viernes, 13 de marzo de 2015

Estado del arte

La cultura apareció como una metáfora hortícola. Algunos descubrieron que esa entelequia llamada espíritu se podía cultivar y sacar de él algo mejor que la contemplativa existencia de labores y faenas. De ahí, a englobar cualquier capacidad humana, medió un tramo: otro más hasta que el arte (que ya existía muchos siglos y milenios atrás) acaba reflejándose en el espejo impoluto de eso llamado cultura. De hecho, si usted acude a los servicios sociales que presta su consistorio, encontrará en ellos uno denominado con cierta rimbombancia “Ocio y cultura”, donde será informado de cosas tan variopintas como un concurso de salsa y una exposición de pintura: todo en el mismo panfleto. El arte ha quedado fagocitado dentro de la cultura. Craso error. Por eso conviene delimitar nuevamente los territorios de uno y otro, como cuando la cultura no existía. La gastronomía no es arte, aunque muchos se empeñen en hablar de arte culinario y no de cultura gastronómica. Y la guerra, por supuesto, no es arte, salvo en el libro de Sun Tzu.
Esta mezcolanza surge en el momento en que el arte deja de interesar como estricta manifestación estética producida por las inquietudes intelectivas del ser humano, para devenir en poco menos que una manifestación simbólica cualquiera. Desde ese momento da lo mismo contemplar una pintura de Rubens que las crestas de un colectivo urbano: todo es cultura y, por ende, arte (porque el arte es parte de ese todo). El arte se convierte en algo popular, lo cual no es malo salvo que se generalice, que es lo habitual: el individuo postmoderno tiende a desacralizar cualquier manifestación sublime; lo estético, siempre tan minoritario, ve reducido su valor inmaterial a un vulgar derecho a opinar y a una ridícula manifestación sobre la multiplicidad de gustos. Algunos lo llaman socialización del arte, una manera más bien patética de relativismo; pero es simple y llanamente, vulgarización.
Hay que volver a hablar de arte, no de cultura. Y defender el arte y fomentarlo. La sociedad y los políticos están ya continuamente ideando maneras de fomentar la cultura. Pero el arte, ¡ay!, lo han industrializado de una manera tan atroz que extraerlo de las catacumbas donde se encuentra puede suponer esfuerzos ímprobos. ¿Han oído hablar del Ministerio de Cultura? ¿Saben los parámetros por los que allí se conceden las ridículamente escasas ayudas a la creación artística? ¿Y saben qué proyectos se financian? Mírenlo y me cuentan.

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Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los i...