viernes, 19 de agosto de 2016

Juegos

Leo en la prensa sobre los Juegos Olímpicos que se celebran en Río de Janiero: broncos, desagradables, sin espíritu olímpico… Quienes acuden a los estadios, entiendo que en su mayoría brasileños pudientes, abuchean a rivales que suben al podio, a políticos que acuden a presenciar una competición, a los suyos cuando lo hacen mal, o a quienes tienen ojeriza, aunque no se sepa bien por qué.

Leo que un atleta francés fue abroncado al recibir la medalla de plata, aguantando como pudo las lágrimas. Posteriormente comparó los silbidos y broncas del público que presenció su gesta con los silbidos a Jesse Owens por parte de los alemanes en 1936. Y, claro está, tiempo le ha faltado para excusarse. Supongo que comparar cualquier cosa con los nazis es un recurso fácil y un tanto estrepitoso, pero no lo es si se trata de un insulto. Y, oigan, aunque les suene mal, pero esta torcida brasileña que pita a los contrarios necesita que se le digan cuatro cosas. La primera, un buen improperio: llamarles nazis es de los mejores. Lo segundo, recordarles que nadie silba a los suyos cuando ganan, por lo menos yo no lo haría porque frente a la grosería y bastedad ajenas lo mejor es recordar con los hechos qué diantres es eso del olimpismo. Lo tercero, mandarles a la m***, que es tautológico con el primer punto, pero comportarse dignamente frente a una recua de chabacanos eleva las presiones y hay que liberarlas. Y lo cuarto, que el mundo concedió la celebración de los juegos de este año a su país, esperando brillantez en lo logístico y constructivo y deportivo, punto este último en el que los aficionados tienen relevancia. Perderla es convertir a un país entero, por generalización, en epítome de lo que no ha de ser.

Hay quienes interpretan esta calamidad en un nacionalismo mal entendido. Yo lo interpreto en ese veneno que supone la universalización del relativismo moral, del todo vale porque surge del sentimiento humano, de la denegación de los valores que suponen excelencia y sublimidad para la especie humana. Ya sé que lo expreso de forma grandilocuente, pero quizá quede mejor en una columna que escribir que la torcida brasileña es como una reata de caballerías incapaz de sobreponerse a lo que queda más allá de su ombligo, empezando por alabar al atleta, con independencia de su procedencia, y terminando por acudir con limpieza a un espectáculo universal que les fue concedido pese a las reticencias de muchos (las mías, para empezar).

Agua del cielo

Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los i...