viernes, 15 de marzo de 2013

La pobreza

Un día, siendo aún muy niño, mi madre nos contó algo que le había pasado aquella tarde en la escuela. Mi madre era maestra y daba clase en un colegio del Casco Viejo de la ciudad, que por aquel entonces no era sino un amasijo de calles estrechas y malolientes, muy poco recomendables para cualquiera, donde sólo crecían leyendas como la del Remacha o el Mudo, ladronzuelos cuyo nombre, con sólo pronunciarlo, sumergía a toda la chiquillería en inveterados terrores. No fue sino mucho más tarde que supe la verdad: en aquellas calles abandonadas y desidiosas sólo crecía la miseria.

Mi madre era buena católica, temerosa de Dios, y se desvivía por las familias pobres del colegio. Las ayudaba tanto como podía. Era frecuente que nos pidiese que la acompañásemos por entre callejuelas hasta alguna de aquellas casas lúgubres donde dejaba bolsas con alimentos y algún dinero: a mi madre siempre le abrían la puerta con lágrimas de gozo y el más sincero agradecimiento que soy capaz de recordar. Todo un ejemplo. Puede decirse que mi madre nos instruyó en una solidaridad cristalina que, al menos yo, no he sabido igualar.

En su clase había un niño muy pobre. Tenía un hermano mucho más mayor y la madre fregaba suelos cuando podía: esos eran los únicos ingresos. Ni siquiera tenían derecho a las ayudas contempladas para los gitanos, por no ser de esta raza. Aquel niño disponía de beca de comedor por un ardid urdido junto con el párroco, que nadie descubrió. Mi madre, aquel día de hace tanto tiempo, le preguntó a ese niño qué había comido el domingo anterior. «Sopa, señorita», respondió éste, «y un huevo (frito), pero mi madre estaba enfadada con mi hermano porque había comprado el sábado un pollo (asado) con una propina que le dieron, y mi hermano se levantó por la noche de la cama y se lo comió entero».

Las cosas desde entonces han cambiado mucho. En el Casco Viejo ya no se apelmazan casuchas inmundas rodeadas de privación y abandono, ni tampoco corren por sus calles leyendas de bandoleros infantiles. Incluso quiero creer que aquellas familias tan pobres fueron saliendo adelante no sin enormes sacrificios. Pero hay cosas cosas que cambian y otras que no. Hoy en día, muchas familias vuelven a vivir situaciones así de lamentables, que ya teníamos por erradicadas, y cada vez queda menos gente como mi madre. Esto es algo que escribo con un amargo sentimiento de culpa después de mirarme al espejo.


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