viernes, 5 de octubre de 2012

España marcada

Cuánto se habla de la “marca España” últimamente. Como si las sensaciones que despertásemos en el mundo dependiesen únicamente de una eficaz labor propagandística. Algo de eso he tenido la oportunidad de comprobar en persona durante esta semana. La cosa suena un poco a aquellos chistes de “érase un alemán, un inglés, un italiano y un español”. Pero allá voy. 

Nos miran con lástima. Eso lo primero. Quienes acostumbran a compartir con nosotros, los españoles, proyectos o reuniones o trabajos, sienten una inmensa lástima por lo que nos está pasando. No entienden por qué ocurren tantas cosas negativas en nuestro país y por qué cuesta tantísimo ponerle freno. Una cosa es la crisis económica, e incluso lo de los bancos, y otra muy distinta no saber articular una respuesta coherente y digna de cara al exterior. El alemán mira al español como lo haría el poderoso que concede su magnanimidad a cambio de bien poca cosa. El inglés ahonda en las diferencias que le hacen distinto y se congratula de ello. El italiano mira de reojo al español, sabe que es el siguiente, pero, sumamente ladino, astuto, ejerce su sensibilidad agudísima para convertir el drama propio en tragedia ajena. El español (yo) sólo sabe hacer una cosa: aparentar cuadratura mental, apurar la pinta de cerveza y soltar aquello de “porco governo”. El español comienza a querer ser como los demás, tan harto se siente de su propia miseria política y el vacío inmenso que se despliega ante sus ojos. 

Hay un punto en el que tanto el alemán, como el inglés, como el italiano, confluyen con interés: seguimos siendo el puente hacia Latinoamérica, donde los países son todos emergentes (salvo la Argentina kirchneriana, pecado sin redimir) y su futuro podría trazar una línea perfecta desde España. Algo que depende solo de nosotros. El alemán llega incluso a espetar “si hacéis caso omiso a vuestros gobernantes y os dedicáis a trabajar como sabéis, saldréis de la crisis mucho antes de que ellos (los políticos) se den cuenta”. 

La marca española de la que habla el Gobierno es cosa del pasado. Ahora mismo no hay nada de eso: por desgracia somos la comidilla mundial que aparece en los chistes taiwaneses, los debates yanquis y los murmullos belgas. Individualmente seguimos siendo la caña allá donde vamos, pero como conjunto, como país, no dibujamos sino una patética semblanza de hidalgos empobrecidos súbitamente (fehaciente demostración de lo mal que se han hecho las cosas aquí).

Agua del cielo

Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los i...