viernes, 20 de julio de 2012

No hay dinero

Lo ha dicho no uno cualquiera, pese a que todos a estas alturas de la crisis somos ese uno cualquiera, por ejemplo ese uno gritón que molesta al Gobierno tras las vallas que rodean el Congreso y los policías antidisturbios que sacuden estopa porque sí y por acaso. Esa frase de “no hay dinero” no la hemos pronunciado ni usted ni yo, sino que la ha espetado tal cual, sin complejos, y en sede parlamentaria, el señor que cuida de los dineros de todos. Nosotros, los unos cualesquiera, ya sabemos que no hay dinero, que no hay dinero para nada (salvo para los de siempre), porque en el fondo quienes no hemos hecho otra cosa en la vida que trabajar miserablemente como cabrones, nos hemos acostumbrado en estos pocos años a vislumbrar telarañas donde deberían guardarse los cuartos. Pero ellos, y más concretamente el señor de los dineros, cuando dice que “no hay dinero”, como si estuviese en el bar con los amiguetes, lo que dice es que se salve quien pueda.
Menuda forma como estos embusteros han descubierto de repente la erótica de la verdad. Glotones, no la prefieren con el flirteo del fuego muy lento; al contrario, la devoran con una avidez tal que suena a impostura y, lo que es peor, a irresponsabilidad. La primera consecuencia, el bicarbonato: la prima de riesgo en 576 puntos (nuevo récord histórico, esto no hay quien lo pare), y el bono a diez años rozando el siete por ciento. Claro está, los mercados, esos señores sin rostro que sí tienen dinero, no como el señor que habló el pasado miércoles en el Parlamento, y a quienes cada vez con mayor empatía entendemos más quienes antes los tachábamos de miserables sin tapujos, digo que los mercados no son unos cualesquiera. Son quienes nos han prestado cuanto hemos querido y que ahora se preguntan: si no hay dinero, ¿cómo nos va a pagar España la deuda contraída?
El señor de los dineros dice que los efectos se observarán a largo plazo, olvidando que el paro, la recesión, el cierre de empresas y la pobreza, se observan hoy y se observarán también mañana. Pero, mientras tanto, sigue empeñado en el aumento de impuestos y la asfixia del contribuyente, sin que se le haya ocurrido alguna otra cosa de esas que los unos cualesquiera sabemos ya casi por intuición. En el fondo, este señor sin dinero se siente perdido y sólo piensa ya en disminuir el déficit de inmediato y como sea, olvidando  que lo inmediato es justo lo contrario que permitirá que, dentro de un tiempo, esto escampe.