jueves, 5 de abril de 2007

Miserere mei, Deus

Durante la  Semana Santa no es desacostumbrado escuchar uno de los salmos que se cantaban en el Oficio de Tinieblas. Durante la ejecución del salmo, cuyo título encabeza hoy esta columna, en señal de duelo, se iban apagando poco a poco, de una en una, todas las velas del presbiterio hasta quedar el recinto sagrado completamente a oscuras. En ese momento todos los fieles asistentes a la ceremonia golpeaban repetidamente con el libro del oficio en el banco para reflejar el terremoto que, según San Mateo, se desencadenó al morir Jesús.

No es la primera vez que se unen música y ciencia en un mismo espacio. Quizá sea ésta una apuesta decidida, pero conviene ir aunando en el sentir de las gentes la cultura humanística y la cultura científica. De otro modo, uno tiene la sensación de que gnomos  y physis van a continuar sus caminos en perpetua divergencia. Quizá coincidan conmigo en que es necesario corregir ese rumor intelectual tan extendido por el cual una persona de ciencias no puede interferir en los contenidos de letras, y viceversa. Personalmente, creo que esa interferencia es, aparte de constructiva, muy necesaria. Y por esa misma razón hoy me permito hablarles de esta magnífica pieza musical.

El “Miserere Mei, Deus” fue compuesto hacia 1638 por el músico y sacerdote italiano Gregorio Allegri, por encargo del Vaticano. Se interpreta de manera regular en la Capilla Sextina, en Semana Santa, desde entonces. Es uno de los mejores ejemplos del estilo polifónico del Renacimiento. Es tan hermoso, que ya entonces se prohibió ejecutar esta obra fuera de la Capilla Sixtina, bajo amenaza de excomunión. En 1770, Wolfgang Amadeus Mozart, con tan sólo 14 años, tras escucharla sólo una vez, transcribió la obra al papel de memoria, para luego hacerle correcciones menores en una segunda ocasión. Este hecho es ampliamente recordado como muestra del genio de Mozart, quien incluso fue nombrado Caballero de la Orden de la Espuela de Oro por el Papa, al enterarse del hecho.

Esta bellísima obra debe mucho de su encanto a las condiciones acústicas. Yo les animo a que se animen a escuchar esta proverbial obra, dejándose maravillar por el efecto sonoro conseguido a base de disonancias causadas por una serie de suspensiones, y por florituras sobre una línea vocal simple que interpreta el soprano. Forma parte de la tradición que se celebra en estas fiestas. Esa tradición cada vez más perdida u olvidada. Porque la humanidad avanza, los recuerdos se olvidan, las usanzas se pierden, pero mientras ciencia y artes permanezcan unidas, habrá siempre un momento para la belleza.