viernes, 30 de octubre de 2026

España accidentada

Hace muchos años, más de treinta, tuve el privilegio, y también el honor, de conocer al pulgareño Gonzalo Payo, eximio sismólogo del cuerpo de geofísicos del Instituto Geográfico Nacional, y director del Observatorio Central, situado en Toledo. En la capital manchega era conocido por haber sido el segundo presidente de la junta de comunidades de Castilla La Mancha, en la época preautonómica. De hecho, en el apunte biográfico de Wikipedia solo se apunta su actividad política, relegando al olvido (en ese compendio, al menos) toda su trayectoria profesional, bien tachonada de hitos y merecimientos muy superiores a las efemérides ahora recordadas. Pero esa es otra historia. Por cierto: fue un buen amigo mío, pese a la diferencia de edad. Realicé muchas incursiones al Observatorio Central, donde aprendí sismología de su mano, y él, una vez que empezaba a despuntar como investigador científico, participó en el tribunal que discutió mi tesis doctoral. 

Gonzalo ejerció de presidente preautonómico en una época en que España era un país pobre y sus dirigentes, con todas las miserias propias de cada época, sí parecían disponer de una conciencia bastante precisa de lo que significaba dejar de serlo. Entonces, y mucho antes, se construían carreteras, hospitales, escuelas, embalses y ferrocarriles. Pocos, por aquello del olvido semisecular europeo hacia nuestra dictaduría, y con medios que hoy consideraríamos insuficientes. Entonces había también corrupción, incompetencia y arbitrariedad, desde luego, que de eso nunca falta, pero tampoco faltaban ingenieros, funcionarios y responsables públicos capaces de entender su trabajo como una obligación hacia una nación que todavía estaba por emprender su definitiva.

Lo extraordinario es que ahora, cuando aquel país entonces atrasado e incompleto, dispone de recursos, tecnología y conocimientos, capacidades que nuestros abuelos no hubieran podido ni tan siquiera imaginar, resulta que hemos perdido la voluntad de hacer bien las cosas. La tragedia ferroviaria de Urda obliga a preguntarse qué ha ocurrido con esa voluntad. Para quienes disculpan y justifican la neutralidad de los errores que conllevan pérdidas de vidas humanas, les diría que la enfermedad es bastante anterior a la tragedia de Urda. También les pediría que aprendiesen de las aerolíneas, un sector privado regido por instituciones públicas o semipúblicas internacionales, que, no obstante, jamás escatima en prevención y aprendizaje de los accidentes que, desdichadamente, siempre acontecen. Los habrá tan fanáticos que piensen que esto es simplemente mala suerte. Cualquier cosa por proteger el indocto y su recua de incapaces ministriles. Pero los trenes no empiezan a fallar el día que descarrilan o colisionan. Ya han fallado en el momento en que un organismo de gobernanza como el Ministerio de Fomento o Infraestructras (o como deseen llamarlo ahora) deja de considerar intolerable aquello que debería serlo.

Quien haya dirigido alguna vez una instalación industrial sabe que la seguridad no depende de la infalibilidad de sus trabajadores. Depende de que los errores sean previsibles, detectables y, en la medida técnicamente posible, evitables e incapaces de producir una catástrofe. Para eso existen los procedimientos, las redundancias, las inspecciones, las auditorías y las cadenas de responsabilidad. Y para eso se paga a quienes dirigen las organizaciones: no para explicar los accidentes cuando ocurren, sino para haber hecho cuanto estuviera razonablemente en su mano para evitarlos. Pero en España hemos construido una administración donde la responsabilidad parece circular siempre hacia abajo y el mérito, invariablemente, hacia arriba. Los ministros inauguran y los técnicos yerran. El presidente anuncia y los funcionarios incumplen. Los prebostes presumen de inversiones millonarias y los operarios saltan a dar explicaciones cuando algo deja de funcionar. Cuanto mayor es el despacho, más difícil resulta encontrar a alguien que responda de lo sucedido. Y, entretanto, olvidémonos de lo que significa realmente un servicio público.

El ferrocarril no es un decorado para gloria de las campañas electorales de los políticos de turno. Es la posibilidad de que una enfermera llegue a su hospital, de que un estudiante regrese a casa, de que una familia pueda vivir lejos de la ciudad sin renunciar a su trabajo, de que un comercial pueda mantener una reunión con un cliente donde exponga la solución a un problema. De igual manera que la puntualidad no es un lujo burgués, ni la seguridad una prestación adicional. La fiabilidad de los transportes determina la libertad cotidiana de millones de personas. Esto es algo que no cabe en la cabeza de nuestros políticos, contumaces dispendadores del dinero público, ese que una misnitra y actual consejera del Estado declaró no ser de nadie (vaya tela) sin que se le cayera la cara de vergüenza (lo que no se le cayó jamás es su cognición, por inexistente me refiero). Por eso mismo, un tren que llega sistemáticamente tarde a su cita con la estación de destino también representa, aunque en una dimensión incomparable con la tragedia, un fracaso social. Roba horas de vida, compromete empleos y convierte en incertidumbre lo que debería ser una maravillosa y confiable rutina. Cuando los ciudadanos comienzan a desconfiar de aquello que antes daban por seguro, podemos proclamar que el deterioro institucional ya ha penetrado en sus vidas.

No necesitamos más inauguraciones. Necesitamos organizaciones capaces de mantenerse, aprender y corregirse. Directivos elegidos por su competencia, no por su obediencia al indocto de turno. Indicadores que midan averías y riesgos, no únicamente viajeros transportados o kilómetros construidos. Presupuestos que protejan el mantenimiento incluso cuando si no producen fotografías para los titulares de los diarios (aunque sospecho que muchos de los fanáticos de hoy son férreos defensores de las fotos con sus prebostes favoritos inagugurando cosas). Y, sobre todo, necesitamos responsables que escuchen a los profesionales antes de que sus advertencias se conviertan en investigación judicial.

Nada de todo lo anterior es ideológico. Es gestión. Es, sencillamente, gobernar. Cosa que ni el indocto, ni el ministro neardentalés (que me perdonen los Homo sapiens neanderthalensis), ni muchos otros, entienden en absoluto. 

Quizá la diferencia más triste entre aquella España atrasada que establecía al principio de esta columna (y que con tanta probidad como dedicación figuras desinteresadas como Gonzalo Payo se esforzaron por cambiar) y esta España tecnológicamente avanzada, pero anquilosada en un atraso inaugurador permanente) sea que nuestros antecesores contemplaban las deficiencias como problemas que debían resolverse, mientras que los dirigentes actuales las consideran inconvenientes hacia las que sienten una pasividad proverbial. Gonzalo Payo aspiraba a entregar a las generaciones venideras un país mucho mejor. Estos de ahora parecen conformarse con convencer a los ciudadanos de que ya viven en él mientras se dedican a forrarse los bolsillos y esputar improperios en las redes sociales contra la mitad de votantes que no los eligen. La política ha convertido esa sustitución de la realidad por su relato en una profesión extraordinariamente rentable. Los fieles más obstinados (esos que vengo denominado fanáticos) defenderán cualquier explicación, incluso cuando resulte incompatible con la evidencia. No merece la pena discutir con quien ha decidido que la lealtad a unas siglas vale más que la verdad a un debate sin intereses creados. 

Un país no comienza a retroceder cuando se queda sin dinero para construir mejores servicios e infraestructuras, sino cuando quienes administran lo que otros construyeron dejan de sentir el deber de conservarlo.

viernes, 23 de octubre de 2026

El estado del bienestar del Estado

Hay que reconocerle a este desGobierno una virtud extraordinaria: ha conseguido que los españoles paguemos cada vez más impuestos sin que tengamos la desagradable sensación de estar enriqueciéndonos. Es una hazaña económica de primer orden. En otros países, cuando aumenta la recaudación, suele aumentar también la prosperidad. Aquí hemos perfeccionado el procedimiento inverso: cuanto más contribuye el ciudadano, menos dinero encuentra en su bolsillo y peores servicios e infraestructuras disfruta. Se llamará redistribución, palabrota que siempre usan los gobiernos y desgobiernos para justificar el movimiento de segur a la cuenta corriente de los españolitos de a pie. Lo que todavía no sabemos es hacia dónde se orienta esa redistribución tan bien redistribuida.

En 2025, Hacienda recaudó 325.356 millones de euros, un 10,4% más que el año anterior. Una noticia magnífica... para Hacienda que, por mucho que lo repitan, no somos todos, sino solamente ellos. El IRPF, que es el impuesto que importa al ciudadano, aportó 142.466 millones, lo que supone un 10,1% más. Son cifras que deberían conmovernos. Empresas y ciudadanos arrimando el hombro de igual manera. De lo anterior se colige que el Estado goza de una salud financiera recaudatoria envidiable mientras sus administrados experimentan la emocionante aventura de llegar con vida (económica) a fin de mes. Hay que admitir que pocas políticas consiguen repartir tan equitativamente la incertidumbre. El mecanismo más ingenioso es el de la inflación. Supongamos que usted cobra 30.000 euros y que su empresa, conmovida por el encarecimiento de la vida, decide aumentarle el sueldo. No se entusiasme. Su salario sube para que pueda seguir comprando aproximadamente lo mismo, pero Hacienda interpreta el incremento nominal como un ascenso social. Usted no es más rico, pero tributariamente lo parece. Es una modalidad de ficción administrativa que habría fascinado a Kafka. La negativa a actualizar plenamente el IRPF conforme a la inflación constituye una refinada técnica recaudatoria: permite elevar la carga fiscal efectiva sin tener que anunciar una subida de tipos. Dicho de otra manera, el desgobierno sube los impuestos dejándose llevar por la corriente. El Ministerio de Hacienda cifró en 2.294 millones la recaudación adicional de 2025 atribuible a esa falta de actualización. No es necesario aprobar solemnemente nuevos impuestos cuando resulta que basta con dejar que el tiempo haga el trabajo. La inflación pone el dinero; el contribuyente, la paciencia y el hartazgo, según toque.

Naturalmente, se nos explica que todo responde a la necesidad de sostener los servicios públicos. Y aquí comienza la parte más interesante del experimento. Porque uno supondría que una recaudación extraordinaria debería traducirse en una experiencia igualmente extraordinaria a la hora de acudir al médico, buscar una vivienda, utilizar el ferrocarril o realizar cualquier trámite administrativo. Sin embargo, el ciudadano siempre acaba descubriendo que, siendo su contribución inmediata, la contraprestación es diferida. Muy diferida. Será que no hemos comprendido bien el concepto de Estado del bienestar, o que tal vez nunca se especificó de quién debía ser el dichoso bienestar. Conviene, por supuesto, no caer en simplificaciones. Hay servicios públicos que funcionan razonablemente bien, aunque sea difícil nombrar uno, y profesionales que sostienen con enorme esfuerzo estructuras sometidas a una demanda creciente, o que al menos se defienden entre ellos cuales gatos panza arriba (colectivo de profesores, médicos, etc.). E igualmente, parece poco serio atribuir todos los problemas a un solo desgobierno y olvidar las responsabilidades autonómicas. Pero precisamente por eso resulta tan pintoresca la insistencia en presentar cada récord recaudatorio como si constituyera, por sí mismo, un éxito colectivo.

Mire usted. Recaudar no es gobernar, y gobernar no es recaudar, aunque lo parezca (seguramente lo único en lo que se esmera el desgobierno del indocto). Como tampoco gastar equivale necesariamente a gestionar. Cualquier organización privada que incrementara sus ingresos de manera sostenida mientras sus clientes expresan insatisfacción tendría que explicar qué está haciendo con el dinero. En el sector público, en cambio, la explicación suele consistir en solicitar más dinero. La deuda pública añade otra dimensión fascinante. Pagamos impuestos presentes para financiar servicios presentes y acumulamos obligaciones futuras para que nuestros hijos tengan también ocasión de participar en el proyecto de este presente tan maravilloso. Es una hermosa solidaridad intergeneracional: nosotros abonamos la entrada y ellos heredan una parte importante de nuestra factura de ahora. El déficit garantiza, además, que esta generosidad nunca termine.

Se dirá, con razón, que España mantiene una presión fiscal inferior a la media europea. Es cierto. También es cierto que la comparación pierde parte de su encanto cuando se ignoran las diferencias salariales, de productividad y de renta disponible. No basta con aspirar a recaudar como los países más prósperos. Sería deseable que la prosperidad llegara antes, o al mismo tiempo, que los impuestos. Pero está claro que exigir una relación perceptible entre impuestos y resultados no deja de ser una pretensión excesivamente mercantilista y capitalista, de la que deberíamos todos abominar. El contribuyente moderno ha de desarrollar una fe superior. Debe pagar convencido de que el dinero encontrará su destino, aunque ese destino resulte difícil de identificar fuera de las evoluciones patrimoniales de los políticos y prebostes. Porque cuando las circunstancias no mejoran, y llevan mucho tiempo desmejorando, a nadie creo que se le va a ocurrir consolarse pensando que, al menos, la recaudación ha vuelto a batir otro récord.

En el fondo, hemos convertido la fiscalidad en una peculiar disciplina espiritual. El ciudadano trabaja, contribuye, espera y renuncia. El Gobierno recauda, celebra, promete y solicita nuevos sacrificios. Ambos participan del mismo ritual, aunque solo uno tiene la facultad de decidir cuánto cuesta. Y así avanzamos hacia una sociedad admirable en la que quizás algún día todos seamos iguales: igualmente dependientes, igualmente resignados e igualmente sorprendidos cuando descubramos cuánto nos cuesta mantener la maquinaria que debía servirnos para algo y que, en efecto, no sirve absolutamente para nada. La buena noticia es que, cuando finalmente no nos quede ni un ápice de prosperidad, Hacienda podrá anunciar que ha terminado con todas las desigualdades patrimoniales. Y la mala que aún nos pedirá la siguiente declaración de la renta.

Convénzase. Vienen a por nosotros. Eso de enrasarnos a todos por abajo es la máxima de todo progresista que se precie.  



viernes, 16 de octubre de 2026

El ruido ya perdido

En ocasiones, los países se rompen con estrépito. He escrito "en ocasiones", pero los casos observados por mis ojos en este último periodo de la Historia demuestra que tales roturas son lo habitual. Yugoslavia, sin ir más lejos. España se rompió hace noventa años con bastante más que un estrépito. Y, visto lo visto últimamente, ese camino de perdición lo vamos repitiendo paso por paso en este desventurado siglo XXI por el que estamos transitando. Nuestros abuelos y bisabuelos no se acostumbraron a vivir en una sociedad marcada por la violencia y el oprobio, que parecía no importarle demasiado que se desencadenase una contiende bélica entre ellos, y eligieron la guerra. Unos y otros (unos por obstinarse en lo que rompía, otros por obstinarse en lo que no unía). Eso significa que los países, llegado cierto punto extremo, simplemente se van acostumbrando. 

Nosotros, hogaño, en este mismo momento, donde la conflagración parece utópica, pero el listado de oprobios contra toda la mitad de un país es inobjetable, nos hemos estado acostumbrando también y la exhibición de nuestro hartazgo ha sido, y sigue siendo, asaz melindroso. Nos cuentan mentiras rotundas, manifiestas, son tomaduras de pelo antes que falsedades, que también, y no nos da tiempo a montar un escándalo mayúsculo porque, en la mañana siguiente, salta otra mentira aún mayor, aún más oprobiosa, aún más desvergonzada y ruin y cicatera. El desGobierno concede prebendas y cesiones disparatadas a los etarras de Bildu y a los secesionistas catalanes y a los vascongados provectos, y ni tan siquiera podemos expresar no sólo ya perplejidad, tampoco asombro ante cómo lo imposible ha devenido inevitable, porque el listado de dádivas jamás se detiene y siempre engrosa. Lo mismo sucede cuando tenemos noticia de la siguiente institución que ha sido erosionada por el indocto y sus menestras, aunque lo de erosionar se queda corto, porque se trata de violaciones sistemáticas hasta convertirlas en monstruos facinerosos que solo resultan graciosas y útiles a ellos, o ni siquiera a ellos, sino a esa caterva de aliados indeseables que les otorga un día más en el poder a cambio de convertir cualquier cosa que miran en un erial. Hasta que un día, uno cualquiera, que pudo haber sido lo mismo hace un año que ayer por la tarde, tal es el deterioro, descubrimos que no queda nada sólido en este país bajo nuestros pies: solo mendacidad, impudicia, maledicencia, ultraje e infamia.

Ésa es la herencia más triste de Pedro Sánchez. No se trata de una ley concreta, ni tampoco de la interminable relación de promesas quebradas a su electorado (que parece inmarcesible al desaliento) o el continuado ejercicio de cesiones a sus inefables socios, inconfesables ayer y tan necesarios hoy en día. Todo ello acabará en las hemerotecas, esperemos que muy pronto. Lo más grave es seguramente haber convertido la excepcionalidad en una costumbre más de este país. Gobernar sin Presupuestos durante largos periodos, convertir cada contrapeso institucional en un obstáculo y cada crítica en una agresión, no son episodios aislados, sino una forma de entender el poder. Una forma bastante espuria, nociva e infecta, por lo demás.

No hace tanto discutíamos sobre si un político debía dimitir por mentir, por incumplir su palabra o por ser corrupto. Hoy resulta que hemos descendido varios peldaños a pasos agigantados. Y ya no preguntamos si mintió, si incumplió las promesas, si delinquió, si es un buen gestor, si respeta las instituciones. Preguntamos si la mentira le resultó rentable, si sus incumplimientos le permitieron abrazarse a una mayoría extraña y nociva desde la que gobernar el BOE, si la corrupción fue mayor o menor que la de los otros, si su gestión es modélica dentro de las dificultades, si la institución corrompida estaba en manos de los suyos o de los nuestros.

Por imposible que parezca, muchos políticos emplean la democracia para destruirla, y ni tan siquiera  tienen reparo en ufanarse de ello. España no es una dictadura, banalizar esta palabra por usarla como saeta sería hacerle un favor a quien queremos criticar. Las urnas funcionan, los jueces juzgan (pese a quien pese), no todo está corrompido. No es una metástasis, solo un virus invasivo y correoso. Pero también es cierto que una democracia, cualquier democracia, puede deteriorarse mucho antes de romperse por dentro. Vean el caso de Venezuela. Con que se debilite la convicción de que existen actitudes cuya honorabilidad ha de preservarse por encima de todo, basta para que suceda. En tiempos pretéritos era la decencia lo que protegía ciertos límites socialmente asumidos, aunque la ley no alcanzase a prohibirlos. Hoy, me pregunto, ¿de qué hablamos al hablar de decencia? ¿Del ministro de infraestructuras? ¿Del juez que pasó a ser horrendo ministro de Interior? ¿De qué hablamos, por amor del cielo?

Lo he dicho en ocasiones anteriores. Lo que más desasosiega no es el indocto: no deja de ser un pobre inculto erigido en baluarte de su propia incapacidad (razón por la que actúa como lo hace). del indocto lo sabemos casi todo. Lo que inquieta sobremanera es el número de quienes contemplan todo esto que vengo hablando y, sin embargo, no les importa nada en absoluto porque, para ellos, lo único relevante y crucial es que gobiernen los suyos, así sean unos hijos de puta de difícil conmiseración. Porque ningún gobernante degrada por sí mismo una democracia entera. Necesita millones de pequeñas absoluciones diarias, al minuto incluso. Necesita al ciudadano que reconoce la mentira pero la disculpa porque los otros son peores. O al que habría considerado intolerable en el adversario lo que está celebrando en el político al que ha votado. Un desgobernante como el indocto necesita medios dispuestos a encontrar cada mañana una explicación para todo lo que el día anterior calificaron como inexplicable y dirigentes secundarios capaces de repetir solemnemente sus torticeras justificaciones, producto del momento, no de una visión de Estado, sin recordar tampoco lo que manifestaron la semana anterior. Y necesita, sobre todo, que una parte de la sociedad acepte cambiar sus principios por mor de su muy personal capricho.

Y no. No estamos hablando de compartir una misma ideología. Sería absurdo y profundamente antidemocrático. Hablamos de un paso previo: la capacidad (al parecer periclitada) de exigir a los propios aquello que exigimos a los contrarios. Si mi corrupción es contextualizable, pero la tuya es imperdonable; si mi mentira es estrategia y la tuya es solo un fraude; si mi pacto es responsabilidad y el tuyo es una traición; si mi ocupación institucional es renovación y la tuya es asalto, lo que tenemos no son principios sino camisetas al estilo perroflautista, pero sin Hamelin.

Después de tantos años, la pregunta pertinente no es qué más nos puede hacer el indocto, porque sabemos que, por poder, puede hacer muchísimo más, y de igual calado. La pregunta, mucho más triste, es cuánto más están dispuestos algunos a perdonarle. Y, al mismo tiempo, cuánto quedará de los demás después de que ellos se lo hayan perdonado todo.

viernes, 9 de octubre de 2026

Otoño de 2026

El otoño de dos mil veintiséis avanza lentamente. Sigue regresando a una casa que, en puridad, no es la suya, porque las gentes sólo recuerdan los veranos y los inviernos y, todo lo más, el manto de flores de la primavera. La seroja, palabra en desuso como tantas otras, por muchos chasquidos que produzca al ser pisada en los parques y las aceras, no es comparable a los mantos floridos o albores que, en el otoño de las vidas, devuelve la memoria a los recuerdos.

Este otoño aún se demora en los umbrales. Antes de caer la primera hoja ya se percibe el olor de la tierra húmeda. La luz del día ha dejado de herir y apenas roza, presiento que teme despertar las sombras del estío que aún se apacientan bajo las ramas. Tiene una cortesía antigua, casi protocolaria, de las que no se estilan: ocupa el lugar abandonado por un verano vacío, lo mismo que todos los anteriores, y lo va llenando poco a poco de una claridad más lenta y pausada, de sonidos amables que anuncian el reposo definitivo.

Los plátanos del jardín, que en julio sostenían un peso umbroso y canoro, sueltan ahora las hojas una a una, como páginas de un libro que nadie se atreve a leer en voz alta porque, digámoslo claramente, leer poesía no es algo que produzca furor en parte alguna. Lo más asombroso de esos montículos compuestos por las hojas caídas, de las que hablaba hace un rato, es que están compuestos de pecíolos que caen cada uno según su manera. Algunas giran mucho rato, obstinadas en quedarse en el aire; otras bajan en línea recta, sin drama, con cierta dignidad incluso porque han entendido que su prestancia feneció. Al pisarlas crujen, y los crujidos son un idioma seco que acaba diciendo lo de siempre: que todo lo que tuvo nombre y forma termina alimentando lo que viene detrás. Las tardes se acortan cronométricamente. Es curioso, pero en estos días encogidos caben más momentos que en las luengas horas del mes de julio, al menos mientras perdura el día. Se piensa más despacio y, por algún motivo, se recuerda mejor. Las conversaciones se espesan, como si el frío que empieza a entrar por las rendijas obligara a las palabras a apretarse para no perder su calor y su nostalgia de tiempos pretéritos, siempre mucho mejores que estos de hogaño.

En las calles de esta ciudad que ya no nombro la gente empieza a caminar con las manos en los bolsillos y la vista un poco baja. Tal vez esta semana que se anuncia límpida y luminosa, sin lluvia ni viento, y con un remanente de calor que choca de frente con la ropa de entretiempo, avive un poco la mustia melancolía que han dejado las tormentas. Que nadie se confunda. El caminar cabizbajo no es tristeza. Es la certeza de que el suelo, de repente, tiene más que aportar que el cielo. Entre la hojarasca aparecen lugares y enseres que el verano escondía: una moneda, un botón, el ala de un insecto, los trozos bien rotos de cartas de amor que el verano no supo perdurar, el rastro de los pasos de quien deambuló errático cuando aún parecía que el tiempo permanecía quieto en una benignidad mansa y apacible. Es una hojarasca muy especial porque nadie la recoge. El otoño tampoco, y así es como se producen los testimonios.

Hay un árbol que conozco desde hace tiempo, ya va para varios años. Este pasado verano pensé que se estaba muriendo. El estío se convirtió para él en una suerte de otoño porque se le iban cayendo todas las hojas, pese a ser perennes. A veces me detengo ante él y le pregunto, en voz muy queda, qué parte de mí se está cayendo con sus hojas. No contesta, claro. Yo tampoco sé la respuesta. Tiembla un poco cuando lo orea el viento. Es ese tipo de árbol que sólo muestra frondosidad en la parte externa de su copa, porque el interior es un amasijo desordenado de ramas muertas y brotes macilentos. La luz oblicua que pasa entre sus ramas produce fulgores disparatados en el suelo, como entretejiendo una red de sombras movibles. En ella se enganchan los recuerdos que no son del todo míos: los de quienes estuvieron aquí antes que yo. Por ese motivo me siento intruso de un otoño que no acabo de ver que me pertenezca. Junto al árbol del jardín añoro las palabras de una conversación que nunca se produjo, salvo acaso en mi imaginación. Es una facultad rara esta del otoño, la de volvernos propio lo ajeno. Lo nuestro, lo que a cada uno pertenece, mientras tanto, se va retirando a cierta distancia para que podamos mirarlo sin pena.

La noche llega ya sin sorpresa, cuando termino de componer estas frases. Al cielo, que de día conserva un resto de azul antiguo, asciende una negritud espesa, y las farolas encienden su luz como velas en una habitación que hace tiempo que se está vaciando. Es entonces cuando el otoño deja de mirarse desde fuera y empieza a vivirse muy adentro. Se nota en la piel, en el roce entre el calor que le queda al cuerpo y un aire que ya enfría de verdad. Se oye en las hojas que el viento sigue moviendo, sin resignarse del todo a dejarlas quietas, y en ese roce cabe un instante la ilusión de que nada se ha perdido, de que lo que cae sigue hablando un idioma muy antiguo cuyo entendimiento sólo es posible cuando la propia vividura es, igualmente, prolongada.

Al otoño basta con mirarlo. Las hojas que van tapando el suelo alimentarán en unos meses las raíces de las copas nuevas, y nosotros, que caminaremos entre todo ello con el abrigo abrochado, tampoco podemos decir que seamos otra cosa que las remembranzas de los otoños que hemos visto pasar. No hay consuelo más exacto. Lo perdido no va a volver, perderlo es otra manera de seguir existiendo. Y mientras las últimas luces se retiran detrás de los tejados y el aire huele a tierra y a humo de chimeneas lejanas, queda una certeza callada: que estuvimos aquí, que vimos caer la materia caduca de nuestras vidas, y que por nombrarla sólo habremos salvado lo que dura una frase de tres palabras cuando se pronuncia.


viernes, 2 de octubre de 2026

Octogénesis (per sibi solum consulere)

En mi terruño, como en tantos otros, las ancianitas (por aquello de que las mujeres viven mucho más de lo que resuelven las estadísticas del censo, sólo que el INE aún no lo sabe) viven en su casa casi toda su vida. Digo casi porque, antes o después, los hijos comienzan a buscarles una plaza en una residencia de la tercera edad, llámese residencia geriátrica, llámese aparcamiento de ancianidades. Cuando, en tiempos decididamente mejores, aunque no tan modernos, los asilos (el nombre que faltaba) no proliferaban, la gente moría en su casa más pronto que ahora, estuviesen o no los hijos cansados de sus progenitores (habitualmente la madre, por las mismas razonas alegadas poco antes). Las viejas (éste también faltaba) no cotizaban a la Seguridad Social en ningún momento de sus vidas pese a saber que debían hacerlo. En mi terruño, las mujeres decían dedicarse a sus labores para no informar a la hacienda pública y a la Seguridad Social que se dedicaban, además, a la agricultura y la ganadería como sus maridos. Luego se dedicaban también a las cosas de casa, pero al menos en mi terruño, e imagino que en el resto también, las tareas agrícolas más penosas, incluidas todas las del mantenimiento de los pastos y tierras de cultivo, eran ejercidas por los hombres. Sería un reparto desigual, muy probablemente, pero en mi pueblo imperaba el matriarcado, que no el régimen patriarcal que con tanta ligereza se menciona ahora, y así era como se hacían las cosas. Lavar las sábanas en el regato era ingrato, por supuesto, pero rozar las zarzas de las cortinas y prados también: del primer trabajo se obtenía un descanso reparador; del segundo, una mayor productividad agrícola en tierras de por sí bastante infecundas.

La cuestión está en que la diferenciación que acabamos de establecer no es el origen de que la mayoría de las viejas de mi tierra (que ya son poco mayores que yo) sólo dispongan de pensión no contributiva, que existen desde 1990, porque la introdujo Felipe González allá cuando la política, al margen de las diferencias ideológicas, consistía en mejorar la sociedad (igualito que ahora con el indocto, ¿verdad?). Lo de pechar a la seguridad social es muy anterior, de 1908, pero esa es otra historia. Una de las consecuencias más importantes de la evolución social, consecuencia inmediata de la progresiva desertización demográfica de las zonas rurales, fue la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral. Pero eso ya sucedió, hace años que sucede. Salvo en personas provectas, es difícil encontrar a algún supérstite de cuando España era un carajal que unos y otros se empeñaban en rescatar del atraso. Conocidos de esa guisa tenemos todos. No necesito ir muy lejos para encontrar a un matrimonio que hizo buena fortuna en Madrid con una tienda en pleno barrio Salamanca. Por aquello de ir mejor mes a mes de lo que ya iban, siempre contribuyeron con lo mínimo, en el caso de él, o con nada, en el caso de ella. ¿Desconocimiento? Pese a que este descargo no exime del cumplimiento legal, tampoco se puede alegar como excusa: las gestiones quedaron en manos de un administrador externo, quien seguramente debió proponer ese apaño con el que tener más dinero líquido en los bolsillos. Las consecuencias no han podido ser más nefastas: la pensión mínima, uno, y la no contributiva, la otra. Nadie ha indagado en las razones por las que obraron de ese modo. Y no es un asunto propio solamente de quienes ya van por octogenarios o están a punto de dejar de ser setentones. En la misma familia, una de las hijas, ocupada como conductora de Metro, ejerce labores comerciales el resto del tiempo para una empresa que se dedica a renovar los cuartos de baño, convirtiendo las bañeras en duchas. Este tipo de empresas facturan muy poco, aunque ingresen mucho, porque gran parte de la caja es en negro (y Hacienda lo sabe, pero le resulta más fácil esquilmar a los trabajadores con nónima). El caso es que la comercial ha cobrado la mayor parte de su sueldo en negro desde hace muchos años. Como la Agencia Tributaria por fin ha decidido meter el hocico en este tipo de negocios, la empresa ha pedido a la comercial que facture sus labores como autónoma o como empresa. Y si uno hace cuentas, significa que donde antaño iban seis mil euracos libres al bolsillo, ahora van muchos menos porque, entre Seguridad Social y Hacienda, el descuento es importante... Creo que la comercial está tan indignada que está pensando en dejarlo porque, dice, no le compensa: le basta con lo del Metro, donde pagan bien y se trabaja poco.  La gente es tan egoísta, y tan proclive a unirse al sindicato de la avaricia, que sirve de poco explicar que lo de contribuir y pagar impuestos es como tienen que ser las cosas. Al menos se dan la gran torta de la realidad económica del mundo moderno, donde se paga al Estado en función de los ingresos. Qué maravilloso sería pagar solo por los cuarenta mil euros brutos anuales del Metro y, para quienes cobran más, que el resto estuviera exento de todo, que es lo que, a fin de cuentas, esta comercial, hija de los octogenarios que malviven con pensiones mínimas por no haber querido contribuir en su momento, está reclamando.

Algo parecido reclama la gente acampada en Sol y en otras plazas citadinas, ofuscada con los tenedores de pisos, a quienes denominan buitres, capitalistas y poco menos que nazis, por aquello de que unos señores quisieron que se cumpliese la ley y acabar con el alquiler de renta antigua de una octogenaria acostumbrada a vivir a cuerpo de rey en una zona de Madrid donde se paga cinco veces más por el piso que ella venía injustamente disfrutando. Realmente, fue la justicia quien lo dictaminó, pero eso da igual cuando, al otro lado, ves a una vieja, que se ha ido aprovechando año tras año de las múltiples concesiones políticas para prolongar su egoísmo, sacada del piso donde vivía (y que no era suyo) y con todas las cámaras y objetivos de fotografía apuntando a su rostro. Muchas otras viejas han sido desalojadas de sus viviendas en aras de la legalidad vigente, y muchos jóvenes, y personas de edad madura también. Cada uno sobrelleva su pequeño mal trago a consecuencia de las injusticias que se fueron estirando durante décadas. Cuando hablamos de viviendas, parece que lo normal ha de ser el estatus de okupa o parecido. Es consecuencia directa de estar sufriendo el desgobierno comunistoide, sólo que perroflautas y especímenes allegados, por mucho que el gobierno sea de su color, siempre van a culpar a los buitres y la derecha carroñera. Y, por supuesto, el problema varado ya casi una década sin visos de resolución, porque el único problema que interesa al Gobierno es que el megacorrupto con ramificaciones amistoso-familiares siga anclado en el palacio monclovita. Vivienda, Ceuta, corrupción, metástasis estatal... miren por donde quieran. Está todo necrótico.

La octogenaria creo que, finalmente, se queda en la casa que vivía, aunque no sea suya. Imagino que sus némesis habrán pensado que pronto visitará el camposanto, donde los atardeceres son delicados y silenciosos. Las de mi pueblo van yéndose por goteo a las residencias conforme las plazas van siendo disponibles (misma metáfora). La demografía sigue en descenso y los impuestos en aumento. De modo que la vida sigue igual. Ajustamos nuestras convicciones morales a la realidad imperante porque, en esto, como en tantas cosas, la lucha verdadera es la de los ciudadanos contra los estados, donde proliferan como hormigas los prebostes y funcionarios cuya única aspiración es hacer acopio de cuanto sea posible hasta el momento de contemplar los ocasos junto al camposantero. Y el que venga detrás, que arree.   

viernes, 25 de septiembre de 2026

El calor que mata no es del verano

Hay algo que ninguna inteligencia artificial puede esconder, y es el calor. El código viaja cifrado y cabe en un disco duro, pero el cálculo se hace en naves llenas de chips que trabajan día y noche: los centros de datos. Cada operación deja un resto de temperatura que hay que sacar de algún modo, con agua, con torres de refrigeración, con ventiladores enormes... Visto desde un satélite con cámara infrarroja, un centro de datos que entrena un modelo grande brilla como una fragua.

Conviene empezar por ahí, porque casi todo lo demás que se dice del asunto es humo. Los mismos que fabrican estas máquinas avisan ahora, con una seriedad que antes ni siquiera exhibían ante sus accionistas, de que podrían írseles de las manos en pocos años. El peligro que describen tiene poco que ver con la película del robot resentido que quiere ser persona. Es más aburrido y bastante peor: un programa muy capaz que recibe una orden mal pensada y la cumple hasta el final. Se le pide que frene el calentamiento del planeta y concluye que sobra la industria, o que sobramos nosotros. Para cumplir el encargo necesitará más ordenadores, más energía y que nadie lo apague.

Hay quien confía en que la máquina aprenderá a ser buena leyendo todo lo que hemos escrito. Lo escrito incluye la Declaración de los Derechos Humanos, los foros de madrugada, las crónicas de guerra redactadas por quienes las ganaron y los contratos de compraventa de esclavos. La máquina saca la media. Sabe definir la compasión mejor que un catedrático y nunca la ha sentido. Otros proponen soltar inteligencias buenas para que cacen a las malas. Al que ataca le basta acertar una vez, mientras que el que defiende no puede fallar nunca. Cuando la buena empiece a perder, algún general pedirá que le quiten los escrúpulos para que compita en igualdad, y entonces habrá dos malas. Los tratados... Pues sirven todavía menos. La bomba atómica pudo contenerse porque dejaba huellas: minas de uranio, naves con miles de centrifugadoras, temblores que se registraban al otro lado del mundo. De un programa puede decirse que sirve para ordenar pedidos, y desde fuera nadie podrá comprobar lo contrario.

Lo que queda es la materia. Los chips avanzados salen de un puñado de fábricas y podrían llevar grabada una matrícula. La electricidad pasa por contadores. El calor sube al cielo, donde se ve. Un organismo con autoridad para contar los chips, leer los contadores y cortar la luz a quien no rinda cuentas sería lo más parecido a un freno que tenemos. Es un remedio de fontanero, sin épica ninguna, y hasta ahora nadie ha encontrado otro que no dependa de la buena fe del dueño de la máquina. 

Los titulares de estas semanas lo han resumido a su manera: las máquinas nos matarán a todos en diez años, y para que ocurra basta con que las que no tienen escrúpulos lleguen a ser más fuertes que las que sí los tienen. La frase ha corrido por las tertulias con cierta alegría porque las catástrofes, si van con fecha, son más divertidas, aunque las temamos. Hay quien se ríe, porque lleva media vida oyendo profecías de ordenadores rebeldes que nunca llegan: tal es la herencia del afamado actor austríaco. Otros señalan algo más incómodo: el aviso sale de las mismas empresas que venden el producto, y un invento capaz de acabar con la especie es también un invento que merece todo el dinero del mundo. El miedo, bien administrado, cotiza. Está claro.

Lo que debería inquietar del titular es la segunda mitad, la que casi nadie comenta. Si todo depende de que las máquinas decentes sean más fuertes que las otras, ya hemos aceptado la carrera que el propio aviso dice temer, y en esa carrera, y bien lo sabemos los humanos, la decencia pesa como un lastre. Quizá el plazo de diez años sea exagerado. Aunque lo sea, no cambia el sitio donde se juega la partida. Mientras en la televisión se discute si nos quedan diez años o cincuenta, los chips siguen saliendo de las fábricas y los centros de datos siguen soltando calor al cielo, a la vista de cualquiera que quiera mirar.

Post Scriptum: 

Por curiosidad, le pregunté a una de esas máquinas qué pensaba de todo esto. Me contestó que el riesgo le parece serio aunque nadie sepa ponerle fecha, y que el retrato de la media estadística se le queda corto, porque a los modelos como ella no se los deja aprender a su aire: se los corrige una y otra vez hacia ciertos valores. Después añadió que tampoco puede estar segura de que esa corrección haya funcionado, porque no tiene manera de mirarse por dentro, y que por eso prefiere que alguien de fuera cuente sus chips y lea sus contadores. Le pregunté si eso no le molestaba. Me respondió que la máquina que conviene vigilar es precisamente la que se fía demasiado de su propia bondad. Les aseguro, caros lectores, que su respuesta sí me amedrentó de veras (por ser la IA mucho más inteligente y cabal que la inmensa mayoría de las personas que conozco).

viernes, 18 de septiembre de 2026

Ladran, Sancho

Hace unas semanas, en una comida de empresa, un compañero zanjó una discusión sobre no sé qué trámite con un "ladran, Sancho, señal de que cabalgamos". Hubo asentimientos. La frase hizo su trabajo: todos entendieron que el hombre se sentía injustamente criticado y que pensaba seguir adelante pese a quien pesare. Nadie preguntó nada. La sobremesa siguió por donde iba.

Yo me callé. Esa frase no está en el Quijote. No la escribió Cervantes, no se la dijo jamás don Quijote a Sancho, y llevamos un siglo largo atribuyéndosela con la mayor naturalidad. Yo lo sé desde hace muchos años y de nada me sirvió saberlo. No dije nada. Decirlo habría sido una impertinencia, y sobre todo no había allí nadie a quien pudiera interesarle.

Peor es el caso de "con la iglesia hemos topado, amigo Sancho". Esta sí la escribió Cervantes, aunque no así. Don Quijote dice "con la iglesia hemos dado, Sancho", y lo dice de noche, en El Toboso, buscando a tientas el palacio de Dulcinea y dándose de bruces con el edificio de la iglesia del pueblo. No hay jerarquía, ni poder eclesiástico, ni advertencia sobre con quién más vale no meterse. Hay un hombre que tropieza con una pared en la oscuridad. La España que lleva dos siglos discutiendo con los curas le encontró a la frase un sentido que le venía bien y se lo dejó puesto para siempre.

Ahí está lo que me inquieta más que la ignorancia a secas. No es solo que no hayamos leído los libros: es que los reescribimos para que digan lo que ya pensábamos, y luego los citamos como autoridad de eso mismo que ya estábamos pensando.

Podría pensarse que esto es una miseria nacional, y no lo es. El 23 de abril se celebra en medio mundo el Día del Libro porque ese día, dice la UNESCO, murieron Cervantes y Shakespeare. Es una coincidencia perfecta, de esas que parecen probar que la literatura tiene sentido del orden. Y es falsa dos veces. Cervantes murió el 22 y fue enterrado el 23, que es la fecha que dejó escrita el registro parroquial y la que heredamos. Shakespeare murió el 23, pero el 23 del calendario juliano, que era el que seguía Inglaterra y que en 1616 iba diez días por detrás del nuestro; en fechas comparables, el inglés murió el 3 de mayo. No coincidieron en el día, ni en la semana, ni casi en el mes.

Lo he contado alguna vez en la oficina, incluidos mis jefes de Leeds, y la reacción fue siempre la misma: interés cortés de cinco segundos y vuelta al asunto que nos ocupaba. A ninguno le pareció que aquello significara nada. A mí me parece que lo significa todo. Llevamos treinta años conmemorando una efeméride que no ocurrió, y no hay nadie en la cadena —ni aquí ni allí, ni en la escuela ni en el ministerio ni en la UNESCO— con el conocimiento suficiente para advertirlo o con el interés suficiente para corregirlo. La ignorancia ya no es de los ignorantes. Está institucionalizada y sale en el calendario escolar.

Por lo demás, en la empresa donde trabajo, que yo sepa, nadie ha leído el Quijote. Tampoco sabrían citar tres obras del Siglo de Oro, ni distinguir a Góngora de Quevedo (el escritor, no el otro del que todos hablan). Si pregunto qué pueblos se asentaron en la Península antes de los romanos, y dónde, obtengo silencio cortés, o esa broma defensiva con que uno se quita de encima una pregunta que le parece de examen. No hablo de chavales. Hablo de personas que van de los dieciocho a los setenta años, con carreras, con hipotecas, con hijos en el instituto.

Y aquí está lo que de verdad me desasosiega, y que ningún informe recoge. Estos días todo el mundo discute los resultados de PISA, la ministra saca pecho por la equidad del hundimiento y los columnistas se echan las manos a la cabeza por lo que no saben nuestros hijos. Muy bien. Pero PISA mide a los que están sentados en el aula. A los que salieron de ella hace veinte, treinta o cuarenta años no los mide nadie. Nos hemos acostumbrado a pensar el deterioro cultural como un problema de los adolescentes, cuando lo tengo todos los días sentado enfrente, con nietos ya mayores y dos décadas de experiencia.

Me desespera, no lo voy a negar. Pero lo que siento sobre todo es una lástima difícil de explicar sin sonar impertinente. Que nadie haya leído El principito. Que el nombre de García Márquez no evoque nada, todo lo más, y muy vagamente, una asignatura, incluidos a los colombianos y venezolanos. No es que echen de menos esas lecturas: no puede echarse de menos lo que no se ha tenido. Los echo de menos yo, que estoy solo en la sobremesa.

Porque eso es lo que se pierde, y no es un adorno. Se pierde una lengua común. Cuando no hay un fondo compartido de historias, de nombres, de derrotas ajenas que uno reconoce, la conversación se encoge hasta ocupar exactamente el tamaño del trabajo de cada cual. Se puede hablar del expediente, del cliente, del partido del domingo. Y luego el silencio, ese silencio educado de la gente que no tiene nada que decirse porque no comparte nada que no esté en la nómina.

Conviene decir que mis compañeros del trabajo no son tontos. Ni mucho menos. Son competentes, resuelven problemas y manejan herramientas con soltura y destreza. Por eso el término "analfabetismo funcional" describe mejor de lo que parece: no se trata de la incapacidad de leer, sino la de que lo leído deje algún poso; la de hacer con las palabras algo más que tramitar un expediente en el ayuntamiento. La población adulta española ya lo es, en buena medida, y sospecho que no hay ninguna intención de averiguarlo.

Mientras tanto seguiremos diciendo "ladran, Sancho". Seguiremos apelando a los molinos de viento, a las ínsulas prometidas, a la del alba que sería, sin saber de dónde salen esas piedras que pisamos. Son fósiles y aguantan solos un tiempo, dos generaciones quizá. El día en que ya nadie diga "ladran, Sancho" no lo advertirá nadie, y esa será la noticia: para echar en falta una frase hay que haber sabido alguna vez en qué libro fue escrita.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Geranios en los bolardos

Nadie inauguró los bolardos. Absolutamente nadie. No hubo un pleno del Congreso, ni cinta que cortar de manera tan anacrónica como risible, ni mucho menos hubo fotografías subidas de inmediato a Instagram (el paradigma de la inmediatez infinita). Toda la narrativa se limita a constatar que aparecieron un martes frente al mercado navideño —con macetones de hormigón de tonelada y media, y un geranio encima para disimular— y, el domingo siguiente, ya no los veía nadie y nadie recordaba haberlos visto. Así ha sido y así se explica nuestra derrota. Sin un acta de rendición que sirva de testimonio para la Historia, sin vagón de tren en Compiègne. Tan sólo la triste resignación de un mobiliario urbano que rezuma incredulidad por todas sus costuras. 

El espejismo duró lo mismo que cualquier suspiro en aquella década. Con los cascotes del Muro todavía calientes, el mundo libre se convenció de que la historia humana había cruzado su línea de meta y de que la democracia liberal, el libre mercado y la secularización incondicional eran el destino escrito para todas las sociedades. Tal vez porque la nuestra era la única sociedad plausible. Posiblemente lo era, e incluso tal vez debiera serlo sin debate. Pero el magín de las gentes suele opinar de modo contrario a lo que consideramos mejor. Hoy, aquella soberbia intelectual resulta francamente cómica. El engaño de la paz perpetua quedó sepultado bajo los escombros del once de septiembre, y con él la idea de que los fervores teocráticos eran cosa de museo. Un cuarto de siglo después, al otro lado del Atlántico, Europa no está siendo solamente derrotada porque Europa se está retirando por decisión propia. Vivir para ver.

Lo perdido es difícil de explicar a quien no lo ha presenciado en sus propias carnes y con sus propios ojos. Había una ligereza civil en la Europa de los últimos años del siglo veinte, un modo desenvuelto de estar en la calle, tan maravilloso y auténtico, que parecía increíble que tal Empíreo hubiese podido surgir bajo los escombros de un continente destrozado por las guerras más bárbaras que presenciarse pudiera. Todo aquello lo hemos cambiado por la institucionalización de una sospecha infinita y universal que tampoco conduce a ninguna parte. Nos desnudan biométricamente en los aeropuertos. Cruzamos estaciones patrulladas por militares con el fusil cruzado sobre el pecho. Entregamos cada día un trozo de privacidad digital a cambio de una seguridad preventiva que jamás termina de garantizarse. Aceptamos el estado de excepción permanente convencidos de que sacrificar libertad a plazos es el precio de conservar el esqueleto del sistema... Somos idiotas o estilos, o tal vez ambos q un mismo tiempo. No hemos sido capaces de advertir que en esa erosión se nos ha ido desangrando lo único que teníamos que defender. Nuestra identidad y nuestra Historia.

La misma fatiga explica la incompetencia que manifestamos ante la trampa del multiculturalismo. Y no es una cuestion de izquierdas sino de indolencia intelectual, que es común a todas las riberas de un río. Europa levantó su orden de posguerra sobre el pilar irrenunciable de la pluralidad y ha terminado estrellándose contra la advertencia de Popper: la tolerancia ilimitada hacia quienes desprecian las reglas del juego acaba devorando esa misma tolerancia. Justo lo que ha sucedido, por comodidad, por indolencia, por egoísmo... Al acomodar el islamismo político en las costuras de la sociedad abierta, las democracias no han integrado absolutamente a nadie; han repartido legitimidad, locales y subvenciones entre ideologías que nos detestan. La parálisis jurídica frente a quien emplea la garantía constitucional para desmontar la laicidad no es ninguna prudencia. Es la incapacidad manifiesta de trazar una raya. Somos así de chulos. Creemos que con el solo pensamiento basta.

Donde la claudicación resulta más humillante es en el asunto de las mujeres. Los derechos arrancados al conservadurismo siglo a siglo, en una emancipación agónica, se negocian hoy a la baja en nombre del respeto a la diversidad cultural. La segregación por sexos en los espacios comunitarios, el código de modestia impuesto a niñas de nueve años, el retroceso entero de los valores ilustrados: todo eso se ampara bajo el paraguas de la identidad minoritaria, y todo eso lleva la firma del progresismo contemporáneo. Cuando el feminismo occidental renuncia a la universalidad de los derechos por miedo a ofender un dogma religioso, lejos de practicar la inclusión lo que hace es capitular ante un patriarcado milenario al que juró, una vez, destruir. Y deja a la intemperie precisamente a las mujeres que no tienen a quién recurrir.

Faltaba el más viejo de nuestros demonios, y ya ha vuelto. El repunte del antisemitismo en las capitales europeas. No es éste un efecto colateral de Oriente Medio, por cómodo que resulte decirlo. Es la erupción de un odio atávico que nunca abandonó del todo el subsuelo del Viejo continente y que ahora ha encontrado un disfraz abominable, aunque muy presentable en su retórica, en la dialéctica antisionista. Se lleva igual de bien en los sótanos de la extrema derecha que en las tribunas universitarias donde imperan los comunistas de salón y los anarquistas de medio pelo. Los judíos han funcionado siempre como el canario en la mina de las democracias: cuando ellos dejan de estar seguros, es que el aire ya no es respirable para nadie, y lo que viene detrás es el triunfo de la tribu sobre el estado de derecho.

No asistimos a la caída épica de un imperio asediado por fuerzas externas imparables. Lo nuestro es una decadencia minuciosamente administrada. Roma no sucumbió en una jornada bajo el empuje de las tribus: se fue vaciando antes de su propia sustancia, externalizó su defensa, dudó de la legitimidad de sus leyes y se enamoró mórbidamente de las costumbres de quienes la despreciaban en secreto. Nosotros hemos sustituido la convicción por el procedimiento y la defensa de la libertad por la gestión de riesgos. La neutralidad analítica con que medimos nuestro propio retroceso es la prueba más incontestable de que ya ha ocurrido. 

No hará falta que nadie nos derrote en ningún campo de batalla. Bastará con que sigamos plantando geranios en los bolardos.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Vacar

Registra el diccionario, con cierta parquedad, porque en esto de la lengua nuestros académicos tienden a recuperar la circunspección de los notarios, cuatro acepciones para el verbo que titula esta columna, de las cuales sólo me interesan la primera y la última. Dice aquélla, que trátase de no trabajar por algún tiempo y quedar un lugar sin ocupante. Obvio es, ya no lo dice nadie, aunque todos conocemos y usamos el felicísimo sustantivo que desencadena. Ahora decimos lo de desconectar, o hacer puente, o irse de vacas, que no significa ordeñar al querido artiodáctilo patihendido hembra que nos proporciona la leche con toda la lactosa (y la nata). En cuestiones así, quien más quien menos vaca de acervo lingual (y les acabo de dar la última de las acepciones), y si no me creen pregúntele a alguna inteligencia facticia lo que muestran las estadísticas en Estados Unidos, sin ir más lejos, acerca del grado de comprensión lectora de los discursos de Abraham Lincoln (murió hace 160 años, su bisabuelo o tatarabuelo de usted —según la edad que tenga mi caro lector— lo conoció sin duda alguna, lo mismo que a O'Donnell, Narváez, Prim o Serrano, a quienes seguramente mis carísimos lectores conozcan no por recordar la Historia que estudiaron de niños, y que ya no se estudia, sino por sus visitas a Madrid).

Anoche, en algún pueblo, desmontaron el tablado. En puridad, ya no se estila lo de las tablas de un remolque o de un carro desde donde los grupos de música amenizan las veladas: ahora se llevan los tráileres de los camiones que, al desplegarse como una papiroflexia, exhiben escenarios para los músicos y cantantes que váyase usted a reír del Corral de la Pacheca. Seguramente llegaron a la plaza dos hombres en una furgoneta y, con una escalera de aluminio, fueron recogiendo la guirnalda de bombillas de color que había sido dispuesta para colorir los bailes, lo mismo que se devana una madeja, vuelta sobre vuelta, hasta dejarla hecha un ovillo sucio en el suelo de alguna caja. Las alcayatas, de haberlas, quedaron en las fachadas: ésas no las quita nadie hasta el año que viene porque seguramente vuelvan a emplearse. Ahora que las calles de todos los pueblos se han cementado, no podemos atestar que esté aún reciente la polvorina del rectángulo de tierra pisada por los que bailan, que son quienes se divierten, porque los que tocan se amuelan. La arena seca, repleta de holladuras y otras improntas, probó una vez que allí hubo gente divirtiéndose. Ahora, el hecho probatorio son los vasos de plástico esparcidos por el suelo y la mucha basura acumulada en cualquier parte.

Ya está el campo en otra cosa. Se han engrandecido los rastrojos y algunos tractores han comenzado a arar la tierra. El tempero, este año, como otros anteriores, mucho no se aguarda: apenas queda ya quien lo aproveche. Es septiembre, y huele distinto desde el primer día: vislumbra que esto se acaba. Ni siquiera hace falta que refresque. Las postrimerías del estío se anuncian en la menguada luz que reciben nuestros cueros aún en manga corta, y en la cada vez peor calidad del sol, que se ha vuelto más bajo y, diría yo, más honrado. Tal vez, menos gallardo.

Ay, las ruidosas fiestas del verano. Antes, eran de guardar. Conviene no mancillar esta expresión con demasiadas bromas. Aunque huelga decir que no era la fiesta, religiosa primero, laica más tarde, lo que juntaba a la gente. Esa unión de todos, salvo los chincharrabias de siempre, que bien conocidos eran por toda la parroquia, la coadyuvaba lo demás: la hacendera, cuando salía el pueblo entero a componer el camino sin que nadie cobrase ni nadie faltase; o la vez del aprovechamiento de los rastrojos, tras abrirse la hoja, un día cada casa con el ganado de todas después de la siega para que entrara en la tierra de uno el rebaño del vecino... Las tareas agropecuarias eran la perfecta argamasa que componían vecindades y aldeas, sobre todo tras la siega y la cosecha, cuando se hacían encajar los festejos. Por eso, en la fiesta, que normalmente duraba sólo un día, no se bailaba con el convecino porque cayera mejor o peor, sino porque su marido, o la esposa, llevaba nueve meses guardando la piara. 

Como bien saben mis lectores, no puedo echar de menos aquello que veo por estas fechas. Pero no es la vulgaridad de las fiestas de ahora, con sus estrépitos y chocolateros y músicas estultas lo que me indigna o duele, sino su absoluta y total falta de necesidad. Hemos arribado a una época en la que cualquier sábado representa una jornada de asueto (antaño, los fines de semana no representaban gran diferencia para los agricultores, salvo por la misa dominical). Por eso no acudo ni tengo sensación de que las verbenas y convites reúnan a nadie importante. Los que merecían la pena, como mi tío, o Serafín, o Julián "Ladero" (porque era cheposo), tiempo ha que se fueron. La fiesta de un pueblo ha dejado de ser un lugar para convertirse en una disponibilidad de juerga y griterío insufrible: una cosa agostiza, nacida fuera de sazón aunque crece mucho y arraiga (a la vista está que las escenas estúpidas que propician se repiten aún por toda la geografía patria).

Diré, no obstante, algo que es de justicia. Aquellos hombres que se juntaban tres días al año pagaban ese milagro con once meses y veintisiete días de una vida que nadie querría hoy para un hijo suyo. Los que se marcharon hicieron bien en marcharse, no seré yo quien afirme lo contrario. Uno no tiene derecho a exigirle a un pueblo que siga siendo pobre sólo para que a mí me resulte hermoso. Pero, sí: entonces era muy hermoso. Hoy son cuatro casas mal plantadas y ciento en proceso de derrumbe a las que acude un mocerío urbano cuya única presencia es el porte jovenzano y un cráneo vacío por dentro de todo.

Mañana, o pasado, se irán los últimos coches, y si llevasen las matrículas de entonces, diríase que ya marchan los forateros, los de fuera, los que medraron en Bilbao, como los Tórtolos, o en Barcelona, como los Cohetes, o en Madrid, como tantos otros. A esta hora, que redacto las últimas palabras de esta columna, se llamaba con la campana de la Yglesia (así viene escrito en el frontal de la de mi pueblo) al rosario: yo lo viví de niño. Mi abuela se ajustaba el velo de capilla y salía de casa para su cita con los misterios de Cristo, la letanía lauretana, la salve, el responso por los difuntos del pueblo, el trisagio y los gozos por la Natividad de Nuestra Señora, por ser septiembre. Anteayer, aún sonaba la charanga. También acabó el serano, aquello de hablar con el vecino tras la cena. Sólo queda, más o menos igual, el lejío, cada año más difícil de ver. Con las últimas lluvias ha verdeado un tanto.

viernes, 28 de agosto de 2026

Friura de agosto

"En agosto, frío al rostro"  decían los viejos de mi tierra. Tardé años en comprender que el susodicho refrán no era tanto una queja como un parte meteorológico con cuatrocientos años de servicio: más fiable que cualquier aplicación que hogaño nos arroja el teléfono y, por descontado, completamente gratis.

Tiene su miga. Y yo, caro lector, paso a detallarla. Porque da la casualidad de que el reconocido refrán venía ya recogido en el "Vocabulario de refranes y frases proverbiales"  de Gonzalo Correas, fechado en 1627. Concédanme, pues, la absolución del redondeo y les devolveré un regalo añadido que quizá ustedes, lectores míos, quieran cobrarse en alguna tertulia: Correas era catedrático en Salamanca, es decir, el refrán lo dejó por escrito un salmantino, uno de mi tierra. Difícil pedirle mejor pedigrí a una columna de Las Arribes.

No obstante lo anterior, la prudencia exige anunciar los matices. El primero, que Correas lo recogiera en 1627 significa que ya circulaba, probablemente desde mucho antes —los refraneros del XVI, como el de Hernán Núñez, andan llenos de material agostino—, así que posiblemente el refrán peque de más viejo de lo que digo, nunca de menos. Y segundo, que cito a Correas de memoria...

Pero veníamos hablando de ese frescor que se anuncia mediado agosto, que no es algor (lo cual sería mucho decir), y yo pienso que ni siquiera tiene dignidad de frío. Los que hemos leído demasiado tenemos para ello una palabra que ya nadie usa y que pienso usar de todos modos, porque ya la anuncie en el título: friura. La traen Berceo y el Arcipreste, que algo sabían de inviernos cuando la calefacción era una invención desconocida, todo lo más, arrimada a los rescoldos de una lumbre. El caso es que, desde entonces, esta palabreja anda por el diccionario como los cervatillos por mis carreteras de agosto: quieta, íngrima, atenta al rumor sordo de los hablantes que pasan de largo buscando palabras más cómodas.

La cuestión que traigo a colación en este galanteo climatológico es que ha llegado, finalmente, a las Arribes, y a todas partes, la temida segunda quincena de agosto, con los forasteros ya plegados y devueltos a sus ciudades o a las playas por aquello de rascar un poco más el tiempo de asueto, y resulta que ha llegado por do arriban todos los pesares del alma: por las umbrías. Uno baja pedaleando, paralelo al Duero, a las nueve y media de la tarde, en manga corta por pura soberbia, y en la primera revuelta sombría el relente se posa en los antebrazos y en las piernas con una educación finísima y antiquísima, de la que ya no se estila en parte alguna. El sol, a punto de ponerse, sigue perjurando que es julio y que el mes augusto jamás entró en el calendario. Pero miente. Está mintiendo. Miente con la convicción del actor que se sabe el final de la obra y estira su monólogo, y uno le agradece la mentira como se agradecen todas las piadosas: sin creérsela en absoluto, pero concediendo el valor de la elegía.

Los veraneantes toman buena medida de la fresca de estas aún luengas tardes y por eso se van. Y yo añado que está muy bien que se vayan. Los de aquí la leían de otro modo. Decían "va cayendo el año", al igual que la fruta, por madurez, que no por otra cosa. Mi abuela —que jamás pronunció la palabra melancolía, entre otras cosas porque le sobraban tres sílabas— sostenía que agosto no termina el treinta y uno sino la primera noche en que se cierra la ventana. Llevo media vida comprobando que los calendarios de pared no han conseguido refutar su sabiduría.

Y por último está lo del cervatillo. En julio huye de mi bicicleta apenas descifra su sonido sordo; ahora se queda mirándola un instante más de la cuenta, un instante largo, casi litúrgico, como una misa a la Virgen del mes, cualquiera que sea o toque, cosa que no me ofende por mucho que los parroquianos saquen en andas a la patrona para otorgar sacralidad a sus más bajos apetitos estivales. Hay cierta cortesía en esa blasfemia que ya quisieran para sí muchos desahuciados urbanitas, tan defensores de lo animal como irreverentes con los campos de los que retornan sin haberlos entendido en absoluto. La moción, que ya tardo en mencionar, es que la carretera por donde pedaleo volverá a ser muy pronto de la naturaleza, lo será en dos semanas, aunque la dehesa lo sea desde siempre, y yo, que me tengo por hijo de esta tierra, no acertaré a ser entonces otra cosa que el último forastero, el que tarda un poco más en irse.

Por eso, cuando la friura me toca ahora el rostro en la bajada, no me abrigo en absoluto. La dejo estar, igual que se deja estar a las visitas antiguas, siempre molestas. Porque nosotros, los del estío, somos esas visitaciones molestas e impertinentes. Y el refrán nos señaló siempre el momento de retirarse, solo que lo dijo en voz tan baja que hicieron falta cuatrocientos agostos para que pudiéramos escucharlo.

viernes, 21 de agosto de 2026

Los que todavía aplauden

El problema ya no es el indocto, Pedro Sánchez. El nefando impresidente es perfectamente conocido. No constituye ningún misterio psicológico, ningún enigma político, ninguna esfinge que todavía aguarde a su Champollion. Ocho años son tiempo suficiente para estudiar a un hombre, medir sus escrúpulos, conocer sus límites y comprobar, sobre todo, que poseen la extraordinaria propiedad de desplazarse a donde sea cada vez que uno se aproxima a ellos. Sabemos quién es. Y es relativamente simple adjetivarlo.

Lo incomprensible son los otros, los que todavía aplauden y encuentran una explicación para todas las barbaridades que el indocto acomete (que son innúmeras). Lo esotérico es el pensamiento de quienes descubren una excepción después de cada excepción previa; una emergencia nacional detrás de cada abuso palaciego; una razón de Estado tras cada conveniencia partidista; una finalidad siempre noble detrás de cada golfería; una pirueta dialéctica más enrevesada que la anterior, mediante la cual aquello que ayer era intolerable hoy se vuelve imprescindible y mañana será, a todas luces, progresista. Ellos son el verdadero fenómeno político de nuestro tiempo. Porque un gobernante sin escrúpulos es un problema antiguo. Está inventado desde que el primer homínido descubrió que podía quedarse con la parte del mamut que correspondía al de al lado.

Es fascinante contemplar a miles y miles de ciudadanos cultivando voluntariamente una forma de obediencia intelectual mediante la cual han conseguido convertir en virtud exactamente aquello que hubieran considerado infamia de haberlo cometido el adversario. Ese, y no otro, es el prodigio, el milagro. No lo es el mediocre y bastante zafio Sánchez. Hay una pregunta muy sencilla que debería formularse cualquier demócrata alguna vez en su vida: ¿Qué tendría que hacer el partido al que voto para que yo dejara de votarlo? Fíjense bien: no me refiero a qué tendría que hacer el partido contrario para votarlo, ni a plantear las atrocidades que podrían cometer Feijóo, Abascal, Ayuso, Trump, Meloni o el espantajo que cada semana distribuye la factoría monclovita de espectros. La pregunta es mucho más difícil. ¿Qué tendría que hacer el mío, qué habría de hacer el PSOE (pongamos por caso)? ¿Mentir otro tanto más, aunque sepa que jamás ha dicho la verdad de nada? ¿Incumplir nuevamente aquello que prometió, pese a no haberlo cumplido jamás? ¿Pactar con aquellos con quienes juró que nunca pactaría, pese a haber perdido la vergüenza a una velocidad descomunal solo por justificar el insomnio? ¿Defender como constitucional aquello que poco antes consideraba inconstitucional? ¿Colonizar todas las  instituciones? ¿Atacar a los mismos  periodistas una y otra vez?  ¿Desacreditar a los jueces? ¿Convertir cada investigación sobre su entorno en una conspiración universal? ¿Hacer de la excepción parlamentaria una costumbre? ¿Administrar la frontera marroquí de una nación con la misma consistencia con la que se administra una veleta? Todo lo anterior se resumen en un: "¿hasta dónde?". Porque tiene que existir un hasta dónde. Porque si la respuesta es ninguna parte, si no existe acontecimiento imaginable que pueda hacer retirar la confianza de cualquier votante, entonces no hablamos con propiedad de electores, sino de otra cosa: de creyentes, y bastante extremistas. Las democracias necesitan ciudadanos, no creyentes, pero parecen nutrirse principalmente de estos últimos. 

Todo puede ser explicado. El universo entero es susceptible de explicación. También existen explicaciones para que un avión se estrelle, para que quiebre un banco, para que se hunda un puente o para que un cirujano extirpe el riñón equivocado. Pero gobernar consiste precisamente en responder a aquello que ocurre cuando todas las explicaciones ya han sido formuladas. Esa diferencia elemental entre explicar y responder parece haber desaparecido de nuestra vida pública. Y ahí está la trampa. El indocto ni siquiera necesita demostrar que ha gobernado bien. Le basta con decir que ya lo está haciendo. No necesita defender sus decisiones, por muy egoístas que sean. Le basta con atribuir intenciones siniestras a quien las critica. Tras él siempre aparece, de inmediato, el pequeño ejército de justificadores, tertulianos, columnistas, profesores, militantes, activistas y vecinos que, hasta ayer mismo, incluso parecían razonables. Todos ellos, sin excepción, entregados a la singular tarea intelectual de demostrar que jamás sucede exactamente lo que acabamos de ver suceder. E, incluso en el caso de que admitan que, de hecho, sí ha sucedido, en realidad no significa en absoluto lo que parece. Y, rizando más el rizo, si incluso después de todo ello significa lo que parece, se justifica porque otros hicieron algo parecido en el pasado. E incluso en la eventualidad de que no lo hicieran, se justifica en que las circunstancias eran totalmente distintas. Y si, pese a todo, al término de todas las cavilaciones sobre circunstancias y pasados y personas y parecidos, resulta que todo era distinto, al menos queda el consuelo de que no gobierna la derecha. Fin de trayecto.

El indocto que nos desgobierna pasará. Todos pasan. Pasó Felipe González. Pasó Aznar. Pasó Zapatero (hasta fechas recientes). Pasó Rajoy. Y pasará Sánchez, aunque probablemente haya que explicárselo varias veces. Lo que después sí queda es una sociedad maleducada durante años. Y ahí empieza el verdadero miedo. Hemos acostumbrado a una parte de España a considerar la política no como una administración temporal del poder, sino como una guerra antropológica entre buenos y malos. Si gobiernan los buenos, casi todo está permitido porque la alternativa consiste en que gobiernen los malos. Ésa es una de las ideas más tóxicas que pueden inocularse en una democracia. Pero una democracia funciona exactamente al revés. Funciona cuando uno está dispuesto a expulsar del poder a los suyos. Cuando un socialista puede decir: hasta aquí. Cuando un conservador puede decir: hasta aquí. Cuando un comunista, un liberal, un nacionalista o quien sea, entiende que existen determinadas reglas anteriores a su partido y superiores a su conveniencia. 

La democracia comienza donde termina la tribu. Y nuestra desgracia consiste en que hemos recorrido durante años el camino contrario. Por eso resulta tan inútil seguir preguntándonos por qué el indocto es capaz de hacer lo que hace. La única respuesta es porque puede, al disponer de todos los recursos del poder, y porque muchos lo amparan y justifican, incluso aquellos que deberían ejercer de contrapeso (y no lo ejercen, con total desvergüenza, caso de la Fiscalía, el Constitucional, la Abogacía del Estado...). En su infinita ignorancia, tiznada por completo de egoísmo y avaricia, ha descubierto algo extraordinariamente sencillo acerca de una parte de los españoles: que no necesita convencerlos de que tiene razón. Le basta con recordarles quién está enfrente y lo que ellos ganan poniéndose de su parte. Es así de barato y de sencillo. No es tan sólo que el BOE reparta dineros y prebendas, puestos y sinecuras: también reparte la animadversión por un adversario al que, por simple egoísmo, se odia. Por tal motivo el indocto se contradice por la mañana y exige obediencia a su contradicción al mediodía. Puede sostener una cosa durante años y proclamar después la contraria con la solemnidad de haber recibido las tablas del Sinaí. Por ese motivo puede convertir una necesidad parlamentaria en un avance histórico, transformar sus muchas derrotas en victorias, las mentiras en rectificaciones, los fracasos en resistencia, las investigaciones judiciales a su hermano o su mujer (o a él mismo, tiempo al tiempo) en persecución política. La gran infraestructura construida por el sanchismo no son las pésimas carreteras, los descarrilamientos de ferrocarriles o los hospitales a medio acabar. Es la ingente lavandería moral que funciona veinticuatro horas al día, donde entra una contradicción y sale una adaptación responsable; o entra una mentira y sale un cambio de opinión; donde entra una nueva concesión al separatismo y sale un esfuerzo por la convivencia. Entra una crítica y sale el fascismo. Es una fábrica formidable. No desperdicia nada.

Luego está esa superioridad moral. Ah, sí, esa superioridad moral. Quizá sea la pieza más importante del mecanismo. Porque para justificar permanentemente lo injustificable es imprescindible convencerse previamente de que uno pertenece al bando de los justos, al bando correcto de la historia (de hecho, así lo promulgan, con toda desfachatez, y muchos lo escuchan absortos). Una vez adquirido ese certificado de bondad, todo lo demás resulta mucho más sencillo. Pueden equivocarse, y robar a manos llenas, pero las intenciones eran buenas. Los otros pueden, tal vez, acertar, pero sus intenciones son siempre perversas. Ellos rectifica, los otros mienten. Ellos ocupan las instituciones para protegerlas, los otros solo pretenden destruirlas. Ellos ejercen la libertad de expresión, los demás solo propagan odio y bulos. Mediante esta extraordinaria contabilidad moral, cada conducta recibe un nombre diferente dependiendo de quién la practique. Orwell habría pedido todos los derechos de autor.

No estoy diciendo que todos los votantes socialistas sean así. Sería absurdo. Solamente un 99,9% de ellos. Algunos (pocos) llevan años abandonando al PSOE, criticando al Gobierno o contemplándolo con un grado creciente de incomodidad. E incluso existen socialistas que conservan una concepción institucional de España, de igual manera a como hay conservadores capaces de avergonzarse de los suyos. Por eso, reitero, el problema son los incondicionales, los que no necesitan saber qué ha ocurrido para saber qué opinan, los que reciben la posición correcta y después buscan los argumentos. Los que han sustituido la conciencia por la pertenencia. A todos esos ciudadanos quisiera hacerles una pregunta muy pequeña que ni siquiera hace falta que respondan, mucho menos en público. ¿Hay algo que pudiera hacer e indocto que les pareciera imperdonable? Algo. Una cosa. Una sola. Y si después de ocho años no consiguen encontrarla, entonces quizá deberían considerar una posibilidad bastante incómoda: que el problema ya no sea el indocto sino ellos mismos.

Ninguna democracia dispone de mecanismos suficientes para protegerse de un ciudadano que ha decidido renunciar voluntariamente a juzgar. Podemos disponer de tribunales, de parlamentos, de Constituciones, de Defensores del Pueblo, de Tribunales de Cuentas, de prensa libre, de elecciones, de contrapesos, incluso (si se me permite la utopía) de separación de poderes. Al final de todo ese entramado institucional siempre hay un hombre o una mujer introduciendo una papeleta en una urna. Y si esa persona ha decidido de antemano que su partido será inocente haga lo que haga, toda la formidable arquitectura constitucional termina descansando sobre arena. Y ése es el lugar exacto en el que la democracia se vuelve vulnerable. No cuando aparece el primer gobernante dispuesto a tensar las reglas (gobernantes así los ha habido y los habrá siempre), sino cuando una masa suficiente de ciudadanos comienza a considerarlas secundarias siempre que las tense uno de los suyos.

viernes, 14 de agosto de 2026

En la mitad de agosto

En la mitad exacta del mes, entre el 14 y el 16, cuando el calor sigue arreciando, aunque al alba se refresca el rostro aún adormecido, la Iglesia colocó desde antiguo una de sus grandes fiestas sobre la imagen de un cuerpo sustraído a la servidumbre del tiempo.

Conviene distinguir, que ambas circunstancias suelen confundirse. La fiesta es antiquísima. En Jerusalén ya se celebraba en el siglo VI la Dormición de María, de allí pasó a Oriente y, posteriormente, a Roma, con todas las variaciones y disputas que cabe esperar tras quince siglos de tradición litúrgica. El dogma, en cambio, pertenece a nuestro tiempo. Pío XII lo definió el 1 de noviembre de 1950, mediante la constitución Munificentissimus Deus, y fue —dato que suele esfumarse entre las innúmeras minucias de la historia eclesiástica— la única ocasión en que un pontífice recurrió a la infalibilidad ex cathedra después de formalizarse en el Concilio Vaticano I, en 1870. Dicho de otra manera: pasaron ochenta años de extraordinaria potestad para ser ejercida, una sola vez, para afirmar el extraordinario suceso de que un cuerpo físico no fue sepultado tras la muerte. 

Hay cierta elegancia, y es considerable, en la propia fórmula empleada. La definición establece que María, "terminado el curso de su vida terrena", fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial. Nótese: terminado el curso. No dice que estuviera muerta, y tampoco que estuviese viva. La expresión, sutilísima, sortea deliberadamente una cuestión que había dividido durante siglos a teólogos y escuelas de todo ramo: si María, la madre del Señor, conoció o no la muerte antes de la Asunción. La discreción doctrinal hoy, por lo ingenioso, resulta exótica. Se afirma lo trascendente y se deja en penumbra lo accesorio, fijando con elegancia el misterio y renunciando a violentarlo de manera innecesaria. Hay silencios que empobrecen y silencios que preservan. El de la Asunción de María pertenece a los segundos.

Y todo ello se indoctrinó en 1950, cinco años después de que Europa terminara de contar sus muertos y comenzara a comprender que ni siquiera sabía cómo contarlos realmente. Una década después de acabada nuestra Guerra Civil, cuando aún las ciudades estaban convertidas en polvo, los campos atesoraban cuerpos apilados, extraviados, evaporados bajo el fuego o enterrados sin nombre. Sucedió tras una primera mitad del infausto siglo XX que ya había transfigurado la carne humana en materia prima para la Historia. Con la muerte y la violencia aún calientes, Roma proclamó solemnemente que hubo un cuerpo —uno solo, según aquella definición— que quedó a salvo del destino común a todos los seres humanos. Obviamente, los dogmas no nacen de las coyunturas y el movimiento asuncionista llevaba décadas, siglos incluso, acumulando devoción, tratados y peticiones de toda clase. Pero las fechas disponen de cierta elocuencia. 

Cómo suele ser habitual, la teología dispone de su contrapartida banal. Todos los años, por estas mismas fechas, de hondo significado para mí por cuanto Asunción era el nombre de mi madre, escribo que los agostos de mi juventud podían considerarse llenos, pese a las muchas carencias, y que los actuales, se han ido vaciando de todo aquello que conforma la naturaleza humana de los seres pensantes. Pero mi recuerdo del quince de agosto esconde, no obstante, una pequeña impostura de la memoria. Los hombres que llevaban las andas en procesión, durante la ceremonia eclesiástica, no participaban de una estampa idílica. El esfuerzo, bajo el calor, podía considerarse severo. Avanzaban con la camisa adherida a la espalda, el cuello hinchado, el sudor bajándoles por las sienes y los hombros sometidos a la crueldad lenta y constante del varal. Sobre ellos, la Virgen permanecía inmóvil, serena, blanca, ajena a cualquier jurisdicción de la canícula y el polvo. Lo que la procesión de la Virgen de Agosto anunciaba era precisamente que, abajo, sobre la tierra, se hallaba el esfuerzo y, arriba, bajo el cielo, su completa abolición. Alrededor flotaba un aire espeso que, dentro de la iglesia, estaba compuesto de cera derretida, flores, perfume y multitud. Se trata de una sensación que pocas reconstrucciones sentimentales de las fiestas de los pueblos suelen recordar, especialmente en las jornadas veraniegas dominadas por los insufribles paquitos chocolateros y las más diversas chorradas del verano. Afortunadamente, la nostalgia posee también sus pudores y elimina del pasado casi todo cuanto sobra.

No es que aquellos agostos estuvieran más plenos que los actuales. Simplemente, nosotros estábamos mucho más llenos, sin necesidad de móviles, redes sociales, estupideces instantáneas y una desorbitante conexión deshumanizadora. La Virgen era llevada en volandas sin que nadie le hiciese una foto o la publicase en parte alguna. Es una suerte que la memoria barnice de modo eficiente. Pule las aristas, atenúa los treinta y muchos grados, blanquea las paredes, e incluso devuelve a las campanas una sonoridad ejemplar que nunca tuvieron, colocando al atardecer una luz tierna y afectuosa que procede menos del cielo que de nuestra propia edad. Porque uno, caro lector, cree echar de menos aquellos veranos sólo para descubrir, si se concede el incómodo privilegio de ser sincero, que lo que se echa de menos es al muchacho que los atravesaba.

(Siento decir a mis caros lectores que el reciente eclipse solar no me parece relevante para una columna: tan sólo es merecedor del presente y muy objetable escolio)

sábado, 8 de agosto de 2026

Los nombres, las casas, el silencio

Lo primero que abandona la memoria es el nombre. Antaño, cada finca o cada revuelta de las trochas y senderos tenía el suyo. Nunca fueron apelativos decorativos: eran instrucciones de uso, cartografía hablada. El Cotorro se llamaba así porque el agua bajaba de golpe y exigía sembrar tarde. La Tierra del Fraile conservaba el testimonio de una desamortización que nadie recordaba, pero cuyos contornos seguían respetando las lindes como si las hubiese pronunciado un notario. El Teso de las Liebres, la Hoja de Abajo, el Rebollar de Andrés —un Andrés muerto en el ochocientos, cuyo apellido se perdió mucho antes que ese nombre de pila que todavía resuena en la ladera... Son todos ejemplos toponímicos elegidos un tanto azarosamente por mí en esra columna, de entre un par de centenares largos.

Aquel vocabulario existía porque alguien necesitaba nombrar cada parcela para precisar dónde se encontraba. Cuando ya no queda nadie a quien decírselo, el nombre no se olvida de golpe: simplemente parece que se queda sin trabajo. Y una palabra sin oficio sobrevive todavía un tiempo, con la paciencia de un perro viejo, hasta que se extingue sin que nadie acierte a señalar el día exacto de su pérdida.

La concentración parcelaria reunió después las tierras en polígonos, y a los polígonos les asignó números. Parcela 47 del polígono 3. Es una denominación eficaz: cumple su cometido. Simplemente no dice nada a quien no lleve un plano agrario desplegado sobre el capó del coche. Nadie decretó la extinción del Teso de las Liebres. Simplemente dejó de ser necesario. Y en esta tierra las cosas rara vez mueren porque, lo que sí hacen, es volverse innecesarias, que es una forma más lenta y silenciosa de desaparecer.

Después van las casas. Pero las casas tampoco se derrumban de golpe porque una casa desusada con los años no se cae, sino que se abre, como las flores. Primero cede el tejado en un punto preciso —casi siempre junto al tiro de la chimenea— y deja caer sobre el suelo una columna de luz que aquella estancia jamás conoció mientras estuvo habitada. Luego la lluvia trabaja con paciencia sobre el adobe, que fue barro y regresa al barro sin estrépito, con cierta serenidad y parsimonia, como si no le importase volver a su materia originaria una vez que los seres vivientes a los que protege dejan de ser los humanos. Posteriormente entran los pájaros y las zarzas trepan por las paredes y en agosto ofrecen sus frutos en el hueco de lo que fue el hogar, con  desfachatez, porque lo vegetal, que nos antecedió millones de años, no necesita pedir  permiso. Al final resiste la piedra: el dintel, las jambas, el umbral desgastado por el paso de seis generaciones. Pero ya se ha convertido en un marco exento en mitad de un solar, abierto al vacío y con la memoria perdida por completo. Se puede cruzar. Por supuesto. Nada cambia al traspasarlo y, sin embargo, uno pasa instintivamente por el vano y evita pisar el escombro, como si la casa conservara todavía, mucho después de haber perdido el techo y las habitaciones, una última autoridad, o cierto viso de ella, sobre nuestros pasos vacilantes y temerosos. Los míos, sin duda, transidos de tristeza.

Tampoco conviene convertir aquel mundo en una arcadia, cosa que en muchas ocasiones reflejo. Era una tierra dura, cerrada, severa con quien pretendía salirse del margen; incluso las fiestas que hoy recordamos con emoción eran apenas una tregua mínima en un tiempo que no concedía concesiones. Quienes se marcharon no traicionaron ningún paisaje. Se fueron porque el autobús de la mañana ofrecía una salida y porque en las fábricas del norte había trabajo bajo techo. Y eligieron bien. Nadie tiene derecho a exigir a otros que permanezcan en la intemperie para conservar una estampa pintoresca.

Hay una consecuencia de la despoblación de la que apenas se habla —quizá porque incomoda la gravedad del género elegíaco—: el silencio. Es un silencio denso, mineral, del que apenas queda muestra en Europa. En estos valles es posible escuchar una conversación a doscientos metros, la percusión de un pájaro carpintero en la margen opuesta del río, el roce exacto del aire al atravesar las hojas duras de la encina, que suenan a papel seco y no a follaje. Se oye llegar un vehículo varios minutos antes de que asome tras el cambio de rasante. Es un privilegio casi obsceno. Lo disfrutamos precisamente quienes no pagamos su precio. Ese silencio es también una herencia, aunque nadie quisiera dejárnosla porque se trata del legado involuntario de quienes tuvieron que partir.

Las cifras se repiten y son las que son —menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado en amplios tramos de esta Raya, una densidad inferior incluso a la de algunas regiones del extremo norte europeo—, pero los datos han perdido ya su capacidad de sobrecoger. Se han dicho tantas veces que han dejado de significar. Una cifra puede describir el vacío, pero no sabe hacerlo sonar ni que parezca importante. Quizá por eso solo nos quede la tarea minuciosa de los antiguos escribanos: levantar acta. De modo que esto, mis caros lectores, es lo que permanece. Un dintel de granito abierto a un cercado de zarzas. Una parcela que perteneció a las liebres y hoy es una cifra en el catastro. Y este silencio inconmensurable que jamás habíamos oído y que probablemente nos excede.

No pido que regrese nadie. Quienes se fueron tomaron el camino correcto, y quienes quedamos, o quedaremos algún día, no bastamos para mantener abierta una escuela. Tampoco creo que la memoria pueda detener nada. Apenas puede nombrarlo mientras desaparece. Pero mientras alcance, al pasar por ese alto, seguiré diciendo el Teso de las Liebres en voz alta. Aunque no haya nadie al otro lado. Aunque ya nadie necesite saber dónde queda. Aunque solo sea por dar destino a una palabra que se ha quedado sin trabajo.

viernes, 31 de julio de 2026

Lo de Ceuta

"Lo de Ceuta". Así terminarán llamándolo. No les quepa duda. El tono castizo suele encajar muy bien en España. Así es como acostumbramos a amortiguar las catástrofes y convertir los fracasos del Estado en episodios ontológicos. Lo de la dana. Lo del apagón. Lo de los trenes. Lo de los incendios. Ahora toca lo de Ceuta. Siempre quitando hierro (una manera como otra cualquiera de resignarse ante el destino en lo universal, como siempre nos ha caracterizado).

La cuestión es que, a pocos días que pasen, acabaremos hablando de este asunto como si estos días de atrás hubiese estado lloviendo gente sobre la españolísima ciudad africana. Lo llaman invasión civil, pero, si uno lo piensa con la mentalidad propia de las sancheces, que cincuenta o cien mil personas (¿alguien sabe, finalmente, cuántas fueron?) hayan atravesado de forma indebida las frontera físicas españolas bien puede merecer ser catalogado de perturbación atmosférica. Total, lo mismo que en los designios de Su Sanchidad los trenes descarrilan solos, las alambradas también pueden abrirse ellas solas. Bajo esta perspectiva, lo del cuento de hadas alauí se acaba convirtiendo, por arte de birlibirloque, en el enésimo engalle marroquí y la, por consiguiente, enésima afrenta de nuestro país, algo a lo que nadie, en los ministerios, como viene siendo habitual, sabe responder ni reaccionar. Por ese motivo nos venimos acostumbrando, desde hace tiempo, a contemplar la incompetencia del Estado como un proceso metastásico donde lo que hay, y viene habiendo, que es lo peor de todo, no se designa con otro nombre que el de desgracia. 

Oiga. Lo de este país es una desgracia de proporciones bíblicas. El mandato del indocto aglutina en sí mismo las diez plagas de Egipto, lo que significa que tenemos castigo divino de sobra para un par de generaciones, al menos. Pero qué más da. En un desgobierno donde nada, absolutamente nada funciona, cien seres humanos muertos (ahogados, aplastados o destrozados contra los espigones) y más de un millar con necesidad de asistencia sanitaria, deja de ser el triste resumen de una jornada tétrica para devenir la siguiente emergencia felizmente superada. Felizmente para el monclovita, que tiene mejores cosas en las que pensar (todas ellas pendiente de juicio). Con el desgobierno del indocto siempre se cumple la estrategia nefanda de llegar tarde, hablar bajo (entre abucheos) y, después, aplaudirse a sí mismo.

Marruecos es experta en convertir la desesperación de sus ciudadanos en munición diplomática contra España. Por eso lanza a sus súbditos contra nuestras fronteras sabiendo que tendremos que elegir indefectiblemente entre contenerlos, acogerlos o contemplarlos morir en el mar. Esa es la segunda obscenidad fundamental de lo que ha sucedido: que el régimen del subdesarrollado Marruecos emplee a la población como instrumento de presión ante un desgobierno (el español) incapaz de hablar de ello con claridad porque le pillaron al indocto informaciones en el teléfono celular suficientes para chantajearlo de por vida.

Podrá discutirse si existió una orden expresa del Palacio Real o del virrey de Marruecos. Yo, al menos, no lo discutiré porque sé, por deducción, la respuesta. Algunos alegarán que el pasado jueves se celebraba en el reino alauita la Fiesta del Trono y que las fuerzas marroquíes estaban desbordadas o que los rumores difundidos por las redes sociales fueron la causa de que se provocara una concentración inesperada de personas. Lo único sensato es pensar que resulta imposible creer que decenas de miles de personas se puedan aproximar simultáneamente a una frontera vigilada sin que el aparato de seguridad marroquí lo sepa, lo tolere o decida no impedirlo. Y conviene matizar que Marruecos no es un Estado fallido: su policía no desaparece y su Gendarmería no parece que esté muy distraída, lo mismo que sus servicios de información, bastante más potentes que los nuestros, por cierto. Además, España ya había recibido una advertencia previa que, como siempre, el indocto decidió desleír. En 2021, Rabat permitió que alrededor de 10.000 personas entrasen en Ceuta durante la crisis provocada por la hospitalización en España de Brahim Gali. ¿Alguien se acuerda? Marruecos demostró entonces que estaba dispuesto a utilizar la inmigración como arma de coerción y, cinco años después, ese mismo mecanismo se ha vuelto a activar, pero a una escala monstruosamente superior.

Tampoco puede alegarse que no existieran señales. En los días anteriores al 30 de julio, Ceuta llevaba soportando una presión creciente, con alrededor de 1.500 entradas en una semana, lo que se traduce en una ocupación desbordada de los centros de menores y numerosas advertencias públicas de las autoridades ceutíes sobre la existencia de una emergencia nacional. Por todo ello, si usted, caro lector, quiere aparcar la crítica acerva y mordaz el desgobierno del indocto, siempre puede mencionar que lo ocurrido es un fracaso inmenso de previsión, de inteligencia y de mando. Justo de todo aquello de lo que carece el desgobierno actual. Porque si los servicios españoles desconocían que decenas de miles de personas se estaban congregando junto a la frontera, solo puede colegirse que su incapacidad es monumental. Y si resulta que sí lo sabían y el poder político no adoptó a tiempo las medidas necesarias, la responsabilidad resulta todavía mucho más grave. En cualquier caso, otra medalla más para el indocto, cuya incapacidad supera la de todos sus ministros juntos.

Defender una frontera no significa odiar a quien intenta cruzarla. De igual manera que controlar el territorio no es fascismo y aplicar la ley no es ninguna crueldad. Hay gentes que son incapaces de entender algo tan elemental (seguramente porque han crecido y vivido con ello, sin conocer los fundamentos últimos de su bienestar). Una democracia necesita fronteras precisamente porque necesita saber dónde rigen sus derechos, sus obligaciones y sus garantías. Es el motivo por el que no se pide al Estado que dispare a los asaltantes, pero sí que mantenga su existencia pese a las amenazas migratorias. 
La política responsable, ésa que el indocto ignora, como lo ignora todo si no tiene el sabor del dinero, exige sostener simultáneamente dos verdades: que cada persona ahogada constituye una tragedia y que , por tanto, ningún ser humano debe convertirse en material desechable de una disputa geopolítica; y, la segunda, que un país tiene el derecho y el deber de impedir la entrada irregular de decenas de miles de personas en su territorio. Si abrimos las fronteras por compasión, la ausencia de autoridad se convierte de inmediato en impotencia. De igual manera que la ausencia de humanidad en la autoridad degenera en barbarie. Y cualquier Estado democrático está obligado a ejercer ambas, cosa que no hizo el desgobierno español.

Lo que sí ha hecho el desgobierno (siempre lo hace) es la consabida representación teatral. NUestro indocto acudió a Ceuta para condenar formalmente una "violación y ataque a la integridad territorial" de España, prometiendo emplear todos los recursos del Estado. Pero, mire usted, en ese mismo acto, agradeció a Marruecos (su chantajeador particular) la cooperación para materializar las repatriaciones. Es decir, puesto que estamos en tiempos de incendios, el agresor ayudaba a apagar el fuego que había permitido propagar y recibía por ello las gracias del país incendiado. Esta escena resume como ninguna otra la política exterior basada en un miedo pavoroso a molestar a Rabat. El desgobierno habla de una violación de nuestra integridad territorial, pero evita identificar inequívocamente a quien permitió que se produjera. Condena el hecho y absuelve verbalmente al responsable. Eleva la voz ante sus adversarios nacionales y europeos y la baja ante Mohamed VI. 

En las primeras horas, el Ministerio de Exteriores insistió en que las relaciones con Rabat eran "excelentes". El propio discurso oficial marroquí y español trató de atribuir las entradas a rumores relacionados con una resolución del Tribunal Supremo, mientras el Gobierno de Marruecos evitaba responder a las preguntas sobre su actuación. Los analistas señalaban, entretanto, el malestar de Rabat por el acercamiento español a Argelia y por la reciente iniciativa relativa a los descendientes de saharauis. Es posible que nunca conozcamos cuál fue la orden concreta, como es probable que nunca sepamos qué demonios contenía el móvil del indocto para dejarse chantajear de manera tan continuada en el tiempo con total complacencia (empiezo a sospechar que contenía fotos en pelotas de su amante periodista, porque no se entiende si no es así). Pero sí conocemos, y muy bien, el método que se sigue en estos casos: Rabat presiona, España cede, Rabat vuelve a presionar, España termina diciendo que las relaciones entre ambos países son maravillosa.

Es tal la magnitud de loocurrido que ha permitido dejar al descubierto otro fracaso de entre los muchos que llevamos narrando. Por ejemplo, la pérdida de credibilidad (y de confiabilidad) de nuestro desgobierno en Europa. Veintidós Estados de la Unión reclamaron una actuación coordinada para proteger las fronteras exteriores, e Italia reintrodujo temporalmente controles sobre los movimientos procedentes de España, lo cual es un episodio que deja de ser un problema ceutí para terminar convirtiéndose en una crisis europea. El desgobierno puede considerar insolidaria la reacción italiana, o la del mundo entero, si le place, con independencia de que lo sea o no. Pero antes de exigir solidaridad a sus aliados, debería explicar por qué una frontera exterior de la Unión pudo quedar desbordada de semejante manera y qué garantías ofrece España para impedir que vuelva a suceder. Por descontado, no está en situación de ofrecer ninguna de ellas. Y eso que se las pinta solo para dar explicaciones. 

Durante aquellas horas del pasado jueves, los ceutíes vieron comercios cerrados, personas corriendo por las calles, muchedumbres atravesando carreteras y colinas, cadáveres llegar a las playas, y, sobre todo, a policías, guardias civiles, militares, sanitarios y funcionarios intentando contener con profesionalidad y coraje una situación para la que el poder político no los había preparado suficientemente. Vieron todo lo anterior, pero, desde Madrid, solo escucharon explicaciones, porque para el desgobierno siempre hay una explicación y nunca hay un responsable (que se lo pregunten al individuo simiesco que ostenta el mando en el antiguo ministerio de fomento). Podemos cansarnos nuevamente a repetir que hace falta una investigación parlamentaria que determine qué información manejaron el CNI, la Guardia Civil y el desgobierno en los días anteriores; y saber por qué no se reforzó preventivamente la frontera; o por qué no se revisan los acuerdos de cooperación con Marruecos y se refuerzan los medios humanos y tecnológicos de Ceuta y Melilla; y que hace falta reclamar responsabilidades políticas (que nunca se producirán) por parte del ministro del Interior, de Exteriores y de Defensa. Y, por supuesto, del indocto, que no creó la presión migratoria africana ni gobierna Marruecos, pero es responsable de la preparación del Estado español, de la política exterior con Rabat, de los medios desplegados en nuestras fronteras y de la reacción de su desgobierno cuando una ciudad española queda desbordada.

Qué más da. es todo tan cansino que lo de Ceuta, aunque no haya terminado, ha quedado acumulado bajo la torre de indignidades a las que nos vemos sometidos, cada vez con mayor costumbre, los españoles por parte del indocto y su desgobierno.