viernes, 21 de marzo de 2014

Mi lector nacionalista

Tengo un lector en concreto, Alfonso, que de vez en cuando me llama por teléfono y hablamos. Le considero un amigo. Me pregunta por el peque y aprovecha para decir si le ha gustado o no la columna. Es burgalés, pero curtido aquí, en Gipuzkoa, desde hace tanto que recuerda como lejanos los rigores de la meseta. Es nacionalista, se siente muy vasco (para mí una y otra cosa no significan lo mismo) y sabe que soy contrario al nacionalismo (aunque jamás seré contrario a lo vasco). Cuando nos enzarzamos en esta discusión (siempre amena) se nos pasa la tarde, interrumpida cuando a él le reclama la nieta o a mí el enano. Obviamente, para muchos vascos que sienten como Alfonso, yo soy de afuera (algo que sí comparto) y por tanto inhábil de captar el significado profundo de lo que solo se comprende cuando a uno lo ha parido el terruño, el txoko, lo que sea (algo que no comparto en modo alguno).

De alguna manera envidio a mi lector tan amigo, vasco y tradicionalista. Esto de no tener raigambre (o no vinculante, como es mi caso) le coloca a uno en cierta indefensión, en un estadio inferior a la hora de opinar sobre todo lo vernáculo, así sea ante vascos, catalanes, sardos, escoceses (por citar lugares donde he vivido, todos con su propio sentimiento nacionalista), riojanos, extremeños o aragoneses de pro. Complicado es hacer entender lo contrario: siempre cualquier cosa que se diga parecerá al interlocutor de menor fundamento por carecer uno de esa vivencia gástrica y tradicional. De ahí la conclusión en que muchos abundamos: que lo más sensato, y mejor, es no interferir, ser espectadores ante esos asuntos, asumir lo que en cada momento toque, disfrutar del paisanaje en la medida que se quiera y seguir tan a gusto porque, en el fondo, incluso al estado más independentista le interesa antes los impuestos de un ciudadano que sus raíces.

No soy nacionalista, nunca lo seré. Mi objetivo es amar la tierra en la que viva, esté donde esté, y amar igualmente lo que de ella trascienda. Quiero tener amigos nacionalistas y no nacionalistas, cada cual haciendo de su capa un sayo. Lo que no quiero es sentirme expulsado de ninguna parte donde yazga, porque ser de un lugar lo considero un usufructo, nada más. A mi amigo y lector sé que le enorgullece muchísimo que me guste lo vasco, como a tantos otros. Y yo siento por él que no pueda dejar de puntualizar que detesto hasta la médula aquello que nunca debió ni suceder ni consentirse: ETA.

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Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los i...