jueves, 19 de julio de 2007

El laberinto incesante

Lo supo Borges mucho antes que cualquier otro. Bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto. De tal condición es el laberinto vasco, que perdura desde hace ya demasiado tiempo. Tanto, que algunos ni recordamos cuándo, dónde o por qué empezó.

Son dos espejos, contrapuestos, que forman un laberinto enlazado por una línea única, recta, indivisible e incesante. La identidad del pueblo vasco, en uno de los espejos. El independentismo en el otro. Y la línea, no sólo camino, también clausura.

Dado que es anterior la identidad a la independencia, convendrán en que se nace dentro del espejo que representa el sentimiento indentitario. No todos los pueblos viven en un laberinto tan prolijo. A todos les une características de similar catalogación, pero no por ello postulan su independencia. A menudo incluso deciden hacer añicos ese otro espejo, porque no les agrada el reflejo que proviene de él. Les impide seguir mirando más allá. Un espejo interpuesto, sea el que fuere, interrumpe la visión, y comienza a reflejar sólo la propia imagen, cada vez con mayores distorsiones. Nadie dice que los espejos sean perfectos.

El independentismo no es ni bueno ni malo. Es, simplemente, algo que surge. Pero en Euskadi se ha convertido en uno de los dos espejos borgesianos que conforman este laberinto inquietante. Los laberintos son útiles, a veces incluso hermosos. Hay que ir con cuidado porque en ellos, tal es su misión, te puedes perder. Quizá por esa razón algunos políticos son deambuladores silentes que han antepuesto la independencia sobre la unión de su pueblo. Cansados de recorrer el transitadísimo camino que une los dos extremos del laberinto, se han sentado a esperar en uno de ellos. Y no es su función sentarse a esperar, desatendiendo todo lo demás. Que lo hagan otros, parece razonable. Pero no quienes lideran un pueblo unido por la identidad y desunido por el laberinto. Desunido y atemorizado. Porque una sombra tupida y negra, de muerte y destrucción, apareció hace tiempo y se apropió de la confusión del laberinto. Porque la sombra tupida y negra no es parte de él. 

El laberinto es algo que se genera para dilucidar cómo ha de ser el futuro de un pueblo. Pero esta sombra lo utiliza, atemoriza despiadadamente a quienes en él se ven atrapados. Destroza a su antojo, a uno y otro lado, en uno y otro espejo. Esta sombra tupida y negra, desde más arriba, desde no se sabe dónde, vocea fuerte y alto en un idioma absurdo. Pero tanto grita que algunos han llegado a creer entenderla. Un día la sombra desaparecerá. Y cuando desaparezca, el laberinto seguirá existiendo y las gentes seguirán ideando cómo resolverlo. Salvo aquellas gentes a quienes la sombra arrebató la vida.

Agua del cielo

Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los i...