viernes, 15 de abril de 2016

Se es conde

Algunos delincuentes acaban reformándose en la cárcel. Algunos. Pocos, acaso. No he revisado las estadísticas de reinserción. Personalmente, once años a la sombra se me antojan suficientes como para hacer revisión profunda y minuciosa de los planteamientos que le han conducido a uno hasta la trena. Quienes disfrutamos de la vida en libertad a diario no valoramos en su justa dimensión la importancia de poder estar sin obstáculos con la familia, con los amigos, con la naturaleza, el sol, la lluvia, el viento, las montañas, la playa, el idiota de tu jefe, los vecinos ruidosos, el tráfico atroz y los remordimientos. Entre rejas, solo puede haber remordimiento y hastío. Las ganas de libertad conducen a dimensiones distintas del ser humano.

Pero no. A algunos el presidio tiene la propiedad de invocar la santa paciencia y ninguna reconvención. Total, la chirona lleva fecha de caducidad: no desesperemos. Y me da en la nariz que esos “algunos” provienen (todos ellos, o casi) del costal donde se atesora la molienda pecuniaria. Seamos francos. El dinero nunca aparece. Nunca se devuelve. El dinero acaba arrimándose a las offshore patrióticas donde algunos almacenan el sentimiento sobrante del amor por su estado, o a buen recaudo en cualquier suntuoso zulo alpino. El dinero sigue esperando fuera, igual que el día que se cruzó por vez primera el umbral de la cárcel. De la miseria y la violencia uno se puede recuperar, porque a la salida siguen acechando. Pero nada reinserta del afán de lucro, del poder que da el dinero (ajeno), del éxtasis orgásmico de arribar donde el vulgo populacho jamás accederá, porque el dinero tiene las manos amorosas.

El dinero (su exceso) envilece y le vuelve a uno ruin. Disipa el intelecto, enardece las ambiciones, exacerba la avaricia y el egoísmo y reduce la solidaridad y la bonhomía a meras proclamas publicitarias. Puede convertir a un brillante jurista, abogado del estado, y fulgurante empresario en un guiñapo, un polichinela, una sombra risible de sí mismo, un juguete roto y desvencijado, un escarmiento. Tanto que habló nuestro personaje en la tele, en los medios, en los libros, donde todos le escuchaban boquiabiertos por su sentido común y sus verdades como puños, y ahora solo puede callar como canalla, como miserable, granuja y gentuza, uno de los de “haz lo que yo diga y no lo que yo haga”, de la enseñanza al prójimo con hipocresía y doblez.

Calle, pues, si la presunta inocencia deviene reingreso. 

Agua del cielo

Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los i...