jueves, 23 de agosto de 2007

Prohibido torear toros

Quizá usted piense que nada justifica el sacrificio de un animal con fines lúdicos, lejanos a la subsistencia humana. Quizá usted piense que, en los cosos taurinos, nada hay que convierta el toreo en arte, en espectáculo, en noble enfrentamiento entre un astado y un hombre. Quizá usted piense, en definitiva, que las corridas de toros son uno de esos vestigios que se sirven de la crueldad y la supremacía humanas sobre el reino animal. Y probablemente no le falte razón.

Pero echen un vistazo a una cualquiera de las muchas fiestas locales que ayudan a solazar a nativos y forasteros en estos plácidos días del estío. Encontrarán en ellas festejos taurinos de todo tipo. Para ser un controvertido elemento, prolifera por doquier. Yo, personalmente, me niego a creer que todos los que participan, o los contemplan, sean personas insensibles que disfrutan con la crueldad de la muerte. A mí, por ejemplo, que no me gustan los toros sino por verlos trotar en el campo, admito que corro delante de novillos en unos encierros que se celebran, por estas fechas, cerca de donde me encuentro. Acabados, cierro los ojos a cuanto acontece después, y me marcho a casa. Debo ser un hipócrita.

Esta fiesta, que llaman nacional, también tiene sus buenos seguidores en Euskadi y en Gipuzkoa. Pero entiendo que es anticuada. Le gusta sobre todo a la gente mayor. La mocería corre los encierros, entre otras razones, porque es gratis y torea las vaquillas por echar unas risas o demostrarse algo, vaya usted a saber qué. No por aprecio a los astados ni porque entiendan el sentir de los que dicen amar a esos bichos. Criar toros en el campo, y verlos pacer y trotar en libertad, como me gusta a mí, tiene sentido mientras el negocio sea rentable. Pero la fiesta de los toros, el toreo en sí mismo, poco a poco, irá perdiendo aficionados y se convertirá en un elemento residual. Y como nadie se dedicará a subvencionarlo, acabará desapareciendo.

Es preocupante que la sociedad se vaya impregnando lentamente de un estado moral superior, e impuesto, de condena hacia aquello que tardó demasiado tiempo en condenarse. En los tiempos modernos que corren, es habitual pensar que todo lo que no se prohíbe corre el riesgo de ser asumido como bueno, tarde o temprano. Y eso es algo que, dicen, no se ha de tolerar por el bien de todos. De ahí que se prohíban muchas de nuestras malas costumbres pretendiendo resolver con ello cuestiones como los controvertidos problemas del mundo de los toros.

Agua del cielo

Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los i...