En la mitad exacta del mes, entre el 14 y el 16, cuando el calor sigue arreciando, aunque al alba se refresca el rostro aún adormecido, la Iglesia colocó desde antiguo una de sus grandes fiestas sobre la imagen de un cuerpo sustraído a la servidumbre del tiempo.
Conviene distinguir, que ambas circunstancias suelen confundirse. La fiesta es antiquísima. En Jerusalén ya se celebraba en el siglo VI la Dormición de María, de allí pasó a Oriente y, posteriormente, a Roma, con todas las variaciones y disputas que cabe esperar tras quince siglos de tradición litúrgica. El dogma, en cambio, pertenece a nuestro tiempo. Pío XII lo definió el 1 de noviembre de 1950, mediante la constitución Munificentissimus Deus, y fue —dato que suele esfumarse entre las innúmeras minucias de la historia eclesiástica— la única ocasión en que un pontífice recurrió a la infalibilidad ex cathedra después de formalizarse en el Concilio Vaticano I, en 1870. Dicho de otra manera: pasaron ochenta años de extraordinaria potestad para ser ejercida, una sola vez, para afirmar el extraordinario suceso de que un cuerpo físico no fue sepultado tras la muerte.
Hay cierta elegancia, y es considerable, en la propia fórmula empleada. La definición establece que María, "terminado el curso de su vida terrena", fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial. Nótese: terminado el curso. No dice que estuviera muerta, y tampoco que estuviese viva. La expresión, sutilísima, sortea deliberadamente una cuestión que había dividido durante siglos a teólogos y escuelas de todo ramo: si María, la madre del Señor, conoció o no la muerte antes de la Asunción. La discreción doctrinal hoy, por lo ingenioso, resulta exótica. Se afirma lo trascendente y se deja en penumbra lo accesorio, fijando con elegancia el misterio y renunciando a violentarlo de manera innecesaria. Hay silencios que empobrecen y silencios que preservan. El de la Asunción de María pertenece a los segundos.
Y todo ello se indoctrinó en 1950, cinco años después de que Europa terminara de contar sus muertos y comenzara a comprender que ni siquiera sabía cómo contarlos realmente. Una década después de acabada nuestra Guerra Civil, cuando aún las ciudades estaban convertidas en polvo, los campos atesoraban cuerpos apilados, extraviados, evaporados bajo el fuego o enterrados sin nombre. Sucedió tras una primera mitad del infausto siglo XX que ya había transfigurado la carne humana en materia prima para la Historia. Con la muerte y la violencia aún calientes, Roma proclamó solemnemente que hubo un cuerpo —uno solo, según aquella definición— que quedó a salvo del destino común a todos los seres humanos. Obviamente, los dogmas no nacen de las coyunturas y el movimiento asuncionista llevaba décadas, siglos incluso, acumulando devoción, tratados y peticiones de toda clase. Pero las fechas disponen de cierta elocuencia.
Todos los años, por estas mismas fechas, de hondo significado para mí por cuanto Asunción era el nombre de mi madre, escribo que los agostos de mi juventud podían considerarse llenos, pese a las muchas carencias, y que los actuales, se han ido vaciando de todo aquello que conforma la naturaleza humana de los seres pensantes. Pero mi recuerdo del quince de agosto esconde, no obstante, una pequeña impostura de la memoria. Los hombres que llevaban las andas en procesión, durante la ceremonia eclesiástica, no participaban de una estampa idílica. El esfuerzo, bajo el calor, podía considerarse severo. Avanzaban con la camisa adherida a la espalda, el cuello hinchado, el sudor bajándoles por las sienes y los hombros sometidos a la crueldad lenta y constante del varal. Sobre ellos, la Virgen permanecía inmóvil, serena, blanca, ajena a cualquier jurisdicción de la canícula y el polvo. Lo que la procesión de la Virgen de Agosto anunciaba era precisamente que, abajo, sobre la tierra, se hallaba el esfuerzo y, arriba, bajo el cielo, su completa abolición. Alrededor flotaba un aire espeso que, dentro de la iglesia, estaba compuesto de cera derretida, flores, perfume y multitud. Se trata de una sensación que pocas reconstrucciones sentimentales de las fiestas de los pueblos suelen recordar, especialmente en las jornadas veraniegas dominadas por los insufribles paquitos chocolateros y las más diversas chorradas del verano. Afortunadamente, la nostalgia posee también sus pudores y elimina del pasado casi todo cuanto sobra.
No es que aquellos agostos estuvieran más plenos que los actuales. Simplemente, nosotros estábamos mucho más llenos, sin necesidad de móviles, redes sociales, estupideces instantáneas y una desorbitante conexión deshumanizadora. La Virgen era llevada en volandas sin que nadie le hiciese una foto o la publicase en parte alguna. Es una suerte que la memoria barnice de modo eficiente. Pule las aristas, atenúa los treinta y muchos grados, blanquea las paredes, e incluso devuelve a las campanas una sonoridad ejemplar que nunca tuvieron, colocando al atardecer una luz tierna y afectuosa que procede menos del cielo que de nuestra propia edad. Porque uno, caro lector, cree echar de menos aquellos veranos sólo para descubrir, si se concede el incómodo privilegio de ser sincero, que lo que se echa de menos es al muchacho que los atravesaba.
(Siento decir a mis caros lectores que el reciente eclipse solar no me parece relevante para una columna: tan sólo es merecedor del presente y muy objetable escolio)
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