viernes, 11 de noviembre de 2016

Beber a los 12

No voy a hablar de Trump. Me gusta establecer distancia con las noticias, al menos una semana, y todo el planeta está hablando del inefable 45 presidente de los EEUU. Tienen suficiente alimento para unas cuantas jornadas. Hoy quería hablarles de la niña que, con 12 años, falleció hace días de coma etílico.
El botellón. Beber mucho alcohol en la vía pública. Normalmente malo (barato). Mucho y malo es contrario a cualquier expresión cultural. No es lo mismo tomar un gintonic en la sobremesa de una comida de negocios o de una reunión familiar, que beber diez gintonics (o más) en una boda hasta caer al suelo. En el primer caso, podemos hablar de disfrute racional (consumo moderado). En el segundo caso, no estoy seguro. Nunca me atrajo el concepto de “pillar borracheras”, por eso nunca lo hice,  pero que algunos probos padres de familia hablen ufanos de sus homéricas curdas, siempre de antaño, ha de significar algo. Si la cuestión es quitar hierro y aceptarlo, no tengo mayor problema. Pero, ¿qué se dice cuando una niña de 12 años, por desarrollada que esté, pierde la vida en una de ellas?
La palabra más repetida para calificar la noticia ha sido “increíble”. En realidad, lo increíble es que no pase muchas más veces. Mi abuela, mujer de primeros del siglo XX, cuando veía estas noticias siempre preguntaba: “pero, ¿y los padres?”. Me pregunto si, como decía la semana pasada, ven lo que sucede, pero ya no pueden hacer nada (por ser demasiado tarde). Hay quienes se encogen de hombros: “admítelo, las niñas de 12 años no son niñas, son adolescentes”. Otros se llevan las manos a la cabeza: “es inconcebible”. Al final resulta que la corriente es poderosa: unos y otros anhelan que tal cosa no suceda a sus hijos en el presente o el futuro. Existe el temor hacia la maligna corriente que parece querer arrastrar a todos sin remedio.

Beber hasta morir a los 12 años es una barbaridad y, el resto de padres (porque los padres de la niña bastante tienen ya con sufrir) debería pensar que la dejación diaria o sobrevolar por la estratosfera cuando toca inculcar valores y conducta a los hijos, conlleva estas consecuencias. La lucha es ingrata porque los hijos no son nuestros: se los lleva la vida y disponen de su albedrío, lo mismo que hicimos nosotros. Pero tengo la seguridad de que mucho más ingrato, por ominoso, es contemplar el cadáver de tu hija de 12 años tras varios avisos etílicos previos a los que no se puso ni intentó poner remedio alguno.