lunes, 20 de julio de 2026

Un marciano en la final

Debo de ser uno de los últimos ejemplares de esa especie animal perpetuamente en extinción: el español que ayer no encendió la televisión para ver la final del Mundial. Mientras el país se pertrechaba en la calle, en las terrazas o en los salones de las casas, conteniendo la respiración al unísono con cada empujón de ese conjunto de jugadores al que denominan "La Roja", en mi casa imperaba el silencio más absoluto. No vi el partido de ayer, desde luego; pero es que tampoco he visto ni un solo minuto de todo el campeonato. Ni un pase, ni una repetición, ni un gol en diferido.

Cuento esto con cierto pudor, no porque esté confesando una rareza incómoda: los periódicos también están repletos de columnistas que declaran, ufanos, desmarcarse de los campos de juego del balompié, lo cual no deja de ser una suerte de orgullo y falta de humildad, por cuanto no se limitan a establecer su escasa afinidad por el deporte de masas por excelencia, sino que al hacerlo, se posicionan por encima del bien y del mal. Sé perfectamente que, en los tiempos que corren, apartarse de una corriente masiva suele interpretarse como un intolerable ejercicio de superioridad moral, cuando no de esnobismo intelectual. En mi caso, nada más lejos de la realidad. No me siento mejor que nadie por no vibrar con el fútbol, ni pretendo mirar por encima del hombro a los millones de compatriotas que legítimamente encuentran en este deporte una vía de escape, una alegría compartida o una hermosa catarsis colectiva. De hecho, hasta hace poco más de una década, me consideraba ferviente seguidor y animador de este tipo de gestas. Pero todo eso cambió. Mi desconexión no nació de la soberbia, sino de algo mucho más mundano, pesado y gris: el puro hartazgo.

Me pasa con el Mundial (y la Liga, y las motos, y los coches, y el baloncesto, y el tenis...) lo mismo que me ocurre con la televisión en general desde hace ya un tiempo. Siento una profunda fatiga ante el ruido ensordecedor de los contenidos hiperbólicos, el bucle infinito de las tertulias y esa imperiosa obligación de consumir y opinar al momento del surgimiento de las gestas deportivas para, con ello, seguir opinando al día siguiente, y al otro, y al otro también. Ibidem, las series de la tele o los estrenos cinematográficos o bibliográficos o del tipo que sea. La pantalla, resumidor crucial, en cualesquier formatos, así sea un aparato plano enorme o uno más pequeño que también podría emplearse para hacer llamadas de teléfono, se ha convertido en el generador perpetuo de un bombardeo constante de estímulos que, en lugar de entretener, tiene por objetivo saturar el cerebro. El fútbol actual, devorado por el negocio, el márquetin agresivo y la sobreinformación las veinticuatro horas del día, ha terminado por producirme el mismo efecto de rechazo que un mal programa de telerrealidad o los informativos clónicos de la sobremesa. Y no les cuento ya lo que me parece el Instagram y demás engendros...

Al final, quedarse al margen no es una declaración de guerra ni una pose de intelectual incomprendido. Es, simplemente, la humilde búsqueda de un poco de paz mental. Ayer, ganara quien ganase, y sé fehacientemente que venció la selección española, mi única victoria personal fue el silencio de una noche cualquiera de verano, cuyos sueños generan locuras eviternas. Por eso mi casa fue un pequeño oasis de tranquilidad en un mundo que insistía en gritar demasiado fuerte.


viernes, 10 de julio de 2026

Las manos atadas de Ermua

Quienes fuimos testigos de aquellas cuarenta y ocho horas de desesperación a mediados de julio de 1997, es difícil que encontremos en la memoria un acontecimiento de mayor sadismo, brutalidad, impiedad, inhumanidad y salvajismo. Si quieren les busco todos los sinónimos en el diccionario. Habría que trasladar el alma a los escenarios de las guerras para encontrar un ejercicio equiparable en crueldad e insensibilidad, con la diferencia de que, en las guerras, los soldados de ambos bandos son combatientes que sirven a las órdenes de los políticos que los envían al frente de batalla. En el cobarde y ruin asesinato de Miguel Ángel Blanco, sólo hubo soldados en uno de los frentes y dispararon a quemarropa a un inocente a quien ni siquiera disculparon la posibilidad de defenderse con las manos. Así ha sido ETA desde sus orígenes. Y así han sido las Vascongadas desde la segunda asamblea de aquélla. 

Lo mantuvieron amordazado durante dos días, mientras el reloj de su tramposo chantaje iba descontando minutos y las gentes de bien, de cualquier ideología, buscaba maneras de revertir la infame extorsión. ETA jamás tuvo intenciones de negociar: su objetivo era demostrar que podían obligar a todo un país a contener el aliento durante una cuenta atrás de dos días. Un monstruo tildado Txapote, cuyo nombre verdadero no merece ser escrito en parte alguna que no sea el papel higiénico usado, le descerrajó dos tiros mientras un segundo monstruo, conocido como Oker, lo obligaba a arrodillarse con las manos en la espalda. Miguel Ángel Blanco había sido secuestrado por la repugnante novia de Txapote, conocida como Amaia. Oker lleva muchos años muerto, de un balazo en la cabeza, pero Txapote y Amaia siguen vivos. 

Las gentes de toda España se echaron a la calle con las manos pintadas de blanco. Y nos dijeron que, en aquel julio de 1997, perdimos definitivamente el miedo. Nos repitieron, como un mantra anestésico, que aquellas manos blancas del Espíritu de Ermua habían arrinconado para siempre el terror. Sin embargo, casi tres décadas después del asesinato de Miguel Ángel Blanco, la realidad sigue mostrando una caligrafía muchísimo más amarga, el de la desmemoria institucionalizada, la paradoja más cruel que ha vertido nuestra democracia. Mientras los nombres de las víctimas se diluyen en los libros de texto, los verdugos regresan a sus pueblos entre vítores, aplausos y pasillos de honor camuflados de fiestas populares. Y el miedo que creíamos enterrado, jamás desapareció, habiendo mutado en indiferencia colectiva. No es alarmante el regreso físico de los presos a sus calles o que su vuelta sea celebrada con júbilo por una multitudinaria caterva de vascos embrutecidos y alienados. Espanta, sobre todo, el retorno moral a las instituciones que han perpetrado los terroristas y sus secuaces. 

Quienes empuñaron las armas, jalearon el horror o señalaron con nombre y apellidos a las víctimas, se arrogan ahora el derecho a impartir lecciones de ética y dictar qué es o no es democrático. ETA, desde su tumba bien soleada de flores y aire perfumado, y pese a su incierta desaparición, posee la capacidad de condicionar la labor política (oprobiosa) de nuestro desGobierno. El sueño abyecto y despreciable de independencia ha sido, además, recogido por sablistas de medio pelo, ufanados en su codicioso y voraz egoísmo político. Unos se llaman PNV, otros ERC, otros ya no me acuerdo (de tantos nombres como ha tenido). Ninguno de ellos maldice la inversión absoluta del relato: que el verdugo ha sido reconvertido en legislador y que la víctima (las víctimas, que fueron muchas) ha quedado reducida, para ellos, a un incómodo estorbo del pasado por su capacidad de contrariar las ansias de secesión. Y esto es España, a uno y otro lado. La triste miseria de un pueblo que solo sabe de fútbol.

Recordar a Miguel Ángel Blanco, para mí, jamás será el frío acto de una agenda anual en manos de los políticos. A raíz de su asesinato, todo el secesionismo e independentismo vasco se puso de acuerdo para amortiguar, y revertir, aquello del Pacto de Ermua. Y lo consiguieron. Lo mismo que ERC acordó con los monstruos que sólo a ellos, los catalanes, debían respetar (todos los demás éramos prescindibles). Por ese motivo la efemérides del vil asesinato de Miguel Ángel Blanco debe ser la denuncia de un presente donde la justicia se negocia y la dignidad se pisotea. Si permitimos que el blanqueamiento sustituya a la memoria histórica, la de verdad, no la de estos politicastros de ahora, aquellas manos blancas de 1997 no habrán servido sino para certificar nuestra rendición.

viernes, 3 de julio de 2026

El dolor que no cesa

La tierra posee fracturas. Y estas fracturas, en ocasiones, ocasionan un inmenso dolor a los seres humanos, los únicos animales con capacidad para entender y asumir la existencia de la muerte. 

El devastador doblete sísmico que sacudió hace unos días la región norte de Venezuela, y cuyas réplicas e impacto humanitario siguen manteniendo al país en vilo durante este inicio del mes de julio, ha dejado al descubierto mucho más que las placas tectónicas cuyo movimiento caracteriza a este planeta donde vivimos. La tragedia, concentrada con brutalidad en el estado La Guaira y en Caracas, ha superado la pavorosa cifra de cinco mil fallecidos y dejado sin hogar a casi veinte mil personas. No obstante, cabe mencionar que la verdadera magnitud de este desastre no reside en los sismógrafos ni en la furia ciega de la naturaleza, la misma por la que tanto hacemos para desconocer, pese a que nos amedrenta, sino en la fragilidad acumulada de una nación entera que hace ya demasiado tiempo que se esfuerza en alcanzar la inanidad absoluta, lo cual dice muy poco de sus dirigentes (el del bigote encarcelado y ya olvidado, y la señora y los caballeros que, siendo constructores del desastre, aún siguen asomando sus malditas narices por los palacios e instituciones en pie). 

Cuando el suelo se quiebra bajo los pies de una población que arrastra décadas de emergencia humanitaria, colapso institucional y precariedad en los servicios públicos, cualquier desastre natural se transforma de inmediato en un veredicto social a nivel planetario, aunque tal contingencia no suponga luego nada. de hecho, la llamada "zona cero" de esta catástrofe es evidencia suficiente para entender que la vulnerabilidad humana es el resultado de un larguísimo descuido estructural, que es justo aquello que sucede en las naciones cuyos dirigentes solo piensan en sí mismos y en sus autárquicas manifestaciones de poder, en lugar de pensar en la población civil de la que dicen sentirse líderes (a los españoles nos suena mucho todo esto últimamente). Que haya hospitales sin insumos suficientes, que los sistemas de rescate estén desbordados de inmediato, o que las edificaciones sean vulnerables por haber sido erigidas al margen de la rigurosidad sísmica planetaria, son todas ellas las grietas por las que se escurre la vida de miles de compatriotas venezolanos. El dolor de los padres que buscan a sus hijos entre las toneladas de escombros es un grito desgarrador que, en cualquier otro lugar del mundo, exigiría respuestas inmediatas y no promesas vacías. Y nuevamente pongo a España como ejemplo de esta deriva, donde, como respuesta de un horrendo accidente ferroviario, al primate homínido encargado de la gestión ministerial competente solo se le ocurre insultar y despreciar (tampoco es que sepa hacer otra cosa en ninguna de las áreas de la vida).

Las más de mil réplicas que han seguido estremeciendo el país sudamericano nos recuerdan, con tristeza y no poca estupefacción, que la Tierra es un planeta que aún no se ha asentado, justo el lugar donde vivimos. Para los afectados, como en cualquier otra catástrofe natural, la reconstrucción de las zonas devastadas será un proceso largo y doloroso. Por ello, uno tiende a pensar que la masa política de este mundo debería pensar en mejorar las infraestructuras y crear los sistemas necesarios para que nos adaptemos con éxito a los procesos telúricos y atmosféricos que nos atosigan de tanto en cuando (cambio climático incluido). Pero no sucederá así. Todo aquello cuyo periodo de maduración supere los cuatro años y no suponga una foto de inauguración, ha de quedar de inmediato relegado al olvido. Que se lo cuenten en España a los conductores y usuarios del tren. En Venezuela, lo de cuidar a los vivos y honrar a los fallecidos parece un mal chiste a estas alturas de la Historia.