viernes, 6 de mayo de 2016

Revalidando

Cada vez que hablo de la educación termino enfadando a muchos maestros. Claro que el enfado es mutuo. Antaño daba risa que a uno lo reprendiesen echando mano del enroque sectario, ese que establece que de un tema solo pueden hablar los dizque especialistas, y daba risa porque parecía convenido que los conocimientos y la cultura asientan las bases de una mejor ciudadanía. Pero desde que, hogaño, alguien inventó que eso de saber mucho está sobrevalorado y que la enseñanza es adquirir herramientas aunque no se sepa de nada, vivimos en esta piel de toro con maestros que van olvidando y alumnos que no se enteran. Como dijo el otro, hay consenso sobre lo meritorio que resulta un aprobado general.
Supongo que hay que ser consejero de educación o ministro del ramo para comprender por qué es mejor haber transferido la educación a las autonomías. Imagino que para alcanzar esa clarividencia hay que admitir que la homogeneidad del sistema educativo es un concepto a medio camino entre el fascismo y el apartheid. Me consta que muchos educadores entienden que no, que la situación es caótica y, lejos de resolver nada, solo sirve para llenar páginas de palabrería común y henchir el pecho a quienes ocupan su puesto en el departamento del mencionado preboste. Como en tantas otras situaciones de políticos que lo ocupan todo (digo yo que acabarán echándonos al mar para mejor caber ellos), lo de hacer las cosas de forma distinta es batalla perdida y anacronismo sentimental, ambos al tiempo.  
El lenguaje de las CCAA es rico en perífrasis y por eso aluden a la desvertebración educativa como sinónimo de evolución, cohesión e identidad. Y por eso sus textos son tan pedagógicos como vacíos y, por no tener, ni siquiera contienen conocimientos. Podría resultar apasionante porfiar si eso es la excelencia, que a los alumnos no se les induzca a aprender porque las teorías modernas dicen que lo aprenden todo por su cuenta. Pero es porfía inútil esa molienda: bastante tenemos con intentar convencer a los críos (y a muchos profesores) de que aprender alguna cosilla tiene cierta utilidad.

En fin. Vuelta la burra al trigo. Con lo sencillo que sería fagocitar cual ameba la situación, sin más zarandajas ni ralladuras. Total, hay más cultura y saber fuera de las escuelas que dentro y los interesados siempre la encontrarán por mucho que se les niegue. Eso dice mi madre, que hizo varias reválidas, aunque si lo pienso bien, quizá lo diga justamente por eso.