jueves, 1 de noviembre de 2012

Desunión

Cuándo comenzamos a mostrarnos desunidos, es pregunta de complicada respuesta. Las atomizaciones sociales a que conllevan los sentimientos nacionalistas (sentimientos son, en ausencia de formalismo que les otorgue tangibilidad jurídica) más parecen resultado de misteriosas fuerzas invisibles que causa objetiva de situaciones concretas como las actuales. A principios del siglo pasado proliferaron cuales mesianismos judaicos y, de un modo u otro, han estado presentes en muchos otros periodos de la Historia, ese libro tan poco leído (pero tan reescrito) hoy en día, cuando de un sentimiento rumoroso de nuestra convivencia, de repente ha surgido una voz que interesadamente unos han manipulado con múltiples desatinos y otros han ninguneado sin respeto. 

Por qué sobrevino esta desunión, es pregunta harto más sencilla. Todos anhelamos ser dueños de aquellas parcelas de la vida que ocupamos, y es justo en las mutuas intersecciones donde acostumbran a surgir las desavenencias: el adolescente contra los padres, el obrero contra el patrono, la región contra el Estado. Si un padre o un patrono ceden en su autoridad siquiera un ápice, o se comportan de forma ulterior a la tiranía, el hijo o el obrero tratarán de ocupar (sucintamente o no) un espacio de reclamación. Cuando a una región se le conceden amplias parcelas de gobierno sin supervisión, relajando ante ella los mecanismos que solidariamente engranan su unión con el resto, dicha región comenzará a creer que es, por sí misma, de facto, un Estado al que sólo resta conceder legitimidad. Incluso no disponiéndola siquiera en su más abstruso futuro (casos de Euskadi o Cataluña, sin ir más lejos). 

Cómo se resuelve la desunión, es pregunta de casi herética condenación. Unos optan por esperar a la convenida explosión secesionista. Otros prefieren tender puentes y ahondar en diálogos reconducentes, temerosos de las irreparables consecuencias que ocasionaría tal ecpirosis. Algunos no desean volver más al Estado unido... Es posible que la respuesta sea una mezcla heterogénea de todas ellas, pero si me preguntan a mí, recomendaría a todos ellos que, si disponen de oportunidad, se embarquen hacia otro lugar, el que sea, por tres o cinco años, sin mirar atrás, y que al regresar de vuelta contasen a todos lo que han visto y vivido. 

Nada une más que la distancia, cuando produce morriña. Nada desune tanto como el convencimiento de que este mundo es pequeño y limitado. Porque no lo es en absoluto.

Agua del cielo

Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los i...