jueves, 13 de diciembre de 2007

Calendarios en pelotas


Me comenta una amiga que últimamente dedico mis columnas a cosas muy serias. Y protesta por ello. Y me pide que frivolice un poco, claro. Curioso empeño éste, el de opinador, cuando se presta uno a complacer al público.

En fin, que había pensado hablar de las centrales nucleares y me han arruinado el pensamiento. Pero la hoja donde rubricar 2.700 caracteres sigue en blanco, cosa terrible. Y decido echar un vistazo a la prensa. Y me encuentro con noticias de calendarios. Calendarios eróticos. Más precisamente, calendarios eróticos donde el erotismo lo pone gente como usted, o como yo, o como la vecina de arriba, o el ertzaina que le acaba de multar en la carretera.

Quizá sea una cuestión de mercadotecnia. Al fin y al cabo, si acaba un año, sensato es adquirir un nuevo calendario. El que teníamos se viene quedando anticuado. Y parece que no es reseñable, e incluso parece aburrido, comprar uno de esos almanaques decorados con fotos de gatitos, paisajes, elementos geométricos, o diseño artístico. Ahora lo suyo es despelotarse.

Uno se acuerda de acudir a un taller y ver en la pared a una señorita con poca o ninguna ropa bajo el emblema “Taller Martínez. Chapa y Pintura”. Aquellos calendarios underground no debían de ser muy eróticos, de acuerdo a la moda actual. Por lo sórdido de las paredes que recubrían, supongo. Mostraban exuberancia nada disimulada de formas femeninas. Y nadie les hacía el menor caso. Ni aparecían en los titulares de prensa o de los noticiarios.

Porque de un tiempo a esta parte hay tal furor por desnudarse artísticamente para un almanaque, que no puede sino pensarse que nos hemos equivocado de hemisferio, y el solsticio que viene llegando es el verano y no este otro tan gélido y desapacible.

Uno recuenta ejemplos, y observa razones un tanto dispares. Bomberos vizcaínos para costear su participación en no sé qué evento deportivo. Madres salmantinas queriendo financiar un centro de cultura. Estudiantes de medicina y el paso del ecuador. Jugadores de un equipo de rugby que se desnudan por no sé qué motivo ya, pues me he olvidado…

Todo comenzó hace unos años, con una original y simpática iniciativa. Las gentes comunes emulando a las pin-ups, las supermodelos y los famosos de turno. Pero esto lleva camino de convertirse en otra desquiciante tradición navideña a la vista del éxito mediático que consiguen, sin excepción, todos aquellos que deciden quitarse la ropa.

La cosa tiene su aspecto lúdico y desinhibido, al fin y al cabo se pretende un efímero momento de fama, salpicado de risas y transgresión. Pero, oiga, pensar en ponerse en pelota picada para conseguir un centro donde puedan acudir sus hijos a leer o hacer música, suena tremendo a estas alturas. Tremendo.