viernes, 10 de julio de 2015

Montes quemados

Me lo acaba de contar una amiga: “pienso dejar de votar al PP, han aprobado una ley en el Congreso que permite urbanizar montes quemados sin esperar 30 años”. Mi amiga tiene familia y propiedades en Galicia. Para ella, se trata de una cuestión de pálpito y corazón. Ama los animales, ama las plantas. No quiere en modo alguno ver cómo sus fincas, por humildes que sean, emplazadas en pleno parque natural, se vean consumidas por las llamas para mejor provecho de alguna industria, algún concejal, algún constructor sin escrúpulos. Aunque oficialista, mi amiga sabe que los escrúpulos son un valor demasiado líquido que rápidamente adopta el color, la forma y el nombre del poderoso caballero.
Como siempre, los contenidos de las leyes son perezosamente inadvertidos. Total, hay tantas, y son tan numerosas e intrincadas, que cómo vamos a molestarnos los de a pie cuando ni los fiscales son capaces de manejar tanto enredo… Se trata de una ley, la Ley de Montes, aprobada por el Consejo de Ministros en febrero. Yo no había oído aún de ella (lo cual me desacredita, supongo). El meollo estriba en que la ley impedirá a los agentes forestales actuar en delitos penales y que, por causas de interés público, se podrá urbanizar terreno calcinado. Desde el Gobierno se insiste en que muchos emplean los incendios forestales para impedir que expropien sus terrenos, y con esta medida se evitarán retrasos injustificados. Los agentes forestales y muchas asociaciones han puesto el grito en el cielo…
No solo se queman los montes por el calor del verano o las colillas de los conductores. Los montes se queman desde el momento en que los ciudadanos nos despreocupamos de ellos, alegando que ya se encarga de ese tema la administración. Sucede con los montes como con los inmigrantes que atraviesan el Mediterráneo. Que nos indignan las muertes, pero nunca presionamos lo suficiente a las autoridades y gobiernos para evitarlas. Que nos repugna la combustión de los bosques y la pérdida de flora y fauna, pero siempre encontramos motivos para justificar que se trata de asuntos menores, secundarios, que lo primordial es prestar atención al paro, los bancos y la corrupción.

Como siempre, los recovecos de la burocracia o la relevancia subjetiva del legislador van a impedir dispensar claridad a los asuntos que nos conciernen. Ha pasado antes, y volverá a pasar de nuevo. Los montes se seguirán quemando y el hormigón acabará prevaleciendo con su pesadez gris y vacua.