viernes, 10 de mayo de 2013

Mi Bengala dorada (Bangladés)

En los años que pasé explorando el subsuelo saudita en busca de petróleo tuve ocasión de tratar a gente con la que habitualmente, en España, nos relacionamos poco o nada: bangladesíes, filipinos, somalíes, etíopes… Todos buscando en el oro negro huir de la pobreza. Realizaban las tareas más penosas: en pleno desierto, bajo el sol ardiente. Trabajaban dos años enteros de continuo. Luego podían tomarse un mes de vacaciones. Se les pagaba muy poco: una miseria. El convenio regulador lo establecía el gobierno, no las empresas.

Hice algunos amigos entre ellos. En concreto recuerdo a un bangladesí con quien bajaba a comer de rancho en lugar del menú a la carta para ejecutivos. Agradecido de mi compañía, nunca olvidó agasajarme con una taza de té y algo de charla. Me hablaba de su familia, del tiempo que faltaba para volver a ver a sus hijos, de los compañeros o del Real Madrid: nunca le oí quejarse del trabajo. Su motivación era estrictamente económica, desde luego, pero no en beneficio de un futuro desarrollo personal. Quería el dinero para llevar a sus hijos a la universidad y librarlos de las penurias que él había soportado. Decía que sus vecinos, en Bangladés, llevaban a casa en un año lo que él cobraba en un mes. Aquella soledad, aquel calor y aquella ingrata arena del desierto eran tan solo la cara menos amable de un privilegio afortunado.

Un día me contó que su mujer había empezado a trabajar en una fábrica textil. Seguramente en un lugar muy parecido al que hace poco se derrumbó en Savar causando centenares de muertos. En aquel tiempo, coser para occidente significaba añadir 15 dólares mensuales a los ingresos familiares. Nada desdeñable para un bangladesí Hoy día creo que la cifra está en 30 dólares al mes: una fortuna. Él creía innecesario que su mujer trabajase: decía que las condiciones eran pésimas. Yo me callé. No le dije que por esa razón en Zara una chaqueta cuesta 20 euros. Tampoco le dije que occidente necesita que en muchas regiones del mundo haya esclavos modernos, como lo eran él y su mujer, o de otro modo no podríamos disfrutar de ropa a capricho y móviles con lo último, todo a precios muy bajos. Asequibles, decimos.

Quizá usted piense que lo de Bangladés es indigno. Pero seguirá yendo a Zara o Mango o a la tienda que sea. No le cabe otra. Todas hacen lo mismo. Si lo piensa bien, tampoco quiere que cambie nada. En mi caso, simplemente espero que los hijos de mi amigo hayan podido ir a la universidad.