viernes, 5 de junio de 2026

¿Una encíclica sin teología?

Hay textos que, por razones complejas y difíciles de diseccionar, generan consenso de forma inmediata. La encíclica Magnifica Humanitas (que muy poca gente ha leído) parece ser uno de tales documentos capaces de engendrar fervor, adulación y un mismo modo de pensamiento en muchos y muy distintos individuos. Está bien escrita, es pertinente, es actual. Sin embargo, en una segunda lectura más reposada, surge una impresión incómoda (al menos en mí): la de encontrarnos ante una encíclica sorprendentemente pobre en densidad teológica.

No creo que se trate de una carencia accidental, más bien parece una opción deliberada, muy al hilo de las cartas encíclicas que pergeñaba el anterior Papa Francisco I. El documento pertenece claramente al ámbito de la doctrina social de la Iglesia, y, por tanto, su objetivo no es tanto desarrollar el misterio de Dios como ofrecer criterios para orientarse en esta era actual de la inteligencia artificial. Solo bajo esa perspectiva podemos decir que la teología comparece, aunque no como un fundamento sobre el que basar la doctrina, sino única y exclusivamente como contenido supuesto. Cristo, por ejemplo, está presente, pero no es el centro dramático del texto. También se invoca a la Trinidad, sin mayor exploración. Y, por terminar destacando una tríada habitual en la teología católica, la Gracia se supone sin tematizar. El resultado es, por tanto, algo parecido a una teología funcional: sostiene el discurso de la Iglesia sin impulsarlo. No estamos ante una encíclica que parta del misterio cristológico para iluminar la realidad, sino ante un texto que parte de la realidad —tecnología, poder, desigualdad— y que recurre a la teología de una manera más bien escasa para legitimar el contenido que se expone a los fieles. El orden se ha invertido y a muchos esto mismo les parece un acierto. Para mí es el mismo tipo de carencia que empobrecía los escritos del Papa argentino, por quien jamás profesé mucha devoción como ateo.

Todo lo que digo se percibe en el sujeto del discurso. Aunque Dios no desaparece, lógicamente, el verdadero protagonista es el ser humano en su contexto histórico. La encíclica dialoga con "todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo" y adopta un lenguaje universal, deliberadamente accesible al gran público. Es un texto que busca ser traducible fuera del ámbito confesional, lo cual tiene un precio: la renuncia a un lenguaje teológico fuerte, algo que puede parecer muy conveniente para la legión de cristianos que desean contemplar en el Papa a un ser que oriente sus pasos por la vida, al estilo de los imanes de las mezquitas islámicas, cuya palabra dirige las vidas de los musulmanes, pero que convierte el objetivo último de la teología (Dios) en un mero aderezo.

Además, el método que emplea el Papa norteamericano es claramente inductivo. Heredero de Gaudium et Spes, el documento intenta observar la realidad, analizarla y aplicarle unos determinados principios morales y éticos. No hay una derivación sistemática desde la fe, sino un discernimiento prudencial ante los desafíos contemporáneos. Esto acerca el texto al género sapiencial más que al teológico: orienta, advierte, sugiere, pero sin profundizar. Todo ello explica esa sensación que tengo yo de "pobreza intelectual". Pero quizá sea conveniente matizar esta crítica mía: no es que se trate de una teología débil, lo cual implicaría su personación; se trata de una teología conscientemente desplazada. La encíclica no pretende decir quién es Dios, sino cómo actuar en un mundo donde la técnica amenaza con redefinir lo humano. En ese marco, la pregunta central no es teológica, sino ética: ¿qué estamos construyendo? Y, a mi juicio, lo hace con numerosas referencias milenarias al mensaje eclesial que tenemos por costumbre escuchar. Yo sigo pensando que, cuando la Iglesia habla de ética y en defensa de los valores humanos, su discurso en poco o nada se diferencia de los predicadores televisivos.

Queda abierta, por tanto, una cuestión de fondo. Cuando la teología se reduce a ser un marco legitimador, ¿no se corre el riesgo de diluir su capacidad crítica? Tal vez el desafío no sea elegir entre profundidad doctrinal o relevancia social, sino recuperar una teología capaz de sostener ambas sin renunciar a ninguna. Porque, en último término, solo una visión fuerte de lo humano puede sostener una palabra verdaderamente significativa sobre la técnica. Dense cuenta, mis caros lectores, que el contenido de la encíclica en cuanto a inteligencia artificial, es solo justificación. Una puesta en escena para un peligro que, muy probablemente, jamás se producirá del modo apocalíptico en que Roma lo ha tasado, pero que sirve a la perfección para que la Iglesia levante, una vez más, los muros de su vieja y muy prescindible aduana moral.

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