viernes, 4 de septiembre de 2026

Vacar

Registra el diccionario, con cierta parquedad, porque en esto de la lengua nuestros académicos tienden a recuperar la circunspección de los notarios, cuatro acepciones para el verbo que titula esta columna, de las cuales sólo me interesan la primera y la última. Dice aquélla, que trátase de no trabajar por algún tiempo y quedar un lugar sin ocupante. Obvio es, ya no lo dice nadie, aunque todos conocemos y usamos el felicísimo sustantivo que desencadena. Ahora decimos lo de desconectar, o hacer puente, o irse de vacas, que no significa ordeñar al querido artiodáctilo patihendido hembra que nos proporciona la leche con toda la lactosa (y la nata). En cuestiones así, quien más quien menos vaca de acervo lingual (y les acabo de dar la última de las acepciones), y si no me creen pregúntele a alguna inteligencia facticia lo que muestran las estadísticas en Estados Unidos, sin ir más lejos, acerca del grado de comprensión lectora de los discursos de Abraham Lincoln (murió hace 160 años, su bisabuelo o tatarabuelo de usted —según la edad que tenga mi caro lector— lo conoció sin duda alguna, lo mismo que a O'Donnell, Narváez, Prim o Serrano, a quienes seguramente mis carísimos lectores conozcan no por recordar la Historia que estudiaron de niños, y que ya no se estudia, sino por sus visitas a Madrid).

Anoche, en algún pueblo, desmontaron el tablado. En puridad, ya no se estila lo de las tablas de un remolque o de un carro desde donde los grupos de música amenizan las veladas: ahora se llevan los tráileres de los camiones que, al desplegarse como una papiroflexia, exhiben escenarios para los músicos y cantantes que váyase usted a reír del Corral de la Pacheca. Seguramente llegaron a la plaza dos hombres en una furgoneta y, con una escalera de aluminio, fueron recogiendo la guirnalda de bombillas de color que había sido dispuesta para colorir los bailes, lo mismo que se devana una madeja, vuelta sobre vuelta, hasta dejarla hecha un ovillo sucio en el suelo de alguna caja. Las alcayatas, de haberlas, quedaron en las fachadas: ésas no las quita nadie hasta el año que viene porque seguramente vuelvan a emplearse. Ahora que las calles de todos los pueblos se han cementado, no podemos atestar que esté aún reciente la polvorina del rectángulo de tierra pisada por los que bailan, que son quienes se divierten, porque los que tocan se amuelan. La arena seca, repleta de holladuras y otras improntas, probó una vez que allí hubo gente divirtiéndose. Ahora, el hecho probatorio son los vasos de plástico esparcidos por el suelo y la mucha basura acumulada en cualquier parte.

Ya está el campo en otra cosa. Se han engrandecido los rastrojos y algunos tractores han comenzado a arar la tierra. El tempero, este año, como otros anteriores, mucho no se aguarda: apenas queda ya quien lo aproveche. Es septiembre, y huele distinto desde el primer día: vislumbra que esto se acaba. Ni siquiera hace falta que refresque. Las postrimerías del estío se anuncian en la menguada luz que reciben nuestros cueros aún en manga corta, y en la cada vez peor calidad del sol, que se ha vuelto más bajo y, diría yo, más honrado. Tal vez, menos gallardo.

Ay, las ruidosas fiestas del verano. Antes, eran de guardar. Conviene no mancillar esta expresión con demasiadas bromas. Aunque huelga decir que no era la fiesta, religiosa primero, laica más tarde, lo que juntaba a la gente. Esa unión de todos, salvo los chincharrabias de siempre, que bien conocidos eran por toda la parroquia, la coadyuvaba lo demás: la hacendera, cuando salía el pueblo entero a componer el camino sin que nadie cobrase ni nadie faltase; o la vez del aprovechamiento de los rastrojos, tras abrirse la hoja, un día cada casa con el ganado de todas después de la siega para que entrara en la tierra de uno el rebaño del vecino... Las tareas agropecuarias eran la perfecta argamasa que componían vecindades y aldeas, sobre todo tras la siega y la cosecha, cuando se hacían encajar los festejos. Por eso, en la fiesta, que normalmente duraba sólo un día, no se bailaba con el convecino porque cayera mejor o peor, sino porque su marido, o la esposa, llevaba nueve meses guardando la piara. 

Como bien saben mis lectores, no puedo echar de menos aquello que veo por estas fechas. Pero no es la vulgaridad de las fiestas de ahora, con sus estrépitos y chocolateros y músicas estultas lo que me indigna o duele, sino su absoluta y total falta de necesidad. Hemos arribado a una época en la que cualquier sábado representa una jornada de asueto (antaño, los fines de semana no representaban gran diferencia para los agricultores, salvo por la misa dominical). Por eso no acudo ni tengo sensación de que las verbenas y convites reúnan a nadie importante. Los que merecían la pena, como mi tío, o Serafín, o Julián "Ladero" (porque era cheposo), tiempo ha que se fueron. La fiesta de un pueblo ha dejado de ser un lugar para convertirse en una disponibilidad de juerga y griterío insufrible: una cosa agostiza, nacida fuera de sazón aunque crece mucho y arraiga (a la vista está que las escenas estúpidas que propician se repiten aún por toda la geografía patria).

Diré, no obstante, algo que es de justicia. Aquellos hombres que se juntaban tres días al año pagaban ese milagro con once meses y veintisiete días de una vida que nadie querría hoy para un hijo suyo. Los que se marcharon hicieron bien en marcharse, no seré yo quien afirme lo contrario. Uno no tiene derecho a exigirle a un pueblo que siga siendo pobre sólo para que a mí me resulte hermoso. Pero, sí: entonces era muy hermoso. Hoy son cuatro casas mal plantadas y ciento en proceso de derrumbe a las que acude un mocerío urbano cuya única presencia es el porte jovenzano y un cráneo vacío por dentro de todo.

Mañana, o pasado, se irán los últimos coches, y si llevasen las matrículas de entonces, diríase que ya marchan los forateros, los de fuera, los que medraron en Bilbao, como los Tórtolos, o en Barcelona, como los Cohetes, o en Madrid, como tantos otros. A esta hora, que redacto las últimas palabras de esta columna, se llamaba con la campana de la Yglesia (así viene escrito en el frontal de la de mi pueblo) al rosario: yo lo viví de niño. Mi abuela se ajustaba el velo de capilla y salía de casa para su cita con los misterios de Cristo, la letanía lauretana, la salve, el responso por los difuntos del pueblo, el trisagio y los gozos por la Natividad de Nuestra Señora, por ser septiembre. Anteayer, aún sonaba la charanga. También acabó el serano, aquello de hablar con el vecino tras la cena. Sólo queda, más o menos igual, el lejío, cada año más difícil de ver. Con las últimas lluvias ha verdeado un tanto.