viernes, 11 de septiembre de 2026

Geranios en los bolardos

Nadie inauguró los bolardos. Absolutamente nadie. No hubo un pleno del Congreso, ni cinta que cortar de manera tan anacrónica como risible, ni mucho menos hubo fotografías subidas de inmediato a Instagram (el paradigma de la inmediatez infinita). Toda la narrativa se limita a constatar que aparecieron un martes frente al mercado navideño —con macetones de hormigón de tonelada y media, y un geranio encima para disimular— y, el domingo siguiente, ya no los veía nadie y nadie recordaba haberlos visto. Así ha sido y así se explica nuestra derrota. Sin un acta de rendición que sirva de testimonio para la Historia, sin vagón de tren en Compiègne. Tan sólo la triste resignación de un mobiliario urbano que rezuma incredulidad por todas sus costuras. 

El espejismo duró lo mismo que cualquier suspiro en aquella década. Con los cascotes del Muro todavía calientes, el mundo libre se convenció de que la historia humana había cruzado su línea de meta y de que la democracia liberal, el libre mercado y la secularización incondicional eran el destino escrito para todas las sociedades. Tal vez porque la nuestra era la única sociedad plausible. Posiblemente lo era, e incluso tal vez debiera serlo sin debate. Pero el magín de las gentes suele opinar de modo contrario a lo que consideramos mejor. Hoy, aquella soberbia intelectual resulta francamente cómica. El engaño de la paz perpetua quedó sepultado bajo los escombros del once de septiembre, y con él la idea de que los fervores teocráticos eran cosa de museo. Un cuarto de siglo después, al otro lado del Atlántico, Europa no está siendo solamente derrotada porque Europa se está retirando por decisión propia. Vivir para ver.

Lo perdido es difícil de explicar a quien no lo ha presenciado en sus propias carnes y con sus propios ojos. Había una ligereza civil en la Europa de los últimos años del siglo veinte, un modo desenvuelto de estar en la calle, tan maravilloso y auténtico, que parecía increíble que tal Empíreo hubiese podido surgir bajo los escombros de un continente destrozado por las guerras más bárbaras que presenciarse pudiera. Todo aquello lo hemos cambiado por la institucionalización de una sospecha infinita y universal que tampoco conduce a ninguna parte. Nos desnudan biométricamente en los aeropuertos. Cruzamos estaciones patrulladas por militares con el fusil cruzado sobre el pecho. Entregamos cada día un trozo de privacidad digital a cambio de una seguridad preventiva que jamás termina de garantizarse. Aceptamos el estado de excepción permanente convencidos de que sacrificar libertad a plazos es el precio de conservar el esqueleto del sistema... Somos idiotas o estilos, o tal vez ambos q un mismo tiempo. No hemos sido capaces de advertir que en esa erosión se nos ha ido desangrando lo único que teníamos que defender. Nuestra identidad y nuestra Historia.

La misma fatiga explica la incompetencia que manifestamos ante la trampa del multiculturalismo. Y no es una cuestion de izquierdas sino de indolencia intelectual, que es común a todas las riberas de un río. Europa levantó su orden de posguerra sobre el pilar irrenunciable de la pluralidad y ha terminado estrellándose contra la advertencia de Popper: la tolerancia ilimitada hacia quienes desprecian las reglas del juego acaba devorando esa misma tolerancia. Justo lo que ha sucedido, por comodidad, por indolencia, por egoísmo... Al acomodar el islamismo político en las costuras de la sociedad abierta, las democracias no han integrado absolutamente a nadie; han repartido legitimidad, locales y subvenciones entre ideologías que nos detestan. La parálisis jurídica frente a quien emplea la garantía constitucional para desmontar la laicidad no es ninguna prudencia. Es la incapacidad manifiesta de trazar una raya. Somos así de chulos. Creemos que con el solo pensamiento basta.

Donde la claudicación resulta más humillante es en el asunto de las mujeres. Los derechos arrancados al conservadurismo siglo a siglo, en una emancipación agónica, se negocian hoy a la baja en nombre del respeto a la diversidad cultural. La segregación por sexos en los espacios comunitarios, el código de modestia impuesto a niñas de nueve años, el retroceso entero de los valores ilustrados: todo eso se ampara bajo el paraguas de la identidad minoritaria, y todo eso lleva la firma del progresismo contemporáneo. Cuando el feminismo occidental renuncia a la universalidad de los derechos por miedo a ofender un dogma religioso, lejos de practicar la inclusión lo que hace es capitular ante un patriarcado milenario al que juró, una vez, destruir. Y deja a la intemperie precisamente a las mujeres que no tienen a quién recurrir.

Faltaba el más viejo de nuestros demonios, y ya ha vuelto. El repunte del antisemitismo en las capitales europeas. No es éste un efecto colateral de Oriente Medio, por cómodo que resulte decirlo. Es la erupción de un odio atávico que nunca abandonó del todo el subsuelo del Viejo continente y que ahora ha encontrado un disfraz abominable, aunque muy presentable en su retórica, en la dialéctica antisionista. Se lleva igual de bien en los sótanos de la extrema derecha que en las tribunas universitarias donde imperan los comunistas de salón y los anarquistas de medio pelo. Los judíos han funcionado siempre como el canario en la mina de las democracias: cuando ellos dejan de estar seguros, es que el aire ya no es respirable para nadie, y lo que viene detrás es el triunfo de la tribu sobre el estado de derecho.

No asistimos a la caída épica de un imperio asediado por fuerzas externas imparables. Lo nuestro es una decadencia minuciosamente administrada. Roma no sucumbió en una jornada bajo el empuje de las tribus: se fue vaciando antes de su propia sustancia, externalizó su defensa, dudó de la legitimidad de sus leyes y se enamoró mórbidamente de las costumbres de quienes la despreciaban en secreto. Nosotros hemos sustituido la convicción por el procedimiento y la defensa de la libertad por la gestión de riesgos. La neutralidad analítica con que medimos nuestro propio retroceso es la prueba más incontestable de que ya ha ocurrido. 

No hará falta que nadie nos derrote en ningún campo de batalla. Bastará con que sigamos plantando geranios en los bolardos.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Vacar

Registra el diccionario, con cierta parquedad, porque en esto de la lengua nuestros académicos tienden a recuperar la circunspección de los notarios, cuatro acepciones para el verbo que titula esta columna, de las cuales sólo me interesan la primera y la última. Dice aquélla, que trátase de no trabajar por algún tiempo y quedar un lugar sin ocupante. Obvio es, ya no lo dice nadie, aunque todos conocemos y usamos el felicísimo sustantivo que desencadena. Ahora decimos lo de desconectar, o hacer puente, o irse de vacas, que no significa ordeñar al querido artiodáctilo patihendido hembra que nos proporciona la leche con toda la lactosa (y la nata). En cuestiones así, quien más quien menos vaca de acervo lingual (y les acabo de dar la última de las acepciones), y si no me creen pregúntele a alguna inteligencia facticia lo que muestran las estadísticas en Estados Unidos, sin ir más lejos, acerca del grado de comprensión lectora de los discursos de Abraham Lincoln (murió hace 160 años, su bisabuelo o tatarabuelo de usted —según la edad que tenga mi caro lector— lo conoció sin duda alguna, lo mismo que a O'Donnell, Narváez, Prim o Serrano, a quienes seguramente mis carísimos lectores conozcan no por recordar la Historia que estudiaron de niños, y que ya no se estudia, sino por sus visitas a Madrid).

Anoche, en algún pueblo, desmontaron el tablado. En puridad, ya no se estila lo de las tablas de un remolque o de un carro desde donde los grupos de música amenizan las veladas: ahora se llevan los tráileres de los camiones que, al desplegarse como una papiroflexia, exhiben escenarios para los músicos y cantantes que váyase usted a reír del Corral de la Pacheca. Seguramente llegaron a la plaza dos hombres en una furgoneta y, con una escalera de aluminio, fueron recogiendo la guirnalda de bombillas de color que había sido dispuesta para colorir los bailes, lo mismo que se devana una madeja, vuelta sobre vuelta, hasta dejarla hecha un ovillo sucio en el suelo de alguna caja. Las alcayatas, de haberlas, quedaron en las fachadas: ésas no las quita nadie hasta el año que viene porque seguramente vuelvan a emplearse. Ahora que las calles de todos los pueblos se han cementado, no podemos atestar que esté aún reciente la polvorina del rectángulo de tierra pisada por los que bailan, que son quienes se divierten, porque los que tocan se amuelan. La arena seca, repleta de holladuras y otras improntas, probó una vez que allí hubo gente divirtiéndose. Ahora, el hecho probatorio son los vasos de plástico esparcidos por el suelo y la mucha basura acumulada en cualquier parte.

Ya está el campo en otra cosa. Se han engrandecido los rastrojos y algunos tractores han comenzado a arar la tierra. El tempero, este año, como otros anteriores, mucho no se aguarda: apenas queda ya quien lo aproveche. Es septiembre, y huele distinto desde el primer día: vislumbra que esto se acaba. Ni siquiera hace falta que refresque. Las postrimerías del estío se anuncian en la menguada luz que reciben nuestros cueros aún en manga corta, y en la cada vez peor calidad del sol, que se ha vuelto más bajo y, diría yo, más honrado. Tal vez, menos gallardo.

Ay, las ruidosas fiestas del verano. Antes, eran de guardar. Conviene no mancillar esta expresión con demasiadas bromas. Aunque huelga decir que no era la fiesta, religiosa primero, laica más tarde, lo que juntaba a la gente. Esa unión de todos, salvo los chincharrabias de siempre, que bien conocidos eran por toda la parroquia, la coadyuvaba lo demás: la hacendera, cuando salía el pueblo entero a componer el camino sin que nadie cobrase ni nadie faltase; o la vez del aprovechamiento de los rastrojos, tras abrirse la hoja, un día cada casa con el ganado de todas después de la siega para que entrara en la tierra de uno el rebaño del vecino... Las tareas agropecuarias eran la perfecta argamasa que componían vecindades y aldeas, sobre todo tras la siega y la cosecha, cuando se hacían encajar los festejos. Por eso, en la fiesta, que normalmente duraba sólo un día, no se bailaba con el convecino porque cayera mejor o peor, sino porque su marido, o la esposa, llevaba nueve meses guardando la piara. 

Como bien saben mis lectores, no puedo echar de menos aquello que veo por estas fechas. Pero no es la vulgaridad de las fiestas de ahora, con sus estrépitos y chocolateros y músicas estultas lo que me indigna o duele, sino su absoluta y total falta de necesidad. Hemos arribado a una época en la que cualquier sábado representa una jornada de asueto (antaño, los fines de semana no representaban gran diferencia para los agricultores, salvo por la misa dominical). Por eso no acudo ni tengo sensación de que las verbenas y convites reúnan a nadie importante. Los que merecían la pena, como mi tío, o Serafín, o Julián "Ladero" (porque era cheposo), tiempo ha que se fueron. La fiesta de un pueblo ha dejado de ser un lugar para convertirse en una disponibilidad de juerga y griterío insufrible: una cosa agostiza, nacida fuera de sazón aunque crece mucho y arraiga (a la vista está que las escenas estúpidas que propician se repiten aún por toda la geografía patria).

Diré, no obstante, algo que es de justicia. Aquellos hombres que se juntaban tres días al año pagaban ese milagro con once meses y veintisiete días de una vida que nadie querría hoy para un hijo suyo. Los que se marcharon hicieron bien en marcharse, no seré yo quien afirme lo contrario. Uno no tiene derecho a exigirle a un pueblo que siga siendo pobre sólo para que a mí me resulte hermoso. Pero, sí: entonces era muy hermoso. Hoy son cuatro casas mal plantadas y ciento en proceso de derrumbe a las que acude un mocerío urbano cuya única presencia es el porte jovenzano y un cráneo vacío por dentro de todo.

Mañana, o pasado, se irán los últimos coches, y si llevasen las matrículas de entonces, diríase que ya marchan los forateros, los de fuera, los que medraron en Bilbao, como los Tórtolos, o en Barcelona, como los Cohetes, o en Madrid, como tantos otros. A esta hora, que redacto las últimas palabras de esta columna, se llamaba con la campana de la Yglesia (así viene escrito en el frontal de la de mi pueblo) al rosario: yo lo viví de niño. Mi abuela se ajustaba el velo de capilla y salía de casa para su cita con los misterios de Cristo, la letanía lauretana, la salve, el responso por los difuntos del pueblo, el trisagio y los gozos por la Natividad de Nuestra Señora, por ser septiembre. Anteayer, aún sonaba la charanga. También acabó el serano, aquello de hablar con el vecino tras la cena. Sólo queda, más o menos igual, el lejío, cada año más difícil de ver. Con las últimas lluvias ha verdeado un tanto.

viernes, 28 de agosto de 2026

Friura de agosto

"En agosto, frío al rostro"  decían los viejos de mi tierra. Tardé años en comprender que el susodicho refrán no era tanto una queja como un parte meteorológico con cuatrocientos años de servicio: más fiable que cualquier aplicación que hogaño nos arroja el teléfono y, por descontado, completamente gratis.

Tiene su miga. Y yo, caro lector, paso a detallarla. Porque da la casualidad de que el reconocido refrán venía ya recogido en el "Vocabulario de refranes y frases proverbiales"  de Gonzalo Correas, fechado en 1627. Concédanme, pues, la absolución del redondeo y les devolveré un regalo añadido que quizá ustedes, lectores míos, quieran cobrarse en alguna tertulia: Correas era catedrático en Salamanca, es decir, el refrán lo dejó por escrito un salmantino, uno de mi tierra. Difícil pedirle mejor pedigrí a una columna de Las Arribes.

No obstante lo anterior, la prudencia exige anunciar los matices. El primero, que Correas lo recogiera en 1627 significa que ya circulaba, probablemente desde mucho antes —los refraneros del XVI, como el de Hernán Núñez, andan llenos de material agostino—, así que posiblemente el refrán peque de más viejo de lo que digo, nunca de menos. Y segundo, que cito a Correas de memoria...

Pero veníamos hablando de ese frescor que se anuncia mediado agosto, que no es algor (lo cual sería mucho decir), y yo pienso que ni siquiera tiene dignidad de frío. Los que hemos leído demasiado tenemos para ello una palabra que ya nadie usa y que pienso usar de todos modos, porque ya la anuncie en el título: friura. La traen Berceo y el Arcipreste, que algo sabían de inviernos cuando la calefacción era una invención desconocida, todo lo más, arrimada a los rescoldos de una lumbre. El caso es que, desde entonces, esta palabreja anda por el diccionario como los cervatillos por mis carreteras de agosto: quieta, íngrima, atenta al rumor sordo de los hablantes que pasan de largo buscando palabras más cómodas.

La cuestión que traigo a colación en este galanteo climatológico es que ha llegado, finalmente, a las Arribes, y a todas partes, la temida segunda quincena de agosto, con los forasteros ya plegados y devueltos a sus ciudades o a las playas por aquello de rascar un poco más el tiempo de asueto, y resulta que ha llegado por do arriban todos los pesares del alma: por las umbrías. Uno baja pedaleando, paralelo al Duero, a las nueve y media de la tarde, en manga corta por pura soberbia, y en la primera revuelta sombría el relente se posa en los antebrazos y en las piernas con una educación finísima y antiquísima, de la que ya no se estila en parte alguna. El sol, a punto de ponerse, sigue perjurando que es julio y que el mes augusto jamás entró en el calendario. Pero miente. Está mintiendo. Miente con la convicción del actor que se sabe el final de la obra y estira su monólogo, y uno le agradece la mentira como se agradecen todas las piadosas: sin creérsela en absoluto, pero concediendo el valor de la elegía.

Los veraneantes toman buena medida de la fresca de estas aún luengas tardes y por eso se van. Y yo añado que está muy bien que se vayan. Los de aquí la leían de otro modo. Decían "va cayendo el año", al igual que la fruta, por madurez, que no por otra cosa. Mi abuela —que jamás pronunció la palabra melancolía, entre otras cosas porque le sobraban tres sílabas— sostenía que agosto no termina el treinta y uno sino la primera noche en que se cierra la ventana. Llevo media vida comprobando que los calendarios de pared no han conseguido refutar su sabiduría.

Y por último está lo del cervatillo. En julio huye de mi bicicleta apenas descifra su sonido sordo; ahora se queda mirándola un instante más de la cuenta, un instante largo, casi litúrgico, como una misa a la Virgen del mes, cualquiera que sea o toque, cosa que no me ofende por mucho que los parroquianos saquen en andas a la patrona para otorgar sacralidad a sus más bajos apetitos estivales. Hay cierta cortesía en esa blasfemia que ya quisieran para sí muchos desahuciados urbanitas, tan defensores de lo animal como irreverentes con los campos de los que retornan sin haberlos entendido en absoluto. La moción, que ya tardo en mencionar, es que la carretera por donde pedaleo volverá a ser muy pronto de la naturaleza, lo será en dos semanas, aunque la dehesa lo sea desde siempre, y yo, que me tengo por hijo de esta tierra, no acertaré a ser entonces otra cosa que el último forastero, el que tarda un poco más en irse.

Por eso, cuando la friura me toca ahora el rostro en la bajada, no me abrigo en absoluto. La dejo estar, igual que se deja estar a las visitas antiguas, siempre molestas. Porque nosotros, los del estío, somos esas visitaciones molestas e impertinentes. Y el refrán nos señaló siempre el momento de retirarse, solo que lo dijo en voz tan baja que hicieron falta cuatrocientos agostos para que pudiéramos escucharlo.

viernes, 21 de agosto de 2026

Los que todavía aplauden

El problema ya no es el indocto, Pedro Sánchez. El nefando impresidente es perfectamente conocido. No constituye ningún misterio psicológico, ningún enigma político, ninguna esfinge que todavía aguarde a su Champollion. Ocho años son tiempo suficiente para estudiar a un hombre, medir sus escrúpulos, conocer sus límites y comprobar, sobre todo, que poseen la extraordinaria propiedad de desplazarse a donde sea cada vez que uno se aproxima a ellos. Sabemos quién es. Y es relativamente simple adjetivarlo.

Lo incomprensible son los otros, los que todavía aplauden y encuentran una explicación para todas las barbaridades que el indocto acomete (que son innúmeras). Lo esotérico es el pensamiento de quienes descubren una excepción después de cada excepción previa; una emergencia nacional detrás de cada abuso palaciego; una razón de Estado tras cada conveniencia partidista; una finalidad siempre noble detrás de cada golfería; una pirueta dialéctica más enrevesada que la anterior, mediante la cual aquello que ayer era intolerable hoy se vuelve imprescindible y mañana será, a todas luces, progresista. Ellos son el verdadero fenómeno político de nuestro tiempo. Porque un gobernante sin escrúpulos es un problema antiguo. Está inventado desde que el primer homínido descubrió que podía quedarse con la parte del mamut que correspondía al de al lado.

Es fascinante contemplar a miles y miles de ciudadanos cultivando voluntariamente una forma de obediencia intelectual mediante la cual han conseguido convertir en virtud exactamente aquello que hubieran considerado infamia de haberlo cometido el adversario. Ese, y no otro, es el prodigio, el milagro. No lo es el mediocre y bastante zafio Sánchez. Hay una pregunta muy sencilla que debería formularse cualquier demócrata alguna vez en su vida: ¿Qué tendría que hacer el partido al que voto para que yo dejara de votarlo? Fíjense bien: no me refiero a qué tendría que hacer el partido contrario para votarlo, ni a plantear las atrocidades que podrían cometer Feijóo, Abascal, Ayuso, Trump, Meloni o el espantajo que cada semana distribuye la factoría monclovita de espectros. La pregunta es mucho más difícil. ¿Qué tendría que hacer el mío, qué habría de hacer el PSOE (pongamos por caso)? ¿Mentir otro tanto más, aunque sepa que jamás ha dicho la verdad de nada? ¿Incumplir nuevamente aquello que prometió, pese a no haberlo cumplido jamás? ¿Pactar con aquellos con quienes juró que nunca pactaría, pese a haber perdido la vergüenza a una velocidad descomunal solo por justificar el insomnio? ¿Defender como constitucional aquello que poco antes consideraba inconstitucional? ¿Colonizar todas las  instituciones? ¿Atacar a los mismos  periodistas una y otra vez?  ¿Desacreditar a los jueces? ¿Convertir cada investigación sobre su entorno en una conspiración universal? ¿Hacer de la excepción parlamentaria una costumbre? ¿Administrar la frontera marroquí de una nación con la misma consistencia con la que se administra una veleta? Todo lo anterior se resumen en un: "¿hasta dónde?". Porque tiene que existir un hasta dónde. Porque si la respuesta es ninguna parte, si no existe acontecimiento imaginable que pueda hacer retirar la confianza de cualquier votante, entonces no hablamos con propiedad de electores, sino de otra cosa: de creyentes, y bastante extremistas. Las democracias necesitan ciudadanos, no creyentes, pero parecen nutrirse principalmente de estos últimos. 

Todo puede ser explicado. El universo entero es susceptible de explicación. También existen explicaciones para que un avión se estrelle, para que quiebre un banco, para que se hunda un puente o para que un cirujano extirpe el riñón equivocado. Pero gobernar consiste precisamente en responder a aquello que ocurre cuando todas las explicaciones ya han sido formuladas. Esa diferencia elemental entre explicar y responder parece haber desaparecido de nuestra vida pública. Y ahí está la trampa. El indocto ni siquiera necesita demostrar que ha gobernado bien. Le basta con decir que ya lo está haciendo. No necesita defender sus decisiones, por muy egoístas que sean. Le basta con atribuir intenciones siniestras a quien las critica. Tras él siempre aparece, de inmediato, el pequeño ejército de justificadores, tertulianos, columnistas, profesores, militantes, activistas y vecinos que, hasta ayer mismo, incluso parecían razonables. Todos ellos, sin excepción, entregados a la singular tarea intelectual de demostrar que jamás sucede exactamente lo que acabamos de ver suceder. E, incluso en el caso de que admitan que, de hecho, sí ha sucedido, en realidad no significa en absoluto lo que parece. Y, rizando más el rizo, si incluso después de todo ello significa lo que parece, se justifica porque otros hicieron algo parecido en el pasado. E incluso en la eventualidad de que no lo hicieran, se justifica en que las circunstancias eran totalmente distintas. Y si, pese a todo, al término de todas las cavilaciones sobre circunstancias y pasados y personas y parecidos, resulta que todo era distinto, al menos queda el consuelo de que no gobierna la derecha. Fin de trayecto.

El indocto que nos desgobierna pasará. Todos pasan. Pasó Felipe González. Pasó Aznar. Pasó Zapatero (hasta fechas recientes). Pasó Rajoy. Y pasará Sánchez, aunque probablemente haya que explicárselo varias veces. Lo que después sí queda es una sociedad maleducada durante años. Y ahí empieza el verdadero miedo. Hemos acostumbrado a una parte de España a considerar la política no como una administración temporal del poder, sino como una guerra antropológica entre buenos y malos. Si gobiernan los buenos, casi todo está permitido porque la alternativa consiste en que gobiernen los malos. Ésa es una de las ideas más tóxicas que pueden inocularse en una democracia. Pero una democracia funciona exactamente al revés. Funciona cuando uno está dispuesto a expulsar del poder a los suyos. Cuando un socialista puede decir: hasta aquí. Cuando un conservador puede decir: hasta aquí. Cuando un comunista, un liberal, un nacionalista o quien sea, entiende que existen determinadas reglas anteriores a su partido y superiores a su conveniencia. 

La democracia comienza donde termina la tribu. Y nuestra desgracia consiste en que hemos recorrido durante años el camino contrario. Por eso resulta tan inútil seguir preguntándonos por qué el indocto es capaz de hacer lo que hace. La única respuesta es porque puede, al disponer de todos los recursos del poder, y porque muchos lo amparan y justifican, incluso aquellos que deberían ejercer de contrapeso (y no lo ejercen, con total desvergüenza, caso de la Fiscalía, el Constitucional, la Abogacía del Estado...). En su infinita ignorancia, tiznada por completo de egoísmo y avaricia, ha descubierto algo extraordinariamente sencillo acerca de una parte de los españoles: que no necesita convencerlos de que tiene razón. Le basta con recordarles quién está enfrente y lo que ellos ganan poniéndose de su parte. Es así de barato y de sencillo. No es tan sólo que el BOE reparta dineros y prebendas, puestos y sinecuras: también reparte la animadversión por un adversario al que, por simple egoísmo, se odia. Por tal motivo el indocto se contradice por la mañana y exige obediencia a su contradicción al mediodía. Puede sostener una cosa durante años y proclamar después la contraria con la solemnidad de haber recibido las tablas del Sinaí. Por ese motivo puede convertir una necesidad parlamentaria en un avance histórico, transformar sus muchas derrotas en victorias, las mentiras en rectificaciones, los fracasos en resistencia, las investigaciones judiciales a su hermano o su mujer (o a él mismo, tiempo al tiempo) en persecución política. La gran infraestructura construida por el sanchismo no son las pésimas carreteras, los descarrilamientos de ferrocarriles o los hospitales a medio acabar. Es la ingente lavandería moral que funciona veinticuatro horas al día, donde entra una contradicción y sale una adaptación responsable; o entra una mentira y sale un cambio de opinión; donde entra una nueva concesión al separatismo y sale un esfuerzo por la convivencia. Entra una crítica y sale el fascismo. Es una fábrica formidable. No desperdicia nada.

Luego está esa superioridad moral. Ah, sí, esa superioridad moral. Quizá sea la pieza más importante del mecanismo. Porque para justificar permanentemente lo injustificable es imprescindible convencerse previamente de que uno pertenece al bando de los justos, al bando correcto de la historia (de hecho, así lo promulgan, con toda desfachatez, y muchos lo escuchan absortos). Una vez adquirido ese certificado de bondad, todo lo demás resulta mucho más sencillo. Pueden equivocarse, y robar a manos llenas, pero las intenciones eran buenas. Los otros pueden, tal vez, acertar, pero sus intenciones son siempre perversas. Ellos rectifica, los otros mienten. Ellos ocupan las instituciones para protegerlas, los otros solo pretenden destruirlas. Ellos ejercen la libertad de expresión, los demás solo propagan odio y bulos. Mediante esta extraordinaria contabilidad moral, cada conducta recibe un nombre diferente dependiendo de quién la practique. Orwell habría pedido todos los derechos de autor.

No estoy diciendo que todos los votantes socialistas sean así. Sería absurdo. Solamente un 99,9% de ellos. Algunos (pocos) llevan años abandonando al PSOE, criticando al Gobierno o contemplándolo con un grado creciente de incomodidad. E incluso existen socialistas que conservan una concepción institucional de España, de igual manera a como hay conservadores capaces de avergonzarse de los suyos. Por eso, reitero, el problema son los incondicionales, los que no necesitan saber qué ha ocurrido para saber qué opinan, los que reciben la posición correcta y después buscan los argumentos. Los que han sustituido la conciencia por la pertenencia. A todos esos ciudadanos quisiera hacerles una pregunta muy pequeña que ni siquiera hace falta que respondan, mucho menos en público. ¿Hay algo que pudiera hacer e indocto que les pareciera imperdonable? Algo. Una cosa. Una sola. Y si después de ocho años no consiguen encontrarla, entonces quizá deberían considerar una posibilidad bastante incómoda: que el problema ya no sea el indocto sino ellos mismos.

Ninguna democracia dispone de mecanismos suficientes para protegerse de un ciudadano que ha decidido renunciar voluntariamente a juzgar. Podemos disponer de tribunales, de parlamentos, de Constituciones, de Defensores del Pueblo, de Tribunales de Cuentas, de prensa libre, de elecciones, de contrapesos, incluso (si se me permite la utopía) de separación de poderes. Al final de todo ese entramado institucional siempre hay un hombre o una mujer introduciendo una papeleta en una urna. Y si esa persona ha decidido de antemano que su partido será inocente haga lo que haga, toda la formidable arquitectura constitucional termina descansando sobre arena. Y ése es el lugar exacto en el que la democracia se vuelve vulnerable. No cuando aparece el primer gobernante dispuesto a tensar las reglas (gobernantes así los ha habido y los habrá siempre), sino cuando una masa suficiente de ciudadanos comienza a considerarlas secundarias siempre que las tense uno de los suyos.

viernes, 14 de agosto de 2026

En la mitad de agosto

En la mitad exacta del mes, entre el 14 y el 16, cuando el calor sigue arreciando, aunque al alba se refresca el rostro aún adormecido, la Iglesia colocó desde antiguo una de sus grandes fiestas sobre la imagen de un cuerpo sustraído a la servidumbre del tiempo.

Conviene distinguir, que ambas circunstancias suelen confundirse. La fiesta es antiquísima. En Jerusalén ya se celebraba en el siglo VI la Dormición de María, de allí pasó a Oriente y, posteriormente, a Roma, con todas las variaciones y disputas que cabe esperar tras quince siglos de tradición litúrgica. El dogma, en cambio, pertenece a nuestro tiempo. Pío XII lo definió el 1 de noviembre de 1950, mediante la constitución Munificentissimus Deus, y fue —dato que suele esfumarse entre las innúmeras minucias de la historia eclesiástica— la única ocasión en que un pontífice recurrió a la infalibilidad ex cathedra después de formalizarse en el Concilio Vaticano I, en 1870. Dicho de otra manera: pasaron ochenta años de extraordinaria potestad para ser ejercida, una sola vez, para afirmar el extraordinario suceso de que un cuerpo físico no fue sepultado tras la muerte. 

Hay cierta elegancia, y es considerable, en la propia fórmula empleada. La definición establece que María, "terminado el curso de su vida terrena", fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial. Nótese: terminado el curso. No dice que estuviera muerta, y tampoco que estuviese viva. La expresión, sutilísima, sortea deliberadamente una cuestión que había dividido durante siglos a teólogos y escuelas de todo ramo: si María, la madre del Señor, conoció o no la muerte antes de la Asunción. La discreción doctrinal hoy, por lo ingenioso, resulta exótica. Se afirma lo trascendente y se deja en penumbra lo accesorio, fijando con elegancia el misterio y renunciando a violentarlo de manera innecesaria. Hay silencios que empobrecen y silencios que preservan. El de la Asunción de María pertenece a los segundos.

Y todo ello se indoctrinó en 1950, cinco años después de que Europa terminara de contar sus muertos y comenzara a comprender que ni siquiera sabía cómo contarlos realmente. Una década después de acabada nuestra Guerra Civil, cuando aún las ciudades estaban convertidas en polvo, los campos atesoraban cuerpos apilados, extraviados, evaporados bajo el fuego o enterrados sin nombre. Sucedió tras una primera mitad del infausto siglo XX que ya había transfigurado la carne humana en materia prima para la Historia. Con la muerte y la violencia aún calientes, Roma proclamó solemnemente que hubo un cuerpo —uno solo, según aquella definición— que quedó a salvo del destino común a todos los seres humanos. Obviamente, los dogmas no nacen de las coyunturas y el movimiento asuncionista llevaba décadas, siglos incluso, acumulando devoción, tratados y peticiones de toda clase. Pero las fechas disponen de cierta elocuencia. 

Cómo suele ser habitual, la teología dispone de su contrapartida banal. Todos los años, por estas mismas fechas, de hondo significado para mí por cuanto Asunción era el nombre de mi madre, escribo que los agostos de mi juventud podían considerarse llenos, pese a las muchas carencias, y que los actuales, se han ido vaciando de todo aquello que conforma la naturaleza humana de los seres pensantes. Pero mi recuerdo del quince de agosto esconde, no obstante, una pequeña impostura de la memoria. Los hombres que llevaban las andas en procesión, durante la ceremonia eclesiástica, no participaban de una estampa idílica. El esfuerzo, bajo el calor, podía considerarse severo. Avanzaban con la camisa adherida a la espalda, el cuello hinchado, el sudor bajándoles por las sienes y los hombros sometidos a la crueldad lenta y constante del varal. Sobre ellos, la Virgen permanecía inmóvil, serena, blanca, ajena a cualquier jurisdicción de la canícula y el polvo. Lo que la procesión de la Virgen de Agosto anunciaba era precisamente que, abajo, sobre la tierra, se hallaba el esfuerzo y, arriba, bajo el cielo, su completa abolición. Alrededor flotaba un aire espeso que, dentro de la iglesia, estaba compuesto de cera derretida, flores, perfume y multitud. Se trata de una sensación que pocas reconstrucciones sentimentales de las fiestas de los pueblos suelen recordar, especialmente en las jornadas veraniegas dominadas por los insufribles paquitos chocolateros y las más diversas chorradas del verano. Afortunadamente, la nostalgia posee también sus pudores y elimina del pasado casi todo cuanto sobra.

No es que aquellos agostos estuvieran más plenos que los actuales. Simplemente, nosotros estábamos mucho más llenos, sin necesidad de móviles, redes sociales, estupideces instantáneas y una desorbitante conexión deshumanizadora. La Virgen era llevada en volandas sin que nadie le hiciese una foto o la publicase en parte alguna. Es una suerte que la memoria barnice de modo eficiente. Pule las aristas, atenúa los treinta y muchos grados, blanquea las paredes, e incluso devuelve a las campanas una sonoridad ejemplar que nunca tuvieron, colocando al atardecer una luz tierna y afectuosa que procede menos del cielo que de nuestra propia edad. Porque uno, caro lector, cree echar de menos aquellos veranos sólo para descubrir, si se concede el incómodo privilegio de ser sincero, que lo que se echa de menos es al muchacho que los atravesaba.

(Siento decir a mis caros lectores que el reciente eclipse solar no me parece relevante para una columna: tan sólo es merecedor del presente y muy objetable escolio)

sábado, 8 de agosto de 2026

Los nombres, las casas, el silencio

Lo primero que abandona la memoria es el nombre. Antaño, cada finca o cada revuelta de las trochas y senderos tenía el suyo. Nunca fueron apelativos decorativos: eran instrucciones de uso, cartografía hablada. El Cotorro se llamaba así porque el agua bajaba de golpe y exigía sembrar tarde. La Tierra del Fraile conservaba el testimonio de una desamortización que nadie recordaba, pero cuyos contornos seguían respetando las lindes como si las hubiese pronunciado un notario. El Teso de las Liebres, la Hoja de Abajo, el Rebollar de Andrés —un Andrés muerto en el ochocientos, cuyo apellido se perdió mucho antes que ese nombre de pila que todavía resuena en la ladera... Son todos ejemplos toponímicos elegidos un tanto azarosamente por mí en esra columna, de entre un par de centenares largos.

Aquel vocabulario existía porque alguien necesitaba nombrar cada parcela para precisar dónde se encontraba. Cuando ya no queda nadie a quien decírselo, el nombre no se olvida de golpe: simplemente parece que se queda sin trabajo. Y una palabra sin oficio sobrevive todavía un tiempo, con la paciencia de un perro viejo, hasta que se extingue sin que nadie acierte a señalar el día exacto de su pérdida.

La concentración parcelaria reunió después las tierras en polígonos, y a los polígonos les asignó números. Parcela 47 del polígono 3. Es una denominación eficaz: cumple su cometido. Simplemente no dice nada a quien no lleve un plano agrario desplegado sobre el capó del coche. Nadie decretó la extinción del Teso de las Liebres. Simplemente dejó de ser necesario. Y en esta tierra las cosas rara vez mueren porque, lo que sí hacen, es volverse innecesarias, que es una forma más lenta y silenciosa de desaparecer.

Después van las casas. Pero las casas tampoco se derrumban de golpe porque una casa desusada con los años no se cae, sino que se abre, como las flores. Primero cede el tejado en un punto preciso —casi siempre junto al tiro de la chimenea— y deja caer sobre el suelo una columna de luz que aquella estancia jamás conoció mientras estuvo habitada. Luego la lluvia trabaja con paciencia sobre el adobe, que fue barro y regresa al barro sin estrépito, con cierta serenidad y parsimonia, como si no le importase volver a su materia originaria una vez que los seres vivientes a los que protege dejan de ser los humanos. Posteriormente entran los pájaros y las zarzas trepan por las paredes y en agosto ofrecen sus frutos en el hueco de lo que fue el hogar, con  desfachatez, porque lo vegetal, que nos antecedió millones de años, no necesita pedir  permiso. Al final resiste la piedra: el dintel, las jambas, el umbral desgastado por el paso de seis generaciones. Pero ya se ha convertido en un marco exento en mitad de un solar, abierto al vacío y con la memoria perdida por completo. Se puede cruzar. Por supuesto. Nada cambia al traspasarlo y, sin embargo, uno pasa instintivamente por el vano y evita pisar el escombro, como si la casa conservara todavía, mucho después de haber perdido el techo y las habitaciones, una última autoridad, o cierto viso de ella, sobre nuestros pasos vacilantes y temerosos. Los míos, sin duda, transidos de tristeza.

Tampoco conviene convertir aquel mundo en una arcadia, cosa que en muchas ocasiones reflejo. Era una tierra dura, cerrada, severa con quien pretendía salirse del margen; incluso las fiestas que hoy recordamos con emoción eran apenas una tregua mínima en un tiempo que no concedía concesiones. Quienes se marcharon no traicionaron ningún paisaje. Se fueron porque el autobús de la mañana ofrecía una salida y porque en las fábricas del norte había trabajo bajo techo. Y eligieron bien. Nadie tiene derecho a exigir a otros que permanezcan en la intemperie para conservar una estampa pintoresca.

Hay una consecuencia de la despoblación de la que apenas se habla —quizá porque incomoda la gravedad del género elegíaco—: el silencio. Es un silencio denso, mineral, del que apenas queda muestra en Europa. En estos valles es posible escuchar una conversación a doscientos metros, la percusión de un pájaro carpintero en la margen opuesta del río, el roce exacto del aire al atravesar las hojas duras de la encina, que suenan a papel seco y no a follaje. Se oye llegar un vehículo varios minutos antes de que asome tras el cambio de rasante. Es un privilegio casi obsceno. Lo disfrutamos precisamente quienes no pagamos su precio. Ese silencio es también una herencia, aunque nadie quisiera dejárnosla porque se trata del legado involuntario de quienes tuvieron que partir.

Las cifras se repiten y son las que son —menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado en amplios tramos de esta Raya, una densidad inferior incluso a la de algunas regiones del extremo norte europeo—, pero los datos han perdido ya su capacidad de sobrecoger. Se han dicho tantas veces que han dejado de significar. Una cifra puede describir el vacío, pero no sabe hacerlo sonar ni que parezca importante. Quizá por eso solo nos quede la tarea minuciosa de los antiguos escribanos: levantar acta. De modo que esto, mis caros lectores, es lo que permanece. Un dintel de granito abierto a un cercado de zarzas. Una parcela que perteneció a las liebres y hoy es una cifra en el catastro. Y este silencio inconmensurable que jamás habíamos oído y que probablemente nos excede.

No pido que regrese nadie. Quienes se fueron tomaron el camino correcto, y quienes quedamos, o quedaremos algún día, no bastamos para mantener abierta una escuela. Tampoco creo que la memoria pueda detener nada. Apenas puede nombrarlo mientras desaparece. Pero mientras alcance, al pasar por ese alto, seguiré diciendo el Teso de las Liebres en voz alta. Aunque no haya nadie al otro lado. Aunque ya nadie necesite saber dónde queda. Aunque solo sea por dar destino a una palabra que se ha quedado sin trabajo.

viernes, 31 de julio de 2026

Lo de Ceuta

"Lo de Ceuta". Así terminarán llamándolo. No les quepa duda. El tono castizo suele encajar muy bien en España. Así es como acostumbramos a amortiguar las catástrofes y convertir los fracasos del Estado en episodios ontológicos. Lo de la dana. Lo del apagón. Lo de los trenes. Lo de los incendios. Ahora toca lo de Ceuta. Siempre quitando hierro (una manera como otra cualquiera de resignarse ante el destino en lo universal, como siempre nos ha caracterizado).

La cuestión es que, a pocos días que pasen, acabaremos hablando de este asunto como si estos días de atrás hubiese estado lloviendo gente sobre la españolísima ciudad africana. Lo llaman invasión civil, pero, si uno lo piensa con la mentalidad propia de las sancheces, que cincuenta o cien mil personas (¿alguien sabe, finalmente, cuántas fueron?) hayan atravesado de forma indebida las frontera físicas españolas bien puede merecer ser catalogado de perturbación atmosférica. Total, lo mismo que en los designios de Su Sanchidad los trenes descarrilan solos, las alambradas también pueden abrirse ellas solas. Bajo esta perspectiva, lo del cuento de hadas alauí se acaba convirtiendo, por arte de birlibirloque, en el enésimo engalle marroquí y la, por consiguiente, enésima afrenta de nuestro país, algo a lo que nadie, en los ministerios, como viene siendo habitual, sabe responder ni reaccionar. Por ese motivo nos venimos acostumbrando, desde hace tiempo, a contemplar la incompetencia del Estado como un proceso metastásico donde lo que hay, y viene habiendo, que es lo peor de todo, no se designa con otro nombre que el de desgracia. 

Oiga. Lo de este país es una desgracia de proporciones bíblicas. El mandato del indocto aglutina en sí mismo las diez plagas de Egipto, lo que significa que tenemos castigo divino de sobra para un par de generaciones, al menos. Pero qué más da. En un desgobierno donde nada, absolutamente nada funciona, cien seres humanos muertos (ahogados, aplastados o destrozados contra los espigones) y más de un millar con necesidad de asistencia sanitaria, deja de ser el triste resumen de una jornada tétrica para devenir la siguiente emergencia felizmente superada. Felizmente para el monclovita, que tiene mejores cosas en las que pensar (todas ellas pendiente de juicio). Con el desgobierno del indocto siempre se cumple la estrategia nefanda de llegar tarde, hablar bajo (entre abucheos) y, después, aplaudirse a sí mismo.

Marruecos es experta en convertir la desesperación de sus ciudadanos en munición diplomática contra España. Por eso lanza a sus súbditos contra nuestras fronteras sabiendo que tendremos que elegir indefectiblemente entre contenerlos, acogerlos o contemplarlos morir en el mar. Esa es la segunda obscenidad fundamental de lo que ha sucedido: que el régimen del subdesarrollado Marruecos emplee a la población como instrumento de presión ante un desgobierno (el español) incapaz de hablar de ello con claridad porque le pillaron al indocto informaciones en el teléfono celular suficientes para chantajearlo de por vida.

Podrá discutirse si existió una orden expresa del Palacio Real o del virrey de Marruecos. Yo, al menos, no lo discutiré porque sé, por deducción, la respuesta. Algunos alegarán que el pasado jueves se celebraba en el reino alauita la Fiesta del Trono y que las fuerzas marroquíes estaban desbordadas o que los rumores difundidos por las redes sociales fueron la causa de que se provocara una concentración inesperada de personas. Lo único sensato es pensar que resulta imposible creer que decenas de miles de personas se puedan aproximar simultáneamente a una frontera vigilada sin que el aparato de seguridad marroquí lo sepa, lo tolere o decida no impedirlo. Y conviene matizar que Marruecos no es un Estado fallido: su policía no desaparece y su Gendarmería no parece que esté muy distraída, lo mismo que sus servicios de información, bastante más potentes que los nuestros, por cierto. Además, España ya había recibido una advertencia previa que, como siempre, el indocto decidió desleír. En 2021, Rabat permitió que alrededor de 10.000 personas entrasen en Ceuta durante la crisis provocada por la hospitalización en España de Brahim Gali. ¿Alguien se acuerda? Marruecos demostró entonces que estaba dispuesto a utilizar la inmigración como arma de coerción y, cinco años después, ese mismo mecanismo se ha vuelto a activar, pero a una escala monstruosamente superior.

Tampoco puede alegarse que no existieran señales. En los días anteriores al 30 de julio, Ceuta llevaba soportando una presión creciente, con alrededor de 1.500 entradas en una semana, lo que se traduce en una ocupación desbordada de los centros de menores y numerosas advertencias públicas de las autoridades ceutíes sobre la existencia de una emergencia nacional. Por todo ello, si usted, caro lector, quiere aparcar la crítica acerva y mordaz el desgobierno del indocto, siempre puede mencionar que lo ocurrido es un fracaso inmenso de previsión, de inteligencia y de mando. Justo de todo aquello de lo que carece el desgobierno actual. Porque si los servicios españoles desconocían que decenas de miles de personas se estaban congregando junto a la frontera, solo puede colegirse que su incapacidad es monumental. Y si resulta que sí lo sabían y el poder político no adoptó a tiempo las medidas necesarias, la responsabilidad resulta todavía mucho más grave. En cualquier caso, otra medalla más para el indocto, cuya incapacidad supera la de todos sus ministros juntos.

Defender una frontera no significa odiar a quien intenta cruzarla. De igual manera que controlar el territorio no es fascismo y aplicar la ley no es ninguna crueldad. Hay gentes que son incapaces de entender algo tan elemental (seguramente porque han crecido y vivido con ello, sin conocer los fundamentos últimos de su bienestar). Una democracia necesita fronteras precisamente porque necesita saber dónde rigen sus derechos, sus obligaciones y sus garantías. Es el motivo por el que no se pide al Estado que dispare a los asaltantes, pero sí que mantenga su existencia pese a las amenazas migratorias. 
La política responsable, ésa que el indocto ignora, como lo ignora todo si no tiene el sabor del dinero, exige sostener simultáneamente dos verdades: que cada persona ahogada constituye una tragedia y que , por tanto, ningún ser humano debe convertirse en material desechable de una disputa geopolítica; y, la segunda, que un país tiene el derecho y el deber de impedir la entrada irregular de decenas de miles de personas en su territorio. Si abrimos las fronteras por compasión, la ausencia de autoridad se convierte de inmediato en impotencia. De igual manera que la ausencia de humanidad en la autoridad degenera en barbarie. Y cualquier Estado democrático está obligado a ejercer ambas, cosa que no hizo el desgobierno español.

Lo que sí ha hecho el desgobierno (siempre lo hace) es la consabida representación teatral. NUestro indocto acudió a Ceuta para condenar formalmente una "violación y ataque a la integridad territorial" de España, prometiendo emplear todos los recursos del Estado. Pero, mire usted, en ese mismo acto, agradeció a Marruecos (su chantajeador particular) la cooperación para materializar las repatriaciones. Es decir, puesto que estamos en tiempos de incendios, el agresor ayudaba a apagar el fuego que había permitido propagar y recibía por ello las gracias del país incendiado. Esta escena resume como ninguna otra la política exterior basada en un miedo pavoroso a molestar a Rabat. El desgobierno habla de una violación de nuestra integridad territorial, pero evita identificar inequívocamente a quien permitió que se produjera. Condena el hecho y absuelve verbalmente al responsable. Eleva la voz ante sus adversarios nacionales y europeos y la baja ante Mohamed VI. 

En las primeras horas, el Ministerio de Exteriores insistió en que las relaciones con Rabat eran "excelentes". El propio discurso oficial marroquí y español trató de atribuir las entradas a rumores relacionados con una resolución del Tribunal Supremo, mientras el Gobierno de Marruecos evitaba responder a las preguntas sobre su actuación. Los analistas señalaban, entretanto, el malestar de Rabat por el acercamiento español a Argelia y por la reciente iniciativa relativa a los descendientes de saharauis. Es posible que nunca conozcamos cuál fue la orden concreta, como es probable que nunca sepamos qué demonios contenía el móvil del indocto para dejarse chantajear de manera tan continuada en el tiempo con total complacencia (empiezo a sospechar que contenía fotos en pelotas de su amante periodista, porque no se entiende si no es así). Pero sí conocemos, y muy bien, el método que se sigue en estos casos: Rabat presiona, España cede, Rabat vuelve a presionar, España termina diciendo que las relaciones entre ambos países son maravillosa.

Es tal la magnitud de loocurrido que ha permitido dejar al descubierto otro fracaso de entre los muchos que llevamos narrando. Por ejemplo, la pérdida de credibilidad (y de confiabilidad) de nuestro desgobierno en Europa. Veintidós Estados de la Unión reclamaron una actuación coordinada para proteger las fronteras exteriores, e Italia reintrodujo temporalmente controles sobre los movimientos procedentes de España, lo cual es un episodio que deja de ser un problema ceutí para terminar convirtiéndose en una crisis europea. El desgobierno puede considerar insolidaria la reacción italiana, o la del mundo entero, si le place, con independencia de que lo sea o no. Pero antes de exigir solidaridad a sus aliados, debería explicar por qué una frontera exterior de la Unión pudo quedar desbordada de semejante manera y qué garantías ofrece España para impedir que vuelva a suceder. Por descontado, no está en situación de ofrecer ninguna de ellas. Y eso que se las pinta solo para dar explicaciones. 

Durante aquellas horas del pasado jueves, los ceutíes vieron comercios cerrados, personas corriendo por las calles, muchedumbres atravesando carreteras y colinas, cadáveres llegar a las playas, y, sobre todo, a policías, guardias civiles, militares, sanitarios y funcionarios intentando contener con profesionalidad y coraje una situación para la que el poder político no los había preparado suficientemente. Vieron todo lo anterior, pero, desde Madrid, solo escucharon explicaciones, porque para el desgobierno siempre hay una explicación y nunca hay un responsable (que se lo pregunten al individuo simiesco que ostenta el mando en el antiguo ministerio de fomento). Podemos cansarnos nuevamente a repetir que hace falta una investigación parlamentaria que determine qué información manejaron el CNI, la Guardia Civil y el desgobierno en los días anteriores; y saber por qué no se reforzó preventivamente la frontera; o por qué no se revisan los acuerdos de cooperación con Marruecos y se refuerzan los medios humanos y tecnológicos de Ceuta y Melilla; y que hace falta reclamar responsabilidades políticas (que nunca se producirán) por parte del ministro del Interior, de Exteriores y de Defensa. Y, por supuesto, del indocto, que no creó la presión migratoria africana ni gobierna Marruecos, pero es responsable de la preparación del Estado español, de la política exterior con Rabat, de los medios desplegados en nuestras fronteras y de la reacción de su desgobierno cuando una ciudad española queda desbordada.

Qué más da. es todo tan cansino que lo de Ceuta, aunque no haya terminado, ha quedado acumulado bajo la torre de indignidades a las que nos vemos sometidos, cada vez con mayor costumbre, los españoles por parte del indocto y su desgobierno.

viernes, 24 de julio de 2026

La herencia de Prometeo en los matorrales

Nos horroriza ver arder el monte. Es una reacción humana, visceral y compasiva. Contemplar las llamas devorando la sierra nos produce una angustia que entremezclamos con todo tipo de sentimientos accesorios: la culpa política, el debate presupuestario, el lamento ecologista... Tras contemplar la ecpirosis de los montes, un espectáculo soberbio y de impecable factura, sobre todo de noche, necesitamos buscar culpables más allá de la piromanía, los intereses económicos o la simple desidia humana. El origen del mal siempre se encuentra en los despachos, en las leyes de residuos y en el abandono rural. Sin embargo, en nuestro empeño por fiscalizar el desastre, cometemos el error más soberbio de todos: creer que el fuego comenzó con nosotros.

Mucho antes de que el primer humano frotara dos piedras y, por descontado, muchísimo antes de las directivas europeas o de que la vieja gota fría fuera rebautizada como "dana", los bosques ya ardían. Y nadie acudía a apagarlos. Ningún comité de crisis, ningún ministro con chaleco reflectante, ninguna cámara buscando el plano del retén exhausto. Solo estaban el rayo, la resina y el tiempo geológico haciendo su trabajo con una paciencia que nos resulta, ahora, obscena a causa de nuestra inculta mentalidad urbanita.

El ecosistema mediterráneo no es una víctima indefensa del fuego. Es, de hecho, su hijo legítimo. Las plantas que habitan nuestras sierras no solo han aprendido a sobrevivir a las llamas, sino que las necesitan. El pino carrasco guarda celosamente sus semillas en piñas serótinas que solo se abren con el golpe de calor de un incendio, asegurando que sus hijos colonicen el suelo fértil y ceniciento que deja la quema. Las jaras y los brezos han convertido sus raíces y sus semillas en búnkeres subterráneos que despiertan con el estímulo del humo. Para el monte mediterráneo, el fuego es el gran gestor natural: un mecanismo implacable de rejuvenecimiento que limpia la materia muerta, recicla los nutrientes bloqueados en la madera seca y abre espacio a la luz.

Cuesta aceptarlo porque contradice nuestro instinto más arraigado, que no es ecológico sino teológico: la fantasía del jardín perfecto y perpetuo, congelado por los siglos de los siglos en su mejor y óptimo momento. Confundimos la naturaleza con un cuadro y el incendio con un vándalo que lo raja. Pero la naturaleza nunca fue un cuadro; fue siempre un proceso, y todo proceso incluye su propia destrucción como parte del método. Nos indigna el fuego de igual manera a como nos indignaría la noche por apagar el día.

Nuestro drama actual no es que el monte arda, sino cómo arde. Al empeñarnos en sacralizar el bosque como si fuera un museo de cristal intocable, hemos acumulado un combustible que la naturaleza, antes de la revolución neolítica y el pastoreo, gestionaba con incendios sutiles y periódicos. Hemos convertido el fuego rítmico de la vida en el monstruo incontrolable de los megaincendios. La prevención absoluta, ese ideal que tan bien queda en un cartel, es en realidad una hipoteca insoportable que en los despachos ecologistas contemplan siempre de soslayo porque saben que no pueden pagar sus intereses. Y, de hecho, no lo hacen: por ese motivo han culpado al agricultor y al ganadero de los males del monte cuando, en realidad, los señalan por ellos sí saben de qué va todo esto.

Y aquí asoma la ironía más incómoda. La misma civilización que se enorgullece de haber domado el fuego —el don robado por Prometeo, la chispa que nos hizo humanos— es incapaz de tolerar que el fuego siga siendo salvaje en algún rincón. Robamos la llama a los dioses para cocinar, forjar y alumbrar, y desde entonces exigimos que solo arda cuando nosotros lo ordenamos. No soportamos que exista un fuego que no obedece, que no se enciende para calentarnos ni se apaga cuando pulsamos un interruptor. Lo llamamos tragedia porque escapa a nuestro guion, cuando en realidad es la única parte del monte que sigue siendo verdaderamente libre.

Por descontado, no hablo de aplaudir al pirómano ni de mirar hacia otro lado cuando arden casas, cultivos y vidas. Pero sí de distinguir el fuego que forma parte del paisaje del fuego que solo es negligencia disfrazada de fatalidad. El problema no es que el Mediterráneo tenga memoria de llamas; el problema es que nosotros hemos plantado nuestras urbanizaciones, nuestras carreteras y nuestros descuidos justo en medio de esa memoria, y luego nos declaramos sorprendidos cuando la historia se repite. La naturaleza no ha cambiado su libreto, pero nosotros hemos construido nuestro teatro de intereses creados sobre el escenario donde se produce el fuego.

El bosque mediterráneo no pide nuestra compasión, ni nuestra fe, ni que lo tratemos como a un enfermo terminal. Pide que entendamos su memoria evolutiva, especialmente ahora que la ganadería, el pastoreo y la limpieza agropecuaria de los montes son activos hace tiempo vendidos y, para más inri, perseguidos desde los despachos ministeriales. Prometeo nos entregó la llama, no el derecho a decidir cuándo el mundo tiene permiso para arder.

lunes, 20 de julio de 2026

Un marciano en la final

Debo de ser uno de los últimos ejemplares de esa especie animal perpetuamente en extinción: el español que ayer no encendió la televisión para ver la final del Mundial. Mientras el país se pertrechaba en la calle, en las terrazas o en los salones de las casas, conteniendo la respiración al unísono con cada empujón de ese conjunto de jugadores al que denominan "La Roja", en mi casa imperaba el silencio más absoluto. No vi el partido de ayer, desde luego; pero es que tampoco he visto ni un solo minuto de todo el campeonato. Ni un pase, ni una repetición, ni un gol en diferido.

Cuento esto con cierto pudor, no porque esté confesando una rareza incómoda: los periódicos también están repletos de columnistas que declaran, ufanos, desmarcarse de los campos de juego del balompié, lo cual no deja de ser una suerte de orgullo y falta de humildad, por cuanto no se limitan a establecer su escasa afinidad por el deporte de masas por excelencia, sino que al hacerlo, se posicionan por encima del bien y del mal. Sé perfectamente que, en los tiempos que corren, apartarse de una corriente masiva suele interpretarse como un intolerable ejercicio de superioridad moral, cuando no de esnobismo intelectual. En mi caso, nada más lejos de la realidad. No me siento mejor que nadie por no vibrar con el fútbol, ni pretendo mirar por encima del hombro a los millones de compatriotas que legítimamente encuentran en este deporte una vía de escape, una alegría compartida o una hermosa catarsis colectiva. De hecho, hasta hace poco más de una década, me consideraba ferviente seguidor y animador de este tipo de gestas. Pero todo eso cambió. Mi desconexión no nació de la soberbia, sino de algo mucho más mundano, pesado y gris: el puro hartazgo.

Me pasa con el Mundial (y la Liga, y las motos, y los coches, y el baloncesto, y el tenis...) lo mismo que me ocurre con la televisión en general desde hace ya un tiempo. Siento una profunda fatiga ante el ruido ensordecedor de los contenidos hiperbólicos, el bucle infinito de las tertulias y esa imperiosa obligación de consumir y opinar al momento del surgimiento de las gestas deportivas para, con ello, seguir opinando al día siguiente, y al otro, y al otro también. Ibidem, las series de la tele o los estrenos cinematográficos o bibliográficos o del tipo que sea. La pantalla, resumidor crucial, en cualesquier formatos, así sea un aparato plano enorme o uno más pequeño que también podría emplearse para hacer llamadas de teléfono, se ha convertido en el generador perpetuo de un bombardeo constante de estímulos que, en lugar de entretener, tiene por objetivo saturar el cerebro. El fútbol actual, devorado por el negocio, el márquetin agresivo y la sobreinformación las veinticuatro horas del día, ha terminado por producirme el mismo efecto de rechazo que un mal programa de telerrealidad o los informativos clónicos de la sobremesa. Y no les cuento ya lo que me parece el Instagram y demás engendros...

Al final, quedarse al margen no es una declaración de guerra ni una pose de intelectual incomprendido. Es, simplemente, la humilde búsqueda de un poco de paz mental. Ayer, ganara quien ganase, y sé fehacientemente que venció la selección española, mi única victoria personal fue el silencio de una noche cualquiera de verano, cuyos sueños generan locuras eviternas. Por eso mi casa fue un pequeño oasis de tranquilidad en un mundo que insistía en gritar demasiado fuerte.


viernes, 10 de julio de 2026

Las manos atadas de Ermua

Quienes fuimos testigos de aquellas cuarenta y ocho horas de desesperación a mediados de julio de 1997, es difícil que encontremos en la memoria un acontecimiento de mayor sadismo, brutalidad, impiedad, inhumanidad y salvajismo. Si quieren les busco todos los sinónimos en el diccionario. Habría que trasladar el alma a los escenarios de las guerras para encontrar un ejercicio equiparable en crueldad e insensibilidad, con la diferencia de que, en las guerras, los soldados de ambos bandos son combatientes que sirven a las órdenes de los políticos que los envían al frente de batalla. En el cobarde y ruin asesinato de Miguel Ángel Blanco, sólo hubo soldados en uno de los frentes y dispararon a quemarropa a un inocente a quien ni siquiera disculparon la posibilidad de defenderse con las manos. Así ha sido ETA desde sus orígenes. Y así han sido las Vascongadas desde la segunda asamblea de aquélla. 

Lo mantuvieron amordazado durante dos días, mientras el reloj de su tramposo chantaje iba descontando minutos y las gentes de bien, de cualquier ideología, buscaba maneras de revertir la infame extorsión. ETA jamás tuvo intenciones de negociar: su objetivo era demostrar que podían obligar a todo un país a contener el aliento durante una cuenta atrás de dos días. Un monstruo tildado Txapote, cuyo nombre verdadero no merece ser escrito en parte alguna que no sea el papel higiénico usado, le descerrajó dos tiros mientras un segundo monstruo, conocido como Oker, lo obligaba a arrodillarse con las manos en la espalda. Miguel Ángel Blanco había sido secuestrado por la repugnante novia de Txapote, conocida como Amaia. Oker lleva muchos años muerto, de un balazo en la cabeza, pero Txapote y Amaia siguen vivos. 

Las gentes de toda España se echaron a la calle con las manos pintadas de blanco. Y nos dijeron que, en aquel julio de 1997, perdimos definitivamente el miedo. Nos repitieron, como un mantra anestésico, que aquellas manos blancas del Espíritu de Ermua habían arrinconado para siempre el terror. Sin embargo, casi tres décadas después del asesinato de Miguel Ángel Blanco, la realidad sigue mostrando una caligrafía muchísimo más amarga, el de la desmemoria institucionalizada, la paradoja más cruel que ha vertido nuestra democracia. Mientras los nombres de las víctimas se diluyen en los libros de texto, los verdugos regresan a sus pueblos entre vítores, aplausos y pasillos de honor camuflados de fiestas populares. Y el miedo que creíamos enterrado, jamás desapareció, habiendo mutado en indiferencia colectiva. No es alarmante el regreso físico de los presos a sus calles o que su vuelta sea celebrada con júbilo por una multitudinaria caterva de vascos embrutecidos y alienados. Espanta, sobre todo, el retorno moral a las instituciones que han perpetrado los terroristas y sus secuaces. 

Quienes empuñaron las armas, jalearon el horror o señalaron con nombre y apellidos a las víctimas, se arrogan ahora el derecho a impartir lecciones de ética y dictar qué es o no es democrático. ETA, desde su tumba bien soleada de flores y aire perfumado, y pese a su incierta desaparición, posee la capacidad de condicionar la labor política (oprobiosa) de nuestro desGobierno. El sueño abyecto y despreciable de independencia ha sido, además, recogido por sablistas de medio pelo, ufanados en su codicioso y voraz egoísmo político. Unos se llaman PNV, otros ERC, otros ya no me acuerdo (de tantos nombres como ha tenido). Ninguno de ellos maldice la inversión absoluta del relato: que el verdugo ha sido reconvertido en legislador y que la víctima (las víctimas, que fueron muchas) ha quedado reducida, para ellos, a un incómodo estorbo del pasado por su capacidad de contrariar las ansias de secesión. Y esto es España, a uno y otro lado. La triste miseria de un pueblo que solo sabe de fútbol.

Recordar a Miguel Ángel Blanco, para mí, jamás será el frío acto de una agenda anual en manos de los políticos. A raíz de su asesinato, todo el secesionismo e independentismo vasco se puso de acuerdo para amortiguar, y revertir, aquello del Pacto de Ermua. Y lo consiguieron. Lo mismo que ERC acordó con los monstruos que sólo a ellos, los catalanes, debían respetar (todos los demás éramos prescindibles). Por ese motivo la efemérides del vil asesinato de Miguel Ángel Blanco debe ser la denuncia de un presente donde la justicia se negocia y la dignidad se pisotea. Si permitimos que el blanqueamiento sustituya a la memoria histórica, la de verdad, no la de estos politicastros de ahora, aquellas manos blancas de 1997 no habrán servido sino para certificar nuestra rendición.

viernes, 3 de julio de 2026

El dolor que no cesa

La tierra posee fracturas. Y estas fracturas, en ocasiones, ocasionan un inmenso dolor a los seres humanos, los únicos animales con capacidad para entender y asumir la existencia de la muerte. 

El devastador doblete sísmico que sacudió hace unos días la región norte de Venezuela, y cuyas réplicas e impacto humanitario siguen manteniendo al país en vilo durante este inicio del mes de julio, ha dejado al descubierto mucho más que las placas tectónicas cuyo movimiento caracteriza a este planeta donde vivimos. La tragedia, concentrada con brutalidad en el estado La Guaira y en Caracas, ha superado la pavorosa cifra de cinco mil fallecidos y dejado sin hogar a casi veinte mil personas. No obstante, cabe mencionar que la verdadera magnitud de este desastre no reside en los sismógrafos ni en la furia ciega de la naturaleza, la misma por la que tanto hacemos para desconocer, pese a que nos amedrenta, sino en la fragilidad acumulada de una nación entera que hace ya demasiado tiempo que se esfuerza en alcanzar la inanidad absoluta, lo cual dice muy poco de sus dirigentes (el del bigote encarcelado y ya olvidado, y la señora y los caballeros que, siendo constructores del desastre, aún siguen asomando sus malditas narices por los palacios e instituciones en pie). 

Cuando el suelo se quiebra bajo los pies de una población que arrastra décadas de emergencia humanitaria, colapso institucional y precariedad en los servicios públicos, cualquier desastre natural se transforma de inmediato en un veredicto social a nivel planetario, aunque tal contingencia no suponga luego nada. de hecho, la llamada "zona cero" de esta catástrofe es evidencia suficiente para entender que la vulnerabilidad humana es el resultado de un larguísimo descuido estructural, que es justo aquello que sucede en las naciones cuyos dirigentes solo piensan en sí mismos y en sus autárquicas manifestaciones de poder, en lugar de pensar en la población civil de la que dicen sentirse líderes (a los españoles nos suena mucho todo esto últimamente). Que haya hospitales sin insumos suficientes, que los sistemas de rescate estén desbordados de inmediato, o que las edificaciones sean vulnerables por haber sido erigidas al margen de la rigurosidad sísmica planetaria, son todas ellas las grietas por las que se escurre la vida de miles de compatriotas venezolanos. El dolor de los padres que buscan a sus hijos entre las toneladas de escombros es un grito desgarrador que, en cualquier otro lugar del mundo, exigiría respuestas inmediatas y no promesas vacías. Y nuevamente pongo a España como ejemplo de esta deriva, donde, como respuesta de un horrendo accidente ferroviario, al primate homínido encargado de la gestión ministerial competente solo se le ocurre insultar y despreciar (tampoco es que sepa hacer otra cosa en ninguna de las áreas de la vida).

Las más de mil réplicas que han seguido estremeciendo el país sudamericano nos recuerdan, con tristeza y no poca estupefacción, que la Tierra es un planeta que aún no se ha asentado, justo el lugar donde vivimos. Para los afectados, como en cualquier otra catástrofe natural, la reconstrucción de las zonas devastadas será un proceso largo y doloroso. Por ello, uno tiende a pensar que la masa política de este mundo debería pensar en mejorar las infraestructuras y crear los sistemas necesarios para que nos adaptemos con éxito a los procesos telúricos y atmosféricos que nos atosigan de tanto en cuando (cambio climático incluido). Pero no sucederá así. Todo aquello cuyo periodo de maduración supere los cuatro años y no suponga una foto de inauguración, ha de quedar de inmediato relegado al olvido. Que se lo cuenten en España a los conductores y usuarios del tren. En Venezuela, lo de cuidar a los vivos y honrar a los fallecidos parece un mal chiste a estas alturas de la Historia.

viernes, 26 de junio de 2026

Es él y siempre lo fue

Hace bastantes semanas que no cito al indocto Pedro Sánchez, Presidente del actual desGobierno y secretario general del PSOE, en relación a uno cualquiera de los muchos asuntos, gravísimos y alevosos, que le conciernen. No lo hago por la obviedad con que se van aclarando todos los hechos que llenan los titulares y las columnas de opinión.

Es él. Siempre fue él. Lo mismo que siempre ha sido Zapatero. y Bono. Y Blanco. Y no sé cuántos más. Pero, ante todo, he de repetir que fue él. Y es él. Él es el responsable de la actual situación preguerracivil en que nos hallamos sumidos (si la gente no blande las armas y se lía a tiros unos contra otros es por la lógica deferencia que se tiene aún a la vida del prójimo, no así a sus ideas). Él es la causa y el resultado de la corrupción galopante, sistémica, terminal, metastasíaca, que infecta todo, desde el propio Gobierno (¿ni un solo ministro justo, equitativo, racional, honorable? ¿ninguno, de veras?), al propio PSOE (¿ni un solo parlamentario con decencia y vergüenza ajena? ¿hasta cuándo han de soportar la imbecilidad de Patxi López? ¿de verdad no conciben que es todo mucho más sencillo si, sencillamente, dimiten y cesan el cargo, rehusando a canonjías, canonicatos, prebendas y momios en pos de la rehabilitación de su partido?), a la estructura del Estado (¿cuándo dejó de haber pundonor en la Policía, o en la Guardia Civil, o en la Fiscalía? ¿Lo recobrarán alguna vez? ¿Hasta dónde nos ha de sonrojar el comportamiento del Constitucional y de no sé cuántos organismos más que, todos ellos, chupan de la magra teta estatal para llevarse a casa un estipendio a cambio de su incondicional adhesión a los principios del movimiento socialista, cuasiobrero y antiespañol?), a las restantes autoridades del Estado (Presidenta del Congreso, sabemos que es usted una inútil, pero ¿por qué no lo disimula un poco en el actual momento decadentista? ¿cuándo sucedió que le importó una higa su postrera semblanza en las páginas de la Historia?), incluso a los medios periodísticos, compuestos de un hartazgo catervario de turiferarios, lametones, pelotas, lisonjeros, lameculos, lambiscones y lagoteros, como no los hubo jamás en tiempo alguno preterido. 

Es él. Siempre lo fue. Los suyos se lo han llevado crudo (la de dinero que ha de tener Ábalos y Koldo y Cerdán en sus huchas dominicanas, no quiero pensar en ello) y él, que lo ha consentido, no ha hecho de su anuencia dejación de funciones, sino exacerbación de sus ganancias. Con el tiempo saldrá todo a la luz. Habrá que dejar que la UCO y la UDEF y los Aldamas destapen lenta y pormenorizadamente todas y cada una de sus múltiples vergüenzas (son tantas, que seguramente podrá componerse una enciclopedia del opróbico gobernante, basado en su biografía). A mí no me da la gana imponer la presunción de una inocencia que, de existir, que lo dudo, sólo serviría para abundar en la inutilidad y esterilidad de su mandato, cosa de la que ya estamos enterados. 

¿Es usted socialista? Peor para usted. Siento que se vea tan humillado, vejado, degradado, afrentado, avergonzado, sometido y pisoteado por quien usted siempre ha defendido. Una defensa fundamentada en el fundamentalismo ideológico que usted mantiene, y solo usted, y en su vesania de usted, y en su querencia compartida por continuar con la existencia de las dos Españas (que debieron quedar hace mucho extintas, pero que se empeñaron en resucitar de continuo el Zapatero cubierto de oro y joyas, y ahora el Sánchez cubierto de mierda, a quienes a usted no le queda otra que defender, no sea que su orgullo de usted se vea hecho añicos definitivamente y por los siglos de los siglos). Qué vergüenza ser lo que usted se siente. Quizá le quede el consuelo, triste, taciturno, de pensar que los del otro lado son iguales o peores. Allá usted si se cree sus propias mentiras, sus insidias de mal perdedor, de emasculado títere de aquellos que manejan los hilos de sus brazos y neruones sin -tal vez- usted percatarse de ello. A mí, la verdad, me la pela. Yo no simpatizo ni con el gallego ni con el vasco. Por eso replico: piense usted lo que quiera. Lo peor de una boñiga intelectual es no advertir el mal olor que despierta por haberse oxidado y solidificado con el aire y el sol y la lluvia (sí: la boñiga es su pensamiento, no lo ponga en duda: yo se lo aclaro).

Siempre fue él. Pedro Sánchez: el infiel enamorado, el postulante de un partido incapaz de encontrar dos hombres justos entre toda la gleba afiliada a sus principios -que no finales, de ahí el desconcierto-. El que no tardará en huir llevándose a su esposa consigo allá donde los paraísos impiden enchironar a los idiotas malvados y los aprendices de dictador. Veremos si deja subir al Zapatero en el avión que lo lleve al exilio... Creo que es lo único que queda de indefinición y vaguedad en toda esta historia del oprobio, vestido de rosa y puño. ¿Se irá solo o se irán todos al alimón? Ésa sí es una buena porra, y no la del Mundial.    

viernes, 19 de junio de 2026

Mancones

Ciertas palabras sobreviven al igual que lo hacen ciertas aves en las marismas: medio ocultas entre el barro, el junco y los cañaverales. En la Baja Andalucía llaman mancones a ciertos patos cuando, durante la muda, pierden temporalmente la capacidad de volar. No se hallan mutilados, aunque el nombre parezca insinuarlo (las voces antiguas disponían del encanto, ya preterido, de la brutalidad a la hora de afianzar los conceptos). No están vencidos ni han renunciado al cielo. Simplemente atraviesan una estación biológica de indefensión, un interregno en que la naturaleza, que jamás se muestra sentimental, por mucho que los ciudadanos de hogaño pretendan creerlo, pero sí profundamente sabia, exige a estas criaturas la pérdida del vuelo antes de devolverles la capacidad de alzarse.

El mancón no es, por tanto, un pato fracasado. Es, diríamos, un pato en tránsito. Un animal suspendido entre dos formas de ser. Ha dejado atrás las plumas que ya no le servían y todavía no ha repuesto las que le permitirán regresar al dominio aéreo. Durante ese tiempo queda a ras del mundo. Pesa más y se mueve peor. Su antiguo dominio del espacio se convierte en una torpeza prudente. En lugar de transitar el cielo, se encuentra detenido de agua detenida y barro. Por ese motivo se esconde entre los juncos y los cañaverales, para poder guarecerse de los depredadores.

Nuestra época, ésta en la que vivimos, naturalmente no es capaz de entender al mancón. Creería que sí, pero realmente trataría de diagnosticarlo. Lo vería inmóvil en la orilla y tal vez pensaría en algún estilo de decadencia. Lo observaría escondido entre los juncos y sospecharía depresión, agotamiento, resentimiento, baja resiliencia o falta de ambición. Algún experto, de esos que fabrican párrafos con pretensiones de hondura usando unos pocos anglicismos y el YouTube, explicaría que lo que realmente necesita el mancón es reinventarse, salir de su zona de confort, trabajar su marca personal y recuperar cuanto antes su visibilidad. Otro, más terapéutico, le recomendaría reconciliarse con su vulnerabilidad mediante un proceso de aceptación consciente. Un tercero, más político, identificaría en su quietud una protesta estructural contra el sistema de vuelo hegemónico durante siglos, y lo tildaría de revolucionario antipatriarcal. Un cuarto, inevitablemente, abriría un hilo en una IA.

La realidad, y su verdad más insosloyable, es que vivimos en una sociedad que no sabe nada de manquerías. Y no saberlo es otra forma moderna de ignorancia, de las cuales abundan por doquier. No se trata sólo del desconocimiento de una palabra rural, o haber perdido familiaridad con los ritmos de las aves, las estaciones, las labores del campo o la delicada gramática que posee las cosas que están vivas. Ese tipo de ignorancia, de tan extendida como se encuentra, resulta casi inocente: las carencias de biblioteca (de lecturas) son tan consuetudinarias que a quienes se hayan a salvo de ellas los tratamos como rarezas ejemplares. La ignorancia verdadera, y a la que me estoy refiriendo, es otra. Consiste en creer que todo lo que no comparece ante el tribunal luminoso de la actualidad ha dejado de existir hace mucho tiempo. Y, qué quieren que les diga, mis caros lectores: de alguna manera ya es así.

Antes, en tiempos mucho mejores, no solamente diferentes, incluso quienes sabían poco demostraban una sabiduría maravillosa. Por ejemplo, de la existencia de los tiempos de siembra y los tiempos de siega. Los tiempos de luto y los tiempos de boda y tornabodas. Los tiempos de recogimiento y los excepcionales tiempos de fiesta. Los tiempos del aprendizaje, de la penitencia, el duelo, la enfermedad, la convalecencia, el silencio y la espera. La vida estaba atravesada por ritos que no siempre servían para celebrar, también eran útiles para proteger, demorar, purificar o permitir que algo madurase sin ser inmediatamente sometido a la vulgaridad del comentario público. Había clausuras y umbrales, y puertas que no debían abrirse antes de tiempo.

Hoy hemos sustituido todos esos ritos por otros mucho más ruidosos y, desde luego, más estúpidos. El rito contemporáneo por excelencia consiste en aparecer. Aparecer opinando, aparecer dolido, aparecer indignado, aparecer feliz, aparecer auténtico, aparecer espontáneo (después de doce intentos), aparecer comprometido con cualquier causa que toque, aparecer disponible, aparecer en contra, aparecer a favor...  Se debe aparecer, de lo que sea. La existencia se ha convertido en una sucesión de pequeñas comparecencias ante una administración invisible y digitalizada que exige de manera sostenida pruebas periódicas de adhesión al mundo. Quien no publica, no está. Quien no reacciona, es porque consiente. Quien no se pronuncia, es porque oculta algo o es reaccionario (fascista, que dicen ahora).

Por eso el mancón resulta una figura tan incómoda. Porque encarna una forma de verdad que nuestra época detesta: la verdad de los procesos invisibles. Nadie ve crecer las plumas nuevas. Nadie aplaude la muda. Nadie felicita al ave por su discreta obediencia a una ley ancestral, muy anterior a todos nuestros reglamentos morales. El mancón no produce ni sabe producir ningún relato. Su narración es la de su propia existencia sujeta a las leyes de la naturaleza. Por eso no inspira titulares. No puede volar ante las cámaras ni convertir su espera en una charla motivacional. Siplemente está, vulnerable, terrestre, expuesto, incompleto. Y, sin embargo, precisamente por esa sencillez ontológica, se encuentra mucho más cerca de la verdad que todos nosotros.

Qué espanto nos habría de producir descubrir que no estamos volando, sólo batiendo unas alas envejecidas prematuramente delante de un espejo. Y esa es la sospecha que el mancón introduce, modestamente, desde su lodazal. La quietud no es una derrota porque seguir agitando las alas obsoletas es justamente la forma más torpe de impedir que crezcan las nuevas. Esta pregunta es insoportable para una sociedad que ha convertido la continuidad de la apariencia en una obligación moral. El antiguo mundo, con todos sus horrores y sus supersticiones y sus atrasos, tenía al menos una intuición que nosotros hemos extraviado. Cuando, actualmente, se nos pide ser vulnerables, siempre es de un modo narrativamente rentable. O lo que es lo mismo: con capacidad de crear seguidores e influidos. Si es de ese modo, es permisible estar tristes siempre que esa tristeza pueda integrarse en un relato de crecimiento. También se nos concede fracasar, siempre que dciho fracaso venga con un selfie en el que nos hallemos mirando lánguidamente por la ventana. Y así con todo. La intimidad del alma ha devenido en un mercado persa.

El mancón no necesita testimoniar nada, ni explicar el proceso por el que atraviesa. No necesita abrir un canal o una historia en las redes sociales. No titula su experiencia como "Aquello que aprendí cuando dejé de volar". No puvblica vídeos desde el cañaveral ni funda una comunidad de aves temporalmente no aéreas. No pide reconocimiento simbólico ni una reparación histórica por las bromas crueles de las garzas. Permanece. Aguarda. Y sobrevive. Tal sobriedad animal contiene una lección que se nos ha vuelto casi ininteligible. 

Quizá por ello nuestros ritos son tan pobres. Disponemos de ritos de adhesión, pero no de transformación. Ritos de pertenencia, pero no de crecimiento o conocimiento (y no, no disculpo tampoco los pseudorituales quechuas con que los urbanitas tratan de paliar la descolonización de su pensamiento). Nos faltan, en una palabra, manquerías. La muda es indigna, ensucia, deja restos y obliga a admitir que aquello con lo que uno se elevaba antes, ya no sirve y ha de ser despojado. El mancón no se engaña. Está en el barro porque es donde debe estar. No confunde su actual torpeza con su destino y, por descontado, no hace doctrina de su impotencia. No proclama que volar sea una construcción cultural de las aves dominantes. No celebra la caída como si la caída fuese una forma superior de sabiduría. Tampoco se odia por no poder elevarse. Su humildad no es moral, es biológica. Acepta la estación que le ha correspondido. Sabe, con esa sabiduría sin lenguaje de los animales, que hay una fidelidad más profunda que la fidelidad a la imagen que uno tiene de sí mismo: la fidelidad a la transformación. La que nosotros hemos perdido.

Los mancones, por supuesto, volverán a volar. Al menos, los que no sean cazados por los manqueros (que todavía los hay, porque la carne del pato cocido hasta caramelizarse la carne con la propia grasa es una delicia de restaurantes de muchas estrellas). Pero nosotros, francamente, no estoy tan seguro de que volvamos algún día a saber nada de nada.

viernes, 12 de junio de 2026

Alza la mirada, no te deslumbres

Le pongo al día rápido, no sea que usted, caro lector, un tanto anacrónico (como yo), haya llegado al guateque cuando ya se va la gente. Hoy en día nadie sabe lo que es un guateque. Por ahí empezamos...

El Papa León XIV, agustino, primer pontífice nacido en Estados Unidos (con raíces familiares españolas, por cierto, lo cual a la prensa rosa le ha dado carnaza para semanas), eligió el nombre pensando en León XIII y la "Rerum Novarum", y ha decidido —como bien sabe usted si leyó mi anterior columna— que la cuestión social de nuestro tiempo es la inteligencia artificial. Pero esta columna habla de la visita a España, que se ha desarrollado entre el 6 y el 12 de junio (escribo esto cuando el Papa se despide de nuestro país en las Canarias). El Papa argentino no se avino a venir, pero sí lo hizo Benedicto Ratzinger (el incomprendido) en 2011. 

Lo han leído en las noticias o visto en el telediario, si aún conserva el dudoso gusto de enterarse de las noticias por la tele. Ha hablado en el Congreso (primera vez para un pontífice), ha inaugurado la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia y ha cargado el viaje de inmigración por la vía canaria.

La encíclica que no me ha gustado, lo saben bien mis caros lectores, es "Magnifica Humanitas", firmada el 15 de mayo (el aniversario exacto de la "Rerum Novarum" , gesto nada inocente) y publicada el pasado día 25 para discernir «sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial». Y aquí viene lo que debería ponerle a usted, y a mí, y a cualquiera, los dientes largos como escarpias: es agustiniana hasta la médula. Cita "De Civitate Dei" , despliega los dos amores y las dos ciudades, y opone la nueva torre de Babel a la ciudad donde Dios y el hombre habitan juntos. Son, en total, 245 párrafos. Sobre el papel, es lo más teológicamente musculoso que se podía pedir a alguien formado en Wojtyła y enamorado de Ratzinger. Como yo. Pero dudo que está aseveración mía sea compartida por los cientos de miles de devotos ciudadanos del mundo para quien "Diosito", "Jesusito" y demás torturas repipis (propia de Iberoamérica) es la única forma de creer. Una forma mediocre y estúpida, pero esa es otra cuestión.

Y sin embargo a usted, como a mí, la tan celebrada encíclica sobre la moral en los tiempos de la IA seguramente le haya dejado frío. Y ahí es donde está esta columna. No en el Papa: en usted y en mí (y si no concuerda conmigo, solo en mí). El motor que mueve el espíritu columnario de este texto no es "un Papa más", sino la paradoja: soy un teófilo que reverencia a dos pontífices doctrinalmente macizos y que se encuentra, por fin, con un agustino que le sirve "La Ciudad de Dios" en bandeja… y bosteza. ¿Por qué? Esa es la pregunta que sostiene las mil quinientas palabras (no las he contado) de esta columna. 

Sospecho que la reciente fontanería (dichosa palabra de este momento)  agustiniana está montada sobre una preocupación que huele a informe de comité de pánico de la Iglesia por no llegar tarde al titular sobre aquello que está en boca de todos. Agustín, como andamio decorativo de una encíclica que, despojada del latín, podría firmar un panel de Davos, es una excusa. Y algo mala, por cierto.

Para lo ameno ya tiene usted un regalo que no se ha buscado —porque me lo han chivado— y que no es otra cosa que el himno oficial: "Alza la mirada", nacido en una "Song Camp" —una jornada intensiva de compositores, veinticuatro horas contra el reloj en un estudio de Madrid—, y producido por gente de la música católica pop de ahora (ignorados por mí todos ellos como Hakuna o Tuyo y compañía). Fue grabado por mil setecientas voces simultáneas en cuatro catedrales y subido a las plataformas con su versión en inglés (I Lift Up My Eyes), que tampoco he escuchado. Faltaría más. Lo delicioso, para usted, que no para mí , es que el estribillo es San Agustín reciclado en pop devocional, con el viejo "inquietum cor nostrum" —el corazón inquieto que no descansa hasta Dios— convertido en gancho del streaming. Creo que ha faltado la versión reguetón. Creo.

Total. Agustín aparece dos veces en esta columna. Arriba, la primera vez, en una encíclica de 245 párrafos que teme a la máquina y de la que ya hablé la semana pasada. Y abajo, en un himno fabricado con la lógica exacta de la misma máquina denunciada —sesión exprés, producto, catálogo digital, métrica de reproducciones—. Se lo explico mejor: la Iglesia denuncia la era que al mismo tiempo la patrocina. Y el columnista que se lo cuenta todo esto, no se lo pierda, lo ha averiguado preguntándole a una inteligencia artificial (porque no me puse a leer las miles de noticias sobre el Papa y su visita, desde luego).

Ese chiste meta queda ahí si usted lo quiere entender; yo no lo tocaría más porque envenena rápido. Y la muerte es atroz. Muerte por medianía.


viernes, 5 de junio de 2026

¿Una encíclica sin teología?

Hay textos que, por razones complejas y difíciles de diseccionar, generan consenso de forma inmediata. La encíclica Magnifica Humanitas (que muy poca gente ha leído) parece ser uno de tales documentos capaces de engendrar fervor, adulación y un mismo modo de pensamiento en muchos y muy distintos individuos. Está bien escrita, es pertinente, es actual. Sin embargo, en una segunda lectura más reposada, surge una impresión incómoda (al menos en mí): la de encontrarnos ante una encíclica sorprendentemente pobre en densidad teológica.

No creo que se trate de una carencia accidental, más bien parece una opción deliberada, muy al hilo de las cartas encíclicas que pergeñaba el anterior Papa Francisco I. El documento pertenece claramente al ámbito de la doctrina social de la Iglesia, y, por tanto, su objetivo no es tanto desarrollar el misterio de Dios como ofrecer criterios para orientarse en esta era actual de la inteligencia artificial. Solo bajo esa perspectiva podemos decir que la teología comparece, aunque no como un fundamento sobre el que basar la doctrina, sino única y exclusivamente como contenido supuesto. Cristo, por ejemplo, está presente, pero no es el centro dramático del texto. También se invoca a la Trinidad, sin mayor exploración. Y, por terminar destacando una tríada habitual en la teología católica, la Gracia se supone sin tematizar. El resultado es, por tanto, algo parecido a una teología funcional: sostiene el discurso de la Iglesia sin impulsarlo. No estamos ante una encíclica que parta del misterio cristológico para iluminar la realidad, sino ante un texto que parte de la realidad —tecnología, poder, desigualdad— y que recurre a la teología de una manera más bien escasa para legitimar el contenido que se expone a los fieles. El orden se ha invertido y a muchos esto mismo les parece un acierto. Para mí es el mismo tipo de carencia que empobrecía los escritos del Papa argentino, por quien jamás profesé mucha devoción como ateo.

Todo lo que digo se percibe en el sujeto del discurso. Aunque Dios no desaparece, lógicamente, el verdadero protagonista es el ser humano en su contexto histórico. La encíclica dialoga con "todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo" y adopta un lenguaje universal, deliberadamente accesible al gran público. Es un texto que busca ser traducible fuera del ámbito confesional, lo cual tiene un precio: la renuncia a un lenguaje teológico fuerte, algo que puede parecer muy conveniente para la legión de cristianos que desean contemplar en el Papa a un ser que oriente sus pasos por la vida, al estilo de los imanes de las mezquitas islámicas, cuya palabra dirige las vidas de los musulmanes, pero que convierte el objetivo último de la teología (Dios) en un mero aderezo.

Además, el método que emplea el Papa norteamericano es claramente inductivo. Heredero de Gaudium et Spes, el documento intenta observar la realidad, analizarla y aplicarle unos determinados principios morales y éticos. No hay una derivación sistemática desde la fe, sino un discernimiento prudencial ante los desafíos contemporáneos. Esto acerca el texto al género sapiencial más que al teológico: orienta, advierte, sugiere, pero sin profundizar. Todo ello explica esa sensación que tengo yo de "pobreza intelectual". Pero quizá sea conveniente matizar esta crítica mía: no es que se trate de una teología débil, lo cual implicaría su personación; se trata de una teología conscientemente desplazada. La encíclica no pretende decir quién es Dios, sino cómo actuar en un mundo donde la técnica amenaza con redefinir lo humano. En ese marco, la pregunta central no es teológica, sino ética: ¿qué estamos construyendo? Y, a mi juicio, lo hace con numerosas referencias milenarias al mensaje eclesial que tenemos por costumbre escuchar. Yo sigo pensando que, cuando la Iglesia habla de ética y en defensa de los valores humanos, su discurso en poco o nada se diferencia de los predicadores televisivos.

Queda abierta, por tanto, una cuestión de fondo. Cuando la teología se reduce a ser un marco legitimador, ¿no se corre el riesgo de diluir su capacidad crítica? Tal vez el desafío no sea elegir entre profundidad doctrinal o relevancia social, sino recuperar una teología capaz de sostener ambas sin renunciar a ninguna. Porque, en último término, solo una visión fuerte de lo humano puede sostener una palabra verdaderamente significativa sobre la técnica. Dense cuenta, mis caros lectores, que el contenido de la encíclica en cuanto a inteligencia artificial, es solo justificación. Una puesta en escena para un peligro que, muy probablemente, jamás se producirá del modo apocalíptico en que Roma lo ha tasado, pero que sirve a la perfección para que la Iglesia levante, una vez más, los muros de su vieja y muy prescindible aduana moral.

viernes, 29 de mayo de 2026

Vísperas del fuego

Los animales saben ventear el aire. Es una capacidad extinta, prácticamente, en el ser humano. Solo algunas tribus aisladas en la Polinesia o el Más Índico la poseen, y estoy inseguro por cuánto tiempo. Como en tantas otras situaciones, el uso de la tecnología ha reducido las capacidades humanas para relacionarse sin intermediación con el medio que lo rodea. Me produce cierta sonrisa contemplar esos anuncios de aplicaciones de móviles que, con una sola foto de las hojas de una planta, indican qué ha de hacer su cuidador: eliminar el riego, añadir nutrientes, curar una plaga... Mi padre disponía de una edición añosa de "Le bon jardinier", el famoso manual de de horticultura francés publicado por vez primera en 1755 y que, durante siglos, sirvió a toda Europa como referencia enciclopédica sobre técnicas de cultivo, botánica y manejo de huertos. La tenemos en el pueblo, relegada al olvido y su contenido estético únicamente. 

El aire y la tierra no mienten, pero ya no sabemos interpretarlos, leer sus palabras, comprender el modo en que aportan información. Los campos huelen ya a tierra seca, pero a nadie le importa realmente. Nos acordamos del protector solar que quedó olvidado, el otoño pasado, en el fondo del cajón del lavabo, seguramente metido en un estuche de tocador, junto con otros objetos, pero a nuestra mente no acude con presteza la agitación secreta que queda acunada en las copas de los árboles conforme renuevan sus hojas. Yo debo saber interpretarlo porque me toca recoger la hojarasca prácticamente a diario. El pulgón empieza a remitir en el granado, pero la cochinilla blanca se ha diversificado definitivamente por las arizónicas que habré de retirar tras el verano y reemplazarlas por fotinias. Pero es evidente que el mes de junio entró anticipadamente sin pedir permiso, trayendo consigo la luz horizontal y limpia que estira las tardes hasta convertirlas en una imagen redentora para los ojos que saben contemplarlas. Estamos aún suspendidos de un umbral, cuando la primavera dobla sus mapas de lluvia y se rinde, mansa, ante la inminencia del estío. Es una transición casi imperceptible para los ojos, pero devastadora para el espíritu y el cuerpo, que la sufre.

El verano no es solo una estación climática. Se siente en la piel mucho antes de alumbrar el fuego purificador de san Juan en el calendario. Las persianas bajadas al mediodía inventan, en su simpático crujido, una penumbra fresca para aquellos que saben hospedar la oscuridad en las casas, que no todos saben. Los pajarillos (mirlos, gorriones) revolotean y saltan entre la hierba, solazándose en las fuentes con agua. El regreso de los vencejos traza un alfabeto invisible en el cielo durante el crepúsculo, espectáculo simpar que merece ser admirado. Hay algo profundamente poético en estos días previos, aunque no lo percibamos. Los vates de antaño hablarían de la existencia de un nerviosismo mineral, rocoso y abundante, que contagia a las ciudades de asfalto y hace que la gente camine más lento,  cosa natural, pero también con la sonrisa estampada en el rostro en cuanto cae la tarde. A mí solo me irritan esos rebaños de ciclistas que salen a las carreteras cuando el sol es más dañino, incapaces de pedalear en la fresca, como hacemos algunos, y sin disturbar el deambular de los motores eléctricos o de explosión.

Habitar esta víspera estival posee una magia distinta a la del propio hallazgo, que arrancará con el rito ancestral, y bastante deslustrado ya, del fuego purificador. En junio es cuando asentamos definitivamente el rumbo de las vacaciones, cuando proyectamos el deseo del viaje (siempre más hermoso que el viaje en sí mismo) en la escaleta de las semanas disponibles para hacerlo. Qué lindo es soñar con los ambientes más gratos: contiene todas las posibilidades del infinito. En esta antesala, el mar es aún una idea perfecta, y el rumor del oleaje aún no ha sido profanado por la masificación y el ruido (porque la gente tampoco sabe vivir sin ruido ni música estridente ni los sones insoportables de los vídeos que contempla, en todas partes, con su celular). Las noches de terraza alargan las conversaciones aunque penda sobre ellas la tiranía del despertador de la mañana siguiente. Por ese motivo la rutina pesa menos, porque la imaginación ya ha tendido sus toallas sobre la arena del pensamiento. Hay una tregua silenciosa en este pacto entre lo vernal y lo estival, un pacto tácito entre el tiempo que ha de transcurrir y la memoria de los tiempos pretéritos que no han de volver jamás.

Pronto llegará el imperio del calor absoluto. Con el asfalto temblando bajo el peso del desasosegante mediodía, las sábanas que tornan enemigas a las tres de la madrugada y la luz abrasadora que, de tan intensa, incluso borra los contornos del paisaje. El verano es rotundo y, a veces, cruel en su insistencia. Por eso, el verdadero milagro está sucediendo ahora, en este preciso equilibrio primordial entre el sol que se despide con timidez dorada y la noche que regala una brisa que sabe a sándalo y a misterio.

Veremos cambiar, una vez más, el ritmo en las ciudades. Los parques se llenarán de buscadores de hierba recién regada como náufragos sedientos de tierra firme. Los niños, en las escuelas, comienzan a mirar por la ventana con los ojos encendidos por la libertad que se avecina. Las sandalias (ojalá desaparezcan para siempre las chancletas) y los vestidos cortos han regresado a las aceras con sus andares rítmicos y ligeros. Es el tiempo del anhelo puro, cuando la vida se desnuda de abrigos y de prisas para entregarse a la contemplación de lo sencillo. El verano está a la vuelta de la esquina, con su hoguera lista para devorarlo todo, recordándonos que existir, al fin y al cabo, consiste en saber arder con cierta gracia (ésa de cuya carestía nos lamentamos en otras columnas).