viernes, 21 de junio de 2013

American Shpion!

El título les habrá llevado al “Uno, dos, tres” de Billy Wilder. Si no la recuerdan, no pierdan el tiempo y vuelvan a verla. Ya sé que no vivimos en plena guerra fría, ni corremos el riesgo de ser detenidos por temibles soviéticos, acusados de ser agentes occidentales, y que todo lo más que puede sucedernos hoy en día es ser estafados por el director de una sucursal bancaria que nos encasqueta cierto producto financiero tóxico. A cambio de tal benignidad, amodorrados por los parabienes con que los políticos han ido regando nuestras vidas para bienestar y seguridad nuestra, siempre a cambio de esquilmarnos el bolsillo, aunque no llegue para nada más, hemos dejado de ser críticos, detestamos la escuela pública y votamos por conductismo ideológico: lo contrario es una veleidad hippie. Vivimos en la cúspide de la ineptitud social, y nos vanagloriamos de ello.

Y aun inmersos en esta inepcia, sordos no estamos: oímos hablar, por ejemplo, de los excesos y mentiras del Estado, pero miramos rápido hacia otro lado, no vaya a difundirse un aburrimiento tenaz. ¿Qué más da que se ajusticie a un soldado de 25 años por difundir vídeos donde se observa cómo el ejército más poderoso del mundo asesina a ciudadanos y periodistas iraquíes? ¿Qué importa que un analista de la CIA de 29 años desvele la impunidad de un país democrático en su afán por tenernos controlados como borregos? Todo eso, y mucho más, nos lo han venido contado (de otra manera) las divertidas películas de acción y tiros que nos zampamos entre barreño y barreño de palomitas cutres, aunque está claro que ninguna le llega a la suela del zapato de Wilder.

Además. ¿Vamos a defendernos nosotros, pobres inútiles sociales, de la obsesión protectora de estos oscuros totalitaristas que nos gobiernan, si no somos nadie y lo que toca es aquello de oír, ver y callar? Por favor, que hablamos de Obama, el líder negro de la casa albina, el supuesto adalid cuasi divino de la libertad y el entendimiento: seguro que algún motivo le mueve. Total, si permitimos complacidamente que nos dejen en calzoncillos en medio de un aeropuerto y nos requisen ciento un mililitros de desodorante, ¿cómo no vamos a permitir cualquier otra barbaridad, cuando está visto y comprobado que los espías y traidores brotan entre las esquinas como agua de la fuente? A mí usted me deje en paz de bobadas, que ya comienza el programa ése del Gran Hermano (de qué demonios me suena ese título, de qué me suena tanto…)