viernes, 22 de mayo de 2026

El hombre que blanqueaba demasiado

Hay profesiones que no figuran en el código laboral y, sin embargo, explican mucho mejor que cualquier currículum la vida pública de algunos personajes. Hay mediadores que no median, consultores que no consultan, pacificadores que no pacifican, observadores que no observan, asesores que no asesoran y expresidentes que, una vez abandonado el poder, descubren una vocación universal por estar siempre donde la democracia huele peor, pero el recibimiento oficial es más cálido.

Zapatero ha sido muchas cosas. Presidente (por accidente, un accidente mendaz y terrible) del Gobierno. Secretario general del PSOE. Profeta adolescente de una izquierda sentimental convencida de que el mundo podía ser administrado mediante sonrisas, subvenciones, derechos morales y una Alianza de Civilizaciones con mucho incienso laico y poca civilización comprobable, salvo en Irán o Siria. También fue, durante años, el hombre que parecía haber inventado una modalidad política enteramente nueva: la ingravidez ideológica. Todo en él flotaba. Las palabras flotaban. Los conceptos flotaban. La nación flotaba. La economía flotaba. Las consecuencias flotaban. Hasta la realidad, esa vulgaridad reaccionaria, parecía flotar a su alrededor sin atreverse a tocarle. Ahora, según sabemos, también flotaban otras cosas.

La justicia determinará si las acusaciones que pesan sobre él son ciertas, falsas, exageradas o procesalmente insostenibles. Conviene decirlo no por cortesía, sino por higiene intelectual. Un investigado no es un condenado. Un auto judicial no es una sentencia. La sospecha no equivale a la culpa. Y precisamente por eso resulta tan interesante Zapatero: porque incluso antes de que un juez decida nada sobre delitos, comisiones, influencias, sociedades, consultorías o blanqueo de capitales, ya existe una condena moral mucho más antigua, más visible y más difícil de recurrir.

Zapatero lleva años blanqueando. No sabemos aún, porque debe establecerlo la justicia, si blanqueó dinero. Pero sabemos de sobra que blanqueó dictaduras. Sabemos que blanqueó a Maduro. Sabemos que blanqueó a Delcy. Sabemos que blanqueó elecciones fraudulentas, silencios represivos, presos políticos, exilios, palizas, hambre, miedo y ruina. Sabemos que se presentó como mediador cuando demasiadas veces pareció emisario. Como pacificador cuando demasiadas veces pareció abogado. Como humanitario cuando demasiadas veces pareció notario piadoso de la permanencia chavista en el poder.

Y ahí está el problema. Porque el blanqueo moral siempre precede al otro. Antes de lavar dinero, si es que alguien lo lavó, hay que lavar palabras. Antes de borrar rastros bancarios, hay que borrar significados. Antes de convertir una comisión en consultoría, una influencia en asesoramiento o una amistad peligrosa en interlocución necesaria, hay que haber conseguido que las palabras dejen de tener aristas. Dictadura pasa a llamarse régimen. Régimen pasa a llamarse Gobierno. Represión pasa a llamarse tensión institucional. Golpe pasa a llamarse controversia electoral. Presos políticos pasan a llamarse personas privadas de libertad en contextos complejos. Hambre pasa a llamarse dificultad económica. Exilio pasa a llamarse diáspora. Y el tirano, convenientemente perfumado, se convierte en actor imprescindible para la estabilidad regional.

Qué delicadeza. Qué ternura. Qué crimen contra el diccionario. Zapatero entendió antes que casi nadie que la política contemporánea no consiste solo en mandar, sino en bautizar. Quien controla los nombres controla la repugnancia. Si Maduro es un dictador, hay que condenarlo. Si Maduro es un interlocutor, se le visita. Si Delcy Rodríguez es una pieza central de una dictadura corrupta y represiva, se la esquiva. Si Delcy es una amiga complicada en un tablero geopolítico complejo, se la saluda, se la escucha y se la envuelve en esa celofana diplomática que tanto gusta a los hombres que confunden la equidistancia con la superioridad moral.

Durante años, Zapatero viajó a Caracas como quien visita un laboratorio de su propia vanidad. Entraba y salía del chavismo con una naturalidad casi litúrgica, rodeado de sonrisas, cámaras, apretones de manos y explicaciones vaporosas. Decía mediar. Decía ayudar. Decía liberar. Decía tender puentes. Siempre tendía puentes. Algunos políticos, cuando se quedan sin cargo, descubren consejos de administración. Zapatero descubrió puentes. Puentes a Venezuela. Puentes a Marruecos. Puentes a China. Puentes siempre orientados hacia lugares donde la democracia liberal, esa señora tan fastidiosa, suele tener mala cobertura.

Lo admirable es que esos puentes nunca parecían conducir hasta los oprimidos. Conducían a los palacios. Conducían a los despachos. Conducían a los aeropuertos oficiales. Conducían a las fotografías. Conducían a las mesas donde se decide cuánto sufrimiento puede llamarse estabilidad. Y mientras tanto, en Venezuela, los venezolanos seguían huyendo. Los opositores seguían siendo acosados. Los presos seguían presos. Las elecciones seguían siendo trituradas por el aparato. La pobreza seguía extendiéndose sobre uno de los países más ricos del continente como una maldición administrada por incompetentes con uniforme, retórica bolivariana y cuentas opacas. Pero Zapatero sonreía. Siempre sonreía. Esa sonrisa suya, entre beatífica y funcionarial, como si acabara de descubrir una solución dialogada para el Juicio Final.

El caso Plus Ultra, por eso, resulta tan simbólicamente devastador. No solo por los millones del rescate, ni por los informes policiales, ni por la imputación, ni por esa telaraña de intermediarios, empresas, consultorías y presuntos favores que ahora empieza a reconstruirse con la lentitud seca de los sumarios. Es devastador porque parece cerrar un círculo moral. La aerolínea, Venezuela, el dinero público, las influencias, las amistades, las puertas abiertas, las agendas discretas, las palabras nobles colocadas sobre operaciones menos nobles: todo compone una especie de fresco perfecto del zapaterismo tardío.

El zapaterismo, en realidad, siempre fue eso: una técnica de difuminado. Difuminó la nación hasta convertirla en una molestia sentimental que solo padecían los demás. Difuminó la economía hasta que la crisis se le apareció en mitad del salón como un cadáver que nadie había invitado. Difuminó el terrorismo hasta confundir la derrota policial de ETA con una dramaturgia de reconciliación en la que los asesinos acababan pareciendo víctimas de una mala comprensión histórica. Difuminó Venezuela hasta convertir una tiranía en un interlocutor. Difuminó Marruecos hasta presentar la cesión como realismo. Difuminó China hasta llamar oportunidad a lo que otros llamaban dependencia estratégica.

Y ahora, según la investigación judicial, toca averiguar si también se difuminaron comisiones, pagos, influencias y beneficios. No deja de tener cierta coherencia estética. Zapatero nunca pareció un corrupto clásico. No encaja en la iconografía del trilero mediterráneo, del conseguirdor con puro, del alcalde con chalet, del ministro con sobre, del empresario con bigote y palco. Su figura pertenece a una categoría más inquietante: la del hombre que reviste cualquier cosa de bondad. El corrupto vulgar sabe que huele mal. El blanqueador moral cree que el olor desaparece si lo llama proceso de paz. Esa es su ventaja. También su obscenidad.

Porque hay una forma de indecencia que no necesita gritar. Habla bajo. Dice cosas como diálogo, convivencia, distensión, humanitarismo, complejidad, no hay que romper los canales, todos los actores deben ser escuchados... Y, mientras pronuncia esas palabras, la víctima desaparece del encuadre y el verdugo recupera respetabilidad. Ese ha sido el gran talento de Zapatero: colocar una luz amable sobre lo intolerable. Por eso la imputación conmociona tanto al socialismo. No porque un expresidente pueda tener problemas judiciales. La política española ya no tiene edad para fingir virginidades institucionales. Conmociona porque afecta a una reliquia emocional. Zapatero era, para una parte del PSOE, el último recuerdo de una izquierda que aún se gustaba a sí misma. La izquierda de las cejas, de los artistas, de las leyes civiles, de la paz como eslogan, de la sonrisa como método, de la superioridad moral sin demasiadas facturas a la vista. Era el santo laico de los buenos sentimientos. El niño eterno de León que hablaba como si acabara de inventar la fraternidad en una servilleta.

Y ahora resulta que aparece en un sumario. No hay alegoría más cruel. El problema de los santos laicos es que, cuando se les cae la aureola, no se oye un estruendo; se oye un tintineo ridículo. Como de bisutería. De pronto, el gran mediador internacional tiene que explicar cosas muy prosaicas. Empresas. Pagos. Contactos. Intermediarios. Rescates públicos. Consultorías. Agendas. Personas de confianza. Nombres que antes no salían en las conferencias sobre la paz. Cantidades que no caben en un discurso sobre la Alianza de Civilizaciones sin producir cierto sarpullido.

Y entonces el socialismo descubre, con el mismo estupor con que descubre todo lo que no quería saber, que quizá el problema no era solo Sánchez. Quizá Sánchez no cayó del cielo como un meteorito amoral sobre un partido virtuoso. Quizá Sánchez heredó un ecosistema entero de indulgencias, silencios, dobles varas, obediencias, mitologías y blanqueos. Quizá el sanchismo no sea una anomalía sino una evolución. Más áspera, más descarada, más cínica, más feroz, sí. Pero evolución al fin y al cabo. Zapatero envolvía la realidad en algodón. Sánchez la envuelve en alambre. Uno sonreía al borde del abismo. El otro acusa al abismo de ultraderechista. Pero ambos comparten una intuición fundamental: el relato siempre debe llegar antes que los hechos.

Por eso Zapatero calla tanto. O habla poco. O habla desde jardines domésticos, en vídeos de autojustificación más propios de un profesor jubilado molesto por una comunidad de vecinos que de un expresidente llamado a declarar ante la Audiencia Nacional. No es fácil comparecer cuando uno ha pasado media vida explicando el mundo a los demás y descubre, demasiado tarde, que ahora debe explicarse a sí mismo. Y quizá no pueda. Porque hay biografías que se defienden mal cuando se las despoja de adjetivos nobles. Mediador. Humanitario. Pacificador. Internacionalista. Progresista. Dialogante. Todos esos términos han servido durante años como sábanas blancas extendidas sobre habitaciones oscuras. Ahora alguien ha encendido la luz. Todavía no sabemos qué dirá exactamente la justicia. No sabemos si habrá condena, archivo, absolución, escándalo mayor o decepción probatoria. Pero sí sabemos algo más elemental: cuando un hombre pasa demasiados años blanqueando a dictadores, termina por teñirse de aquello que quiso lavar.

La justicia dirá si Zapatero fue culpable de delitos. La historia ya puede decir que fue culpable de sus miserables indulgencias. Y no es poca cosa.

viernes, 15 de mayo de 2026

El ilusionista y los conejos podridos

Hay gobiernos que caen por un escándalo. Otros, más resistentes, caen por acumulación. Y luego está el sanchismo, que ha descubierto una tercera vía: sobrevivir por saturación. La técnica no es nueva, pero nunca había sido ejecutada con tanta frialdad industrial. Consiste en no cerrar nunca una crisis, sino en inaugurar inmediatamente la siguiente. No explicar el incendio, sino prender otro en la habitación contigua. No apagar la sospecha, sino rodearla de tal cantidad de ruido, humo, sentimentalismo, épica, encuestas, bulos, enemigos, ultraderechas, amenazas a la democracia, cartas a la ciudadanía, llamamientos a la regeneración, comparecencias solemnes, víctimas procesales, libros providenciales y conejos sacados de chisteras ya chamuscadas, que el ciudadano termina olvidando cuál era exactamente el olor inicial. Y el olor inicial, conviene recordarlo, no era pequeño.

El juicio de las mascarillas, con Aldama, Koldo y Ábalos orbitando alrededor de una época en la que se compraban urgencias, se adjudicaban contactos y se administraba el miedo sanitario como quien descubre una mina pública, ha dejado una imagen moralmente devastadora: la de un Estado que, mientras los ciudadanos se encerraban, obedecían, temblaban y contaban muertos, servía también como parque temático para intermediarios, conseguidores, fontaneros, asesores, comisionistas y demás fauna de presupuesto. Pero ahí está la genialidad del método. Uno podría creer que un asunto así exige explicaciones. Error. Eso era antes, cuando todavía se fingía respeto por la inteligencia pública. Ahora un escándalo no se explica: se secuencia. Se convierte en episodio. Se lo deja respirar dos días. Se permite que ocupe portadas. Se mide su toxicidad. Se identifica el punto de fuga. Y, justo antes de que el ciudadano una las piezas, se abre otro cajón. Aparece una carta. Aparece un viaje. Aparece un virus. Aparece Florentino. Aparece Milei. Aparece Franco. Aparece la fachosfera. Aparece un libro de Iván Redondo. Aparece, en fin, cualquier cosa que permita trasladar el foco desde la pregunta insoportable —¿quién mandaba aquí?— hacia una nueva representación de la épica progresista.

Pedro Sánchez no gobierna España. Programa España. Cada semana emite un capítulo. Cada capítulo corrige al anterior. Cada cliffhanger tapa un sumario. Cada sumario queda cubierto por una amenaza existencial. Y cada amenaza existencial permite a Sánchez reaparecer como lo que siempre quiso ser: no un presidente sometido a control, sino el personaje central de una serie sobre sí mismo. El problema es que la serie ya no tiene argumento. Solo tiene temporadas. En una de ellas, el presidente era el joven heroico que recorrió España en un Peugeot, armado únicamente con su voluntad, su mandíbula, su manual de resistencia y la fidelidad de unos pocos compañeros de carretera. Era una estampa formidable: el líder proscrito regresando desde el polvo de las federaciones, como un Cid con aire acondicionado deficiente y tapicería modesta. Ahora resulta que el Peugeot tenía algo de Mercedes, o que al menos la leyenda era menos proletaria de lo que convenía a la iconografía oficial. No importa demasiado. En política, los coches casi nunca son coches. Son sacramentos narrativos. El Peugeot no transportaba a Sánchez. Transportaba el mito. Y, como todos los mitos fabricados por asesores, olía a ambientador nuevo y a mentira vieja.

El sanchismo ha vivido siempre de esa tensión entre épica y tapicería. Necesita parecer humilde, pero habita el privilegio con una naturalidad principesca. Necesita hablar de la gente, pero gobierna rodeado de gabinetes, argumentarios, escoltas, secretarios de Estado, asesores de asesores y redactores de emociones colectivas. Necesita denunciar las cloacas, pero produce su propia fontanería sentimental a tiempo completo. Necesita declararse perseguido, pero lleva años ocupando todos los resortes imaginables del poder con una voracidad que haría sonrojar a los viejos caciques, si los viejos caciques hubieran tenido community managers.

Por eso la reaparición de Iván Redondo tiene algo de justicia poética. El gran guionista vuelve cuando la serie empieza a necesitar desesperadamente una sinopsis. Redondo aparece con su libro, sus diagramas, sus frases de consultor oracular y esa manera tan suya de hablar de la política como si el electorado fuera una masa semidormida esperando que un estratega extremeño le revelara el sentido oculto del calendario. Hay en él una mezcla fascinante de sacerdote, vendedor de enciclopedias y diseñador de escape rooms institucionales. Todo parece misterioso. Todo parece histórico. Todo parece diseñado para que el jefe, incluso cuando tropieza, parezca estar ejecutando una maniobra de profundidad.

Esa es la verdadera función del asesor moderno: convertir el charco en océano. Si Sánchez pacta con separatistas, no es dependencia parlamentaria: es una nueva comprensión territorial de España. Si indulta a quienes prometen volver a hacerlo, no es cesión: es convivencia. Si cambia de opinión, no rectifica: evoluciona. Si resiste agarrado a una mayoría Frankenstein, no sobrevive: lidera la complejidad. Si su entorno judicial empieza a poblarse de imputados, investigados, comisionistas, esposas incómodas, hermanos subvencionados, fontaneros ministeriales y expresidentes en apuros, no estamos ante una degradación del poder: estamos ante una ofensiva de la derecha judicial, mediática, económica, climática y posiblemente astrológica.

La magia consiste en no dejar nunca que las palabras coincidan con las cosas. Aldama no es un síntoma; es un señor. Koldo no es una estructura; es una anécdota. Ábalos no es un producto del sistema; es una decepción personal. Begoña no es un problema institucional; es una víctima del amor. El hermano no es un caso; es cultura. Zapatero no es una sombra incómoda; es lealtad democrática. El Peugeot no era exactamente un Peugeot, pero sí era, en el fondo, más Peugeot que cualquier Peugeot, porque lo importante no es el vehículo material, sino el vehículo emocional de la esperanza. Y así sucesivamente, hasta que la realidad se rinde por agotamiento.

El ciudadano común, que todavía cree ingenuamente que las cosas existen antes de ser relatadas, observa el espectáculo con una mezcla de fatiga, irritación y vergüenza ajena. Quiere saber quién cobró, quién llamó, quién adjudicó, quién autorizó, quién protegió, quién sabía, quién miró a otro lado, quién hizo negocio, quién mintió. Pero recibe otra cosa. Recibe una explicación sobre la democracia amenazada, una conferencia sobre la ultraderecha internacional, una meditación sobre los bulos, una apelación a la convivencia, un recuerdo emocionado de la pandemia, un anuncio sobre vivienda, una bronca al juez, una entrevista de Redondo o una encuesta milagrosa en la que el PSOE vuelve a respirar gracias a la enorme madurez del pueblo español.

El pueblo español, por cierto, es madurísimo cada vez que vota correctamente y profundamente manipulado cada vez que muestra señales de hartazgo. Ese matiz también conviene anotarlo. Lo más admirable del sanchismo es su capacidad para convertir cualquier acusación en una prueba de virtud. Cuanto más se estrecha el cerco, más puro se declara. Cuanto más turbio resulta el entorno, más transparente se proclama. Cuanto más áspera se vuelve la realidad, más almibarado se vuelve el relato. Hay un momento en que la propaganda deja de defender al poder y empieza a reemplazarlo. Ya no importa qué ocurrió, sino qué historia puede colocarse encima antes de que amanezca.

Por eso la política española se ha llenado de relatos con la textura de los decorados baratos. Se ven las juntas. Se mueve el cartón. La puerta no cierra. El castillo tiembla cuando alguien pisa fuerte. Pero los actores siguen declamando como si estuvieran en Versalles. Sánchez entra por la izquierda, mira al horizonte, habla de avances sociales. Redondo aparece por la derecha, explica que todo forma parte de una arquitectura histórica. Los ministros hacen coro. Los socios parlamentarios cobran su parte en competencias, privilegios o silencios. Los periodistas afines afinan la melodía. Y al fondo, muy al fondo, casi fuera de plano, quedan Aldama, Koldo, Ábalos y las mascarillas.

Qué vulgaridad, las mascarillas. Qué poco literarias. Qué mal encajan en la gran epopeya de la España plurinacional, feminista, verde, resiliente, inclusiva, digital, europea y emocionalmente sostenible. Sin embargo, ahí están. Como estaba la pandemia. Como estaban los contratos. Como estaban las comisiones. Como estaban los intermediarios. Como estaban los teléfonos. Como estaban los coches. Como estaba la vieja política dentro de la nueva política, igual que una humedad que atraviesa todas las capas de pintura. La pregunta, por tanto, no es si Sánchez es culpable de todo lo que ocurre a su alrededor. Esa pregunta corresponde a los jueces cuando haya materia penal, a los periodistas cuando haya documentos y a los ciudadanos cuando haya urnas. La pregunta política es más simple y más devastadora: ¿cuánta podredumbre puede rodear a un líder antes de que deje de ser mala suerte y empiece a parecer sistema? Porque un episodio aislado puede ser casualidad. Dos episodios pueden ser torpeza. Tres episodios pueden ser negligencia. Pero cuando la vida pública se convierte en una sucesión de comisionistas, rescates discutidos, tesis emocionales, familiares prósperos, asesores visionarios, ministros caídos, fiscales enredados, coches legendarios y libros destinados a convertir el oportunismo en destino histórico, quizá lo prudente sea abandonar la categoría de accidente.

Quizá ya no estamos ante manchas. Quizá estamos ante el tejido. Y esa es la razón por la que el sanchismo necesita producir relato sin descanso. Porque si deja de hablar, se oye el sumario. Si deja de dramatizar, se ve la contabilidad. Si deja de invocar a la ultraderecha, aparece la pregunta administrativa. Si deja de representar la resistencia democrática, queda al descubierto algo mucho más prosaico: un poder extraordinariamente hábil para sobrevivir, extraordinariamente eficaz para colonizar instituciones y extraordinariamente dispuesto a llamar progreso a cualquier maniobra que le permita seguir respirando.

El ilusionista todavía mueve las manos. Todavía saca conejos. Todavía sonríe. Pero cada vez resulta más difícil no advertir que los conejos llevan tiempo muertos.

viernes, 8 de mayo de 2026

Meme lo fue antes

Hay frases que no absuelven a nadie, pero iluminan con prístina claridad la historia de un derrumbe.

Ábalos ha dicho en sede judicil que se ha convertido en “carne de meme”, y sería mezquino negarle cierta sincronización expresiva con su actual inmanencia. No todos los días un político consigue resumir su situación judicial, sentimental, mediática, estética y metafísica con una fórmula tan eficaz. Hay tesis doctorales con menos capacidad de síntesis (el indocto que nos desgobierna sabe bien de lo que hablo). Hay informes de partido, comparecencias parlamentarias, ruedas de prensa y editoriales enteros que no alcanzan esa fulgurante exactitud: carne de meme. Es decir, materia prima del escarnio digital. Proteína de chanza. Fiambre de WhatsApp. Chuleta de tertulia. Ración de escarnio servida a temperatura ambiente por la democracia de los pulgares.

La expresión tiene, además, un mérito involuntario: por un instante, humaniza al personaje. No lo exonera ni lo embellece. No lo convierte en mártir, pero lo devuelve, aunque sea de forma grotesca, al territorio de los mortales. Ahí está Ábalos, descubriendo que el poder no solo se pierde sino que también se pixeliza. Un día uno entra uno en los ministerios con coche oficial, escolta, carpeta roja y subordinados que le ríen hasta los silencios; y al día siguiente resulta que circula convertido en captura de pantalla, en sticker, en vídeo recortado, en subtítulo cruel, en broma de sobremesa para cuñados con sentido de la oportunidad. Es el viejo memento mori, solo que actualizado por Telegram.

Antes, al general victorioso le susurraban al oído que recordara su condición mortal. Ahora no hace falta esclavo romano alguno situado a sus espaldas. Basta un community manager con mala leche, un usuario anónimo con demasiado tiempo libre o un adolescente capaz de condensar la caída de un ministro en ocho segundos de vídeo y una música humillante. Roma tenía laureles. Nosotros tenemos GIFs. Cada civilización administra la vanidad con las herramientas que merece. Pero conviene no equivocarse. Ábalos no se ha convertido ahora en meme. Ya lo era antes.

Ese es el punto que casi siempre se nos escapa, quizá porque el espectáculo de la caída nos distrae de la vulgaridad de la ascensión. Creemos que el político se vuelve ridículo cuando comparece ante un tribunal, cuando tartamudea explicaciones, cuando se le amontonan los nombres, los sobres, los intermediarios, los favores, las novias, los asesores, los comisionistas, los teléfonos y los silencios. Creemos que el meme nace en el momento de la ruina. Falso. El meme nace en el momento de la impunidad. Se es meme mucho antes de saberlo. Se es meme cuando un servidor público empieza a comportarse como si el Estado fuese una empresa de mudanzas puesta a su servicio. Cuando confunde el ministerio con una finca, el coche oficial con una prolongación de su ego, la secretaria con una camarera de su biografía, el escolta con un figurante y el presupuesto público con una especie de fondo de cortesía para aliviar incomodidades personales. Se es meme cuando el poder, que debería volver solemne al mediocre, vuelve hortera al soberbio que precisa de tríos de prostitutas para relajarse de las vicisitudes diarias.

Porque el problema no es solo la corrupción. La corrupción, al menos, tiene una arquitectura reconocible: dinero, favores, adjudicaciones, mordidas, llamadas, expedientes, coartadas. Lo verdaderamente revelador es la estética de la corrupción. Esa manera de andar. Esa manera de mirar. Esa manera de hablar como si el país les debiera gratitud por permitirle ser administrado por ellos. Ese tono de quien no ocupa un cargo, sino una especie de investidura antropológica. Esa expresión tan nuestra del político que, tras tres ascensos internos, dos congresos federales y una noche electoral razonablemente favorable, empieza a creerse Richelieu con chófer.

Ahí está el meme. No en el chiste a posteriori, sino en la solemnidad previa. No en el montaje digital, sino en el posado institucional. No en el sticker, sino en la rueda de prensa. No en el tribunal, sino en el canapé. España lleva décadas produciendo esta variedad tan castiza de personaje público: el hombre de partido que, tras una vida entera respirando moqueta, desarrolla una extraña alergia a la realidad. Todo en él acaba siendo de utilería: la austeridad, el compromiso social, la cercanía al pueblo, la emoción, la indignación, el feminismo de atril, la regeneración democrática, la humildad de campaña, el amor a los trabajadores, la promesa de transparencia y, por supuesto, esa pobreza repentina que algunos descubren cuando el poder ya no paga la cuenta.

Entonces es cuando aparecen las frases lacrimógenas: no tengo ingresos; no tengo secretaria; no tengo a mis prostitutas favoritas; no tengo a nadie. Como si el ciudadano normal, esa criatura exótica que no dispone de secretarias, asesores ni chóferes, ni desde luego escorts de lujo a cargo del erario público,  desde el día mismo de su nacimiento, debiera estremecerse ante semejante intemperie administrativa. Hay políticos que, al perder los privilegios, creen haber ingresado en la clase obrera. Confunden la caída del pedestal con una tragedia social. Descubren el cajero automático, el supermercado, el alquiler, la soledad burocrática y el contestador automático como si fueran penalidades bíblicas. 

Pobres. Han sido expulsados del paraíso de la mamandurria y ahora llaman desierto a la acera. Pero insisto: no es mi propósito cebarme con Ábalos. Sería demasiado fácil, y casi todos los placeres demasiado fáciles terminan siendo intelectualmente pobres. Ábalos importa menos como persona que como síntoma. Su interés no reside en su biografía, sino en su representatividad. Es una figura, sí, pero no una excepción. Es más bien una de esas grietas por las que se ve el edificio entero. Y lo que se ve no es tranquilizador.

Porque el meme verdadero no es Ábalos solo. El meme es el sistema que lo produjo, lo sostuvo, lo protegió, lo acompañó, lo celebró, lo aplaudió, lo necesitó y solo decidió descubrir su olor cuando el cadáver político empezó a molestar en el salón. El meme son los compañeros que ahora no le conocen. Los dirigentes que no sabían nada. Los subordinados que obedecían sin preguntar. Los asesores que pasaban por allí. Los partidos que convierten la disciplina interna en una forma de ceguera voluntaria. Los portavoces que hablan de responsabilidades individuales con el mismo entusiasmo con que antes hablaban de equipos, proyectos y liderazgos compartidos.

La política española tiene una capacidad admirable para practicar el exorcismo retrospectivo. Cuando alguien cae, resulta que nunca fue exactamente de los suyos. Era un verso suelto. Un error de casting. Una anomalía. Una decepción personal. Un problema heredado. Un colaborador autónomo. Un señor que pasaba por Ferraz con una carpeta bajo el brazo y al que, por inexplicables azares de la vida orgánica, se le entregó un ministerio.

Todo corrupto es huérfano. Todo imputado resulta que es siempre periférico. Todo apestado se vuelve inmediatamente autónomo. Lo fascinante es que, mientras funciona, todos son familia. Fotos, abrazos, mítines, sonrisas, palmadas, cenas, listas electorales, congresos, lealtades, consignas. Pero en cuanto llega el juez, la familia política se transforma en comunidad de vecinos: nadie vio nada, nadie oyó nada, nadie conocía al señor del quinto, nadie sabe de quién era esa bolsa, nadie recuerda quién autorizó la obra. Y así, entre la desmemoria y el cinismo, el meme alcanza su plenitud. No es un rostro deformado por internet. Es una forma de poder deformada por la impunidad.

Por eso resulta tan pobre reducirlo todo a la burla. Reírse de Ábalos puede ser comprensible; incluso saludable, si uno no abusa. Pero quedarse ahí sería concederle al sistema una victoria póstuma. El chiste descarga la tensión, pero también anestesia. Convertimos en meme lo que debería producir vergüenza institucional. Nos pasamos el vídeo, comentamos la frase, celebramos la ocurrencia, archivamos la indignación y seguimos adelante hasta el siguiente episodio de la serie.

Hace tiempo que lo venimos diciendo. España no combate la corrupción: la serializa y continúa desde distintas ópticas siendo, en el fondo, todas una misma. Y quizá ese sea el verdadero problema. No que un político termine siendo carne de meme, sino que el ciudadano haya asumido su papel de consumidor de escándalos. La corrupción ya no nos sorprende; nos entretiene. La indignación dura lo que tarda en aparecer una frase mejor. El reproche moral necesita titular. La decencia compite mal con el humor gráfico. Y cuando todo acaba reducido a meme, incluso la podredumbre se vuelve simpática. De ahí que la frase de Ábalos sea tan exacta y, al mismo tiempo, tan insuficiente. Sí, es carne de meme. Pero antes fue carne de aparato. Carne de ministerio. Carne de coche oficial. Carne de comité. Carne de poder. Carne de esos años en los que nadie quería saber demasiado porque saber demasiado siempre estropea las carreras prometedoras. Carne de una política donde el mérito supremo consiste en no hacer preguntas incómodas al jefe mientras el jefe todavía reparte futuro. Carne de un país donde demasiados servidores públicos olvidan la palabra servidor y se quedan únicamente con lo público, entendido como despensa, escenario, coartada y alfombra.

Ábalos ha descubierto tarde que la Historia, cuando se aburre de escribir tragedias, dibuja caricaturas. Pero no nos engañemos. El meme no empieza cuando el poderoso cae. Empieza cuando sube al coche oficial convencido de que el coche, el chófer, el ministerio, el partido, el Estado y hasta la paciencia de los ciudadanos forman parte natural de su biografía. Lo demás es edición digital. Y, si queda algo, defensa a ultranza del indocto que le dio un porvenir y, después, se lo quitó.

viernes, 1 de mayo de 2026

La derrota como patria

Hay una forma muy moderna de pacifismo que consiste en desear que gane el peor. No lo dicen así, desde luego. La gente educada nunca confiesa sus pequeñas miserias con la naturalidad suficiente para poder ser tomada en serio. Hablan de prudencia, de contención, de equilibrio, de derecho internacional, de evitar escaladas, de no repetir lo de Irak, de no incendiar el Oriente Próximo (como si Oriente Próximo hubiera sido hasta anteayer una encantadora comarca suiza dedicada al pastoreo, la filatelia y la fabricación de relojes).

Basta escucharles un rato para comprender la verdad. No temen que la guerra salga mal. Esperan que, realmente, salga mal. La esperan con una ansiedad casi infantil, como quien aguarda el error del adversario en una partida que no sabe jugar. Cada misil iraní que alcanza algo, aunque sea poco; cada fragata norteamericana obligada a maniobrar; cada base en alerta; cada refinería del Golfo rodeada de humo, les devuelve una emoción que no cabe en sus comunicados: la esperanza de que Estados Unidos fracase.

Y ahí, justamente ahí, comienza lo obsceno. Lo nauseabundo. Lo realmente inmoral.

Porque se puede detestar a Trump. De hecho, conviene detestar muchas cosas de Trump: su grosería, su narcisismo, su sintaxis de aparcamiento, su manera de convertir cualquier crisis internacional en una extensión de su propio ego maquillado de geopolítica. Se puede considerar que su intervención contra Irán ha sido tardía, precipitada, insuficiente, excesiva, torpe o electoralista. Todo eso pertenece al campo legítimo de la crítica política. Lo que no pertenece a ese campo es aplaudir, con las orejas convenientemente tapadas, a los ayatolás. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre.

De pronto, el régimen iraní ha dejado de ser lo que era: una dictadura teocrática, misógina, paranoica, imperial, carcelaria, financiadora de milicias y exportadora de muerte. Ya no importan las mujeres golpeadas por no cubrirse el pelo. Ya no importan los estudiantes ahorcados, los homosexuales perseguidos, los disidentes enterrados en cárceles sin nombre, los periodistas desaparecidos, los kurdos, los bahá’ís, los obreros, los jóvenes que hace apenas nada gritaban contra los mulás mientras Occidente les dedicaba una compasión cómoda, de esas que duran lo que dura un hashtag.

Ahora sólo importan, al parecer, los misiles. Ahora importa la "resistencia". Ahora importa que Teherán aguante. Y aquí es donde conviene detenerse. Porque el verbo aguantar ha adquirido en nuestro tiempo una extraña nobleza moral. Si un régimen aguanta frente a Estados Unidos, muchos concluyen automáticamente que ese régimen posee alguna forma de dignidad histórica. No importa que encarcele, torture, robe, censure, ejecute o someta a su población a una pedagogía permanente del miedo. Si desafía a Washington, obtiene un salvoconducto retórico. Se convierte en complejo, en soberano, en antiimperialista, en actor regional, en expresión de una humillación acumulada. Es decir: deja de ser responsable de sus actos.

Qué prodigio. Me maravillo de la idiotez, capaz de pergeñar cosas como ésta.  

El antiamericanismo ha terminado convirtiéndose en una lavandería moral para tiranías. El caso de Irán es especialmente revelador porque obliga a elegir entre dos formas de incomodidad. La primera consiste en admitir que Trump puede estar haciendo algo estratégicamente necesario por razones moralmente impuras, políticamente indecentes y verbalmente insoportables. La segunda consiste en admitir que quienes más hablan de derechos humanos suelen olvidarlos en cuanto el verdugo apunta en la dirección correcta. Y, como siempre, muchos han elegido la segunda. No soportan que Estados Unidos actúe. Pero soportan bastante bien que Irán exista tal como existe. Les molesta más un portaaviones norteamericano que una prisión iraní. Les alarma más la arrogancia de Washington que la policía moral de Teherán. Les parece más grave la vulgaridad de Trump que la sofisticada brutalidad de un régimen que ha perfeccionado durante décadas el arte de convertir la religión en aparato de seguridad del Estado.

Hay algo infantil en todo esto, pero también algo más oscuro. Infantil es creer que el mundo mejora cuando se humilla al fuerte. Oscuro es desear esa humillación aunque el precio lo paguen los débiles. Porque la pregunta sigue ahí: ¿dónde está el pueblo iraní en esta conversación? No hablo del régimen. Ni de los Guardianes de la Revolución. Ni del nuevo líder supremo exhibido en carteles como si la sucesión dinástica dentro de una teocracia fuese un accidente exótico y no una broma macabra contra la historia. Por descontado, tampoco de los estrategas de plató que dibujan flechas sobre mapas como niños aburridos con un videojuego. Hablo del pueblo iraní. De las mujeres. De los jóvenes. De los ateos clandestinos. De los creyentes hartos de que Dios sea administrado por una burocracia armada. de los padres que no quieren que sus hijos mueran por el uranio enriquecido de una casta sacerdotal. De quienes saben que la patria, cuando la secuestran los fanáticos, se parece demasiado a una cárcel con himno.

Nadie habla de ellos. O, todo lo más, se habla de ellos con cierta piedad decorativa que no compromete a nada. Se les menciona al principio, para ennoblecer la frase, y luego se les abandona en cuanto aparece la verdadera excitación: Estados Unidos puede fallar; Trump puede atascarse; el Pentágono puede equivocarse; el Golfo puede arder; la potencia americana puede descubrir, otra vez, que el mundo no obedece como un PowerPoint... Y entonces es cuando brota la sonrisa. Una sonrisa pequeñísima, desde luego. Una sonrisa de comentarista responsable. Una sonrisa camuflada bajo la palabra "análisis". Pero sonrisa al fin.

No es nueva. Sonrió en Irak, cuando el desastre permitió a muchos olvidar que Sadam Hussein también existía. Sonrió en Siria, cuando la cobardía occidental fue rebautizada como prudencia. Sonrió en Afganistán, no por las niñas que volvían a quedar bajo el talibán, sino por las imágenes de helicópteros y evacuaciones, tan útiles para certificar el declive del imperio. Sonrió en Ucrania cada vez que alguien explicó, con voz grave, que quizá Putin tenía sus razones de seguridad, como si las razones de seguridad incluyeran el derecho a triturar ciudades ajenas.

La derrota de Occidente es, para algunos, la última patria disponible. Y lo curioso es que muchos de sus devotos viven precisamente dentro de Occidente. Escriben desde sus universidades, sus periódicos subvencionados, sus estudios de televisión, sus cafés con calefacción, sus democracias imperfectas, sus jueces lentos, sus parlamentos ridículos, sus redes sociales histéricas, sus elecciones insufribles y sus libertades garantizadas por una arquitectura de poder que desprecian mientras la usan. No quieren vivir en Irán. Quieren que Irán sirva para demostrar que Estados Unidos ya no manda. No quieren mudarse a Moscú, ni a Pekín, ni a Caracas, ni a Damasco. Quieren que Moscú, Pekín, Caracas o Damasco existan como argumentos contra Washington. Son tiranías instrumentales. Dictaduras de uso retórico. Países donde otros ponen los muertos para que el europeo cansado pueda sentirse lúcido en una tertulia.

Por eso esta guerra, más allá de sus errores, revela algo desagradable. No solo revela el estado de Irán, ni la brutalidad del régimen, ni la incertidumbre estratégica de una intervención que puede terminar en acuerdo, en bloqueo prolongado o en una tregua mal cosida. Revela también la podredumbre intelectual de quienes han sustituido el juicio moral por el reflejo antiamericano.

Estados Unidos puede equivocarse. Se ha equivocado muchas veces. Trump puede mentir, exagerar, improvisar y convertir una operación militar en propaganda personal. Israel puede actuar con una dureza discutible y con un cálculo propio que no siempre coincide con el interés occidental. Nada de eso obliga a fingir que Irán es una víctima inocente, ni que los mulás son la expresión respetable de un pueblo oprimido, ni que el fracaso americano sería una buena noticia para nadie que no confunda la política internacional con el resentimiento.

La cuestión no es amar a Estados Unidos. La cuestión es no alegrarse cuando el enemigo de Estados Unidos es también enemigo de la libertad. Y eso, por lo visto, se ha vuelto dificilísimo.