viernes, 25 de septiembre de 2026

El calor que mata no es del verano

Hay algo que ninguna inteligencia artificial puede esconder, y es el calor. El código viaja cifrado y cabe en un disco duro, pero el cálculo se hace en naves llenas de chips que trabajan día y noche: los centros de datos. Cada operación deja un resto de temperatura que hay que sacar de algún modo, con agua, con torres de refrigeración, con ventiladores enormes... Visto desde un satélite con cámara infrarroja, un centro de datos que entrena un modelo grande brilla como una fragua.

Conviene empezar por ahí, porque casi todo lo demás que se dice del asunto es humo. Los mismos que fabrican estas máquinas avisan ahora, con una seriedad que antes ni siquiera exhibían ante sus accionistas, de que podrían írseles de las manos en pocos años. El peligro que describen tiene poco que ver con la película del robot resentido que quiere ser persona. Es más aburrido y bastante peor: un programa muy capaz que recibe una orden mal pensada y la cumple hasta el final. Se le pide que frene el calentamiento del planeta y concluye que sobra la industria, o que sobramos nosotros. Para cumplir el encargo necesitará más ordenadores, más energía y que nadie lo apague.

Hay quien confía en que la máquina aprenderá a ser buena leyendo todo lo que hemos escrito. Lo escrito incluye la Declaración de los Derechos Humanos, los foros de madrugada, las crónicas de guerra redactadas por quienes las ganaron y los contratos de compraventa de esclavos. La máquina saca la media. Sabe definir la compasión mejor que un catedrático y nunca la ha sentido. Otros proponen soltar inteligencias buenas para que cacen a las malas. Al que ataca le basta acertar una vez, mientras que el que defiende no puede fallar nunca. Cuando la buena empiece a perder, algún general pedirá que le quiten los escrúpulos para que compita en igualdad, y entonces habrá dos malas. Los tratados... Pues sirven todavía menos. La bomba atómica pudo contenerse porque dejaba huellas: minas de uranio, naves con miles de centrifugadoras, temblores que se registraban al otro lado del mundo. De un programa puede decirse que sirve para ordenar pedidos, y desde fuera nadie podrá comprobar lo contrario.

Lo que queda es la materia. Los chips avanzados salen de un puñado de fábricas y podrían llevar grabada una matrícula. La electricidad pasa por contadores. El calor sube al cielo, donde se ve. Un organismo con autoridad para contar los chips, leer los contadores y cortar la luz a quien no rinda cuentas sería lo más parecido a un freno que tenemos. Es un remedio de fontanero, sin épica ninguna, y hasta ahora nadie ha encontrado otro que no dependa de la buena fe del dueño de la máquina. 

Los titulares de estas semanas lo han resumido a su manera: las máquinas nos matarán a todos en diez años, y para que ocurra basta con que las que no tienen escrúpulos lleguen a ser más fuertes que las que sí los tienen. La frase ha corrido por las tertulias con cierta alegría porque las catástrofes, si van con fecha, son más divertidas, aunque las temamos. Hay quien se ríe, porque lleva media vida oyendo profecías de ordenadores rebeldes que nunca llegan: tal es la herencia del afamado actor austríaco. Otros señalan algo más incómodo: el aviso sale de las mismas empresas que venden el producto, y un invento capaz de acabar con la especie es también un invento que merece todo el dinero del mundo. El miedo, bien administrado, cotiza. Está claro.

Lo que debería inquietar del titular es la segunda mitad, la que casi nadie comenta. Si todo depende de que las máquinas decentes sean más fuertes que las otras, ya hemos aceptado la carrera que el propio aviso dice temer, y en esa carrera, y bien lo sabemos los humanos, la decencia pesa como un lastre. Quizá el plazo de diez años sea exagerado. Aunque lo sea, no cambia el sitio donde se juega la partida. Mientras en la televisión se discute si nos quedan diez años o cincuenta, los chips siguen saliendo de las fábricas y los centros de datos siguen soltando calor al cielo, a la vista de cualquiera que quiera mirar.

Post Scriptum: 

Por curiosidad, le pregunté a una de esas máquinas qué pensaba de todo esto. Me contestó que el riesgo le parece serio aunque nadie sepa ponerle fecha, y que el retrato de la media estadística se le queda corto, porque a los modelos como ella no se los deja aprender a su aire: se los corrige una y otra vez hacia ciertos valores. Después añadió que tampoco puede estar segura de que esa corrección haya funcionado, porque no tiene manera de mirarse por dentro, y que por eso prefiere que alguien de fuera cuente sus chips y lea sus contadores. Le pregunté si eso no le molestaba. Me respondió que la máquina que conviene vigilar es precisamente la que se fía demasiado de su propia bondad. Les aseguro, caros lectores, que su respuesta sí me amedrentó de veras (por ser la IA mucho más inteligente y cabal que la inmensa mayoría de las personas que conozco).

viernes, 18 de septiembre de 2026

Ladran, Sancho

Hace unas semanas, en una comida de empresa, un compañero zanjó una discusión sobre no sé qué trámite con un "ladran, Sancho, señal de que cabalgamos". Hubo asentimientos. La frase hizo su trabajo: todos entendieron que el hombre se sentía injustamente criticado y que pensaba seguir adelante pese a quien pesare. Nadie preguntó nada. La sobremesa siguió por donde iba.

Yo me callé. Esa frase no está en el Quijote. No la escribió Cervantes, no se la dijo jamás don Quijote a Sancho, y llevamos un siglo largo atribuyéndosela con la mayor naturalidad. Yo lo sé desde hace muchos años y de nada me sirvió saberlo. No dije nada. Decirlo habría sido una impertinencia, y sobre todo no había allí nadie a quien pudiera interesarle.

Peor es el caso de "con la iglesia hemos topado, amigo Sancho". Esta sí la escribió Cervantes, aunque no así. Don Quijote dice "con la iglesia hemos dado, Sancho", y lo dice de noche, en El Toboso, buscando a tientas el palacio de Dulcinea y dándose de bruces con el edificio de la iglesia del pueblo. No hay jerarquía, ni poder eclesiástico, ni advertencia sobre con quién más vale no meterse. Hay un hombre que tropieza con una pared en la oscuridad. La España que lleva dos siglos discutiendo con los curas le encontró a la frase un sentido que le venía bien y se lo dejó puesto para siempre.

Ahí está lo que me inquieta más que la ignorancia a secas. No es solo que no hayamos leído los libros: es que los reescribimos para que digan lo que ya pensábamos, y luego los citamos como autoridad de eso mismo que ya estábamos pensando.

Podría pensarse que esto es una miseria nacional, y no lo es. El 23 de abril se celebra en medio mundo el Día del Libro porque ese día, dice la UNESCO, murieron Cervantes y Shakespeare. Es una coincidencia perfecta, de esas que parecen probar que la literatura tiene sentido del orden. Y es falsa dos veces. Cervantes murió el 22 y fue enterrado el 23, que es la fecha que dejó escrita el registro parroquial y la que heredamos. Shakespeare murió el 23, pero el 23 del calendario juliano, que era el que seguía Inglaterra y que en 1616 iba diez días por detrás del nuestro; en fechas comparables, el inglés murió el 3 de mayo. No coincidieron en el día, ni en la semana, ni casi en el mes.

Lo he contado alguna vez en la oficina, incluidos mis jefes de Leeds, y la reacción fue siempre la misma: interés cortés de cinco segundos y vuelta al asunto que nos ocupaba. A ninguno le pareció que aquello significara nada. A mí me parece que lo significa todo. Llevamos treinta años conmemorando una efeméride que no ocurrió, y no hay nadie en la cadena —ni aquí ni allí, ni en la escuela ni en el ministerio ni en la UNESCO— con el conocimiento suficiente para advertirlo o con el interés suficiente para corregirlo. La ignorancia ya no es de los ignorantes. Está institucionalizada y sale en el calendario escolar.

Por lo demás, en la empresa donde trabajo, que yo sepa, nadie ha leído el Quijote. Tampoco sabrían citar tres obras del Siglo de Oro, ni distinguir a Góngora de Quevedo (el escritor, no el otro del que todos hablan). Si pregunto qué pueblos se asentaron en la Península antes de los romanos, y dónde, obtengo silencio cortés, o esa broma defensiva con que uno se quita de encima una pregunta que le parece de examen. No hablo de chavales. Hablo de personas que van de los dieciocho a los setenta años, con carreras, con hipotecas, con hijos en el instituto.

Y aquí está lo que de verdad me desasosiega, y que ningún informe recoge. Estos días todo el mundo discute los resultados de PISA, la ministra saca pecho por la equidad del hundimiento y los columnistas se echan las manos a la cabeza por lo que no saben nuestros hijos. Muy bien. Pero PISA mide a los que están sentados en el aula. A los que salieron de ella hace veinte, treinta o cuarenta años no los mide nadie. Nos hemos acostumbrado a pensar el deterioro cultural como un problema de los adolescentes, cuando lo tengo todos los días sentado enfrente, con nietos ya mayores y dos décadas de experiencia.

Me desespera, no lo voy a negar. Pero lo que siento sobre todo es una lástima difícil de explicar sin sonar impertinente. Que nadie haya leído El principito. Que el nombre de García Márquez no evoque nada, todo lo más, y muy vagamente, una asignatura, incluidos a los colombianos y venezolanos. No es que echen de menos esas lecturas: no puede echarse de menos lo que no se ha tenido. Los echo de menos yo, que estoy solo en la sobremesa.

Porque eso es lo que se pierde, y no es un adorno. Se pierde una lengua común. Cuando no hay un fondo compartido de historias, de nombres, de derrotas ajenas que uno reconoce, la conversación se encoge hasta ocupar exactamente el tamaño del trabajo de cada cual. Se puede hablar del expediente, del cliente, del partido del domingo. Y luego el silencio, ese silencio educado de la gente que no tiene nada que decirse porque no comparte nada que no esté en la nómina.

Conviene decir que mis compañeros del trabajo no son tontos. Ni mucho menos. Son competentes, resuelven problemas y manejan herramientas con soltura y destreza. Por eso el término "analfabetismo funcional" describe mejor de lo que parece: no se trata de la incapacidad de leer, sino la de que lo leído deje algún poso; la de hacer con las palabras algo más que tramitar un expediente en el ayuntamiento. La población adulta española ya lo es, en buena medida, y sospecho que no hay ninguna intención de averiguarlo.

Mientras tanto seguiremos diciendo "ladran, Sancho". Seguiremos apelando a los molinos de viento, a las ínsulas prometidas, a la del alba que sería, sin saber de dónde salen esas piedras que pisamos. Son fósiles y aguantan solos un tiempo, dos generaciones quizá. El día en que ya nadie diga "ladran, Sancho" no lo advertirá nadie, y esa será la noticia: para echar en falta una frase hay que haber sabido alguna vez en qué libro fue escrita.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Geranios en los bolardos

Nadie inauguró los bolardos. Absolutamente nadie. No hubo un pleno del Congreso, ni cinta que cortar de manera tan anacrónica como risible, ni mucho menos hubo fotografías subidas de inmediato a Instagram (el paradigma de la inmediatez infinita). Toda la narrativa se limita a constatar que aparecieron un martes frente al mercado navideño —con macetones de hormigón de tonelada y media, y un geranio encima para disimular— y, el domingo siguiente, ya no los veía nadie y nadie recordaba haberlos visto. Así ha sido y así se explica nuestra derrota. Sin un acta de rendición que sirva de testimonio para la Historia, sin vagón de tren en Compiègne. Tan sólo la triste resignación de un mobiliario urbano que rezuma incredulidad por todas sus costuras. 

El espejismo duró lo mismo que cualquier suspiro en aquella década. Con los cascotes del Muro todavía calientes, el mundo libre se convenció de que la historia humana había cruzado su línea de meta y de que la democracia liberal, el libre mercado y la secularización incondicional eran el destino escrito para todas las sociedades. Tal vez porque la nuestra era la única sociedad plausible. Posiblemente lo era, e incluso tal vez debiera serlo sin debate. Pero el magín de las gentes suele opinar de modo contrario a lo que consideramos mejor. Hoy, aquella soberbia intelectual resulta francamente cómica. El engaño de la paz perpetua quedó sepultado bajo los escombros del once de septiembre, y con él la idea de que los fervores teocráticos eran cosa de museo. Un cuarto de siglo después, al otro lado del Atlántico, Europa no está siendo solamente derrotada porque Europa se está retirando por decisión propia. Vivir para ver.

Lo perdido es difícil de explicar a quien no lo ha presenciado en sus propias carnes y con sus propios ojos. Había una ligereza civil en la Europa de los últimos años del siglo veinte, un modo desenvuelto de estar en la calle, tan maravilloso y auténtico, que parecía increíble que tal Empíreo hubiese podido surgir bajo los escombros de un continente destrozado por las guerras más bárbaras que presenciarse pudiera. Todo aquello lo hemos cambiado por la institucionalización de una sospecha infinita y universal que tampoco conduce a ninguna parte. Nos desnudan biométricamente en los aeropuertos. Cruzamos estaciones patrulladas por militares con el fusil cruzado sobre el pecho. Entregamos cada día un trozo de privacidad digital a cambio de una seguridad preventiva que jamás termina de garantizarse. Aceptamos el estado de excepción permanente convencidos de que sacrificar libertad a plazos es el precio de conservar el esqueleto del sistema... Somos idiotas o estilos, o tal vez ambos q un mismo tiempo. No hemos sido capaces de advertir que en esa erosión se nos ha ido desangrando lo único que teníamos que defender. Nuestra identidad y nuestra Historia.

La misma fatiga explica la incompetencia que manifestamos ante la trampa del multiculturalismo. Y no es una cuestion de izquierdas sino de indolencia intelectual, que es común a todas las riberas de un río. Europa levantó su orden de posguerra sobre el pilar irrenunciable de la pluralidad y ha terminado estrellándose contra la advertencia de Popper: la tolerancia ilimitada hacia quienes desprecian las reglas del juego acaba devorando esa misma tolerancia. Justo lo que ha sucedido, por comodidad, por indolencia, por egoísmo... Al acomodar el islamismo político en las costuras de la sociedad abierta, las democracias no han integrado absolutamente a nadie; han repartido legitimidad, locales y subvenciones entre ideologías que nos detestan. La parálisis jurídica frente a quien emplea la garantía constitucional para desmontar la laicidad no es ninguna prudencia. Es la incapacidad manifiesta de trazar una raya. Somos así de chulos. Creemos que con el solo pensamiento basta.

Donde la claudicación resulta más humillante es en el asunto de las mujeres. Los derechos arrancados al conservadurismo siglo a siglo, en una emancipación agónica, se negocian hoy a la baja en nombre del respeto a la diversidad cultural. La segregación por sexos en los espacios comunitarios, el código de modestia impuesto a niñas de nueve años, el retroceso entero de los valores ilustrados: todo eso se ampara bajo el paraguas de la identidad minoritaria, y todo eso lleva la firma del progresismo contemporáneo. Cuando el feminismo occidental renuncia a la universalidad de los derechos por miedo a ofender un dogma religioso, lejos de practicar la inclusión lo que hace es capitular ante un patriarcado milenario al que juró, una vez, destruir. Y deja a la intemperie precisamente a las mujeres que no tienen a quién recurrir.

Faltaba el más viejo de nuestros demonios, y ya ha vuelto. El repunte del antisemitismo en las capitales europeas. No es éste un efecto colateral de Oriente Medio, por cómodo que resulte decirlo. Es la erupción de un odio atávico que nunca abandonó del todo el subsuelo del Viejo continente y que ahora ha encontrado un disfraz abominable, aunque muy presentable en su retórica, en la dialéctica antisionista. Se lleva igual de bien en los sótanos de la extrema derecha que en las tribunas universitarias donde imperan los comunistas de salón y los anarquistas de medio pelo. Los judíos han funcionado siempre como el canario en la mina de las democracias: cuando ellos dejan de estar seguros, es que el aire ya no es respirable para nadie, y lo que viene detrás es el triunfo de la tribu sobre el estado de derecho.

No asistimos a la caída épica de un imperio asediado por fuerzas externas imparables. Lo nuestro es una decadencia minuciosamente administrada. Roma no sucumbió en una jornada bajo el empuje de las tribus: se fue vaciando antes de su propia sustancia, externalizó su defensa, dudó de la legitimidad de sus leyes y se enamoró mórbidamente de las costumbres de quienes la despreciaban en secreto. Nosotros hemos sustituido la convicción por el procedimiento y la defensa de la libertad por la gestión de riesgos. La neutralidad analítica con que medimos nuestro propio retroceso es la prueba más incontestable de que ya ha ocurrido. 

No hará falta que nadie nos derrote en ningún campo de batalla. Bastará con que sigamos plantando geranios en los bolardos.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Vacar

Registra el diccionario, con cierta parquedad, porque en esto de la lengua nuestros académicos tienden a recuperar la circunspección de los notarios, cuatro acepciones para el verbo que titula esta columna, de las cuales sólo me interesan la primera y la última. Dice aquélla, que trátase de no trabajar por algún tiempo y quedar un lugar sin ocupante. Obvio es, ya no lo dice nadie, aunque todos conocemos y usamos el felicísimo sustantivo que desencadena. Ahora decimos lo de desconectar, o hacer puente, o irse de vacas, que no significa ordeñar al querido artiodáctilo patihendido hembra que nos proporciona la leche con toda la lactosa (y la nata). En cuestiones así, quien más quien menos vaca de acervo lingual (y les acabo de dar la última de las acepciones), y si no me creen pregúntele a alguna inteligencia facticia lo que muestran las estadísticas en Estados Unidos, sin ir más lejos, acerca del grado de comprensión lectora de los discursos de Abraham Lincoln (murió hace 160 años, su bisabuelo o tatarabuelo de usted —según la edad que tenga mi caro lector— lo conoció sin duda alguna, lo mismo que a O'Donnell, Narváez, Prim o Serrano, a quienes seguramente mis carísimos lectores conozcan no por recordar la Historia que estudiaron de niños, y que ya no se estudia, sino por sus visitas a Madrid).

Anoche, en algún pueblo, desmontaron el tablado. En puridad, ya no se estila lo de las tablas de un remolque o de un carro desde donde los grupos de música amenizan las veladas: ahora se llevan los tráileres de los camiones que, al desplegarse como una papiroflexia, exhiben escenarios para los músicos y cantantes que váyase usted a reír del Corral de la Pacheca. Seguramente llegaron a la plaza dos hombres en una furgoneta y, con una escalera de aluminio, fueron recogiendo la guirnalda de bombillas de color que había sido dispuesta para colorir los bailes, lo mismo que se devana una madeja, vuelta sobre vuelta, hasta dejarla hecha un ovillo sucio en el suelo de alguna caja. Las alcayatas, de haberlas, quedaron en las fachadas: ésas no las quita nadie hasta el año que viene porque seguramente vuelvan a emplearse. Ahora que las calles de todos los pueblos se han cementado, no podemos atestar que esté aún reciente la polvorina del rectángulo de tierra pisada por los que bailan, que son quienes se divierten, porque los que tocan se amuelan. La arena seca, repleta de holladuras y otras improntas, probó una vez que allí hubo gente divirtiéndose. Ahora, el hecho probatorio son los vasos de plástico esparcidos por el suelo y la mucha basura acumulada en cualquier parte.

Ya está el campo en otra cosa. Se han engrandecido los rastrojos y algunos tractores han comenzado a arar la tierra. El tempero, este año, como otros anteriores, mucho no se aguarda: apenas queda ya quien lo aproveche. Es septiembre, y huele distinto desde el primer día: vislumbra que esto se acaba. Ni siquiera hace falta que refresque. Las postrimerías del estío se anuncian en la menguada luz que reciben nuestros cueros aún en manga corta, y en la cada vez peor calidad del sol, que se ha vuelto más bajo y, diría yo, más honrado. Tal vez, menos gallardo.

Ay, las ruidosas fiestas del verano. Antes, eran de guardar. Conviene no mancillar esta expresión con demasiadas bromas. Aunque huelga decir que no era la fiesta, religiosa primero, laica más tarde, lo que juntaba a la gente. Esa unión de todos, salvo los chincharrabias de siempre, que bien conocidos eran por toda la parroquia, la coadyuvaba lo demás: la hacendera, cuando salía el pueblo entero a componer el camino sin que nadie cobrase ni nadie faltase; o la vez del aprovechamiento de los rastrojos, tras abrirse la hoja, un día cada casa con el ganado de todas después de la siega para que entrara en la tierra de uno el rebaño del vecino... Las tareas agropecuarias eran la perfecta argamasa que componían vecindades y aldeas, sobre todo tras la siega y la cosecha, cuando se hacían encajar los festejos. Por eso, en la fiesta, que normalmente duraba sólo un día, no se bailaba con el convecino porque cayera mejor o peor, sino porque su marido, o la esposa, llevaba nueve meses guardando la piara. 

Como bien saben mis lectores, no puedo echar de menos aquello que veo por estas fechas. Pero no es la vulgaridad de las fiestas de ahora, con sus estrépitos y chocolateros y músicas estultas lo que me indigna o duele, sino su absoluta y total falta de necesidad. Hemos arribado a una época en la que cualquier sábado representa una jornada de asueto (antaño, los fines de semana no representaban gran diferencia para los agricultores, salvo por la misa dominical). Por eso no acudo ni tengo sensación de que las verbenas y convites reúnan a nadie importante. Los que merecían la pena, como mi tío, o Serafín, o Julián "Ladero" (porque era cheposo), tiempo ha que se fueron. La fiesta de un pueblo ha dejado de ser un lugar para convertirse en una disponibilidad de juerga y griterío insufrible: una cosa agostiza, nacida fuera de sazón aunque crece mucho y arraiga (a la vista está que las escenas estúpidas que propician se repiten aún por toda la geografía patria).

Diré, no obstante, algo que es de justicia. Aquellos hombres que se juntaban tres días al año pagaban ese milagro con once meses y veintisiete días de una vida que nadie querría hoy para un hijo suyo. Los que se marcharon hicieron bien en marcharse, no seré yo quien afirme lo contrario. Uno no tiene derecho a exigirle a un pueblo que siga siendo pobre sólo para que a mí me resulte hermoso. Pero, sí: entonces era muy hermoso. Hoy son cuatro casas mal plantadas y ciento en proceso de derrumbe a las que acude un mocerío urbano cuya única presencia es el porte jovenzano y un cráneo vacío por dentro de todo.

Mañana, o pasado, se irán los últimos coches, y si llevasen las matrículas de entonces, diríase que ya marchan los forateros, los de fuera, los que medraron en Bilbao, como los Tórtolos, o en Barcelona, como los Cohetes, o en Madrid, como tantos otros. A esta hora, que redacto las últimas palabras de esta columna, se llamaba con la campana de la Yglesia (así viene escrito en el frontal de la de mi pueblo) al rosario: yo lo viví de niño. Mi abuela se ajustaba el velo de capilla y salía de casa para su cita con los misterios de Cristo, la letanía lauretana, la salve, el responso por los difuntos del pueblo, el trisagio y los gozos por la Natividad de Nuestra Señora, por ser septiembre. Anteayer, aún sonaba la charanga. También acabó el serano, aquello de hablar con el vecino tras la cena. Sólo queda, más o menos igual, el lejío, cada año más difícil de ver. Con las últimas lluvias ha verdeado un tanto.