viernes, 13 de abril de 2012

Yo, Presidente

Uno se convierte en Presidente del Gobierno con sólo echar un vistazo a su comportamiento ante los demás. Entonces se advierte la molestia infinita de enfrentarse a un bosque enmarañado de periodistas que preguntan con incomodidad sobre lo que está ocurriendo. O el pesar desolador que le aborda a uno cuando descubre los juegos desleales de quienes ocupan asientos contiguos en Bruselas, a quienes se ha confiado intimidades que a otros se ha velado, y en quienes se ha depositado una confianza ciega proveniente de eso que dicen tener, sentido de estado. O la angustia desasosegante de verse uno mismo en el reflejo de a quien hasta hace pocas semanas se culpaba de todos los males que nos afectan, y preguntarse perplejo cómo puede suceder tal cosa y no hallar respuesta alguna. O el desconcierto inquietante de las voces numerosas que desde la calle están pidiendo, casi exigiendo, que no se le haga pagar a “la gente” los desmanes de otros, cuando uno sabe perfectamente que a “la gente” se la quiere para encumbrarse uno hasta la Moncloa, no para afectos, que esos se profesan a quienes realmente son algo.
Primera impresión: un Presidente que huye es un hombre que ha perdido su oportunidad histórica en un solo paso, con independencia de lo que haga o deje de hacer después. Un Gobierno desunido en lo que comunica es una demostración de que, a lo mejor (y digo a lo mejor por ser benevolente), no tienen una idea clara de cómo han de hacer las cosas, y a lo peor resulta que lo que están haciendo es cumplir con lo que otros han encomendado hacer. Yo apuesto por esto último.
Segunda impresión: pese a las reformas, sucede ahora lo mismo que sucedía antes. La iniciativa política se ve interrumpida, paralizada, cuando no deslavazada, por las ganas que tienen los inversores internacionales de conseguir que España quiebre y obtener cuantiosas plusvalías con ello. Europa no ayuda. Tampoco ayuda que en dos años nos hayamos fundido los ingresos de tres años. Y mucho menos que tengamos un país diseñado con regiones que necesitan, todas ellas, disponer de parlamentos, consejerías y aparataje ridículamente excesivo (¿necesita una provincia como Cantabria tal despliegue? ¿Lo necesitan tres provincias como Euskadi? ¿No había otro modo de descentralizar?).
Vivimos en un país donde ni siquiera esta crisis supone buscar consensos y perspectiva como sea. Algo de responsabilidad tendrá un Presidente que parece trabajar sólo para ganar elecciones

Agua del cielo

Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los i...