viernes, 10 de julio de 2026

Las manos atadas de Ermua

Quienes fuimos testigos de aquellas cuarenta y ocho horas de desesperación a mediados de julio de 1997, es difícil que encontremos en la memoria un acontecimiento de mayor sadismo, brutalidad, impiedad, inhumanidad y salvajismo. Si quieren les busco todos los sinónimos en el diccionario. Habría que trasladar el alma a los escenarios de las guerras para encontrar un ejercicio equiparable en crueldad e insensibilidad, con la diferencia de que, en las guerras, los soldados de ambos bandos son combatientes que sirven a las órdenes de los políticos que los envían al frente de batalla. En el cobarde y ruin asesinato de Miguel Ángel Blanco, sólo hubo soldados en uno de los frentes y dispararon a quemarropa a un inocente a quien ni siquiera disculparon la posibilidad de defenderse con las manos. Así ha sido ETA desde sus orígenes. Y así han sido las Vascongadas desde la segunda asamblea de aquélla. 

Lo mantuvieron amordazado durante dos días, mientras el reloj de su tramposo chantaje iba descontando minutos y las gentes de bien, de cualquier ideología, buscaba maneras de revertir la infame extorsión. ETA jamás tuvo intenciones de negociar: su objetivo era demostrar que podían obligar a todo un país a contener el aliento durante una cuenta atrás de dos días. Un monstruo tildado Txapote, cuyo nombre verdadero no merece ser escrito en parte alguna que no sea el papel higiénico usado, le descerrajó dos tiros mientras un segundo monstruo, conocido como Oker, lo obligaba a arrodillarse con las manos en la espalda. Miguel Ángel Blanco había sido secuestrado por la repugnante novia de Txapote, conocida como Amaia. Oker lleva muchos años muerto, de un balazo en la cabeza, pero Txapote y Amaia siguen vivos. 

Las gentes de toda España se echaron a la calle con las manos pintadas de blanco. Y nos dijeron que, en aquel julio de 1997, perdimos definitivamente el miedo. Nos repitieron, como un mantra anestésico, que aquellas manos blancas del Espíritu de Ermua habían arrinconado para siempre el terror. Sin embargo, casi tres décadas después del asesinato de Miguel Ángel Blanco, la realidad sigue mostrando una caligrafía muchísimo más amarga, el de la desmemoria institucionalizada, la paradoja más cruel que ha vertido nuestra democracia. Mientras los nombres de las víctimas se diluyen en los libros de texto, los verdugos regresan a sus pueblos entre vítores, aplausos y pasillos de honor camuflados de fiestas populares. Y el miedo que creíamos enterrado, jamás desapareció, habiendo mutado en indiferencia colectiva. No es alarmante el regreso físico de los presos a sus calles o que su vuelta sea celebrada con júbilo por una multitudinaria caterva de vascos embrutecidos y alienados. Espanta, sobre todo, el retorno moral a las instituciones que han perpetrado los terroristas y sus secuaces. 

Quienes empuñaron las armas, jalearon el horror o señalaron con nombre y apellidos a las víctimas, se arrogan ahora el derecho a impartir lecciones de ética y dictar qué es o no es democrático. ETA, desde su tumba bien soleada de flores y aire perfumado, y pese a su incierta desaparición, posee la capacidad de condicionar la labor política (oprobiosa) de nuestro desGobierno. El sueño abyecto y despreciable de independencia ha sido, además, recogido por sablistas de medio pelo, ufanados en su codicioso y voraz egoísmo político. Unos se llaman PNV, otros ERC, otros ya no me acuerdo (de tantos nombres como ha tenido). Ninguno de ellos maldice la inversión absoluta del relato: que el verdugo ha sido reconvertido en legislador y que la víctima (las víctimas, que fueron muchas) ha quedado reducida, para ellos, a un incómodo estorbo del pasado por su capacidad de contrariar las ansias de secesión. Y esto es España, a uno y otro lado. La triste miseria de un pueblo que solo sabe de fútbol.

Recordar a Miguel Ángel Blanco, para mí, jamás será el frío acto de una agenda anual en manos de los políticos. A raíz de su asesinato, todo el secesionismo e independentismo vasco se puso de acuerdo para amortiguar, y revertir, aquello del Pacto de Ermua. Y lo consiguieron. Lo mismo que ERC acordó con los monstruos que sólo a ellos, los catalanes, debían respetar (todos los demás éramos prescindibles). Por ese motivo la efemérides del vil asesinato de Miguel Ángel Blanco debe ser la denuncia de un presente donde la justicia se negocia y la dignidad se pisotea. Si permitimos que el blanqueamiento sustituya a la memoria histórica, la de verdad, no la de estos politicastros de ahora, aquellas manos blancas de 1997 no habrán servido sino para certificar nuestra rendición.

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