jueves, 6 de diciembre de 2012

Por qué no protesto en la calle

Hoy todo el mundo protesta. En casa. En el trabajo. En las cafeterías. Incluso en la calle. Algunos, sobre todo en la calle. Este malestar que se extiende como indignación, ira o hartazgo, lo ha generado la crisis. Hay que señalar que esta crisis nadie la sabe explicar, si bien muchos la justifican. Es, por tanto, muy poco conocida, aunque en mayor o menor medida todos la suframos.

Yo he observado que cuando se dice eso de haber vivido por encima de las posibilidades, cada cual mira a otro lado. A otra parte. Nadie, que yo sepa, desde los gobiernos, ha expuesto con claridad inequívoca hasta dónde llegan las posibilidades de las que se dice que hemos estado los últimos años por encima. A lo mejor, si nos lo dijeran, si los hiciesen ese ejercicio con rigor y luego nos lo contasen, incluso les entenderíamos mejor. Pero como las posibilidades no dejan de ser un concepto que a todos nos gusta tener debajo, al final resulta que sirven para eslogan, no para aclaración de la realidad. Y aun así, encierran una gran certeza: no se podía seguir así. 

Yo no protesto en la calle, por mucho que critique los errores del Gobierno, porque las protestas parecen reivindicar una continuidad de algo que, en efecto, no podía seguir como estaba. Y para ese algo me temo que no basta con menguar el número de políticos, subir los impuestos a los ricos, cerrar cajas de ahorros o encerrar defraudadores. Ese algo creo que pasa por la pérdida del bienestar que todos veníamos disfrutando a costa del dinero prestado. Pero, ya digo, hace falta poner las cuentas en claro. 

Quienes protestan, no sin razón, pero tampoco con toda la razón, aluden a la tragedia de la miseria y el hambre que se ciernen sobre España y Europa. Un argumento así es terrible de contestar, pero quisiera recordar que la ausencia de pobreza no suele venir por la intervención de los Estados, sino por la prosperidad de los elementos productivos: las empresas, y el trabajo que procuran a los ciudadanos. 

Quienes protestan, al igual que hace el Gobierno, no dicen cómo obtener el dinero que se precisa para mantener a flote este tinglado. Se quejan de los políticos y las políticas en marcha, y sus alternativas son titulares qué no desgranan nada. 

Por este motivo no protesto en la calle. Porque he revisado los números (que otros han computado) y he visto que nada de lo que ya teníamos puede seguir como estaba: ni las pensiones, ni los subsidios, ni la sanidad, ni la educación. Nada.