una campaña en cierta localidad valenciana contra los abusos a mujeres que participan en una idiotez con tomates que lleva lustros celebrándose. Hablo de los tocamientos y agresiones subsiguientes. Qué error de campaña: en vez de interpelar a las alimañas que aprovechan el caos para meter mano a las féminas, tanto a las que (libremente) se dejan como a las que (libremente) no, lo que se hace es decirle a las víctimas que no admitan vejaciones, agresiones, que denuncien… De repente, la responsabilidad recae en la mujer.
Supongo que es difícil hacer entender a los animales que manosear las tetas de una chica no está bien. Sobre todo cuando vivimos en un sistema que lo alienta y que recibe la aprobación mayoritaria porque todo se justifica como ejemplo de libertad. Pocos ven que la publicidad incita tanto a comprar un producto como a disfrutar de la mujer que lo anuncia. ¿Por qué si no tantas chicas jóvenes y no tan jóvenes publican fotos con escasa o ninguna ropa en las redes sociales con el solo objetivo de exhibir las lozanas facturas de su cuerpo y recibir todo tipo de piropos? No les cabe en la cabeza que no solo están ejerciendo su libertad, están reforzando la idea de que las mujeres son, sobre todo, bellos animales al servicio del hombre.

Estas varices curten nuestra epidermis. La percepción de que las féminas son el descanso del guerrero es algo aún incardinado en nuestra antropología. Pobre de quien lo discuta: será tachado de retrógrado y anticuado. El arte como razón de la vulgaridad. Lo vulgar como forma de engreimiento. El engreimiento como renuncia a la privacidad. Hombres y mujeres, en pleno siglo XXI, siguen asumiendo todos los cánones del machismo, de los más obsoletos a los más modernos. A ver quién ataja entonces a la marabunta que ruge.