Las Arribes del Duero —las salmantinas, entiéndase, porque solo Fermoselle puede presumir en Zamora de los cañones rocosos del Duero cuando traza frontera con Portugal— son en invierno un paraje austero, casi monacal. Este pueblo donde paso el tránsito del año fue agrícola y ganadero, de subsistencia. Usted, caro lector, lo sabe perfectamente porque lo cuento siempre de la misma manera por estas fechas. Las casas tienen muros de mampostería irregular, ventanucos estrechos, tejados de arcilla árabe que el liquen ha tornado verdosos. Los huertos están ahora yermos, la tierra endurecida por las heladas. Por las noches el termómetro se desploma hasta los cinco bajo cero y amanece todo escarchado: los bancales, las tapias, los sarmientos de las viñas viejas que nadie vendimia ya.
El silencio aquí es de una calidad distinta. No es el silencio urbano, ese hervidero de ecos amortiguados, sino algo denso, terroso, de una convalecencia grasa. Se impone con una presencia mística. De madrugada, cuando uno se dispone a atizar la lumbre, se oye a lo lejos el ladrido de algún mastín que vigila un redil. Luego nada.
En el cuarto donde tengo los libros y la mesa de escribir —pocos libros, los esenciales, porque esta casa no da para bibliotecas— la luz de la lámpara proyecta sombras temblorosas sobre las páginas. Y es entonces, en esa quietud que antecede al jolgorio del salón donde han aguardado las uvas y el champán, cuando uno percibe el latido del propio corazón, ese metrónomo que marca los días restantes sin que sepamos cuántos quedan en el contador. Incluso me esfuerzo por olvidar cuántos años han transcurrido desde la última vez que, en familia, vimos caer la postrera hoja del calendario. De verdad que no lo quiero recordar. Me parece que ha pasado mucho más tiempo del que llevo acallando esa memoria de los recuerdos malditos. Si existe un infierno, está poblado de remembranzas. Dios creó el cielo para que las almas olvidasen su existencia mundana: qué desagradecimiento.
Hay algo en estos parajes remotos, en estas casas donde el frío se enquista en los muros y donde las generaciones se han ido sucediendo labrando la misma tierra ingrata hasta que el progreso, finalmente, decidió que esto no es vivir, que invita a pensar en la propia finitud sin aspavientos. Como si el paisaje, tan despojado, tan terroso, recordase que uno también es materia que se agosta, como en las canículas estivales, pero por el frío espeso y despiadado.
Que las celebraciones de Año Nuevo son un conjuro contra esa evidencia, una ficción colectiva para convencernos de que el tiempo es otra cosa distinta al desgaste inexorable de los cuerpos, es indudable. Es el motivo por el que no he solazado ninguna de ellas en mi vida con jolgorios descabellados o risas irredentas que a la mañana siguiente solo provocan vergüenza (a quien la tenga).
Pero afuera, mientras tanto, en el segundo día del año, siguen las estrellas, insondables, indiferentes. Y el Duero, que lleva milenios horadando el granito, continuará su curso cuando ya no quede nadie aquí para escucharlo. Sólo espero que mi alma entonces se encuentre allá donde pueda seguirlo recordando.