jueves, 26 de junio de 2014

Una historia infame

Ella es una comercial que vende, y muy bien, consultoría y auditoría a empresas. Es una de esas morenas estupendas a quienes los hombres miramos dos veces por la calle. Quienes la conocen, destacan de ella no sus poderosas curvas, sino su faz sonrosada y la sempiterna sonrisa que blande sin prejuicios. Cualquiera diría que la vida le es grata, pero la realidad es tozuda en querer lo contrario para esta mujer.

Está divorciada de un esquizofrénico que la maltrataba día sí y día también. Vive huyendo de él y siente un miedo terrible por su vida. Se queja de la justicia, que pretende convertir a ese monstruo en víctima, y del poco amparo que le cabe esperar ya. Piensa, no sin razón, que solo la harán caso cuando aquel loco la mate en mitad de la calle. Ahora convive con un culturista dedicado a sus videojuegos y al autismo social que propician las redes: la trata bien, en el sentido de que no recibe palizas ni gritos, pero le gustaría encontrar en casa algún asomo de cariño, de conversación o de generosidad.

Hace unas semanas tuvo que renunciar a un jugosísimo contrato. El gerente y el consejero delegado de la empresa a quienes pretendía vender una auditoría quisieron firmar el contrato en una habitación de hotel para los tres. Por lo general, muchos de sus clientes y compañeros de trabajo masculinos la requiebran sin descanso, tirándole los trastos sin ningún rubor a cualquier hora del día o de la noche. Por eso desconecta el teléfono al llegar a casa. Hace tiempo que ha abandonado la idea de que, alguna vez, alguien la contemple con indiferencia sexual. Sus compañeras de trabajo no se lo ponen más fácil: por envidia o estupidez, le reprochan que, provocadoramente, se está buscando que los tíos quieran acostarse con ella. Lo curioso es que viste con moderación y jamás ha accedido a ningún desliz, a diferencia de otras que la critican. En una ocasión, una sola, un cliente la pretendió con amabilidad y finura, pero cuando ya estaba firmado el contrato, por aquello de no mezclar las cosas y actuar con cierta dignidad. Le rechazó, claro está, pero sonríe cuando se acuerda de él. Fue una excepción.

Quizá sea usted, lector, uno de esos ejecutivos que, cuando se reúne a solas con esta comercial que le habla de auditorías y otras historias, solo piensa en cómo llevarla al huerto y si debajo de la blusa lleva lencería negra o seda fina. Si es así, sepa que siento por usted, como hombre, el más repugnante de los desprecios.