"En agosto, frío al rostro" decían los viejos de mi tierra. Tardé años en comprender que el susodicho refrán no era tanto una queja como un parte meteorológico con cuatrocientos años de servicio: más fiable que cualquier aplicación que hogaño nos arroja el teléfono y, por descontado, completamente gratis.
Tiene su miga. Y yo, caro lector, paso a detallarla. Porque da la casualidad de que el reconocido refrán venía ya recogido en el "Vocabulario de refranes y frases proverbiales" de Gonzalo Correas, fechado en 1627. Concédanme, pues, la absolución del redondeo y les devolveré un regalo añadido que quizá ustedes, lectores míos, quieran cobrarse en alguna tertulia: Correas era catedrático en Salamanca, es decir, el refrán lo dejó por escrito un salmantino, uno de mi tierra. Difícil pedirle mejor pedigrí a una columna de Las Arribes.
No obstante lo anterior, la prudencia exige anunciar los matices. El primero, que Correas lo recogiera en 1627 significa que ya circulaba, probablemente desde mucho antes —los refraneros del XVI, como el de Hernán Núñez, andan llenos de material agostino—, así que posiblemente el refrán peque de más viejo de lo que digo, nunca de menos. Y segundo, que cito a Correas de memoria...
Pero veníamos hablando de ese frescor que se anuncia mediado agosto, que no es algor (lo cual sería mucho decir), y yo pienso que ni siquiera tiene dignidad de frío. Los que hemos leído demasiado tenemos para ello una palabra que ya nadie usa y que pienso usar de todos modos, porque ya la anuncie en el título: friura. La traen Berceo y el Arcipreste, que algo sabían de inviernos cuando la calefacción era una invención desconocida, todo lo más, arrimada a los rescoldos de una lumbre. El caso es que, desde entonces, esta palabreja anda por el diccionario como los cervatillos por mis carreteras de agosto: quieta, íngrima, atenta al rumor sordo de los hablantes que pasan de largo buscando palabras más cómodas.
La cuestión que traigo a colación en este galanteo climatológico es que ha llegado, finalmente, a las Arribes, y a todas partes, la temida segunda quincena de agosto, con los forasteros ya plegados y devueltos a sus ciudades o a las playas por aquello de rascar un poco más el tiempo de asueto, y resulta que ha llegado por do arriban todos los pesares del alma: por las umbrías. Uno baja pedaleando, paralelo al Duero, a las nueve y media de la tarde, en manga corta por pura soberbia, y en la primera revuelta sombría el relente se posa en los antebrazos y en las piernas con una educación finísima y antiquísima, de la que ya no se estila en parte alguna. El sol, a punto de ponerse, sigue perjurando que es julio y que el mes augusto jamás entró en el calendario. Pero miente. Está mintiendo. Miente con la convicción del actor que se sabe el final de la obra y estira su monólogo, y uno le agradece la mentira como se agradecen todas las piadosas: sin creérsela en absoluto, pero concediendo el valor de la elegía.
Los veraneantes toman buena medida de la fresca de estas aún luengas tardes y por eso se van. Y yo añado que está muy bien que se vayan. Los de aquí la leían de otro modo. Decían "va cayendo el año", al igual que la fruta, por madurez, que no por otra cosa. Mi abuela —que jamás pronunció la palabra melancolía, entre otras cosas porque le sobraban tres sílabas— sostenía que agosto no termina el treinta y uno sino la primera noche en que se cierra la ventana. Llevo media vida comprobando que los calendarios de pared no han conseguido refutar su sabiduría.
Y por último está lo del cervatillo. En julio huye de mi bicicleta apenas descifra su sonido sordo; ahora se queda mirándola un instante más de la cuenta, un instante largo, casi litúrgico, como una misa a la Virgen del mes, cualquiera que sea o toque, cosa que no me ofende por mucho que los parroquianos saquen en andas a la patrona para otorgar sacralidad a sus más bajos apetitos estivales. Hay cierta cortesía en esa blasfemia que ya quisieran para sí muchos desahuciados urbanitas, tan defensores de lo animal como irreverentes con los campos de los que retornan sin haberlos entendido en absoluto. La moción, que ya tardo en mencionar, es que la carretera por donde pedaleo volverá a ser muy pronto de la naturaleza, lo será en dos semanas, aunque la dehesa lo sea desde siempre, y yo, que me tengo por hijo de esta tierra, no acertaré a ser entonces otra cosa que el último forastero, el que tarda un poco más en irse.
Por eso, cuando la friura me toca ahora el rostro en la bajada, no me abrigo en absoluto. La dejo estar, igual que se deja estar a las visitas antiguas, siempre molestas. Porque nosotros, los del estío, somos esas visitaciones molestas e impertinentes. Y el refrán nos señaló siempre el momento de retirarse, solo que lo dijo en voz tan baja que hicieron falta cuatrocientos agostos para que pudiéramos escucharlo.
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